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Hora punta

Cientos de miles de personas regresan de nuevo a sus hogares en Afganistán, que no es la primera vez que vive experiencias de este tipo.

Por Fernando del Mundo

El caos del regreso. ACNUR/P. Benatar

Abdul Khaliq no ha conocido otra cosa más que guerra, dolor y exilio. De joven vio a los soldados de la invasión soviética destruir los viñedos familiares, los campos frutales de granadas, manzanas y albaricoques.

Laboriosamente, planta por planta, la familia reconstruyó su granja y los soviéticos se retiraron, pero los nuevos gobernantes de Afganistán, los talibanes, volvieron a infligir otro castigo a la tierra, quemando casas, dinamitando sistemas de irrigación de varios siglos y talando los árboles una vez más.

Abdul Khaliq no pudo evitar su propio infierno personal. Perdió la pierna izquierda al pisar una mina en la capital, Kabul, hace doce años, antes de huir hacia una vida en el exilio en la vecina Pakistán.

Sin inmutarse, a principios de este año metió a su mujer y a sus cinco hijos en un coche alquilado y se dirigió a su aldea de Qali Bibi, en la llanura afgana de Shomali.

"Los rusos destruyeron Shomali en los 80", recuerda este hombre de 32 años. "Lo hicimos revivir. Luego vinieron los talibanes y lo asolaron. Haremos que vuelva a ser productivo. No tenemos dónde ir. Éste es nuestro hogar".

Abdul Khaliq forma parte del abrumador número de refugiados que una vez más expresa su opinión poniéndose en marcha y regresando a casa.

A principios de los 90, unos dos millones de kurdos volvieron en cuestión de meses a su devastada patria tras la Guerra del Golfo y sus caóticos efectos.

Casi una década más tarde, 800.000 personas huyeron o fueron expulsadas a la fuerza de sus ciudades y pueblos en la provincia serbia de Kosovo, pero al cabo de tres meses la mayoría habían regresado. Nunca antes, quizás, tanta gente se había marchado y vuelto en tan poco tiempo.

El modelo se repitió este año en Afganistán. A partir de la formación de una administración interina en Kabul, más de un millón de afganos en el extranjero y al menos 160.000 civiles desplazados dentro del país -un total de más de un millón de personas- regresaron también al cabo de un periodo similar de tres meses.

"En Afganistán, como en las dos operaciones anteriores, todos los referentes políticos e históricos disponibles sugerían que eso no ocurriría tan rápidamente", dice Ekber Menemencioglu, director del ACNUR en la región. "De hecho, no creíamos que las condiciones fuesen las correctas, pero la gente sí lo creyó".

 

Un problema extraño

Su entusiasmo por volver a casa puso en evidencia un extraño problema: el regreso de tantos refugiados estaba yendo demasiado rápido, casi demasiado bien, amenazando con hundir la extremadamente frágil recuperación del país.

Después de todo, se trataba de uno de los países más pobres del mundo, que había soportado décadas de guerra, incluyendo una invasión soviética. Durante su apogeo en 1990, el éxodo de refugiados superó los seis millones de personas, convirtiéndose en la mayor crisis humanitaria del mundo. Las escuelas, hospitales, carreteras y granjas del país estaban en ruinas. Cuando alboreaba el nuevo milenio, incluso el tiempo se convirtió en un enemigo mortal al sufrir Afganistán la peor sequía que se recuerda, que afectó a 12 millones de personas.

Inscribiéndose en Pakistán para un regreso "asistido". ACNUR/P. Benatar

Perfectamente consciente de la débil situación interna, el nuevo Gobierno esperaba organizar un regreso cautelosa y cuidadosamente estructurado para casi cuatro millones de refugiados, todavía el mayor grupo de desplazados en el mundo, aunque el número total haya caído en los últimos años.

En línea con esta política, la agencia de la ONU para los refugiados calculaba que ayudaría a menos de un millón de personas a regresar del extranjero en el curso del año 2002. Pero esa cifra se sobrepasó en primavera, forzando al ACNUR a doblar sus cálculos y al Alto Comisionado Ruud Lubbers a admitir casi arrepentido: "Da un poco de miedo que la operación esté yendo tan bien y ahora tenemos que vivir al día".


Irónicamente, hasta los atentados terroristas del 11 de septiembre en Estados Unidos, Afganistán era en gran medida un problema olvidado. El presupuesto del ACNUR eran unos modestos 8,4 millones de dólares para el año 2001 e incluso esa cifra estaba un 40 por ciento por debajo de lo presupuestado cuando se produjo el ataque de los terroristas suicidas.

