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«LA VIDA ES UN AULA, UNA CALLE SIN METRALLETAS Y UN CAMPO SIN MINAS»



Los niños son obligados a convertirse en soldados y en la guerra civil de Sierra Leona sirvieron para desatar un espeluznante reinado del terror contra civiles, entre otros, este adolescente de
17 años al que le amputaron las manos.
UNICEF/G. PIROZZI

El número de niños desalojados violentamente de sus hogares, tanto si son «desplazados internos » dentro de sus propios países como si se han visto obligados a huir en calidad de refugiados a los estados vecinos, puede alcanzar la cifra de 25 millones, cifra equivalente a la población de Dinamarca, Finlandia, Noruega y Suecia juntas.

El número es tan grande y tan difícil de poner en cualquier clase de contexto que tiende a difuminar y diluir el sufrimiento individual.

El primer informe Machel destacaba el dato estremecedor de que para mucha gente joven su mundo «es un desolador vacío moral desprovisto de los valores humanos más elementales en donde nada se salva, es sagrado o se protege». La situación no ha cambiado mucho desde entonces. En un un segundo informe más reciente, Machel señala que «las guerras modernas explotan, mutilan y matan más cruelmente y más sistemáticamente que nunca».

La propia naturaleza de la guerra ha cambiado. Los conflictos interestatales se han visto reemplazados cada vez más por virulentas disputas de carácter étnico, religioso o político dentro de los países, en donde los no combatientes se convierten en objetivos de guerra y los niños son considerados «problemas» a los que hay que eliminar o «premios» a los que hay que secuestrar y forzar a convertirse en esclavos sexuales o soldados. Muchos son raptados y reclutados directamente en los campos para refugiados.

La tasa de víctimas civiles en las guerras ha ascendido, en comparación a la de soldados, desde el 5 por ciento de la Primera Guerra Mundial a más del 90 por ciento actualmente.

Ninguna de estas guerras de baja intensidad tiene la gran difusión de conflictos como el de Kosovo y, por tanto, reciben menos fondos, pese a que es en tales conflictos donde la mayoría de las víctimas infantiles luchan por sobrevivir.

Los hacinados y a menudo insalubres campos de refugiados y los campos de batalla se han convertido en virulentos terrenos de propagación del sida, que, en los últimos cinco años, «ha cambiado el panorama de la guerra más que cualquier otro factor», según Machel. Ahora es «el factor más potente y peligroso para los niños en un conflicto».

El 50 por ciento de los nuevos infectados de todo el mundo pertenece al grupo de edad de 15 a 25 años y se calcula que en los países más afectados al menos la mitad de los que hoy tienen 15 años morirán de esta enfermedad. En 1998, el último año sobre el que tenemos cifras completas, los países donantes asignaron a los países en desarrollo 300 millones de dólares para luchar contra el sida. Se necesitaban unos 3.000 millones.

UNICEF/G. PIROZZI
Mary Phiri, la directora de un boletín mensual para adolescentes en Zambia, declaraba de forma conmovedora: «Si somos el futuro y estamos muriendo, es que no hay futuro.»

Gran parte de las carnicerías contra niños tienen lugar en países tan desolados y lejanos como Afganistán o Sudán. Pero en un mundo cada vez más pequeño, donde el transporte es fácil y los contrabandistas y traficantes de seres humanos están deseando trasladar a cualquiera que pueda pagar, los menores traen sus problemas directamente a los países industrializados. Frecuentemente estos estados no saben cómo responder, mostrando a veces una gran generosidad y, en otros casos, simplemente, encarcelando a los niños.

Las minas terrestres son una plaga en casi 90 países, especialmente
para los niños. Estas víctimas asisten a un proyecto ortopédico en Afganistán dirigido por la Cruz Roja Internacional mientras otros niños asisten a cursos de concienciación sobre minas.
© S. SALGADO

En este clima un tanto esquizofrénico, Estados Unidos ha acogido sin problemas a los primeros de los aproximadamente 3.600 «niños perdidos» de Sudán, en el mayor reasentamiento de carácter oficial llevado a cabo por dicha nación desde la guerra de Vietnam. Al mismo tiempo, otros miles de niños, desde bebés a adolescentes que han llegado al país por su cuenta, permanecen bajo la custodia del Servicio de Inmigración y Naturalización, enfrentándose a la perspectiva de ser deportados (ver artículos sobre no acompañados).

Europa es la meca favorita de los menores. Puede que haya hasta 100.000 niños no acompañados de todo el mundo vagando por el continente; en 1999, casi 14.000 de ellos solicitaron asilo. Algunos habían sido enviados por padres desesperados en busca de un lugar seguro para sus hijos. Otros escaparon a Europa por cuenta propia o, cada vez más, fueron introducidos de contrabando o vendidos. A principios de año, Francia se vio sacudida cuando un carguero oxidado chocó literalmente contra la elegante Costa Azul, precipitando un debate a escala nacional sobre qué hacer con los casi 1.000 kurdos que consiguieron llegar a tierra firme. La mitad de ellos eran niños.

