| E R I T R E A |


POR FIN...
Una de las mayores y más antiguas comunidades de refugiados empieza a volver a casa

Por Newton Kanhema y Wendy Rappeport

Después de tres décadas, el regreso a casa.
ACNUR/S. BONESS/CS·ERI·2001

Mzilal Kidane Maasho abrazaba y besaba a los que durante años habían sido sus vecinos, mientras sus nietos gemían a su alrededor y las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Su marido, Kidane Maasho, sollozaba también, insistiendo con terquedad: «He esperado a que llegara este día durante 20 años y no me da miedo volver a casa. Es triste tener que abandonar a los amigos, pero vuelvo a la tierra que Dios dio a los eritreos.»

Fue un momento agridulce para la pareja de ancianos, que tuvieron que despedirse de las profundas amistades surgidas en las condiciones físicas y emocionales más severas, con el deseo puesto en volver a una patria que ha cambiado dramáticamente pero que nunca olvidaron.

Cerca de 500.000 personas huyeron a Sudán durante los 30 amargos años de guerra que siguieron a la anexión de Eritrea, en el Cuerno de África, por parte de Etiopía en 1962.

Los Maasho huyeron hace dos décadas después de que su aldea fuese bombardeada intensamente por aviones de guerra etíopes y de que trece vecinos muriesen asesinados por los soldados.


Escaparon a través del desierto, llevando consigo un pequeño rebaño de 20 vacas, burros y cabras. El horroroso calor acabó con algunos de ellos antes de que la familia alcanzase la relativa seguridad de Sudán, donde se unieron a la que acabaría siendo una de las mayores y más antiguas comunidades de refugiados del mundo.

La vida en esta parte de África es dura. Los vientos barren el desierto en un implacable paisaje desprovisto de árboles e incluso de arbustos. Es uno de los lugares más calurosos del mundo durante el día, con temperaturas que superan normalmente los 40 grados, y noches de un frío intenso.

“Siempre hemos querido volver. Hemos esperado esta ocasión desde que vivimos aquí.”

Al principio, Maasho consiguió un empleo como ayudante de un constructor en la ciudad fronteriza de Kassala, ganando el equivalente a 2 dólares por semana. Uno por uno, vendió los animales que le quedaban para ayudar a su familia a sobrevivir. En cierto momento, las autoridades locales los obligaron a mudarse a uno de los numerosos campos para refugiados que se instalaron en la zona.

En el campamento Wad Sherife recibieron algunos artículos básicos, como raciones de comida y una pequeña parcela. Pero siempre fue una vida al límite. No había tierra para cultivar y ni siquiera leña que recoger en el desértico paisaje, obligándoles a comprar pequeñas cantidades de carbón para cocinar cuando conseguían ahorrar unas monedas.

UNA NUEVA VIDA

Construyeron dos cabañas de barro y una letrina en su pequeño terreno. Lenta y penosamente consiguieron reunir algunas estacas para levantar una valla provisional alrededor de la casa. La privacidad y la seguridad son básicas en el ruidoso revoltijo de un gran campo de refugiados, donde las privaciones y los actos de violencia, como las violaciones, están a la orden del día.

No había trabajo, simplemente una entumecida vida de aburrimiento y espera. Los Maasho hicieron amigos y criaron siete niños en este lúgubre entorno. Según se hacían mayores, sus hijos tomaban rumbos distintos —al ejército de Eritrea, a Kenia y Arabia Saudí—, perdiendo a veces el contacto con sus padres a medida que desaparecían en la creciente diáspora de refugiados. Uno regresó a «casa» en Eritrea a principios de este año. Otro murió hace apenas unos meses. Los Maasho se fueron haciendo mayores en el exilio, confiando en la generosidad de una de las dos hijas casadas que vive en una ciudad cercana para comprar su carbón y sus alimentos.

Si bien la vida en estos campamentos se reduce a una sola cosa, la supervivencia, los acontecimientos en el «exterior» evolucionaban. Eritrea se separaba pacíficamente de Etiopía en 1993. Los refugiados abandonaban los campamentos para regresar a casa o empezar una nueva vida en otros países.

