| T E M A   D E   P O R T A D A |

«LA VIDA ES UN AULA, UNA CALLE SIN METRALLETAS Y UN CAMPO SIN MINAS»

«El pastel destinado a la ayuda humanitaria no ha aumentado al mismo ritmo que las necesidades», añade Christina Linner, directora de la unidad para niños del ACNUR. «Todos comemos del mismo plato, pero cada vez hay más y más bocas que alimentar.»

«Durante seis años, mi escuela ha sido un vagón de tren. Aprender es difícil. En verano es imposible no tener calor y en invierno es imposible no tener frío. En invierno me pongo toda mi ropa, dos pares de pantalones, una camisa, una chaqueta y un gorro. Después de una o dos lecciones con tanto frío, normalmente el profesor deja que nos vayamos.»
– Un estudiante de 17 años en Azerbayán.

La educación, que Jessen-Petersen destacaba en su discurso, es una de las cinco áreas prioritarias que el ACNUR ha señalado como necesitadas de atención especial. Las otras son la separación de los niños de sus familias, su explotación sexual, el alistamiento en el ejército y el normalmente ignorado pero especialmente problemático mundo de los adolescentes, ese periodo crepuscular entre la niñez y la edad adulta donde tantas cosas pueden ir mal pero donde la gente joven suele estar al máximo de su potencial.

Según cuenta Carol Bellamy a REFUGIADOS, su agencia, como muchas otras, está dedicando ahora más recursos a la educación. «Puede que en el pasado no se le haya prestado la debida atención con las prisas por conseguir comida, un techo y cuidados médicos para los niños», dice. «Estamos intentando cambiar eso. La educación es una estrategia clave para evitar conflictos e intolerancias y para conseguir las condiciones que pueden conducir a la paz.»

Cada vez más, las agencias humanitarias ven en el aula escolar una herramienta para combatir toda una serie de problemas paralelos.

Unos niños asisten en Georgia a una clase de rehabilitación psicosocial organizada por una de las agencias
asociadas al ACNUR.
ACNUR/A. HOLLMANN

«La vida es: un aula escolar con compañeros sonrientes. El sol brillando. Una calle sin metralletas y un campo sin minas. El silencio. Un hogar con una madre y un padre y hermanos y hermanas.»
– Una niña afgana reasentada en Europa Occidental.

Es obvio que todos los niños necesitan aulas escolares y formación vocacional para forjar sus vidas de adulto. Pero esos mismos atributos son doblemente necesarios para los jóvenes refugiados, tanto para ayudarles a reconstruir sus vidas, sus comunidades y sus estados si van a regresar a sus casas como para reasentarse en un nuevo país.

La educación no es sólo un derecho humano básico según se define en la Convención de los Niños, sino también una útil «herramienta de protección», según el ACNUR. El simple hecho de asistir a clase es el primer paso para restaurar la
estabilidad y la normalidad en un entorno caótico. Además, la escuela mantiene a los niños fuera de la calle y alejados de la explotación sexual o militar.

Para los afortunados, el regreso al hogar. Refugiados ruandeses en Zaire esperan en 1997 a ser repatriados en un centro de tránsito.
ACNUR/H.J. DAVIES

Pese a la importancia clara de las aulas, sin embargo, es francamente difícil conseguirlas para los actualmente cerca de 25 millones de menores desarraigados de sus hogares que viven como refugiados o desplazados internos. Muchos permanecen en campos de refugiados sin nada que hacer o en países devastados por la guerra como Angola, muy lejos de las aulas, los maestros o los libros de texto.

En 1990, unos 320.000 niños asistían a las clases patrocinadas por el ACNUR. Las últimas estadísticas sugieren que en el año 2000 esta cifra había ascendido en sentido favorable a un millón de los cinco millones de candidatos infantiles. Pero incluso esta mejora oculta algunos problemas insolubles, especialmente en el área de la educación superior, donde muy pocos chicos o chicas tienen la oportunidad de mejorar sus capacidades.

