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EL LARGO CAMINO A CASA

En busca de la verdad…Mientras los civiles intentan volver a sus casas, la verdad de lo que realmente ocurrió en la guerra se muestra esquiva...

Familias serbokosovares aguardan la vuelta a casa en un centro colectivo. Pero su antigua aldea ha sido destruída
ida. ACNUR/R. CHALASANI/CS·YUG·2001

LA COMUNIDAD INTERNACIONAL ESCOLTÓ A LOS ALBANESES de vuelta a sus casas en Kosovo en dos meses. Nosotros llevamos aquí dos años», dice con pasión y firmeza Tihomir Stanimorovic.

Parece, de acuerdo con este serbio, casi una misión imposible. «En estos tiempos la gente puede ir fácilmente a la luna», añade, «pero en los Balcanes ni siquiera podemos recorrer los pocos kilómetros que hay de vuelta a nuestras casas».

Junto con 230.000 serbios, gitanos y otras personas, Stanimorovic, su mujer y sus dos hijos abandonaron Kosovo —él asegura que fue expulsado directamente por las fuerzas de la OTAN— cuando las tropas aliadas y los albaneses volvieron en masa a la provincia, en lo que supuso un dramático vuelco de fortuna para los civiles locales a finales de 1999.

Durante una semana, los «terroristas» le vendaron los ojos y le golpearon , relata , antes de liberarlo y de que consiguiera llegar a

un motel situado en las márgenes de la ciudad de Bujanovac, al sur de Serbia, y convertido en centro colectivo para unas 130 personas. Han permanecido allí desde entonces.

Los pocos tractores y automóviles que consiguieron salvar estaban aparcados cerca. Cada familia recibió una habitación o una pequeña cabaña alpina en miniatura dentro del terreno. Hay agua corriente y electricidad, y comparadas con las condiciones que soportan otros desplazados en la región y en otras partes del mundo, la cosa no está tan mal.

Pero existe un amargo resentimiento, una creciente frustración y una constante sensación de «víctimas» en el motel de Bujanovac. Aunque las armas guardan silencio y los cambios políticos se han extendido por gran parte de la zona, parece que a los desplazados serbios se les están dejando atrás.

«No se debería medir con un rasero a los albaneses y los bosniacos y con otro a los serbios », manifiesta Stanimorovic, haciendo de portavoz natural de la gente del motel. Una joven muchacha de la audiencia que rodea al visitante viste una camiseta que reza: «Nadie canta como los serbios y también hacemos las mejores fiestas.»

Pero el ambiente no es de fiesta allí. «Todo es culpa de la OTAN», insiste él con el tipo de frase que los serbios desplazados repiten a lo largo de la región. «Si no hubieran venido, seguiríamos viviendo pacíficamente juntos. Nosotros no hicimos nada malo. Siempre es el “humilde” el que sufre.»

VERDAD ESQUIVA

La aldea de Stanimorovic, Novo Selo, está a menos de una hora en coche desde el motel. Era una aldea con población mixta antes del conflicto, pero él asegura que los albaneses quemaron todas las casas serbias al marcharse «y envenenaron todos nuestros pozos en presencia de las tropas norteamericanas».

Después de hablar con los exiliados serbios, el visitante hizo un recorrido por Novo Selo. Las casas serbias seguían destruidas, con televisores oxidados, cocinas y un sofá quemado esparcidos entre las ruinas. Unos cuantos gansos paseaban con un andar lento.

Los soldados de KFOR han instalado un campo de tiro en las cercanías y los cañonazos hacen eco por el precioso valle y las colinas circundantes.

Aunque las armas guardan silencio y los cambios políticos se han extendido por gran parte de la zona, los desplazados serbios temen quedarse atrás.

La verdad, sin embargo, sigue siendo esquiva y cambia constantemente.

«Es bienvenido si vuelve», dice encogiéndose de hombros un granjero albanés que vive sólo a unos cientos de metros de la casa del serbio. «¿Por qué no?» Es la clase de respuesta fácil que los visitantes reciben todo el rato, haciendo difícil estimar los verdaderos sentimientos de los civiles y el estado de ánimo general en cualquier región de los Balcanes.

A medida que continúa la conversación, el tono cambia. «Los serbios quemaron nuestra mezquita antes de irse», sostiene el granjero de origen albanés. «Ese hombre los ayudó. Era uno de sus líderes. Además, su hijo luchó junto a los serbios, aquí y en Bosnia.»

El granjero y los miembros de su familia se van enervando con el tema. Fueron los propios serbios, dicen, los que quemaron sus casas cuando se iban, para poder luego culpar a los albaneses. Media hora después, Stanimorovic no sería especialmente bienvenido a la aldea: «Si vuelve, la policía tendrá que encargarse de él.» Pero la familia albanesa añade: «Aunque fuese a la cárcel, su mujer podría seguir viviendo aquí pacíficamente.»

Arreglar las relaciones entre vecinos en aldeas como Novo Selo continía siendo una de las claves para cualquier estabilidad a largo plazo, pero las emociones están a flor de piel y son muy volátiles en los Balcanes.

 

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