Guerra en las aulas La discriminación sigue profundamente arraigada en muchas escuelas Por Paul Watson, «Los Angeles Times»
En una lección sobre la voz pasiva de un texto de gramática de séptimo grado para serbios, el título «Tributo de Sangre» encabezaba un breve extracto de la novela de 1945 Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric, un bosniocroata que recibió el Premio Nobel de Literatura. El texto describe las torturas medievales y la masacre de serbios por parte de los invasores turcos musulmanes que, según cuenta, secuestraban a niños de entre 10 y 15 años en cestas de mimbre atadas con correas a los caballos. Se pidió a los profesores que arrancasen la lección de dos páginas. Bajo la imagen de un niño con una pierna amputada en un libro de texto para croatas, el pie de foto hace referencia a un ataque de los «agresores serbios». Debería haberse borrado esta frase, pero parece que algunos maestros tuvieron problemas para hacerlo. «En muchos casos, en vez de usar rotuladores negros, usan marcadores amarillos», explica Claude Kiefer, responsable de política educativa en la administración extranjera de Bosnia-Herzegovina. Es más fácil censurar palabras que cambiar la mentalidad, una verdad elemental que subyace a los abrumadores problemas a los que aún se enfrenta Bosnia tras el fin de su guerra con el acuerdo alcanzado en Dayton, Ohio, el 21 de noviembre de 1995. HERIDAS PROFUNDAS Aunque las heridas han empezado a cicatrizar, los rencores étnicos están todavía frescos, y una Bosnia unida es aún un sueño a la espera de que pase la pesadilla. El Acuerdo de Dayton fue un compromiso parcial forzado por el brutal estancamiento en los campos de batalla bosnios y por la decidida política del diplomático estadounidense Richard Holbrooke. Con el poder de persuasión adicional de un bombardeo por parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, los serbios decidieron aceptar a Bosnia como un país independiente, aunque dividido: el 49 por ciento de su territorio fue a parar a manos de un subestado serbio llamado República Srpska. Una relativa mayoría de los musulmanes de Bosnia se decidió por una federación con los croatas en el otro 51 por ciento, con el compromiso de que se detendría la «depuración étnica» y de que más de 1,4 millones de refugiados podrían volver a sus hogares de antes de la guerra en zonas donde constituían minoría étnica. La mayoría de los bosniocroatas, musulmanes y serbios, sin embargo, aún viven en zonas étnicamente puras, con tres sistemas distintos de educación, de redes telefónicas, eléctricas y otros servicios. En pocos lugares la lucha fue tan cruenta como en la ciudad norteña de Brcko, una válvula de cierre entre las dos mitades de lo que más tarde sería la República Srpska, donde los tres bandos en disputa, luchando en líneas de frente convergentes, redujeron barrios enteros a escombros. Un panel de arbitraje internacional decidió en marzo de 1999 que las tres facciones debían compartir la ciudad, pero, a finales de 2000, el persistente rencor étnico estalló en forma de disturbios estudiantiles, con adolescentes serbios y musulmanes desenfrenados durante días. Sanja Becirevic, de 14 años de edad, regresó a Brcko desde Alemania en 1998, tras seis años como refugiada. Es uno de los dos únicos alumnos musulmanes en una clase de séptimo grado de serbios donde todos los maestros pertenecen también a esta etnia. Los otros chicos se aseguran de que sepa cuál es su sitio. «No pienso mal de ellos, pero ellos sí piensan mal de mí», apunta Sanja mientras carga con una barra de pan para su madre. «Me insultan por ser de este país. Pero como soy una chica, no se meten tanto conmigo como con el chico (musulmán) de mi clase. Simplemente me quedo callada. Me da igual lo que me digan, sólo me río. Por supuesto, es estúpido insultar a otros grupos étnicos.» En una calle a menos de un kilómetro de allí, Duska Josipovic, una serbobosnia de 13 años, se dirige a su casa con una compañera de la escuela primaria exclusiva para serbios. Le parece extraño que le pregunten si tiene amigos musulmanes. «Son gente como nosotros, pero nadie los soporta; por lo menos yo no», dice Duska, que es una refugiada de la aldea de Petrovo en Bosnia central. «Por alguna razón son distintos, son raros.» Unos musulmanes viven a tres puertas de ella, pero las dos familias no se hablan. La tímida y educada niña de séptimo grado no ve nada malo en odiar a todos los musulmanes. «Les podíamos soportar antes de la guerra », asegura. «Pero ahora ya no.»
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