La reacción de las capitales europeas ante esta afluencia ha sido desigual. Los países escandinavos cuentan con mecanismos avanzados para ayudar a los niños, incluido el nombramiento de asistentes temporales, pero en otras regiones, simplemente, se los mantiene detenidos.

«Hola, papá. Cuando estabas vivo solíamos caminar juntos por el campo y llevarle flores a mamá. Pero una vez fuiste a Grozny y desde entonces no hemos sabido nada de ti. Rusik irá pronto a la escuela. Me dijo que habías ido por unos regalos y que volverías cuando él fuese mayor. Es todavía muy pequeño y no comprende. Papá, no podemos estar sin ti. Los demás niños tienen padre. Cuando crezca, haré algo para parar las guerras y así todos los niños podrán vivir con sus padres.» Tu hijo, Spartak.
–Carta a un padre desaparecido en el conflicto de Chechenia.

En septiembre, una sesión especial de la Asamblea General estudiará los logros conseguidos desde la Cumbre sobre los Niños de 1990 y decidirá las prioridades para la próxima década.

© S. SALGADO
En septiembre, una sesión especial de la Asamblea General estudiará los logros conseguidos desde la Cumbre sobre los Niños de 1990 y decidirá las prioridades para la próxima década.

Carol Bellamy, Directora Ejecutiva de UNICEF, señala que los progresos alcanzados en los asuntos sobre niños pueden verse bajo dos perspectivas: la optimista de «un vaso medio lleno» o la pesimista de «un vaso medio vacío». Se han hecho grandes progresos, asegura, a la hora de imponer los problemas de los niños en la agenda internacional, incluida la del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, logrando la ratificación casi universal de la convención sobre los niños y desarrollando programas de ayuda humanitaria más flexibles para niños desplazados de sus hogares debido a guerras u otras causas.

Sin embargo, también parece seguro que muchas de las crisis en que se ven envueltos los niños actualmente se recrudecen a mayor velocidad de la que se obtienen los recursos para solucionarlas.

Olara Otunnu, Representante Especial del Secretario General para niños en conflictos armados, manifestaba a REFUGIADOS que, en la última década,«en muchas zonas como Sri Lanka, Colombia o Angola, la situación se ha puesto mucho peor para los niños» y la comunidad internacional aún no se ha enfrentado al problema. «Pasamos mucho tiempo en reuniones», añadía. «Hemos sido muy buenos creando un montón de normas, pero mucho menos a la hora de ponerlas en práctica.»

Incluso en el caos de la guerra, los niños están llenos de recursos y saben adaptarse, como este joven jugando entre los escombros en Bosnia a principios de los años 90.
ACNUR/R. REDMOND

Graça Machel está de acuerdo. A su juicio, «hemos progresado mucho, pero no hemos conseguido evitar que estallen otros muchos conflictos. No importa que hayamos ayudado a un millón de niños si de repente tenemos dos millones de víctimas nuevas.»

Los próximos diez años estarán, por tanto, tan llenos de desafíos como la pasada década, especialmente para una agencia como el ACNUR, que, con el nuevo Alto Comisionado, Ruud Lubbers, está replanteando su papel mundial, lo que incluye una evaluación durante seis meses de sus programas para niños.

¿Hasta qué punto debe, por ejemplo, especializarse una organización como el ACNUR? ¿Cuántos recursos habrá de destinar a cada problema concreto? ¿Desvirtúa alguno de los proyectos su función principal sobre protección internacional? ¿Cuál es el equilibrio adecuado entre los recursos disponibles y un proyecto competitivo; son todos valiosos en su propio contexto?

Durante años ha habido cierto grado de ambivalencia dentro de la organización en los asuntos para niños. Por ejemplo, aunque el Alto Comisionado ayuda a unos 10 millones de jóvenes, hay menos de diez miembros del personal asignados a temas infantiles. Los programas educativos han sufrido por el hecho de que, durante casi dos años, no se ha cubierto la sección destinada a los últimos cursos escolares.

Puede que eso esté cambiando. Según un especialista en el tema, existe una mayor aceptación institucional sobre la necesidad de programas infantiles educativos y de otro tipo.

Pero la aceptación llega en momentos difíciles. En una época de reducción presupuestaria, puede que una de las principales preocupaciones en la próxima cumbre sobre niños sea si las agencias como el ACNUR tienen los recursos para ir al paso de la miríada de problemas a los que se enfrentan o si ya ni siquiera será capaz de eliminarlos.

Soren Jessen-Petersen, adjunto del Alto Comisionado del ACNUR, decía en una conferencia a fines del pasado año que, «por cada dólar que la organización necesita para llevar a cabo sus programas, los países donantes nos dan actualmente sólo 80 centavos. El déficit, los 20 centavos que faltan, son invariablemente los fondos que necesitamos para ayudar a los niños a tener un futuro y, especialmente, para poner en marcha los programas educativos y vocacionales». A lo que añadía que «cubrir las necesidades básicas de los refugiados sobre el terreno supone una lucha diaria. La educación, las terapias de apoyo, los programas para aliviar los traumas de los niños, el deporte, todas las cosas que sabemos que son tan importantes, se quedan en la cuneta».

 

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