Jugando El deporte es bueno, y eso incluye a
mujeres y niñas
El noruego Johan Koss, medalla de oro en patinaje de velocidad, y el Comité Organizador de las Olimpiadas de Lillehammer reconocieron en 1994 que los Juegos Olímpicos deberían ser algo más que ostentación y montaje televisivo y que podrían utilizarse en provecho de las necesidades infantiles. Hoy, una pequeña organización no-gubernamental, Olympic Aid, y el ACNUR cuentan con programas en Angola y otros diez países para afianzar uno de los principios básicos de la Convención de la ONU sobre los Derechos del Niño: el de que cualquier joven tiene derecho a jugar y que las actividades deportivas pueden ser tan importantes como el alimento y la vivienda para los niños refugiados que intentan superar el trauma de la guerra y el desarraigo.
Con su programa Coach2Coach, Olympic Aid reclutó recientemente a un grupo de entrenadores voluntarios de Canadá, Estados Unidos, Noruega y Holanda, que pasan seis meses en los campamentos ayudando a refugiados como Helena Ngonga a organizar actividades como fútbol, voleibol, baloncesto, netball, deportes de pista y de campo e incluso karate y gimnasia. ANIMAR A LAS MUJERES No resulta muy difícil animar a los niños a que participen, pero incluir a las mujeres puede ser a veces más complicado. El entrenador canadiense Michael Hunter, que trabaja en el campo Mussende de Angola, asegura que las mujeres refugiadas suelen quedar separadas de sus maridos y deben cuidar de toda la familia. En esas circunstancias, «lo primero que descuidan es su bienestar físico y emocional». También puede surgir el problema de la rivalidad entre los sexos. Cuando una joven muchacha intentó en Mussende unirse a un partido de fútbol, fue increpada por los chicos. Un entrenador volvió a pasar la pelota a la niña y pidió a los muchachos que no marginasen a nadie. El partido continuó. Aunque los chicos se mostraban claramente reacios, al final uno de los jóvenes le pasó la pelota a la niña. Esta vez no la ahuyentaron. Abby Schneider encontró problemas parecidos en Pakelle, al norte de Uganda. «Al salir de la escuela, las niñas tienen tareas domésticas que hacer, como traer agua y cuidar de sus hermanos», explica esta entrenadora de 21 años que ayuda a niños desvalidos en Saskatchewan, Canadá. Las adolescentes también son reacias a apuntarse, porque pueden sentirse torpes o avergonzadas, y Schneider les pide primero que ayuden con los juegos, organizando a los niños más pequeños, pues según dice es «más fácil para las niñas pasar de cuidadora a líder de grupo que de cuidadora a competidora ».
Tener entrenadoras femeninas supone
una gran diferencia: «Como mujer, me es más fácil
animar a las chicas a que participen; me ven como un modelo a seguir»,
dice Marian Scully, que entrena a refugiadas de Liberia y Sierra Leona
que viven junto a Danané, en Costa de Marfil, a unos 800 kilómetros
al oeste de la antigua capital, Abidján. «En un partido de
fútbol con nuestros entrenadores, todo el mundo se quedó
impresionado de ver jugar a las mujeres. Una chica dijo que era la primera
vez que veía a una niña atrapar y controlar la pelota».
Según otra entrenadora de Quebec
destinada en Danané, Louise Hamelin, las niñas están
tan ilusionadas y son tan creativas como los niños, pero «tienen
mucho menos tiempo libre». La idea de que la mujer practique deporte,
especialmente junto a los hombres, es una novedad en muchas comunidades
refugiadas... y en gran parte del mundo. Pero, lentamente, la gente se
va acostumbrando. «No hay duda de ello», dice Hamelin. «Los
hombres nos consideran fuertes y atléticas». Poco a poco,
cree ella, la presencia de los entrenadores de Olympic Aid está
cambiando la visión de los refugiados sobre el deporte y sobre
ambos sexos.
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