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«LA VIDA ES UN AULA, UNA CALLE SIN METRALLETAS Y UN CAMPO SIN MINAS»

Asesinato, huida... y pizza

Un insólito grupo de niños refugiados sudaneses empieza su vida de nuevo en un desconcertante país

Por Panos Moumtzis

Kuol Jok, de veintiún años, y sus cuatro amigos sudaneses apenas acababan de aterrizar de un vuelo por medio mundo cuando ya se encontraban explorando los desconocidos paisajes y sonidos de su nuevo país de adopción, las elegantes casas envejecidas por el sol, los deslumbrantes supermercados, los imponentes edificios de oficinas, las escaleras eléctricas y las autopistas atestadas con más coches de los que habían visto en toda su vida.

Una escena más familiar y preocupante les recibió poco después de regresar a su alojamiento temporal: unos extraños blandiendo armas. Un vecino receloso había visto a los jóvenes intentando por todos los medios abrir el cerrojo de una puerta completamente nueva para ellos y había llamado a la policía en la ciudad de Richmond, Virginia. Mientras los agentes se agolpaban en el porche, los jóvenes sudaneses simplemente se sentaron en el suelo y esperaron a que la situación se aclarase sola. Finalmente el malentendido quedó resuelto.

«Niños perdidos» de Sudán en el Cuerno de África.
ACNUR/M. AWAI

BIENVENIDOS A AMÉRICA

La historia de Kuol Jok y su extraordinaria odisea comenzó muchos años antes, en 1987, en la sabana del sur de Sudán. La zona llevaba años castigada por las luchas entre las fuerzas del Gobierno y diversos grupos guerrilleros, obligando a un incontable número de civiles a abandonar sus hogares. Después de deambular por las inmensidades del Cuerno de África, unos 12.000 muchachos, con edades comprendidas entre los 7 y los 14 años, acabaron juntándose y llegando hasta Kenia, donde se les llegó a conocer como «los niños perdidos del Sudán» mientras languidecían durante años en campos de refugiados.

En 2000, Estados Unidos accedió a reasentar a unos 3.600 de estos jóvenes, cuyos padres han muerto o desaparecido. Desde entonces se les envía en grupos por avión a diez estados norteamericanos distintos, en la mayor operación de reasentamiento de menores emprendida por Washington desde el final de la guerra de Vietnam.

Ha resultado una experiencia peligrosa y desconcertante para unos jóvenes que, durante la mayor parte de sus vidas, parecían destinados a ser, en el mejor de los casos, refugiados permanentes. Pero, al contrario que otros niños desplazados del mundo, estos muchachos pueden mirar al futuro con esperanza y oportunidades casi ilimitadas.

Cada «niño perdido» puede contar una historia parecida a la de Kuol Jok. Su madre encontró la muerte durante un ataque a su aldea en la zona de Bor, al sur de Sudán. Su hermano mayor había sido asesinado en un ataque similar un año antes. Cuando huyó de su aldea, dando comienzo a un extraordinario éxodo, tenía siete años.

Caminó durante muchas semanas comiendo hojas y, a veces, incluso basura para sobrevivir. Cuando el grupo con el que viajaba fue a cruzar un río, cuenta que muchos niños que no sabían nadar se ahogaron. Aún recuerda vívidamente sus manos diminutas sobresaliendo por encima de la corriente de agua antes de ser arrastrados al fondo.

Es el mayor
reasentamiento
de menores desde
el final de la guerra
de Vietnam.
Finalmente consiguió un refugio temporal en Etiopía, pero, cuando el país se vio inmerso en una guerra civil, los refugiados tuvieron que regresar a Sudán. Siguieron deambulando. En un momento dado, Kuol logró reunirse con su hermano menor, Elijah, después de cuatro años. «Me contó que nuestro padre y nuestra hermana menor habían muerto y que nuestra aldea había quedado totalmente destruida», recuerda Kuol. «Estaba destrozado. Me sentía rabioso y sin esperanza, pero contento de haber encontrado a mi hermano.»

Finalmente, ambos se unieron a otros 12.000 jóvenes, que se habían librado de un alistamiento forzoso en el Ejército Popular de Liberación Sudanés debido a su edad, en un éxodo coordinado a Kenia. Llegaron a Kakuma, que se convirtió en el mayor campamento para  menores  no acompañados  del  mundo. Cuando  terminaron  su periplo, muchos de los
chicos habían caminado distancias de 2.000 kilómetros, o el equivalente a una marcha a pie de París a Roma.

