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La vida en el exilio
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Fatumo Arbo Ambar dice que tiene 70 años.
En su cara se dibujan arrugas profundas, pero, cuando llega un visitante,
pega un salto desde la tabla de madera situada frente a su casa
y patea un baile tradicional a modo de bienvenida, para regocijo
de sus vecinos.
Su marido murió en 1990 poco antes de que Somalia se viera
envuelta en una guerra total. Sus ocho hijos le siguieron uno tras
otro. Cuatro fueron asesinados durante “las revueltas”.
Los otros murieron de enfermedad.
Ahora tiene que ayudar a mantener a nueve nietos casi por su cuenta.
Este grupo tan inusual -una abuela anciana y su “familia”,
que incluye desde una niña de un año a una nieta de
30- ha sido seleccionado para hacer lo que según ellos será
un increíble viaje a Estados Unidos dentro de pocos meses. |
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UNHCR/B.
PRESS/CS•KEN•2002
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Por ahora, sin embargo, su hogar
es una tradicional y diminuta choza de argamasa que contiene unas pocas
ollas y sartenes ennegrecidas y un armazón de cama grande y desvencijado.
Muchos refugiados como Fatumo escapan sin nada prácticamente, una
maleta destartalada, unas pocas ollas y sartenes, quizás un saco
de dormir. La gran mayoría prevé, o quizá sólo
espera, que regresará a su casa en cuestión de semanas o
meses una vez que su emergencia se haya resuelto pacíficamente.
Muchos, sin embargo, pasarán toda su vida en el exilio.
El éxodo somalí se ha convertido en lo que se denomina oficialmente
una “crisis prolongada”, una crisis que parece no tener final.
A medida que miles y más tarde cientos de miles de somalíes
llegaban en tropel a Kenia desde su desmoronada nación-estado a
principios de los 90, el Gobierno de Nairobi, en colaboración con
el ACNUR, se enfrentó al delicado dilema de albergar a esta riada
humana.
La seguridad es una de las primeras preocupaciones en estas circunstancias.
Los propios países anfitriones pueden verse desestabilizados por
la súbita llegada de un gran número de personas, especialmente
si incluyen milicianos armados que huyen, como en el caso de Somalia o,
unos años más tarde, Ruanda.
Hay que proteger el bienestar de las comunidades locales, sus trabajos
y granjas. Al mismo tiempo, es preciso que los refugiados dispongan de
instalaciones básicas como agua y vivienda. El equilibrio de todas
estas cuestiones implica un delicado compromiso.
Kenia creó una serie de campamentos junto a la costa del Océano
Índico y otro centro junto a la diminuta aldea de Dadaab, una región
salvaje y semidesértica con pequeños asentamientos repletos
de arena, nómadas, camellos y cabras y con abrasadoras temperaturas
en verano.
Ciudad de refugiados
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UNHCR/B.
PRESS/CS•KEN•2002
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Dadaab
acabó convertido en tres campamentos distintos que se extienden
durante kilómetros por el llano paisaje y que albergan a
120.000 personas, sobre todo somalíes y bantúes somalíes,
toda una ciudad de refugiados no sólo con una amplia infraestructura
humanitaria, sino también con sus propios bares, hoteles,
escuelas, clínicas, bancos, mercados, industria de teléfonos
móviles y parcelas de agricultura a pequeña escala.
Este ha sido su hogar o, como algunos refugiados prefieren llamarlo,
su “prisión” durante una década. Es una
existencia alienante que se malvive en uno de los entornos más
inhóspitos de la Tierra. La vida diaria está estrictamente
reglamentada y el aburrimiento es una forma de vida (algunos empresarios
han instalado televisión por satélite y, durante el
reciente Campeonato Mundial de Fútbol, un grupo de bantúes
somalíes con acceso a la pequeña pantalla se empeñó
en animar al equipo de EE.UU. como anticipo a su nuevo hogar). |
Los refugiados no pueden viajar fuera
de los campos sin un permiso especial. Como las demás vecinas refugiadas,
Fatumo sobrevive con remesas de comida oficial que consisten en un poco
de maíz, algo de aceite, azúcar y algún que otro
condimento. No obstante, pese a su edad y a lo dura que es su vida, Fatumo
es actriz por naturaleza y posee un decidido joie de vivre. Gesticula
dramáticamente recalcando todo lo que dice. “Esto es a causa
del hambre”, cacarea, tirando de las solapas sueltas sobre sus brazos
y tosiendo con fuerza.
Si ella o cualquier otro refugiado quiere unos pocos vegetales marchitos
o un poco de carne, debe comprarlos en el mercado local. Cada día
transporta cubos de agua desde el acceso de agua comunal, a media milla,
para los refugiados somalíes más ricos. Teje alfombrillas
típicas frente a su cabaña. Tarda diez días en terminar
cada una, que alcanza el equivalente a tres dólares en el mercado
local.
