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Una vida al límite

La relación entre los refugiados y el entorno en el que sobreviven ha entrado en una etapa especialmente crítica

Por Ray Wilkinson

Es uno de los paisajes más sobrecogedores del mundo. Interminables campos de sabana, salpicados con las gráciles siluetas de las jirafas y los pesados elefantes, se transforman en profundos lagos y volcanes humeantes que atraviesan melancólicamente el cielo africano. Aldeas irremediablemente superpobladas y la última gran concentración de gorilas de montaña se aferran precariamente, hombro con hombro, a las laderas montañosas. Mansiones desconchadas al borde de las riberas rememoran la corrupción del colonialismo decimonónico y los despóticos tiranos postcoloniales del siglo XX.

Cientos de miles de personas aterrorizadas se esparcieron por esta región en 1994. Huyendo de una de las peores atrocidades de la   historia   contemporá-
Refugiados en el Sáhara Occidental. ACNUR/A.Hollmann

 

nea -los campos de la muerte de Ruanda-, prepararon el terreno para otro choque espectacular, esta vez entre el hombre y su medio ambiente.

Casi de la noche a la mañana, surgieron inmensas ciudades en las llanuras de Tanzania a medida que los refugiados se resguardaban presos del pánico en tiendas enviadas precipitadamente por vía aérea, en endebles chozas de ramas o, simplemente, en huecos excavados en la tierra. A la sombra de volcanes que seguían retumbando, otros refugiados se acomodaron en la cumbre y en las hendeduras de antiguas corrientes de lava, con unas cenizas tan duras que ni siquiera la dinamita hacía mella en su superficie. En la vecina Zaire (actualmente República Democrática del Congo) ciudades como Goma y Bukavu se vieron desbordadas por masivas llegadas, al principio frenéticas y luego agotadas, de asustados exiliados.

"Durante mucho tiempo se ha pasado por alto la relación entre refugiados y el medio ambiente".
Ejércitos de hombres, mujeres y niños cortaron y derribaron millones de árboles en las selvas, antes vírgenes, del Parque Nacional Virunga de Zaire, el más antiguo santuario de animales de caza en África, en su búsqueda diaria de combustible. En la región de Kagera, al noroeste de Tanzania, los refugiados consumían más de 1.200 toneladas de leña por día. Los hombres armados del lugar, los cazadores furtivos y los refugiados cazaban con trampas o a tiros la fauna local, incluidos los gorilas.

Una línea divisoria

Las llegadas masivas de civiles producen siempre un fuerte impacto sobre los campos vecinos en los que buscan seguridad. Pero, al contrario que en otros éxodos anteriores, los sucesos en la región africana de los Grandes Lagos a mediados de los 90 se convirtieron en una especie de línea divisoria ecológica.

La Alta Comisionada japonesa del ACNUR, Sadako Ogata, había preparado el terreno en 1992 cuando hizo la declaración posiblemente más completa hasta el momento sobre la vinculación del azote de la degradación medioambiental y los refugiados.

Ogata amplió el debate ante la Conferencia de la ONU sobre Medio Ambiente y Desarrollo en Río de Janeiro, advirtiendo que, aunque es bien sabido que los movimientos de refugiados pueden provocar destrucciones ecológicas, la degradación medioambiental pone a menudo en marcha la crueldad del ciclo entero, ya que, cada vez con mayor frecuencia, el primer motivo que obliga a los civiles a huir es este fenómeno.

"Durante mucho tiempo se ha pasado por alto la relación entre refugiados y el medio ambiente", dijo, prometiendo que su agencia se implicaría más profundamente al respecto.

Ruanda puso de manifiesto el problema ante una audiencia mundial. La orgía de muertes fue el genocidio mejor documentado de la historia. Un inmenso número de personas aterrorizadas huyeron luego de los campos de la muerte hacia un extremadamente bello aunque frágil ecosistema, donde sus constantes calamidades fueron objeto de un bombardeo mediático sin precedentes. Estos hechos, unido a una mayor concienciación general sobre las cuestiones medioambientales, dieron como resultado, quizás por vez primera, un reconocimiento internacional generalizado del vínculo refugiados-ecología.

