| T E M A   D E   P O R T A D A |

EL LARGO CAMINO A CASA


La rueda que
nunca chirría...
Reintegrar a las minorías es una labor lenta que, de
momento, sólo ha tenido un éxito parcial

CUANDO LAS TROPAS DE LA OTAN ENTRARON EN KOSOVO, creí que la pesadilla había pasado», dice Ragip Kovaqi sacudiendo lentamente la cabeza. «Pero las cosas van muy lentas. Estoy reconstruyendo mi casa y, de momento, sólo puedo tomar una comida al día si quiero que mis hijos coman lo suficiente.»

Ragip es miembro de la secta minoriaria de los askaliyas, que tiene un estrecho parentesco con los grupos gitanos y egipcios. Durante el conflicto de Kosovo en 1999, su clan se vio obligado a huir a las montañas y sus casas en la aldea de Batlava fueron saqueadas.

Antaño próspera, una comunidad gitana de Mitrovica yace en ruinas. Miles de gitanos viven en centros y campamentos colectivos, esperando que llegue el día de volver a casa.
ACNUR/R. CHALASANI/CS·YUG·2001

El año pasado, se les instó a volver y empezar la reconstrucción de sus casas como parte de un esfuerzo internacional
por zurcir los descosidos de Kosovo. Grainna O’Hara, una de las responsables de protección del ACNUR, califica con cautela el proyecto de «retorno progresivo », un comentario que podría aplicarse a gran parte de los Balcanes.

No todas las familias han vuelto a sus hogares. La reconstrucción marcha lentamente y no hay garantías de que vaya a acabarse. Ragip no ha sido aceptado en el cuerpo de policía, aparentemente por las habladurías de vecinos hostiles.

Y la prueba de las profundas divisiones que aún separan a toda la región yace como un oscuro recordatorio a tan sólo unos pies de distancia del edificio en construcción. El hermano de Ragip huyó también a las montañas a raíz del conflicto, pero, cuando intentó volver, fue ejecutado en el acto por la policía serbia. Flores frescas recién cortadas cubren ahora su tumba. «No tengo mucha confianza en el futuro», dice Ragip.

VICTIMAS HABITUALES

Estas comunidades minoritarias forman parte del entramado de los Balcanes. Pero también llevan siglos siendo víctimas, y han vuelto a serlo durante los conflictos de los años 90 en Bosnia, Croacia y Kosovo.

Los últimos esfuerzos por reintegrarlos van muy lentos y, de momento, sólo han dado resultados parciales.

La comunidad gitana en la ciudad kosovar de Mitrovica fue en tiempos una de las más prósperas de la región. Seis mil personas vivían en modernas casas de dos y tres pisos hasta que fueron literalmente incendiadas, obligándoles a huir en junio de 1999 para escapar de la venganza de los albaneses, que los acusaban de haber tomado partido por las autoridades serbias.

La Makalla gitana sigue siendo, todavía hoy, un montón de ruinas vacías donde el fuego aún no se ha extinguido del todo. Las estructuras recibieron una lluvia de bombas incendiarias. Otras fueron desmanteladas ladrillo a ladrillo por indeseables que se llevaron los materiales para usarlos en sus propias casas y que, al mismo tiempo, negaron a sus dueños la posibilidad de reconstruir sus propiedades.

Recientemente, al discutirse el retorno de los gitanos a Mitrovica, se decidió que los riesgos en cuestión de seguridad eran aún muy altos para una operación de este tipo.

Las comunidades minoritarias llevan siglos siendo víctimas y lo han vuelto a ser en los 90.
Otras casas gitanas escaparon a la destrucción en ciudades como Gnjilane, en Kosovo, pero permanecen ocupadas por serbios o albaneses que han sido, a su vez, expulsados de sus propiedades.

ACNUR/R. CHALASANI/CS·YUG·2001

En este «juego de sillas» que parece no terminar nunca, algunos gitanos de Gnjilane han acabado en el campamento de Salvatore, al sur de Serbia. 145 «afortunados » viven en contenedores oxidados reconvertidos. Una familia de 10 personas ocupa una «habitación» minúscula y comparte una cama y el suelo, cubierto con pedazos de alfombra. Un tapiz de Elvis Presley adorna una de las paredes del contenedor, «un héroe cuando era más joven», según la madre. Los «desafortunados» sobreviven en endebles construcciones de plástico y cartón que no suelen tener puertas y se inundan con las lluvias. No hay trabajo y un tronco de leña cuesta el equivalente a dos dólares.

Los visitantes sufren un bombardeo de protestas. «No tenemos trabajo, ni comida, ni futuro. Mi hija se está muriendo. Intentaré cuidar de ella, pero, si no, la dejaré en tu oficina», dice un joven. «Hay paz, pero no esperanzas», añade otro.

Un incidente poco usual se une a la deprimente escena. En una esquina del complejo, un ciudadano bien vestido se dedica a cobrar tarifas rodeado de gitanos. Cuando se le aborda, dice pertenecer a la compañía local de teléfonos móviles y casi todos reconocen tener teléfono. Los viejos los usan para mantenerse en contacto con los acontecimientos en Kosovo, los jóvenes simplemente para llamarse dentro del campamento que desde hace tanto tiempo es su hogar.

Esta es la gente que no tiene voz ni líderes a los que dirigirse, la denominada «rueda que nunca chirría» y que nunca se escucha, según un portavoz gitano.

LENTITUD Y DUDAS

Pristina estaba llena de gitanos antes de la guerra, pero la mayoría huyeron o fueron expulsados a Serbia o a asentamientos temporales como el campamento de Plemetina, unos antiguos barracones para trabajadores del sector eléctrico, a las afueras de la ciudad.

«Si son de piel oscura, entonces tienen miedo a venir a la ciudad», asegura un trabajador humanitario. Pero ya hay medidas en marcha para traer a los gitanos de vuelta. Se están rehabilitando casas y hay planificados un parque de juegos, un proyecto de aguas residuales y una carretera para toda la comunidad, no sólo para los gitanos.

Algunos líderes albaneses se han puesto en contacto con las comunidades minoritarias y sus propios dirigentes han empezado a aparecer en entrevistas de la televisión local.

Pero la rehabilitación es una operación laboriosa. El regreso de una familia puede llevar al menos un año de preparativos, que pueden volar en pedazos en cuestión de segundos.

Eso fue lo que tardó en prepararse el camino para que las familias gitanas aceptasen volver al valle de Drenica el año pasado. Dos días después del regreso de tres hombres y un adolescente, sus cadáveres fueron descubiertos junto a sus tiendas, transmitiendo un escalofrío a todos los grupos minoritarios de los Balcanes.

Ésta es la gente que no tiene voz ni líderes, la denominada «rueda que nunca chirría» y que nunca se escucha.

«Se trataba de un proyecto modelo de retorno, pero sólo hizo falta un instante para destruirlo», indica Grainna O’Hara. «Somos conscientes de estos riesgos, pero la gente quiere volver a su hogar. No podemos congelarlo todo, incluso después de incidentes como éste, ¿no?»

Ese sigue siendo uno de los dilemas más difíciles en los actuales Balcanes.

 

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