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En busca de una solución

Desde que los mushungulis llegaron a Kenia, dejaron claro a los funcionarios para refugiados que nunca regresarían a Somalia, insistiendo en que allí afrontarían una persecución continua y posiblemente la muerte.

El ACNUR lo aceptó. En circunstancias de este tipo, la agencia intenta encontrar un hogar para estos grupos en otras tierras.

UNHCR/B. PRESS/CS•KEN•2002

En el caso de los bantúes somalíes, se convirtió en una búsqueda insólita y tortuosa durante toda una década.

La agencia fijó primero su atención en la tierra ancestral de los bantúes, en el sudeste de África. Una delegación tanzana visitó a los refugiados en 1993, confirmando los parecidos culturales con algunas de sus tribus en música, baile, caza, recolección, circuncisión y ceremonias religiosas.

Tres años más tarde, sin embargo, Tanzania declinó aceptar a los bantúes porque el país padecía sus propios problemas. En 1994, este estado de África oriental se vio inundado por cientos de miles de refugiados que huían del genocidio en la vecina Ruanda. Y el fenómeno climatológico El Niño devastó la agricultura del país.

La decisión de Tanzania, que tenía poco que ver con los propios bantúes, ponía de manifiesto las inconstancias de la vida refugiada y la delgada línea divisoria que a veces existe entre un nuevo comienzo y una condena perpetua de exilio.

“Nos sentimos indefensos cuando nos enteramos de su decisión”, recuerda Abdullahi Ali Ahmed. “Los tanzanos tenían un aspecto parecido a nosotros. Nos sentíamos como hermanos. Y después nos abandonaron”.

En 1997, la agencia para los refugiados lo intentó de nuevo, esta vez planteando el caso al gobierno de Mozambique. Una delegación oficial pasó tres días en Dadaab haciendo preguntas a los bantúes en torno a cuestiones como la lengua, su historia étnica y cómo celebran los refugiados la llegada a la madurez de una niña.

Dos años después, los bantúes recibieron la respuesta de Mozambique. Era la misma que la de los tanzanos. Según el informe de un responsable del ACNUR, Maputo “dejó de interesarse, alegando que aceptar a un número tan elevado de refugiados daría una señal política equivocada, especialmente teniendo en cuenta las circunstancias de postguerra no resueltas con su propia población desplazada” tras la brutal guerra civil sufrida por ese país en los años 90.

El informe añadía que una decisión positiva “sentaría un inoportuno precedente que podría fomentar una avalancha de personas de origen mozambiqueño que quisieran regresar desde los países vecinos”.

En África, ésta no es una preocupación baldía. En los dos últimos siglos, millones de personas se han visto desarraigadas por conflictos bélicos y desastres naturales. Algunas han sido asimiladas, pero muchas permanecen como grupos minoritarios marginados y algún día podrían plantearse también la posibilidad de regresar a sus raíces ancestrales.

Pero eso no servía de consuelo a los desanimados bantúes. “Nos rechazaron los tanzanos. Y luego Mozambique”, dice Abdullahi. “Nos sentíamos totalmente a la deriva, sin hogar, sin ningún futuro”.

Cuando el ACNUR se dirigió a continuación al gobierno de EE.UU., “no teníamos muchas esperanzas”, asegura el líder de los bantúes. “Nuestros hermanos nos habían rechazado. ¿Por qué iban a aceptarnos los americanos? ¿Qué vínculos nos unían con ese país?”.
UNHCR/B. PRESS/CS•KEN•2002

 

Washington es uno de los 17 países que acepta anualmente un número pactado de refugiados para su reasentamiento permanente, además de las personas o grupos que piden asilo por su cuenta. Uno de los principales criterios para estos países de reasentamiento es la extrema vulnerabilidad de los refugiados y su incapacidad de regresar a salvo y pacíficamente a sus hogares.

En los últimos años, como parte de este programa continuado, Estados Unidos ha acogido a más de 3.000 de los denominados “Niños Perdidos” del Sudán (REFUGIADOS N° 114), aceptando examinar el caso de los bantúes somalíes sobre la misma base.

Tráfico de seres humanos

Pese a este avance, el camino a recorrer seguía siendo incierto y difícil.

El tráfico de seres humanos se ha convertido en un negocio mundial de muchos millones de dólares y el propio programa de reasentamiento de refugiados se ha convertido en uno de sus objetivos, como se vio cuando salieron a la luz varias estafas en las que los funcionarios vendían las plazas más codiciadas al mejor postor.

Washington y el ACNUR sabían demasiado bien que un proyecto con tanta exposición pública y que implicaba tantos lugares atraería la atención de los posibles traficantes y de un incalculable número de refugiados “no cualificados”.