Para conmemorar su 50 aniversario, el Alto Comisionado  dio un pequeño  paso en el intento de

aliviar ese problema concreto, poniendo en marcha a fines del pasado año un Fondo de Educación para Refugiados con el fin de subvencionar la enseñanza secundaria. «La educación debería ser una promesa, no un sueño», manifestó la ex-Alta Comisionada Sadako Ogata en aquel momento.

Incluso cuando la educación llega hasta los niños, suelen producirse presiones escondidas y sutiles en el trabajo. En Uganda se lanzó un programa escolar al norte del país que tuvo mucho éxito. Tanto que los niños del vecino Sudán cruzaban la frontera andando, convirtiéndose en refugiados sólo para poder asistir a las clases.

«Kou Ya, un niño de cuatro años, y Sia Ya, una niña de seis, llevaban su buey a pastar cuando vieron lo que parecía una pelota en una zanja. Sia Ya se la tiró a su hermano. La bomba explotó, mató a los dos niños e hirió a un ciclista que pasaba por allí.»
– Un incidente en Camboya.

Cuando a los niños refugiados en Bangladesh les ofrecieron becas de educación superior, el resentimiento que se generó fue lógico, al menos en la capital del país, ya que era imposible que los niños nativos gozasen de las mismas oportunidades. En algunos países profundamente islámicos, donde apenas hay costumbre de que las niñas asistan a la escuela a jornada completa, se han incluido pequeños incentivos, como una ración extra de aceite de cocina para la familia, con el fin de alentar a los padres a que permitan a sus hijas ir a clase.

Los temarios de la escuela exigen igualmente un seguimiento de cerca para evitar que se conviertan en lo que Graça Machel denominó «centros de difusión del odio», al perpetuar estereotipos dañinos sobre los vecinos o antiguos enemigos en los materiales de enseñanza.

La próxima Sesión Especial sobre niños «no va a ser la panacea», advertía Carol Bellamy recientemente. «No vamos a encontrar una fórmula mágica de palabras que haga que la gente arroje sus armas o que los niños raptados sean súbitamente liberados. Pero está claro que seguir haciendo lo mismo no es suficiente.»

Machel es partidaria de cambios radicales para la década venidera. La ayuda que reciben los niños debe cambiar para no sólo incluir comida y agua, sino también material educativo y de deportes. «No cuesta mucho poner 1.000 pelotas de fútbol o de tenis en uno de esos paquetes, pero significaría muchísimo para los niños», dice. La distribución de ayuda a los niños de todo el mundo debe ser más justa, especialmente en los países

EN CASA : Regreso a Kosovo en 1999.
UNICEF/R. LEMOYNE
más pobres. A las naciones que se ríen impunemente de las convenciones internacionales se les debe hacer pagar un precio mucho más alto que la simple vergüenza política, añade.

“Si somos el futuro
y estamos muriendo, es que no hay futuro.”
Un boletín en Zambia sobre los efectos del
SIDA.

El cambio se puede estar fraguando en el campo del derecho internacional, donde se ha discutido informalmente la posibilidad de reforzar la convención de Ginebra de 1951 sobre refugiados, con un protocolo optativo sobre protección para niños. Las agencias implicadas han manifestado que apoyarán la futura participación de la gente joven en la reforma de los programas infantiles de salud, educación y de otro tipo.

Christina Linner, del ACNUR, asegura que se han hecho progresos a la hora de eliminar pérdidas, duplicaciones y la costosa competencia en el fragmentado mundo de las agencias humanitarias, pero la efectividad podría mejorar aún más mediante una mayor coordinación y cooperación. «Todavía no hay una división clara sobre quién y qué cosas se van a hacer para los niños», señala. «Hay mucho trabajo pendiente en este campo.»

El objetivo final para el nuevo milenio parece estar bastante claro: menos conferencias, menos charlas y más acción para ayudar de verdad a los niños. «Si hubiésemos puesto en marcha la mitad de las resoluciones que hemos aprobado, sólo la mitad, las cosas estarían mucho mejor hoy en día», decía Machel a REFUGIADOS. «Es hora de dejar las discusiones a un lado y concentrarse en las acciones para ayudar a los niños.»

 

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