Se enviaron miles de millones de dólares en ayuda regular -comida, agua, techo, medicinas- por tierra y aire a la región afectada en un momento en que miles de personas morían de agotamiento, cólera y otras enfermedades. Y cuando quedó claro que los refugiados se quedarían meses o años más que semanas, las organizaciones humanitarias volvieron también su mirada hacia algunos de los nacientes problemas medioambientales.

Para evitar una mayor destrucción de los bosques de Zaire, el ACNUR contrató 100 camiones para transportar leña a los campamentos y destinó 2,5 millones de dólares a un proyecto similar en Tanzania.

Además de programas "normales" como plantar árboles, proporcionar hornillos energéticamente eficientes o ayudar a la gente a cultivar sus productos, la agencia promovió otros proyectos menos usuales. Financió, por ejemplo, el readiestramiento y reequipamiento de los guardabosques del parque para proteger especies botánicas de un valor incalculable y a los gorilas de montaña, ayudando asimismo a rehabilitar un observatorio local de volcanes, que, entre otras cosas, vigilaba el siniestro runruneo del cercano Monte Nyiragongo. El volcán no estalló entonces, pero a principios de año arrojó un vasto mar de lava fundida por sus laderas, enterrando virtualmente la ciudad de Goma y obligando a huir a decenas de miles de civiles llenos de pánico.

Hacerse global

En un momento en que los trabajadores sobre el terreno se las veían con las incertidumbres de los volcanes africanos y las menguantes selvas tropicales, la agencia para los refugiados se hizo "global" en 1996, promulgando sus primeros Principios Medioambientales de alcance universal.

Estos reconocían que "mientras que las actividades tradicionales del ACNUR han conseguido(…) sustentar a las poblaciones de refugiados, ha aumentado la comprensión de que los impactos negativos sobre el entorno asociados con los casos de refugiados deben ser mejor entendidos y solucionados".

Las huidas en masa, se admitía en dichos principios, podían destruir ecosistemas enteros e infraestructuras económicas, dañando seriamente no sólo a los refugiados sino también a las poblaciones locales, y creando una amplia onda expansiva de caos social, económico y político. Los principios ofrecían consejos generales sobre cómo prevenir o mitigar estos problemas.
Huyendo de una de las peores atrocidades de la historia en Ruanda, cientos de miles de personas prepararon el terreno para otro choque espectacular, esta vez entre el hombre y su entorno.

Demostrando la creciente importancia de la cuestión, el gobierno japonés subvencionó el nombramiento de tres coordinadores medioambientales sucesivos para el cuartel general de la organización en Ginebra.

Este programa acabó hace ya años, poniendo en evidencia el dilema de que, independientemente de lo valiosa que sea una causa, los programas no prosperan automáticamente en un mundo humanitario cada vez más complejo y competitivo.

Los proyectos pueden ser caros en un momento en que los presupuestos encogen. Sólo la rehabilitación de los campos de refugiados en África podría costar casi 150 millones de dólares anuales. En el pasado, los planes medioambientales se veían con recelo, como "lujos" para ser puestos en marcha sólo cuando se habían completado otros proyectos más urgentes, una actitud que sigue muy extendida hoy en el ACNUR y la comunidad humanitaria.

La mano de obra, así como los recursos económicos, siguen escaseando. En la agencia para los refugiados hay un experto medioambiental a jornada completa en Ginebra y unos 20 expertos a media jornada. El secular debate prosigue sobre quién debe responsabilizarse de los proyectos medioambientales -las organizaciones humanitarias o las de desarrollo-, especialmente cuando ciertos programas como los de reforestación pueden seguir durante años después de la partida de los últimos refugiados.

 

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