Otros bantúes ganan unos pocos chelines keniatas empleándose
en tareas serviles. Algunos cavan letrinas. Otros friegan ollas en un
“restaurante” del mercado local, cosen prendas de vestir con
anticuadas máquinas Singer en las ruidosas calles traseras o ayudan
a construir dukas (pequeñas tiendas).
En un esfuerzo por poner un cierto orden en sus caóticas vidas,
los bantúes, dirigidos principalmente por Abdullahi Ali Ahmed,
elaboraron una constitución. Este joven de 27 años es ya
un caso raro de triunfador, al haber aprendido inglés por su cuenta
en su década de refugiado y haber sido nombrado secretario general
de la comunidad bantú de Dadaab.
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Entre otras cosas, la constitución se
compromete a “promover la estabilidad y armonía dentro
de la comunidad, a mantener la ley y el orden así como a
respetar los derechos humanos”.
En concreto, promete “seguir políticas de tolerancia
cero” para eliminar la corrupción, ayudar a defender
la “soberanía” de la comunidad contra las influencias
externas, fortalecer los vínculos con el gobierno y agencias
como el ACNUR en beneficio de los bantúes somalíes
e implementar políticas sólo después de una
amplia consulta con sus miembros.
Pero una cosa no ha cambiado, dicen, de su antigua vida en Somalia:
el orden social jerárquico.
Los bantúes suelen trabajar para los refugiados somalíes
más ricos, pero a menudo el pago que reciben por su trabajo
no es en dinero sino “en |
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Diversión
en un campo de refugiados.
ACNUR/B. Press/CS.KEN.2002 |
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especie”, teniendo que
hacer sus compras en lugares específicos del mercado. Incluso allí,
dicen los bantúes, consiguen tratos desventajosos. “Los somalíes
son dueños de todas las tiendas y tienen tres precios”, asegura
una persona. “El primero es para los somalíes, otro es para
los muzungus (extranjeros) y el último es para los bantúes”.
Los somalíes, según los bantúes, todavía esperan
de ellos que “sepan cuál es su sitio” en el campamento:
al final de la cola del agua, cuando compran en las tiendas o se suben
a un autobús.
Un peligro constante
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Vida en el campamento:
preparando la comida. ACNUR/R.
Wilkinson/CS.KEN.2002 |
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La violencia
es una amenaza siempre presente. La joven esposa del hemipléjico
Mussa Kumula Mohammed fue violada hace dos años por cinco
hombres cuando recogía leña fuera del campamento.
La violencia sexual ha sido endémica en Dadaab y no respeta
las diferencias étnicas. Todas las mujeres se enfrentan a
ataques parecidos periódicamente, pero las bantúes
dicen ser objetivos específicos.
Las comunidades han puesto unas barricadas de ramas altas y puntiagudas
alrededor de sus casas, que suelen ofrecer una protección
limitada. Se ha mejorado la iluminación y el diseño
de los emplazamientos y el ACNUR suministra un poco de leña
directamente a los refugiados para intentar reducir el número
de ataques sexuales en los márgenes del complejo de viviendas.
Cada uno de los tres campos de Dadaab está dividido en manzanas.
En las zonas especialmente designadas, los grupos de familias bantúes
construyen sus hogares alrededor de un jardín común,
decorando de vivos colores muchos de los edificios con estampas
florales, animales o abstractas.
En los márgenes de esas manzanas, las casas bantúes
y somalíes se solapan, ofreciendo un fuerte contraste por
los redondos tukuls somalíes, hechos con ramas de
árbol y trozos de plástico, y las casas de argamasa
bantúes.
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Durante una década ha habido una
tensa tregua, a veces rota por la violencia, entre las dos comunidades,
pero a medida que se aproxima el día de la partida, las fricciones
son evidentes.
Los somalíes están resentidos con
los bantúes -ciudadanos de segunda clase en su tierra, después
de todo- porque han recibido quizás el mayor premio que un
refugiado puede esperar: una nueva vida en un país desarrollado.
En los estrechos callejones, los somalíes abordan al visitante
con miradas interrogantes y duras y una pregunta ocasionalmente
suave: “¿Por qué no podemos ir a América
también?”.
Ellos creen que son víctimas por doble partida, por haber
huido de la misma violencia que los bantúes y por ser ahora
discriminados en el proceso de reasentamiento. Apenas pueden contener
su ira y su frustración.
Los bantúes están ansiosos por irse antes de que se
produzcan más problemas. Un anciano le dice al funcionario
de protección del ACNUR Linmei Li con insistencia: “Este
es un mal sitio. Es peligroso. Incluso si no podemos ir a Estados
Unidos, sáquenos de aquí”. El funcionario intenta
tranquilizar al grupo, pero reconoce que no todos los bantúes
somalíes serán aceptados. Algunos deberán quedarse.
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Vida en el campamento:
preparando la comida, estudiando, tejiendo cestas, una charla
vecinal. UNHCR/R. WILKINSON/CS•KEN•2002
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