Hasta dónde puede llegar la división hombre-mujer queda posiblemente ilustrado en el caso de los Niños Perdidos de Sudán (ver el artículo de la página 8). A finales de los 80, muchos miles de jóvenes huyeron de sus hogares a causa de una larga guerra civil. Deambularon por la sabana durante años, trasladándose a Etiopía y regresando a Sudán antes de llegar al campo de Kakuma en Kenia. Cuando se conoció su odisea, Estados Unidos se avino a aceptar varios miles de «niños perdidos», que se convirtieron en estrellas internacionales al empezar su nueva vida.
Estados Unidos destinó millones de dólares a programas para mejorar su seguridad y asegurar que sus atacantes fueran llevados ante la justicia. Los resultados quedaron reflejados en lo que ahora Christine Mougne llama «ese horrible mapa» de la oficina del ACNUR en Bangkok, Tailandia. Cada tipo de agresión, desde la violencia sexual a los secuestros, pasando por los asesinatos, se marcó en el mapa con un símbolo distinto. Al principio, parecía haber un número limitado de muertes, pero, a medida que más piratas eran llevados ante los tribunales por violación, el número de boat people que había sufrido abusos y que había sido asesinada posteriormente a sangre fría o «desaparecido» en el mar crecía sin control. Los símbolos representando a los muertos invadieron repentinamente el mapa. En Kenia, muchas mujeres fueron violadas mientras recorrían zonas remotas en busca de leña. En 1997 se emprendió un proyecto en virtud del cual los suministros se transportaban en camiones a los campamentos con el fin de reducir la vulnerabilidad de las mujeres ante los depredadores sexuales.
Algunas esposas no tienen la oportunidad de contar su historia. Sigue habiendo una gran incertidumbre sobre cómo responder ante las mujeres que son víctimas de abusos domésticos, la principal causa de lesiones de mujeres en todo el mundo. Cuando regresan a sus hogares, se suele esperar de las mujeres que retomen su papel cultural de ama de casa y madre, con independencia de cuál haya sido su experiencia como refugiada. Las mujeres bosnias que fueron a Europa y a otros países como refugiadas durante la guerra de los Balcanes encontraron muy difícil regresar al enclaustrado mundo de una granja aislada una vez acabados los combates. Todos los avances conseguidos en Guatemala se vieron amenazados por el machismo de los hombres y una actitud según la cual«esos programas especiales ocurrieron en el exilio; ahora estamos en casa y vuelvo a ser el jefe».
Los trastornos de la vida como refugiado suponen tanto una oportunidad como un desafío para mejorar el destino de las mujeres. «Puede que algunas vidas hayan quedado destrozadas, pero no podemos seguir arremetiendo contra la situación de los refugiados y esperar cambiar y arreglarlo todo de la noche a la mañana», dice Mends-Cole, expresando un cierto grado de cautela. «No podemos imponer el cambio. Las mujeres tienen que desearlo también, pero no lo aceptarán si sus vidas vuelven a sufrir amenazas». Decidir el momento oportuno para introducir el cambio siempre es complicado, pero tampoco debe subestimarse el deseo de progreso incluso entre las culturas más conservadoras. Cuando las fuerzas soviéticas invadieron Afganistán en 1979, muchas familias tradicionales huyeron, en parte por temor a que sus mujeres fueran «obligadas» a nuevas formas de vida, lo que incluía el ser enviadas a la escuela. Hoy, muchas de esas mismas familias aprueban que sus hijas tengan exactamente esa oportunidad. ¿Qué camino supone un avance? Se han intentado dos métodos: crear «programas especiales» para paliar problemas concretos o «integrar» esas iniciativas para mujeres en la estructura operativa general de una organización. Ninguno de los dos planteamientos ha triunfado plenamente. En cambio, se ha creado una situación sin salida. Los programas especiales suelen ponerse en manos de personal especializado para su funcionamiento y ser ignorados o degradados por los demás miembros de una organización. Introducirlos en la programación general puede significar que «queden sumergidos y finalmente asfixiados». Sólo se han registrado éxitos parciales a la hora de contratar más mujeres para organizaciones humanitarias y de utilizar su talento de manera efectiva para ofrecer unos puntos de vista más equilibrados y variados. En los últimos años, el ACNUR ha mantenido una decidida política de contratación y, aunque ahora más mujeres ocupan puestos en los niveles más bajos, un 80 por ciento de todos los puestos superiores y directivos de las agencias de la ONU siguen dominados por hombres. Un informe reciente sugería que «emplear mujeres cumple con la cuota de los sexos y es un paliativo para los que critican la actual situación, pero las mujeres no tienen poder para hacer nada dentro de una organización o de un proyecto».
Esta especialista señala que muchos programas han tendido a centrarse en la mujer y a excluir a los hombres y, como resultado de este abandono, se quedan cortos en su objetivo de promover el cambio social. Las ideas para mejorar la situación incluyen tanto programas ya en marcha como nuevos proyectos; una mayor implicación de las mujeres en el diseño y la dirección de los campos y programas para refugiados; futuros proyectos para frenar la violencia sexual; el constante asesoramiento y reasentamiento de emergencia de las víctimas y el empleo de más funcionarias de protección femeninas. Tras viajar recientemente a África Occidental, el Alto Comisionado Ruud Lubbers declaró: «Prometí a las mujeres hacer más para ayudarlas», promesa a la que ha respondido con un compromiso de cinco puntos. Éstos incluyen el objetivo de un 50 por ciento de participación femenina en todos los campamentos, comités de gestión y liderazgo de refugiados rurales y urbanos; la inscripción individual en un registro de todos los refugiados adultos, hombres y mujeres; el desarrollo de posteriores estrategias para combatir la violencia sexual y sexista; la participación directa de las mujeres en la distribución de ayuda y el reparto de suministros sanitarios de forma regular. «Las mujeres deben tener un papel central en la solución de las crisis en todo el mundo», ha indicado el Alto Comisionado. En 1995, Wairimu Karago, entonces subdirector del Departamento de Protección Internacional del ACNUR, afirmó en una entrevista: «Lo tenemos todo. Tenemos una hermosa política sobre mujeres. Tenemos directrices. Pero nada de esto sirve si no se pone en práctica». Esto sigue siendo tan cierto hoy como
lo era entonces.
|
||||||||||||||||
| <<...viene de la página
anterior |
||||||||||||||||