¿Cómo decidir quién tenía realmente derecho a esta oferta para empezar una nueva vida?

Cuando los refugiados huyen, rara vez llevan consigo sus pasaportes originales o los documentos de identificación, ya que estos podrían comprometer su ya de por sí precaria seguridad. El problema se complicaba en Somalia, donde, para empezar, muy pocos civiles tenían papeles oficiales.

El proceso del caso de los bantúes ha durado años. ACNUR/B. Press/CS.KEN.2002

Cuando llegaron a Dadaab, tuvieron que empezar a reconstruir no sólo una nueva vida, sino una nueva identidad. Se recopilaron listas para un registro. Las cartillas de racionamiento se volvieron imprescindibles, no sólo para conseguir comida, sino también porque servían de carnet de identidad básico. Ambos documentos, por supuesto, podían alterarse o falsificarse si lo que estaba en juego era algo tan valioso como una nueva vida en América.

A finales del año pasado, el ACNUR emprendió un amplio proceso de verificación que duró un mes para identificar quién, entre los cientos de miles de refugiados de Dadaab, tenía realmente derecho a ser reubicado.

Cuando parecía posible que Mozambique aceptara a los bantúes en 1997, los funcionarios sobre el terreno elaboraron tres listas escritas a mano de los refugiados que querían ir.

Se decidió tomar como punto de partida estas listas originales para el proceso de verificación de Estados Unidos, suponiendo en parte que los candidatos originales eran auténticos bantúes y no “falsos” refugiados que buscaban ahora un hogar mucho más atractivo en América.

Un equipo de verificación compuesto por 50 personas se trasladó a Dadaab. Se reclutaron más policías para mantener el orden. La primera tarea del equipo era analizar cuidadosamente miles de hojas de control hechas jirones y escritas a mano. Las listas originales de Mozambique, consolidadas ahora en forma de lista maestra, necesitaban ser mejoradas, añadiendo los niños recién nacidos y borrando los nombres de los fallecidos.

En Dadaab se le dijo a la comunidad bantú seleccionada: “Traigan a todos los miembros de su familia y los documentos; estén preparados para contestar preguntas concretas referidas a cada miembro de su familia; no pongan a otros en el lugar de los miembros de su familia; no vendan las cartillas de racionamiento”. Cada candidato sería verificado por separado.

Empezando incluso a las 3 a.m. cada mañana, unas 1.000 personas comenzaron a hacer cola para el proceso. “Al menos la mitad de las personas que esperaban para ser transportadas al lugar de la verificación eran claramente somalíes y no bantúes”, recuerda Andrew Hopkins, del ACNUR, que encabezaba el proyecto. Cerca de 10.000 personas fueron posteriormente expulsadas del proceso de verificación en esta fase.

Otros se traicionaron ellos mismos. Los bantúes que previamente se iban de Dadaab vendían sus cartillas de racionamiento a cualquiera que quisiera comprar unos documentos preciosos. Las familias con varias cartillas de racionamiento vendieron algunas de estos documentos “extra” a los somalíes. Algunos ancianos bantúes intentaron manipular el proceso y sacar partido económico.

Los somalíes introducían miembros de sus familias entre los grandes grupos de bantúes. Estos reclamarían posteriormente que habían sido coaccionados para llevar a cabo esta acción y que habrían denunciado la estafa a los agentes en el primer momento oportuno. Pero evidentemente algunos habían participado de buena gana.

Algunas parejas fingían ser marido y mujer, pero cuando se les interrogaba por separado aseguraban tener distintos grupos de vecinos, haber comido distintos alimentos en su último almuerzo y otras actividades divergentes.

Las solicitudes falsas eran a veces “tan rudimentarias que no era raro encontrar personas que no podían recordar o pronunciar el nombre de la persona por la que se estaban haciendo pasar”, indicó más tarde un informe oficial sobre las pruebas. “A menudo las entrevistas acababan en lágrimas”.

Andrew Hopkins añade lacónicamente: “Eran muy malos mentirosos”.

Todo el mundo pagó un precio por el proceso, los ansiosos bantúes, los somalíes excluidos y el propio equipo de verificación, que acabó “totalmente agotado”.

Al final, se entrevistó a casi 14.000 personas. Al cierre de la edición de esta revista, habían sido seleccionadas unas 11.585 personas para ser enviadas ante las autoridades de EE.UU. y casi 2.000 habían sido excluidas tras examinarse sus peticiones.

“No teníamos muchas esperanzas cuando empezó este último proceso”, dice Abdullahi. “Pero es una realidad y ha habido mucho baile. Oh, hemos bailado un montón”.

No obstante, seguía habiendo muchos cabos sueltos, y miles de personas todavía continuaban con la incertidumbre de cuál sería su último destino.

 

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