Ocho años de no hacer nada en un campo de refugiados de las polvorientas llanuras del norte de Kenia no es ni mucho menos la preparación ideal para la nueva vida a la que ahora se enfrentan en EE.UU. «Les ofrecemos una orientación básica y tenemos que enseñarles todo, desde cómo usar los hornillos de la cocina o la ducha, abrir una cuenta de banco o hacer una llamada telefónica», asegura Kathleen Jackson, directora regional del Servicio de Refugiados e Inmigración de la Diócesis Católica de Richmond.

Por primera vez, los jóvenes viven en casas con electricidad y agua corriente, en contraste con las destartaladas estructuras de adobe que tuvieron que construirse ellos mismos en el campo de refugiados. Durante ocho largos años siguieron la misma dieta espartana: 2.000 calorías de judías, maíz, aceite y sorgo. La rica dieta americana a base de espagueti, pizza, hamburguesas, helado y chocolate tres veces al día fue una sorpresa maravillosa, pero a la mayoría le provocó problemas digestivos, por lo menos al principio.

Las nuevas normas de «etiqueta» también resultaron complicadas. Ninguno de los niños había saludado antes con un apretón de manos o seguido el consejo o las órdenes de una mujer. No obstante, se han adaptado con rapidez al nuevo orden de cosas en Norteamérica.

LA COSA BLANCA

Elijah no había oído hablar nunca de la nieve antes de su llegada y al principio le daba miedo hasta tocar esa «extraña cosa blanca» cuando la vio caer por primera vez. Ir al cine, aprender a usar un ordenador y la visita del Día de Navidad a la Casa Blanca fueron todas experiencias imborrables para los recién llegados. «Aquel día me gustaría haber tenido ojos en la nuca para poder verlo todo», dice Kuol sobre su estancia en Washington.

Por ser de los primeros en llegar, consiguió inmediatamente un trabajo como carpintero en una fábrica de muebles, trabajando seis días a la semana y ahorrando para pagar las matrículas escolares, especialmente las clases de inglés. Los sudaneses reciben un apoyo inicial, lo que incluye cupones de comida y un seguro médico, pero se espera de ellos que paguen su manutención lo antes posible.

Aunque ambos hermanos viven en Richmond, los han separado, alojando a Elijah en un hogar comunitario e inscribiéndolo en la escuela local Meadowbank de secundaria. Al principio, cuando llegaron él y otros sudaneses, los afroamericanos nativos hacían comentarios mordaces sobre lo «oscuro» de su piel, pero, tras discutirlo abiertamente entre los estudiantes, y especialmente después de que los chicos empezasen a jugar al baloncesto, las diferencias se han suavizado.

«Son disciplinados, bien educados y se cuidan entre ellos», indica la maestra de escuela Norma Roberts. Pero al igual que a sus compañeros norteamericanos, «una de las primeras cosas que tenemos que enseñarles es a gestionar su tiempo y a hacer sus deberes».

Empezar una nueva vida: Elijah Jok navegando por Internet con su profesora americana.
ACNUR/P. MOUMTZIS

Los vecinos de Richmond también están impresionados por la conducta tan correcta de los sudaneses y su interés por aprender inglés y recibir una educación superior. «La respuesta de la comunidad de Richmond ha sido magnífica», dice Mei Leng Lau, un coordinador voluntario de la Diócesis Católica. «Cuando la gente oye sus historias, todo el mundo quiere ayudar. Hemos recibido todo tipo de donaciones, desde ropa nueva y zapatos hasta dinero en metálico y servicios voluntarios.»

En Richmond se han producido otros resultados inesperados. La llegada de nueve menores sudaneses al Hogar Comunitario Masculino de Virginia ha tenido un efecto positivo para algunos de los adolescentes norteamericanos con problemas que también viven allí. Según su director, Christopher Shultz, «los sudaneses son un buen modelo y una fuente de inspiración para nuestros niños con problemas. Son disciplinados y formales». Este hogar en concreto ofrece un incentivo para los propios recién llegados, que tienen la posibilidad de acudir gratuitamente a cualquier universidad de Virginia cuando acaben la escuela.

Puede que los sudaneses formen un grupo realmente insólito de niños refugiados, con una oportunidad jamás soñada de empezar una nueva vida, pero aún existen motivos de preocupación, según Guenet Guebre-Christos, Representante del ACNUR en Estados Unidos.

Si se ven envueltos en una pelea seria o cometen un delito menor, los chicos pueden quedar expuestos a las leyes de inmigración, que no tienen en cuenta su insólito pasado e historia, y en el peor de los casos pueden ser detenidos y sufrir prisión indefinida. Ninguno de los sudaneses o de sus asistentes norteamericanos entrevistados para este artículo eran conscientes de su vulnerabilidad.

Por el momento, no obstante, están contentos de poder disfrutar de su buena suerte, con sus apartamentos con calefacción, sus ordenadores último modelo y las pizzas. Richmond está muy lejos de las secas llanuras del sur de Sudán.

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