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| T E M A D E P O R T A D A |
EL LARGO CAMINO A CASA
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Bienvenidos de nuevo al «infierno»
En 1994, Gorazde pasó a conocerse como la
«ciudad donde sólo los muertos tienen suerte». Hoy
la situación es muy diferente
EN UN CALUROSO DÍA DE VERANO, cientos de personas
descansan en un banco de guijarros y arena en medio del río
Drina, con las arboladas colinas, que en un tiempo arrojaron una
lluvia de muerte y destrucción sobre la ciudad, dominando
las alturas. Un desvencijado puente colgante, construído
bajo el puente de la carretera principal a través del río
para que los peatones pudiesen protegerse de los francotiradores,
se mece suavemente al ritmo de la brisa, aunque ahora está
vacío. Alrededor del céntrico edificio, desde donde
los desesperados cables de los trabajadores humanitarios atrapados
dejaban constancia diaria de la destrucción de esta ciudad,
han surgido varios cafés con terrazas.
Gorazde estuvo a punto de caer ante la fuerte
embestida de las fuerzas serbias durante la Guerra en Bosnia.
La ONU había declarado la región «enclave
protegido», pero las tropas de asedio despreciaron la
advertencia de la comunidad internacional y les faltó
muy poco para invadirla antes de que finalmente se impusiese
la paz.
Hoy, la ciudad, enclavada entre imponentes barrancos,
colinas ondulantes y bosques, sigue recogiendo sus pedazos.
Al contrario que otro infame enclave, Srebrenica, más
al norte, Gorazde no fue invadida y su mayoría musulmana,
o bosniaca, nunca llegó a irse.
PROGRESOS Y PROBLEMAS
La ciudad es un fiel reflejo del progreso y los problemas que
son patentes en Bosnia desde que, hace casi seis años,
se firmó el Acuerdo de Paz de Dayton. |
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Las armas guardan silencio y la gente vuelve a disfrutar
de los pequeños placeres de la vida como nadar en el río
o beber un café en un bar. Se han arreglado edificios de modo provisional
e incluso hay dos semáforos en funcionamiento. Por primera vez
en cinco o seis años, se ha empezado a cultivar parte de las tierras
que producían ricas cosechas de ciruelas, manzanas y peras. No
se registran muchos episodios violentos y las familias han empezados a
regresar lentamente a la región.
Pero también hay importantes problemas en Gorazde.
Las fábricas que hacían piezas de repuesto, municiones
y productos químicos antes de la guerra están cerradas.
El desempleo alcanza casi el 80 por ciento y prácticamente el
único trabajo disponible es el que ofrecen las organizaciones
internacionales. En las afueras de la ciudad, las casas particulares
yacen destruidas y abandonadas.
La Gorazde de preguerra era multiétnica,
pero la ciudad es hoy mayoritariamente musulmana. Al principio, los líderes
serbios intentaron mantener el status quo de la división
de comunidades e impedir que los serbios regresasen a las zonas bosníacas
del centro de la ciudad.
EL ÚLTIMO AUTOBÚS
Esta situación ha empezado a cambiar a medida
que las partes se vuelven más impacientes con los pocos progresos
obtenidos y se dan cuenta de que, con el endurecimiento de las leyes de
la propiedad, puede que ya sea tarde para reclamar, vender o intercambiar
sus propiedades de antes de la guerra.
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Hoy
en día, la población acude a bañarse al
río Drina, en el centro de Gorazde.
ACNUR/R.CHALASANI/CS·YUG·2001
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«Cuanto más esperan,
más pierden», decía un trabajador humanitario
local respecto al aumento de los retornos. «Cada vez más
gente decide tomar el último autobús.»
La aldea de Bukve Miljanovici se
asienta en lo alto de las colinas. Más abajo, a lo lejos,
se ve Gorazde acoplada en una especie de cuenco natural. La antigua
línea del frente está tan sólo a unas pocos
metros y desde aquí era como un juego de niños lanzar
certeros obuses sobre la ciudad.
«Bienvenidos al primer
asentamiento multiétnico de tiendas de campaña en
Bosnia», recibía jovialmente Muhamed Bukva a un reciente
visitante de la aldea. Mientras siguen las obras de reconstrucción
a lo largo del país, muchos retornados se alojan en las tiendas
suministradas por el ACNUR junto a sus destruidos hogares y el término
«núcleo de tiendas de campaña» se ha convertido
en sinónimo de progreso. |
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Antes de la
guerra, era una aldea con mezcla de población y, aunque todos
huyeron durante los combates, ocho familias serbias, siete bosníacas
y dos albanesas han regresado ya. El padre de Muhamed Bukva cayó
abatido por el fuego de armas automáticas cerca de su reconstruida
casa, pero él insiste: «Mis vecinos no tuvieron nada
que ver con eso y podemos reconstruir nuestra amistad y nuestra
aldea.»
Y añade: «Compartimos hasta el último trozo
de chocolate que recibimos.» Los vecinos serbios asienten
con aprobación. En contraste con el masivo sufrimiento existente
en los Balcanes, se podría ignorar fácilmente a Bukve
Miljanovici, pero estos intentos «vecino a vecino» por
superar el legado de una amarga guerra entrañan la única
esperanza real para una verdadera reconciliación.
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«Cuanto
más esperan, más pierden. Cada vez más
gente decide tomar el último autobus» |
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