Educando a Fahria… Con su esmalte de uñas azul escarcha, su sonrisa confiada y su inglés de acento americano casi perfecto, Fahria desafía a sus 20 años casi todos los estereotipos de la mujer afgana. Durante un rato, deja de navegar por la red en el Mars Computer Center para jóvenes refugiadas de la ciudad paquistaní de Peshawar, para contar su sueño de regresar a Afganistán y convertirse en programadora de ordenadores o médico. Fahria huyó hace tres años cuando los talibanes capturaron su ciudad natal de Mazar-i-Sharif y excluyeron a las niñas de la escuela. Rápidamente, su familia embaló sus pertenencias y se trasladó a Pakistán para que Fahria y sus hermanas pudieran seguir sus estudios, una razón que muchas otras familias han aducido para abandonar Afganistán.
Como Fahria, Mahmooda y sus hermanas
dejaron los estudios en la capital, Kabul, cuando los talibanes llegaron
al poder. «Me obligaron a quedarme en casa y a no hacer nada»,
recuerda. «Mi vida empeoraba día tras día».
Su padre había perdido una pierna en el ejército y así, hace cuatro años, también ellos se dirigieron a Pakistán, donde las mujeres pudieron trabajar para mantener a la familia y las niñas continuar sus estudios. Al contrario que Fahria, cuyo excelente inglés le permite ganar un modesto salario, la tímida Mahmooda, a sus 18 años, hace grandes esfuerzos por pagar los 1,20 dólares mensuales de las tasas escolares. Todos los días teje alfombras y borda chales en una habitación débilmente iluminada hasta las dos de la mañana. Cuatro horas más tarde, debe prepararse para ir a la escuela. UN FUTURO MÁS BRILLANTE En muchos sentidos, este experimento de educación femenina ha sido un éxito notable. En los últimos cinco años, la asistencia a las escuelas primarias patrocinadas por el ACNUR en Pakistán se ha multiplicado por cinco y la encargada de los servicios comunitarios del Alto Comisionado, Anne Siri, asegura: «No hay ninguna niña que no quiera aprender. Les encanta». En Irán, el panorama es el mismo, siendo las niñas casi la mitad de los estudiantes de primaria.
Durante cinco años, Khalida, de 16 años, y otras 30 estudiantes asistieron a una de estas aulas clandestinas a sólo un tiro de piedra de distancia del cuartel general talibán en Kabul. «Nos daba miedo ir a clase, no llevábamos libros y estudiábamos en secreto», recuerda Khalida. Su nueva escuela está en un edificio bombardeado con el tejado destrozado en las afueras de Kabul. «No tenemos sillas, ni libros, y los profesores no cobran ningún salario», cuenta. «Cuando nieva, usamos sólo las aulas que tienen techo, pero aprender es importante. Un día quiero ser médico». Una compañera de estudios suya, Parnyan, de 17 años, reafirma su entusiasmo por la reapertura de la escuela: «He estado esperando esto más de cinco años. No puedo explicarlo. Estaba tan contenta. Pensé que estaba soñando». TIEMPOS DIFÍCILES Pese a las señales esperanzadoras, ya ha habido decepciones y perspectivas de futuros problemas. Cientos de miles de jóvenes han recibido una educación en el exilio, pero, debido a la escasez de fondos internacionales y a otros problemas, a otros muchos millones se les ha negado la oportunidad incluso de una educación básica. Cuando vuelvan a casa, estos estudiantes desfavorecidos lo harán con pocos conocimientos u oportunidades para ganarse la vida en una nación que está intentando reconstruirse a sí misma desde cero y que necesita todos los profesionales que pueda encontrar, incluidos cerca de 100.000 nuevos profesores.
También está la división entre lo urbano y lo rural, y las viejas creencias de que las hijas de las familias campesinas no quieren o no necesitan educación. Eso, según Sima Samar, la Ministra interina de Asuntos de la Mujer y líder del desarrollo rural, ha pasado a la historia. «En una aldea rural, un grupo de ancianos conservadores, todos hombres corrientes, me vinieron a preguntar si podía abrir una escuela para niñas», dice. «Antes no había escuela, pero ahora quieren una. Quieren que sus hijas estudien. Ven la educación como una oportunidad». La dieciochoañera Mahmooda volverá
pronto a casa, sabiendo que tendrá que seguir bordando pañuelos
para ayudar a su familia a sobrevivir, pero tiene fe en el poder de la
educación. «La gente inculta es como un ciego», afirma.
«Cuando viaja a un nuevo lugar, ni siquiera puede leer los carteles
y no sabe dónde está. Espero que la gente no siga sintiéndose
ciega por mucho tiempo». Las autoras forman parte del personal del grupo humanitario norteamericano Refugees International.
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