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UNA VIDA AL LÍMITE

Patata caliente

El medio ambiente se ha convertido en una patata caliente política y algunos gobiernos se muestran cada vez más exigentes en sus demandas de que la comunidad internacional pague las facturas de los proyectos de limpieza y rehabilitación incluso en los casos en que, para empezar, no está claro que los refugiados sean la causa de la degradación.
Zambia ha empezado a promover la integración local de los refugiados, convirtiéndose en uno de los pocos países que lo hace hoy en día. ACNUR/L. Taylor

Tales dilemas llegan en un momento especialmente crítico en el ciclo medioambiental de los refugiados. En el Cuerno de África, un perenne invernáculo de guerra y éxodo, está previsto el cierre de más de 30 campamentos mientras cientos de miles de personas regresan a sus casas y el ACNUR emprende una de sus más ambiciosas operaciones de limpieza.

En Sudán, el mayor país de África, se ha destinado hasta 10 millones de dólares para operaciones, y Bellings Sikanda, director de las operaciones de la agencia en Showak, al este del país, comenta: "Nos encontramos en un cruce de caminos. El programa para refugiados se acaba y nos vamos. Pero queda la etiqueta con el precio".

Reflejando la sensibilidad política del debate, Bushra el Amin, el principal coordinador gubernamental, señaló a Refugiados: "Algunos dicen que lo que ofrecéis es una gota en el océano. Agradecemos esa gota porque somos optimistas". Pero, en aparente contradicción, añadía a continuación: "Queremos montones de dinero y montones de hechos".

En África occidental y central se enfrentaban al problema opuesto del Cuerno. Mientras África oriental luchaba con la rehabilitación de los campamentos y el reasentamiento de los refugiados retornados en frágiles ecosistemas, Liberia, Congo y las regiones circundantes se encontraban atenazadas por conflictos constantes, nuevas huidas de refugiados y todos los problemas medioambientales que provoca la guerra.

En todo el mundo, cientos de miles de refugiados afganos empezaban también a regresar a su país, presentando masivos desafíos medioambientales en distintos frentes. Casi 200 enclaves en Pakistán, que albergaron millones de afganos durante muchos años, pueden requerir operaciones de limpieza.

El mismo Afganistán es una pesadilla económica y medioambiental, donde literalmente todo, desde la última casa y campo de los pueblos hasta las fábricas y hospitales, necesita ser reconstruido partiendo de cero. A modo indicativo de cómo un desastre medioambiental puede causar una onda expansiva global, Afganistán tiene tan poca madera que habrá que importar millones de dólares en este material desde lugares tan lejanos como Sudáfrica y Tanzania para ayudar a reconstruir el país.

Puede que los refugiados y su entorno sólo tengan un modesto efecto en el bienestar físico general de la Tierra, pero un informe de 450 páginas publicado recientemente con el título de Perspectivas Medioambientales Globales dibujaba un cuadro muy crudo del futuro a menos que todos -gobiernos, grandes negocios y empresas- cambien sus métodos radicalmente.

Más de 1.000 científicos advertían que especies vivas y ecosistemas enteros, especialmente los bosques, podían seguir desapareciendo a un ritmo alarmante y más de la mitad del mundo se verá afectado por la carestía de agua. Como avisaba la antigua Alta Comisionada Ogata en su discurso de 1992, millones de refugiados "nacen" debido a esta degradación constante y ellos mismos pueden exacerbar esta degradación en su búsqueda de un lugar seguro. Una cumbre mundial sobre desarrollo sostenible discutirá estas cuestiones este año en Sudáfrica.

Al límite

La primavera acaba de comenzar en el Sudán oriental y las temperaturas ya están por los 50 grados, tan calurosas que es como entrar en un baño turco donde el vapor se ha convertido en nubes sólidas de calor. Los tornados de polvo pasan en torbellino por el monótono y llano paisaje gris parduzco y se desvanecen igual de repentinamente en el cielo gris pizarra. Cadáveres de vacas y cabras salpican el horizonte. Mueren donde han caído. Nada puede hacerse por salvarlos.

Rodeando a cada asentamiento y ciudad, una maleza de árboles enanos erizados de púas se halla cubierta, como árboles de Navidad para los más pobres, con millones de bolsas de plástico usadas, un triste recordatorio de los excesos del consumo humano y sus impactos sobre un ecosistema delicado. Máquinas agrícolas oxidadas y silos abandonados sirven de monumento a un fallido experimento por "hacer florecer el desierto" y convertir la región en la fuente de pan de todo el Oriente Medio.

La mayoría de los aproximadamente 120.000 refugiados eritreos viven en esta región. En los 80, más de un millón de personas desarraigadas, procedentes de algunos de los nueve países que comparten fronteras con Sudán, se refugiaron aquí. Existen otros cinco millones de sudaneses a los que la guerra civil ha desplazado en su propio país, la cifra más alta del mundo. La guerra parece ser una constante en esta zona.

No toda la gente, de los 20 millones de desplazados a cargo actualmente del ACNUR, vive en ambientes tan duros, por supuesto. Las condiciones de los refugiados son tan variables como el clima en diferentes partes del mundo y unos cuarteles militares reconvertidos en Europa pueden parecer casi un lujo en comparación con la sabana de África oriental.
Imágenes de satélite de alta resolución con el campo de refugiados de Beldangi en Nepal y sus bosques y montañas circundantes. Copyright: SPACEIMAGING.COM

Pero la gran mayoría vive al límite mismo de la supervivencia. Las personas desarraigadas escapan a menudo de las naciones más pobres del mundo y encuentran refugio en países igualmente desposeídos. A veces se les alberga en lugares inhabitados del país, donde hay poca o ninguna infraestructura o en tierras que los nativos desecharon hace tiempo por ser demasiado difíciles de colonizar.