Con la atención mundial puesta súbitamente en el país, la agencia calculó que necesitaría casi 300 millones de dólares en fondos de emergencia para enfrentarse al drama que empezaba a desarrollarse en un momento en que su personal sobre el terreno se había más que triplicado, alcanzando cerca de 700 personas en casi 30 oficinas recién abiertas.
Su entusiasmo por volver a casa ha puesto en evidencia un extraño problema: el regreso de tantos refugiados iba demasiado rápido, casi demasiado bien, amenazando la extremadamente frágil recuperación del país.

¿Haciéndolo mejor?


La comunidad internacional, perfectamente consciente de que había "abandonado" Afganistán ya en una ocasión después de la retirada de los soviéticos en 1989, prometió que esta vez lo haría mejor y que nunca más dejaría en la estacada al país.

La falta de fondos, sin embargo, se convirtió rápidamente en el mayor de los muchos cuellos de botella que intentaban poner a Afganistán en marcha otra vez. Cuando el sofocante calor veraniego y la sequía envolvieron de nuevo al país, el ACNUR se enfrentó a la posibilidad de tener que reducir las subvenciones para viajes y los proyectos de vivienda y agua dado que sólo había recibido un 65 por ciento de sus necesidades económicas.

A otras agencias les fue aún peor. En el momento en que este artículo iba a imprenta, el Programa Mundial de Alimentos había recortado en dos tercios su ayuda a las familias de retornados, a 50 kilos para cada una, y advertía de una posible ruptura total en su canal de distribución de alimentos. La Organización Internacional para las Migraciones suspendió completamente el programa que proporcionaba transporte de regreso a los refugiados.

La Organización Mundial de la Salud y Habitat no recibieron ningún tipo de fondos de emergencia. De los casi 5.000 millones de dólares prometidos para desarrollo económico durante los próximos cinco años, sólo llegó una parte muy pequeña. Un ambicioso programa para reabrir miles de escuelas yacía moribundo.

"Un trabajador humanitario vino aquí un día y repartió dos lápices y un cuaderno a cada uno de los estudiantes", comenta Sadiqa Naroozyan, una mujer de 31 años que regresó de su exilio en Irán para dirigir un centro de mujeres para huérfanos y viudas en Kabul. "También llegó una docena de fotógrafos que hicieron unas fotos. No hemos vuelto a saber nada de ellos. Muchos países se ofrecieron a ayudar a Afganistán. Hubo muchas promesas, pero ninguna realidad".

Otro veterano trabajador humanitario declara simplemente: "Es una vergüenza absoluta".

Menos seguridad

Un informe encargado por la Agencia estadounidense para el Desarrollo Internacional traducía lo que estos problemas y una sequía que se agravaba por momentos significaba para los 27 millones de habitantes del país, incluidos los retornados. El nivel de "dieta de seguridad" -en lenguaje oficial, tener suficientes alimentos para comer con regularidad- cayó del 59 por ciento hace dos años a un alarmante nueve por ciento a mediados de 2002. Un indicador similar en el caso del agua cayó del 43 al 15 por ciento.

Clases en las que se advierte sobre los millones de minas sin explotar que aún quedan en Afganistán. ACNUR/P. Benatar

El país era un desconcertante conglomerado de contrastes, de renovación y destrucción masiva, de seguridad relativa y de bandolerismo generalizado.

Kabul se convirtió en un frenético centro de actividad lleno de obras de reconstrucción, teléfonos móviles, trajes de negocios, reuniones internacionales, alquileres subiendo vertiginosamente, música sonando estrepitosa toda la noche, cuando antes estaba prohibida por el todavía reciente gobierno de los talibanes, refugiados retornados y la reconfortante presencia de los soldados internacionales en las calles.
Las pocas carreteras del país estaban congestionadas con interminables columnas de vehículos arrastrándose como hormigas gigantes, pero también había hombres armados en las autopistas y los viejos señores de la guerra seguían dominando en muchas partes del país.

La intimidación variaba desde los actos aislados de violencia, incluido el asesinato, a los temores de algunos grupos étnicos de que los diversos hombres fuertes del país continuaran con la secular costumbre de cumplir su venganza contra los viejos enemigos.