El viaje de vuelta empieza con una oración.
ACNUR/W. RAPPEPORT/CS·ERI·2001

A medida que las condiciones políticas mejoraban en la región, el ACNUR empezó a inscribir en un registro a los refugiados, algunos de los cuales llevaban más de 30 años fuera de su país, para volver a casa. Los Maasho fueron de los primeros en apuntarse.

Pero otra vez intervino la guerra y llegaron nuevas riadas de refugiados. La repatriación se pospuso cuando Etiopía y Eritrea se declararon la guerra total en un conflicto que finalmente acabó en junio del año pasado. Decenas de miles de personas fallecieron en un enfrentamiento donde las muertes eran tan indiscriminadas y generalizadas que recordaban en ocasiones a las grandes matanzas de la Primera Guerra Mundial.

Siempre fue una vida al límite. No había tierra para cultivar y ni siquiera leña que recoger en el desértico paisaje.
En mayo, el ACNUR pudo reanudar la repatriación de parte de los más de 170.000 eritreos que permanecen en Sudán. Pese a las interrupciones previstas durante la estación de lluvias, la agencia para refugiados ha organizado el retorno a casa, mediante un arduo convoy por carretera, de más de 60.000 eritreos este año, así como la continuación de los convoyes terrestres hasta finales de 2002.

«Siempre hemos querido volver. Hemos esperado esta ocasión desde que vivimos aquí», dice Kidane Maasho momentos antes de dirigirse a su país. Otros eritreos casados aquí han conseguido trabajo y se han mostrado escépticos sobre la posibilidad de hacer el camino de vuelta a través del Cuerno de África y regresar a un país del que ahora saben muy poco.

Ninguno de los hijos de los Maasho se encontraba presente en las despedidas, aunque vinieron tres nietos a corear sus gritos de adiós. «Sudán ha sido muy bueno conmigo y mi familia», comentaba el anciano mediante un intérprete. Y sus palabras finales: «Cuando llegué a Sudán (un país estrictamente islámico donde el alcohol está prohibido) solía beber cerveza y, en los últimos 20 años, no he bebido ninguna. Creo que será muy agradable disfrutar de nuevo de mi cerveza cuando vuelva.»

LA VUELTA A CASA

La ciudad eritrea de Tesseney hace las veces de etapa intermedia para muchos de los retornados. La bienvenida que reciben suele ser festiva, pero se enfrentan a un difícil futuro. Eritrea es uno de los países más pobres del mundo y no sobra el dinero para ayudar a las personas que regresan sin nada. Además de la dureza del clima, los años de guerra han destrozado las infraestructuras. Muchos refugiados no tienen casa, agua, electricidad o tierra a la que volver.

Un nuevo comienzo.
ACNUR/S.BONES/CS·ERI·2001

Mientras los refugiados regresan de Sudán, alrededor de 1,1 millones de personas desplazadas por la guerra han empezado a volver también, provocando aún más quebraderos de cabeza.

Pero, de momento, no importan estas incertidumbres. Al contrario que en su partida de Sudán, una hija está presente para dar la bienvenida a los Maasho, para quienes ha alquilado dos habitaciones. «Doy gracias a mi Dios por haberme dejado vivir para ver este día», dice Kidane Maasho. «Estoy viejo y débil, pero por fin he llegado a casa.» Su mujer añade: «Somos viejos y queremos descansar. Hemos cumplido con nuestra parte.»

Un sobrino voló desde Estados Unidos con sus hijos y los Maasho hicieron el viaje de 10 horas por carretera hasta la capital eritrea de Asmara para reunirse con ellos después de 17 años. Otros amigos y parientes se unieron a la fiesta.

La pareja se ha mudado a una habitación en el terreno de una iglesia que da a un manantial de aguas con supuestas propiedades medicinales. Ambos padecen de la vista y cada mañana la pareja se une a otros peregrinos para bañarse y rezar por su curación en el manantial.

Ya casi han gastado los 2.000 nakfa (180 dólares) de la subvención para repatriados y volverán al oeste después de que operen a Mzilal Kidane Maasho. Pese a este incierto futuro, la pareja se siente optimista y feliz. Y sí, dice Kidane, «por fin me tomé esa cerveza; estaba fría y deliciosa».

 

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