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Jugando

El deporte es bueno, y eso incluye a mujeres y niñas

Por Danya Chaikel

Cuando Helena Ngonga, de 22 años, huyó de su casa en la República Democrática del Congo, lo perdió prácticamente todo. Esta joven madre de dos hijos consiguió llegar a un campo de refugiados en las afueras de la capital angoleña, Luanda, y un buen día, hace poco, se encontró ocupada organizando un partido de fútbol para niños, un acontecimiento aparentemente rutinario que, sin embargo, significa mucho más para los participantes que el simple hecho de «pegar al balón».

Para Helena, ejercer de entrenadora ha sido un trampolín hacia un trabajo como maestra de preescolar, una paga decente y una recién hallada autoestima. Y en los campamentos, donde el aburrimiento y la monotonía pueden destrozar la moral, los deportes están ayudando a enseñar el concepto de trabajo en equipo y liderazgo y a robustecer la salud de los inquietos jóvenes.
Mujeres refugiadas somalíes se toman un descanso para practicar el voleibol en un campo de refugiados etíope.
ACNUR/R.CHALASANI/CS•ETH•1998

 

El noruego Johan Koss, medalla de oro en patinaje de velocidad, y el Comité Organizador de las Olimpiadas de Lillehammer reconocieron en 1994 que los Juegos Olímpicos deberían ser algo más que ostentación y montaje televisivo y que podrían utilizarse en provecho de las necesidades infantiles. Hoy, una pequeña organización no-gubernamental, Olympic Aid, y el ACNUR cuentan con programas en Angola y otros diez países para afianzar uno de los principios básicos de la Convención de la ONU sobre los Derechos del Niño: el de que cualquier joven tiene derecho a jugar y que las actividades deportivas pueden ser tan importantes como el alimento y la vivienda para los niños refugiados que intentan superar el trauma de la guerra y el desarraigo.

No resulta muy
difícil animar a los
niños a que
participen en un
deporte, pero incluir
a las mujeres puede
ser un poco más
delicado y
complicado.
El Alto Comisionado, Ruud Lubbers, manifestó en un foro de Olympic Aid, reunido especialmente durante los Juegos de invierno de este año en Salt Lake City, que «los juegos y el trabajo en equipo pueden ayudar a sanar las cicatrices emocionales y a restablecer al menos parte de la apariencia de normalidad en el, por lo demás, extraño entorno de un campo de refugiados». La actriz de Hollywood Angelina Jolie, Embajadora de Buena Voluntad del ACNUR, compartió anécdotas personales de sus visitas a los campos de refugiados. En Kibondo, Tanzania, conoció a una niña reservada que no se relacionaba con nadie, habiendo sido testigo reciente del asesinato de sus padres y su hermano mayor. «No puedo imaginar nada mejor para esa niña que estar con otras personas, jugar y ser normal otra vez. Eso es lo que hace Olympic Aid», señaló Jolie a la audiencia.

Con su programa Coach2Coach, Olympic Aid reclutó recientemente a un grupo de entrenadores voluntarios de Canadá, Estados Unidos, Noruega y Holanda, que pasan seis meses en los campamentos ayudando a refugiados como Helena Ngonga a organizar actividades como fútbol, voleibol, baloncesto, netball, deportes de pista y de campo e incluso karate y gimnasia.

ANIMAR A LAS MUJERES

No resulta muy difícil animar a los niños a que participen, pero incluir a las mujeres puede ser a veces más complicado. El entrenador canadiense Michael Hunter, que trabaja en el campo Mussende de Angola, asegura que las mujeres refugiadas suelen quedar separadas de sus maridos y deben cuidar de toda la familia. En esas circunstancias, «lo primero que descuidan es su bienestar físico y emocional».

También puede surgir el problema de la rivalidad entre los sexos. Cuando una joven muchacha intentó en Mussende unirse a un partido de fútbol, fue increpada por los chicos. Un entrenador volvió a pasar la pelota a la niña y pidió a los muchachos que no marginasen a nadie. El partido continuó. Aunque los chicos se mostraban claramente reacios, al final uno de los jóvenes le pasó la pelota a la niña. Esta vez no la ahuyentaron.

Abby Schneider encontró problemas parecidos en Pakelle, al norte de Uganda. «Al salir de la escuela, las niñas tienen tareas domésticas que hacer, como traer agua y cuidar de sus hermanos», explica esta entrenadora de 21 años que ayuda a niños desvalidos en Saskatchewan, Canadá. Las adolescentes también son reacias a apuntarse, porque pueden sentirse torpes o avergonzadas, y Schneider les pide primero que ayuden con los juegos, organizando a los niños más pequeños, pues según dice es «más fácil para las niñas pasar de cuidadora a líder de grupo que de cuidadora a competidora ».

Susie Biro, una entrenadora de Toronto, asegura que es duro para las mujeres y las niñas dejar su trabajo por el «lujo de salir a jugar» en el campo Kpomasse de Benin. Además, reunir a refugiados de 22 países puede ser complicado. Pero cuando las chicas decidieron que querían su propio torneo de fútbol, encontraron la manera de conseguirlo. Corrieron la voz en el campamento sobre el inminente torneo, se dividieron en equipos por edades y tamaños más que por nacionalidades y se enfrentaron en una fogosa competición.
«Como mujer, me es más fácil animar a las
chicas a que participen; me ven como un modelo a seguir».
Tener entrenadoras femeninas supone una gran diferencia: «Como mujer, me es más fácil animar a las chicas a que participen; me ven como un modelo a seguir», dice Marian Scully, que entrena a refugiadas de Liberia y Sierra Leona que viven junto a Danané, en Costa de Marfil, a unos 800 kilómetros al oeste de la antigua capital, Abidján. «En un partido de fútbol con nuestros entrenadores, todo el mundo se quedó impresionado de ver jugar a las mujeres. Una chica dijo que era la primera vez que veía a una niña atrapar y controlar la pelota».

Según otra entrenadora de Quebec destinada en Danané, Louise Hamelin, las niñas están tan ilusionadas y son tan creativas como los niños, pero «tienen mucho menos tiempo libre». La idea de que la mujer practique deporte, especialmente junto a los hombres, es una novedad en muchas comunidades refugiadas... y en gran parte del mundo. Pero, lentamente, la gente se va acostumbrando. «No hay duda de ello», dice Hamelin. «Los hombres nos consideran fuertes y atléticas». Poco a poco, cree ella, la presencia de los entrenadores de Olympic Aid está cambiando la visión de los refugiados sobre el deporte y sobre ambos sexos.

 

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