Aunque liberadas de las sofocantes censuras del régimen talibán, cuando se encontraban casi en un permanente "arresto domiciliario", las mujeres reaccionaron cautelosamente a su recién hallada libertad. Algunas volvieron a trabajar pero muchas seguían tapándose de arriba a abajo con el burka, que se había convertido en el símbolo común de la opresión. "No queremos empezar con un nuevo estilo de vida todavía, ser reconocidas", dice una mujer occidentalizada. "Quizás haya más cambios, esta vez hacia atrás. Es mejor no ir demasiado deprisa".
Afganistán ha pasado por esto antes, un movimiento aparentemente interminable de gente recorriendo la región de arriba a abajo en un trágico y constante juego de sillas musicales.

El regreso a casa y la reconstrucción. © AP/S. Plunkett

Unas 40.000 personas intentaron "ir en sentido contrario" y cruzaron a Pakistán en busca de refugio, pero se vieron atrapadas en una delgada franja de tierra de nadie en la frontera cuando las autoridades del país les denegaron el permiso de entrada.

El Alto Comisionado Lubbers aseguraba en una reciente visita: "En este país existe la tradición de resolver las disputas por la vía fácil de las armas. Hay que reducir eso poco a poco, pero creo que estamos en el camino".

La red nacional del ACNUR y la presencia de los agentes humanitarios ofrecía cierto grado de estabilidad y protección en esta volátil mezcla. Y una silenciosa diplomacia ayudaba a desactivar las situaciones potencialmente peligrosas contra la seguridad.

Complementando las actividades principales de protección de la agencia, ésta ofrecía también un techo a 96.000 familias, semillas y herramientas a otros 144.000   hogares

y miniproyectos para reparar escuelas, clínicas e instalaciones de agua.

Impresiones diversas

La velocidad de los regresos amenazaba con paralizar estas ayudas y algunos representantes oficiales, sintiéndose acosados, sugirieron en privado ralentizar la repatriación o incluso detenerla para "comprar tiempo" y que el país pudiera recuperarse. Paradójicamente, sin embargo, algunas capitales lo han considerado un momento oportuno para devolver a miles de afganos que habían solicitado asilo político en sus países. Erika Feller, representante en cuestiones de protección del ACNUR, comunicó a esas capitales que "mandar gente de vuelta precipitadamente sólo puede contribuir a la creciente inestabilidad de un país muy frágil".

Su advertencia no hacía más que subrayar la reciente historia de Afganistán, que ya ha pasado por esto antes. En un movimiento aparentemente interminable de gente recorriendo la región de arriba a abajo en oleadas masivas, casi cinco millones de los afganos huidos originalmente de la invasión soviética volvieron a sus casas, incluso antes de que los últimos retornados se pusieran en marcha. Pero a medida que la violencia, todavía activa, se enseñoreaba en el país, partía un número igual de personas en un trágico y constante juego de sillas musicales.

El drama no tiene aspecto de acabar pronto. Incluso si el actual flujo continúa -un gran "si" condicional dadas las extremas dificultades de Afganistán-, el regreso de la gran mayoría podría llevar todavía varios años. Algunos nunca volverán. Un número incalculable de jóvenes refugiados ha nacido fuera de un país que jamás ha visto. Otros se han casado e integrado en las comunidades de otros países.
La comunidad internacional asegura que nunca más dejará al país en la estacada. Pero la falta de fondos se ha convertido en el mayor de los muchos cuellos de botella que intentan poner a Afganistán en marcha otra vez.

El estado de ánimo entre los refugiados y retornados oscila dramáticamente entre la euforia y la desilusión más profunda, incluso la rabia. Ainud-din Sherzai regresó de Irán pero ahora comparte una habitación en la casa de una familia extensa de 20 personas, en Kabul. "Si no encuentro un trabajo pronto, probablemente acabe ahí", dice señalando al cementerio cercano. "O volveré a Irán".

En ese país, Mahbooba Niazi, con 50 años, de los que ha pasado 19 como refugiada, explica por qué no tiene ninguna prisa en volver. "No tengo estudios, ni siquiera sé leer", dice. "Pero mis hijos están en la universidad y yo no pienso volver todavía".

Cuando Abdul Khaliq, el granjero que perdió su pierna hace 12 años, regresó a su hogar en la llanura de Shomali, rehabilitó inmediatamente una habitación de la casa en ruinas de su padre, pues la primavera es un momento ideal para construir paredes de barro. Los habitantes del pueblo se pusieron a reparar afanosamente un sistema subterráneo de canales y conductos de agua que proporciona agua potable e irrigación para las granjas.

"Necesitamos herramientas, necesitamos semillas, necesitamos ayuda de Dios para convertirlo en lo que fue antes", dice su vecino Jan Mohammad. "Pero cuando hayamos acabado, Shomali volverá a florecer". "Este es nuestro sitio, nuestro hogar", repite Abdul Khaliq.

 

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