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La ruta de los esclavos
Siglos atrás, en una de las grandes
migraciones africanas, pueblos de habla bantú se pusieron en marcha,
desde las partes occidental y central del continente, hacia el este, hacia
el Cuerno de África y el sur a través de lo que hoy es Tanzania,
Mozambique y Malawi.
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UNHCR/B.
PRESS/CS•KEN•2002
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En los
siglos XVIII y XIX, los traficantes de esclavos árabes, armados
con mosquetes y látigos, saquearon esas regiones sureñas,
capturando y enviando por mar un incontable número de hombres,
mujeres y niños bantúes, a través del gran
mercado esclavista de Zanzíbar, en dirección al Golfo
Pérsico y Oriente.
Algunos acabaron en Somalia, pero, al carecer de lengua escrita,
los bantúes somalíes de hoy sólo conservan
recuerdos parciales de su temprana historia, transmitidos a través
de canciones, bailes e historias orales.
Aparentemente, según los bantúes de Dadaab, los árabes
intentaron llevarse a los indígenas seduciéndolos
con promesas de un futuro mejor antes de recurrir a la
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fuerza bruta. En aquella época
había una gran hambruna en el extranjero y los esclavistas les
dieron a conocer los dátiles, un fruto que no habían comido
antes, prometiendo llevarlos a una tierra donde había abundancia
de comida y trabajo. El nombre de Said Berkash se repite en muchos de
estos relatos como uno de los principales traficantes de esclavos.
Pronto el látigo sustituyó a la persuasión y se conservan
retazos de canciones de aquella brutal época. Un estribillo árabe
decía:
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Estos son nuestros esclavos,
Hagamos uso de ellos.
No dejemos que escapen
Porque, si se unen, se harán más fuertes.
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Los esclavos respondían en una lengua
local que los esclavistas no entendían:
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Esta esclavitud…
Rogamos a Dios que nos libere de ella,
Rogamos a Dios que nos conduzca a un sitio mejor,
Que Dios nos proteja.
A esta esclavitud a la que nos sometéis,
Seréis sometidos algún día. |
Los esclavos, especialmente de seis tribus del sureste de África
que incluyen a los Yao, Makua, Nyanja, Ngidono, Zigua y Zaramo,
fueron instalados en el valle inferior del río somalí
Juba.
Finalmente obtuvieron cierto grado de
libertad durante la épo ca
colonial, pero siguieron siendo tratados como ciudadanos de
segunda clase, al contrario que los bantúes que llegaron
durante las primeras migraciones y que para entonces se encontraban
plenamente integrados en la sociedad somalí.
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UNHCR/B.
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La cultura,
la lengua y las pronunciadas diferencias físicas siguen separando
a los dos grupos. Los somalíes tienen la piel más
clara y rostros y cuerpos más angulosos, mientras que los
bantúes son más oscuros y de rasgos más corpulentos.
No ha habido co-habitación o matrimonios mixtos entre ellos.
A los bantúes se les disuadía de enviar a sus hijos
a la escuela y se les negaba la posesión de cualquier pedazo
significativo de tierra, así como la representación
política. No se les permitía ser oficiales en el ejército
o la policía. Los padres que iban en autobús recuerdan
cómo eran maltratados por los somalíes: “Apestáis.
Largaos de aquí”. Pese a ser muy trabajadores, sólo
obtenían los empleos más serviles, trabajando sobre
todo en la agricultura y, sólo ocasionalmente, poseyendo
su propia tierra. Irónicamente, su existencia tenía
muchas semejanzas con los antiguos esclavos del sur profundo de
Norteamérica hasta que el movimiento de derechos civiles
de 1960 cambió la historia estadounidense. |
Objetivos especiales
Los civiles en Somalia sufrieron terriblemente a manos de los hombres
fuertes de los distintos clanes cuando el país se desmoronó
después del derrocamiento en 1991 del antiguo dictador Mohamed
Siad Barre. Los bantúes somalíes -también conocidos
por la palabra genérica de mushungulis, traducido habitualmente
en la actualidad como “gente esclava”- eran objetivos específicos
de los ladrones, despreciados, indefensos y, a menudo, dueños de
reservas vitales de alimentos.
Cinco hombres
armados se presentaron en la granja de Mohammed Yarow a las 8
una mañana de 1992 exigiendo dinero. Cuando les dijo que
sólo tenía la olla de judías que estaba cocinando
en la hoguera, lo desnudaron, lo ataron y le dijeron a su mujer
que iban a matarlo. En vez de eso, desnudaron también a
su mujer y la violaron ante sus propios ojos. Un vecino que intentó
intervenir fue asesinado a tiros.
Cuando al fin se fueron los hombres armados, Mohammed Yarow se
negó a que su mujer lo desatara hasta el día siguiente,
temiendo que los ladrones volviesen y matasen a toda la familia.
Pasaron semanas vagando por el campo, mendigando comida y revolviendo
entre basuras antes de llegar a Kenia.
Otro grupo atacó la ciudad natal de Abdullahi Ali Ahmed,
en la provincia de Juba, el mismo año. “Éramos
buenos objetivos para todas las milicias contendientes”,
señala. “No nos protegía ningún clan
y teníamos comida. Mataron a tiros a unas 20 personas delante
de mí. Tres de ellos eran de mi familia”.
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Esperando ansiosamente
para empezar una vida desde cero. ACNUR/B.
Press/CS.KEN.2002 |
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“Escapé,
pero no tenía alimentos, ropa o dinero”, comenta. Abdullahi
pasó cuatro días en la carretera, mendigando y viendo morir
a personas mayores y niños en las cunetas, antes de cruzar la frontera.
Miles de mushungulis, con historias parecidas a la de Abdullahi,
llegaron finalmente a Kenia. Pero aunque habían escapado al terror
de Somalia, un nuevo capítulo de miserias estaba a punto de comenzar.
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