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| T E M A D E P O R T A D A |
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Últimos días en Dadaab
Una sensación de excitación y miedo recorre
el aire.
Las familias se arremolinan ruidosamente
alrededor de una fila de desvencijadas mesas de picnic, contestando
preguntas de última hora, entregando arrugados pedazos
de papel que, sucios y sobados, han servido para definir quiénes
son realmente, lo que pueden comer y dónde van a vivir
los próximos años.
Multitud de niños viajan
sobre las espaldas de sus madres o agarrados a sus trajes de colores
brillantes, un torbellino de amarillos, azules, rojos y naranjas.
Un grupo de mujeres, sentadas
en cuclillas debajo de un árbol, observa detenidamente,
casi sin hablar, el lento movimiento de la fila que pasa a través
de una barraca abierta por los lados, con un tejado de hojalata
como única protección contra el fiero sol ecuatorial.
Un joven, con la desesperación
claramente reflejada en su rostro, se acerca a cualquier muzungu
(extranjero) que ve y suplica: “Ya han seleccionado a mi
hermana para ir. A mí me han rechazado. ¿Por qué?
Debo acompañarla. Por favor, ayúdeme”. No
hace más que dar vueltas por todo el recinto.
Andrew Hopkins, un funcionario
de reasentamiento del ACNUR que lleva muchos meses involucrado
en este proceso, llama repentinamente a todo el mundo con la sensación
de que, una vez más, debe explicar y tranquilizar a la
ansiosa multitud.
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UNHCR/B.
PRESS/CS•KEN•2002
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Los policías militares, vestidos
con equipo de faena y armados con viejos rifles, montan guardia entre
las nubes de fino polvo rojo que levanta el constante movimiento de cientos
de personas.
Fuera de la valla de alambre de púas
que rodea el recinto, pequeños grupos de gente observan atentamente,
con una expresión malhumorada que transmite un claro mensaje: ¿Por
qué ellos? ¿Por qué no nosotros?
Postes elevados
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UNHCR/B.
PRESS/CS•KEN•2002
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Ésta
podría ser una escena típica un día cualquiera
en un campo de refugiados de cualquier parte del mundo.
La reunión de hoy, sin embargo,
es especial: para la gente del interior de la alambrada de púas,
los postes son increíblemente elevados.
Durante una década, los
responsables de la agencia de la ONU para los refugiados han intentado
encontrar nuevos hogares para miles de personas cuyos antepasados
fueron “arrancados” del África central y convertidos
en esclavos en los siglos XVIII y XIX y que han pasado toda su vida
en una situación de esclavitud feudal en Somalia.
Cuando este estado se vino abajo
en una orgía de sangre a principios de los 90, ellos, junto
con otros cientos de miles de civiles, huyeron a la vecina Kenia.
Pero incluso aquí, en los baldíos semiáridos
del complejo de campos refugiados conocido como Dadaab, junto con
otras personas que también han perdido su país, sus
casas, familias y posesiones, este grupo en concreto dice que no
han sido capaces de sustraerse a la historia y que han seguido siendo
tratados como siervos por sus vecinos.
Pero todo está a punto de cambiar, y de la manera más
dramática, para estas personas a las que simplemente se denomina
como los bantúes somalíes. |
Hoy es el día-D menos dos. Mañana,
en el día-D menos uno, serán trasladados a un centro de
tránsito donde harán noche y, a la mañana siguiente
temprano, si no hay ningún impedimento de última hora, subirán
a unos autobuses -los enfermos y las mujeres embarazadas lo harán
a un destartalado y viejo avión Andover-, en la primera escala
de un vertiginoso viaje desde un pasado de semiesclavitud a un futuro
de ilimitadas libertades y alternativas.
Lo incongruente es que la primera parada
es aún otro campo de refugiados llamado Kakuma, en la parte noroeste
de Kenia, elegido porque se piensa que Dadaab es demasiado inseguro para
estudiar los casos de un número tan elevado de personas. En Kakuma,
los bantúes serán investigados por los responsables de inmigración
y sometidos a exámenes médicos y harán un cursillo
sobre orientación cultural y sobre lo que los responsables del
mismo llaman “técnicas básicas de supervivencia”
para saber adaptarse a su nuevo hogar.
A principios de 2003, casi 12.000 personas
empezarán a viajar en avión hasta distintas ciudades y municipios
de Estados Unidos en el mayor programa de reasentamiento jamás
emprendido en África.
Los refugiados que se trasladan a una
tierra desconocida deben hacer siempre importantes ajustes culturales.
Pero pocas veces hay lagunas tan grandes como las que los bantúes
somalíes tienen que salvar en su camino a Norteamérica.
Todos ellos, hasta este mismo momento,
han llevado una vida de esclavitud feudal. Las elecciones democráticas,
las libertades culturales son conceptos extraños. Pocos bantúes
saben leer, escribir o hablar otra cosa más que sus dialectos locales.
Hay que enseñarles las cosas más simples, desde cómo
usar los enchufes de la luz hasta tirar de la cadena de un retrete y utilizar
una cocina.
Los bantúes viven en chozas achaparradas
hechas de argamasa. La mayor parte no ha estado nunca en una ciudad y
el edificio más alto que la mayoría ha visto es de dos pisos.
