
ALLÁ
VAMOS, AMÉRICA
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Editorial Unos pocos afortunados A principios de los 90, cuando la nación-estado de Somalia se vino abajo, dividiéndose en varios feudos enfrentados, cientos de miles de civiles huyeron para salvar sus vidas.
años de exilio en un campo
de refugiados por una vida nueva y totalmente diferente en Estados Unidos.
Durante una década, la agencia para refugiados de la ONU intentó encontrar un nuevo país para cerca de 12.000 de los llamados bantúes somalíes, un grupo cuyos antepasados fueron capturados por traficantes de esclavos árabes en la tierra natal de sus ancestros, que continuó siendo discriminado en su “nuevo” hogar de Somalia antes de la guerra y que juró no volver a dicho país aunque se restaurase la paz. Después de que los dos primeros intentos por reubicar a los bantúes somalíes fracasasen, ahora Washington ha aceptado recibir a la mayor parte del grupo, dependiendo de una investigación actualmente en marcha. Diecisiete países aceptan reasentar permanentemente cada año a unas 100.000 personas especialmente vulnerables de entre las 12 millones de las que se hace cargo el ACNUR, las cuales, por diversas razones, no pueden volver a su hogar independientemente del estado en que se halle su país. Los “anfitriones” tradicionales, como Estados Unidos, Canadá, Australia y los países escandinavos, aceptan la mayor parte de los casos de reasentamiento, pero cada vez participan más estados tan distintos como Islandia, Brasil y Benin. El reasentamiento puede estar muy cotizado y altamente politizado. En el momento cumbre de la Guerra Fría, por ejemplo, los refugiados que huían del bloque soviético eran recibidos con los brazos abiertos en Occidente, que también suscribió un programa mundial para reasentar a los refugiados indochinos después de la guerra de Vietnam. Como nota esperanzadora, los países de reasentamiento se han vuelto más flexibles recientemente como respuesta a la necesidad de los grupos que pasan más inadvertidos, especialmente en África. Pero estos programas de reasentamiento, independientemente de lo bien que sean recibidos, no pueden incluir a todos los casos que reúnan méritos suficientes. En los campos de Kenia, Dadaab y Kakuma, los refugiados somalíes que huyeron del mismo conflicto que los bantúes observan el proceso de reasentamiento con angustia e ira y una misma pregunta arde en sus rostros: “¿Por qué no podemos ir nosotros también?”. Los bantúes se enfrentan ahora a un abismo cultural que aterra. La mayoría no sabe leer, escribir o hablar inglés. Son agricultores robustos con pocos saberes adicionales, que nunca han encendido una luz eléctrica, tirado de la cadena de un retrete, cruzado una calle con mucho tráfico, subido a un coche o a un ascensor, visto nieve o experimentado el aire acondicionado. Pero, como dice alguno de ellos en el reportaje que viene a continuación sobre los bantúes, su historia, sus años de exilio y ahora esta nueva e increíble aventura, elegir entre América y Somalia es como elegir “entre el fuego y el paraíso”.
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