La severidad del paisaje en el este de Sudán, norte de Kenia o en partes de Pakistán es un descarado recordatorio de un hecho tan manifiesto que a menudo se pasa por alto o ignora: los refugiados y el entorno abarcan mucho más que un proyecto para replantar un bosque o limpiar un campamento abandonado. Prácticamente cada uno de los problemas a los que se enfrentan los refugiados y las organizaciones que intentan ayudarlos tienen una conexión medioambiental.

Lente corta

"Tendemos a ver el medio ambiente a través de un telescopio de lente muy corta", dice Sergio Calle-Noreña, que no es un experto medioambiental sino un funcionario senior de protección del ACNUR en Kenia. "El medio ambiente implica política, protección, seguridad, alimentos y salud, algo muy obvio cuando piensas en ello, pero la gente no suele conectar todos los puntos".

Las mujeres refugiadas en el complejo de campamentos de Dadaab en Kenia oriental, por ejemplo, se sintieron aterrorizadas durante años cuando tenían que ir a buscar leña a los páramos. Su protección, seguridad y salud se vieron gravemente comprometidas (ver artículo de la página 8). Contaminar un agua que escasea o usar leña "verde" origina serios problemas de salud. La escasez de madera y la imposibilidad de cocinar los alimentos, incluso cuando están disponibles, provocan desnutrición y otras enfermedades.

La lucha por los recursos puede llevar a tumultos sociales y políticos. Las dificultades entre los refugiados y las comunidades locales caen invariablemente dentro de esta categoría. Algunos gobiernos, especialmente en África, solían dar la bienvenida a los refugiados, concediéndoles parcelas de tierra y a veces la ciudadanía. Pero, a medida que aumentaba su número, década tras década, y que los refugiados se quedaban más tiempo, ya no se permitía a los recién llegados "integrarse" en las comunidades locales y mantenerse con tierras agrícolas, sino que eran confinados en campamentos superpoblados.

Aunque estas medidas estaban destinadas a disminuir la presión sobre los recursos naturales y a apaciguar a las comunidades locales, normalmente tenían el efecto opuesto, ya que los refugiados se veían obligados a buscar, a veces en contra de la ley, recursos escasos como leña y productos agrícolas.

En una maniobra por contrarrestar esa tendencia, Zambia anunció recientemente un proyecto piloto en el que parte de los casi 300.000 refugiados que el país mantiene económicamente se integrarán en comunidades locales y recibirán tierras para cultivar productos agrícolas tanto de uso doméstico como para la exportación. La maniobra está diseñada en parte para contrarrestar las actitudes imperantes, resumidas por uno de los dirigentes locales, según el cual "creíamos que los refugiados sólo estaban aquí para cortar nuestros árboles y usar nuestro agua".

Bueno, malo, feo

La educación, en la que también se fomenta la igualdad de los sexos, es un proyecto clave.
ACNUR/R. Wilkinson

La historia de los proyectos económicos y medioambientales del mundo en desarrollo entraron a formar parte del folklore periodístico hace muchos años, abarcando todos los extremos de lo bueno, lo malo y lo feo.

Los proyectos varían desde los últimos milagros tecnológicos a los programas más realistas y probados en el pasado.

La educación medioambiental es la herramienta básica más lógica para incitar, explicar y seducir a los refugiados, especialmente niños, nativos y representantes gubernamentales, a través de eco-clubs, charlas en clase, literatura y teatros locales.

Plantar árboles y reforestar, especialmente en regiones semidesérticas, se ha convertido en la piedra angular de los programas medioambientales. En uno de los proyectos más ambiciosos en su género, el Banco Mundial, junto con el ACNUR y otras organizaciones, gastó 80 millones de dólares en los 90 para rehabilitar los bosques de Pakistán.

Cada vez con mayor frecuencia los campamentos se rodean de cinturones verdes en el árido Cuerno de África, regenerando zonas expoliadas en las regiones tropicales del África central, mejorando la conservación del suelo, restaurando la diversidad biológica, proporcionando recursos para construir y cocinar y sombra.

Se ha introducido una pléyade de proyectos. Las imágenes de alta tecnología obtenidas por satélite y los GPS (Sistemas de Posicionamiento Global) pueden trazar los movimientos de los refugiados, la localización de los campamentos y cualquier destrucción medioambiental.


En el otro lado de la balanza, el dedicado a la baja tecnología, el denominado cultivo a base de pisos múltiples puede suponer una respuesta parcial en campamentos superpoblados, necesitando los refugiados tan sólo un saco de arpillera, algunas latas y un poco de suelo para producir cosechas abundantes en espacios reducidos. Los refugiados ruandeses del norte de Uganda utilizan los ubicuos termiteros para convertir sus desechos en fertilizante y otros tejen bolsas de plástico usadas para formar esterillas y material para cubiertas.
La gran mayoría de los refugiados vive en el límite mismo de la supervivencia. Escapan de las naciones más pobres del mundo y encuentran refugio en países igualmente desposeídos.

 

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