Mujeres en la pacificación Seis razones por las que debe incluirse a las mujeres en las conversaciones sobre seguridad internacional Por Swanee Hunt La cuestión de la pacificación ha adquirido una especial importancia en el mundo de hoy. ¿Por qué? Las guerras que ahora padecemos son más peligrosas, con armas cuyo poder de destrucción crece en espiral más allá de nuestra imaginación. Pero los recursos sin explotar —los líderes de más de la mitad de la población mundial que han quedado excluidos de la estrategias de seguridad internacional— son también inmensos. Debemos crear un nuevo paradigma en nuestra política de asuntos exteriores, un modelo de seguridad inclusivo. Hemos de conseguir que resulte impensable no contar con mujeres implicadas íntegramente en cada etapa de un proceso de paz: tanto en la prevención y resolución de los conflictos como en la estabilización posterior a los mismos. Un funcionario de la ONU me dijo una vez que los jefes militares no quieren mujeres en sus equipos porque tienen miedo de que transijan demasiado. ¿Pero no se trata de eso? Para una estabilidad duradera, necesitamos promotores de la paz, no sólo soldados, en la mesa de negociaciones. Y hay al menos seis razones por las que las mujeres son valiosas para la pacificación: PRIMERO, las mujeres son, en general, proclives a establecer relaciones que salven las divisiones étnicas, religiosas y culturales debido a su papel social y biológico como criadoras. Algunas teóricas del feminismo han desafiado ferozmente este concepto, pero las mujeres con las que he hablado en zonas de conflicto repiten constantemente que su motivación es la necesidad de afianzar la seguridad de sus familias. SEGUNDO, toman el pulso a la comunidad donde se tiene que vivir el acuerdo. Qué extraño que hayamos desarrollado una forma de alcanzar acuerdos de paz que excluya a estos expertos de la mesa. En 1994, presidí unas negociaciones durante la guerra de Bosnia y me quedé asombrada de que las aproximadamente 60 personas implicadas fueran sólo hombres. Se dividieron en distintas posiciones políticas, pero no crearon ningún mecanismo para acorralar a los acusados de crímenes de guerra. Seis años más tarde, hay ciudades cuyos representantes siguen siendo quienes dirigieron las atrocidades y millones de personas en los Balcanes continúan desplazadas. La TERCERA razón por la que las mujeres son especialmente competentes en un proceso de paz es porque normalmente no son quienes empuñan las armas. Me aseguran que, al no tener que experimentar el proceso de convertir a una persona en su presa —cosa que sí ocurre con sus maridos—, tienen menos distancia psicológica que recorrer en el esfuerzo de reconciliación. CUARTO, a las mujeres —como ciudadanas de segunda clase— no se les considera lo suficientemente poderosas como para ser peligrosas. Sumaya Farhat-Naser, una palestina del Centro para Mujeres de Jerusalén, afirma que esta identidad femenina ha desviado parte de la violencia diaria en Oriente Próximo y ha ayudado a las mujeres a establecer contacto con otras comunidades de una forma que a los hombres se les niega. Con todo, como las mujeres están fuera de la estructura de poder, el impacto de su trabajo es también limitado. Pero —QUINTO—, precisamente porque a las mujeres no se les ha permitido ocupar un lugar en las estructuras de poder, son proclives a encontrar soluciones «fuera del marco», especialmente en los aspectos básicos. Pese a los pocos fondos, a haber sido dejadas de lado y a menudo desestimadas, las innovadoras líderes locales son capaces de movilizar y crear su propia agenda fuera del atento escrutinio de los partidos políticos o de los organismos oficiales. Una SEXTA razón para involucrar a las mujeres en todo un proceso de paz es su sorprendente capacidad para superar las barreras del conflicto. En 1977, unas activistas antisectarias de Irlanda del Norte ganaron el Nobel de la Paz por sus manifestaciones públicas, y hace unos pocos años se creó la Coalición de Mujeres de Irlanda del Norte, un partido político que también supera cualquier barrera sectaria. Como respuesta, hay progresos en el frente político. La Unión Europea, el Grupo de las Ocho naciones más industrializadas y el Consejo de Seguridad de la ONU han hecho grandiosas declaraciones que insisten en la inclusión de las mujeres en los procesos de paz. Las palabras están bien. Ponerlas en práctica sería aún mejor. Por ejemplo, había razones de peso para integrar a las mujeres en el proceso de paz afgano patrocinado por la ONU, pero sólo tres mujeres entre 60 hombres eligieron un gobierno interino para Afganistán; y sólo se nombró a dos mujeres para dirigir dos de los 29 ministerios. Un éxito que apenas conmueve en un país donde, en el pasado, un 40 por ciento de los representantes gubernamentales eran mujeres. Kada Hotic es una refugiada bosnia de
Srebrenica, una ciudad tomada por fuerzas serbias que violaron a un número
masivo de mujeres y mataron a unos 8.000 hombres y niños desarmados,
incluidos su hijo y su marido. Aun siendo refugiada, creó una organización
para averiguar la verdad de la peor atrocidad ocurrida en Europa desde
la Segunda Guerra Mundial. Pero también habla consoladoramente
de quienes destruyeron su vida: «El soldado que mató a mi
hijo creía que hacía el bien para su gente y su religión».
Hace poco declaraba en Belgrado: «No he venido aquí a decir
que sois culpables. No me gustaría que lo que me ocurrió
a mí le ocurriera a cualquiera de vosotros. Es hora de dejar atrás
el pasado». A la mañana siguiente, recibió llamadas
de otras ciudades serbias pidiéndole que fuera a hablar. «Ahora
sé que no estoy sola», dice. «Puedo trabajar con esta
gente. Juntos podemos crear un futuro nuevo». Swanee Hunt pertenece a la junta directiva de USA for ACNUR, dirige el Programa de Política y Mujeres en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy y preside Mujeres por la Paz (womenwagingpeace.net).
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