Pocos han subido a un coche y menos aún a un avión. No saben
dónde está América, cómo es su clima, su comida,
sus escuelas o su mercado laboral.
Con una encantadora ingenuidad, a los
bantúes no les arredran tales obstáculos. “Llevadnos
a América. Aprenderemos a adaptarnos”, le dice confiadamente
un grupo de ancianos a un visitante.
La alternativa es desoladora, especialmente
con un premio tan magnífico e inesperado al alcance de la mano.
Para aquellos refugiados de Dadaab que han sido rechazados o, como en
el caso de la mayoría, que ni siquiera han tenido una oportunidad,
el futuro es poco prometedor. Se enfrentan a muchos años en un
campo de refugiados infestado de moscardones o, si Somalia vuelve a recomponerse
alguna vez, al regreso a una opresiva existencia en una de las regiones
más pobres e inhóspitas del mundo.
La gente a ambos lados de la alambrada
de púas es hoy demasiado consciente de esta gran división:
la suerte del reparto les ha concedido futuros muy distintos.
Tensión creciente
Día-D menos uno.
Antes del amanecer, los bantúes seleccionados para partir
al día siguiente están de pie o sentados en una
ordenada fila en el exterior del centro de tránsito. La
policía está presente en gran número.
Los refugiados han apilado
con esmero los pocos enseres que llevarán consigo en la
primera etapa de su viaje -ollas y sartenes, bidones de agua amarillos
y blancos, ropa de cama y, en algunos casos, bicicletas viejas-
contra el perímetro de la alambrada de púas.
Una por una, las familias
son admitidas en el recinto donde aún se someten a más
chequeos “finales” antes de pasar la noche en los
duros suelos de tierra de las cabañas de tránsito,
que tienen paredes de arpillera y ramas y tejados de hojalata.
Hay mucha tensión.
Miles de personas no bantúes han intentado colarse en el
proceso de investigación en los últimos meses, sobornando
e intimidando a los candidatos originales, intentando infiltrar
a sus propios familiares en el procedimiento. Algunos siguen merodeando
por las cercanías del recinto, conscientes de que una nota
de aprobado en la lista no tiene precio para un refugiado que
haya pasado años en un lugar así. |
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UNHCR/B.
PRESS/CS•KEN•2002
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Para anticiparse a cualquier problema,
se ha reforzado el perímetro con una doble alambrada de púas.
Se han añadido focos. Unos guardas patrullan las 24 horas del día.
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Sólo unas
pocas pertenencias.
ACNUR/R. Wilkinson/CS.KEN.2002
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Un
somalí amenaza con matar a un bantú, aparentemente
porque alguien de su familia ha sido rechazado. Los participantes
en la refriega son separados.
Tras años de vivir
en un limbo que aturde la mente, ahora los bantúes sólo
quieren librarse de Dadaab. Un anciano provoca las risas de sus
amigos cuando rememora la pesadilla que tuvo la noche pasada: “Empecé
a soñar con edificios altos y luego con autobuses que arrancaban
y se iban sin mí. Me desperté, saqué a mi mujer
de la cama y le dije: Se está yendo todo el mundo. Vámonos
de aquí”.
El laborioso proceso continúa
todo el día hasta que los encargados reciben una llamada
urgente de teléfono desde Kakuma. Ha habido un incidente.
En un enfrentamiento con la policía y los responsables del
campamento a raíz de una disputa de negocios, al menos un
keniata ha muerto por disparos. Se decide posponer el traslado de
los bantúes a Kakuma previsto para mañana, con suerte
sólo por un par de días.
Se convoca
a los ancianos. Se transmite el aplazamiento a los bantúes
que están a la espera. En el último minuto, deben
abandonar el centro de tránsito, que está fuertemente
defendido, y regresar a sus casas -algunas de las cuales ya han
sido demolidas anticipándose a su partida- para mezclarse
una vez más con unos vecinos potencialmente hostiles y esperar
a un nuevo aviso. |
La gente recuerda los ataques terroristas
del 11 de septiembre en Estados Unidos, una noticia que llegó incluso
hasta los populosos callejones de Dadaab. Los refugiados saben perfectamente
que aquellos ataques trastornaron gravemente la política norteamericana,
que este año pretendía admitir hasta 70.000 refugiados para
su reasentamiento permanente. ¿Podría esto suponer un importante
revés, un triste ejemplo de tan cerca y sin embargo tan lejos?
“Sí, hemos
oído hablar de esos acontecimientos”, dice Mohammed
Yarow, dedicado antes a la agricultura de subsistencia y que,
con 40 años, tiene mujer y cinco hijos. “Nos preocupa
que destruya nuestro sueño”.
Mussa Kumula Mohammed,
de 52 años, sufre una parálisis parcial causada
por un ataque de las milicias somalíes cuando el país
se hundió y asegura que nunca, bajo ninguna circunstancia,
regresará allí. Pero, como muchos de los bantúes,
se muestra optimista y se encoge de hombros ante las últimas
noticias: “Llevamos años esperando esto. Seremos
pacientes unos días más. No nos sentimos mal”.
Cojea lenta y dolorosamente
de vuelta a su abandonada casa de ladrillos de adobe, de nuevo
con la incertidumbre de qué les deparará el futuro.
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Se inicia el proceso.
ACNUR/B. Press/CS.KEN.2002 |
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