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Vuelo hacia la libertad

Lunes. La cuenta atrás para el traslado a Kakuma se ha reanudado el día-D menos uno.

Los chequeos “finales, finales” comienzan de nuevo en Dadaab. Una familia figura con nueve miembros, pero el padre anuncia un décimo, una sobrina. Se niega a viajar sin ella. A menos que se resuelva el problema, es posible que nadie vaya. En este caso, la cuestión se resuelve cuando encuentran su nombre en una lista aparte.

En otra familia falta un nombre. También este problema se resuelve al darse cuenta de que una persona ha muerto recientemente, pero nadie ha informado a los agentes.

La mayoría de los bantúes, como los somalíes, son musulmanes, y a los hombres se les permite tener varias mujeres, una situación que va en contra de la ley norteamericana. Algunos de los refugiados ya han tomado “medidas privadas” para superar este problema.

La mujer y el hijo de Abdi Fatah Nour ya están en la lista para ir a América. Él no lo está. Estaba fuera de Dadaab cuando tuvo lugar el proceso de verificación y su nombre no aparece en la importantísima lista maestra. Ha apelado, pero aún no sabe si se le permitirá ir a Kakuma o si tendrá que quedarse en este campo.

Puede que atar estos cabos sueltos lleve muchos meses de duro trabajo, ansiedad y angustia.

Serán los agentes del Servicio de Inmigración y Naturalización de Estados Unidos quienes decidan finalmente a quién se admite en los próximos meses tomando la lista del ACNUR como punto de partida.

Pero dada la proximidad de Dadaab con la volátil frontera somalí, así como la posibilidad de disturbios entre la numerosa población somalí del mismo campamento, esta última investigación tendrá lugar en la relativamente más segura localidad de Kakuma.
Cursillo de última hora sobre el uso pañales.
ACNUR/B. Press/CS.KEN.2002

 

El traslado y proceso costará más de 5 millones de dólares. La Organización Internacional para las Migraciones no sólo se ha hecho cargo del traslado de los refugiados, sino que también ha supervisado la construcción de 2.200 refugios de adobe y techos de hojalata, cada uno de los cuales cuesta 150 dólares, para albergar temporalmente a los bantúes en Kakuma. Las estructuras son mínimas, apretadas, y se espera que sólo sean hogares temporales, pero suponen una importante mejora en comparación con muchas de las viviendas más antiguas en las que la gente lleva años viviendo. El contraste es una anomalía más de la vida en un campo de refugiados.

Llegan cuatro autobuses para transportar a la mayoría de los bantúes a Kakuma, un viaje que sacudirá sus huesos durante tres días por carreteras muy malas. Han tardado diez años en llegar a este punto, pero las familias meten en los vehículos todas sus pertenencias en apenas media hora.

Las madres jóvenes reciben una última clase –un cursillo sobre el uso de pañales- antes de subir a los autobuses. Ninguno de los niños ha llevado nunca puestos estos extraños artículos y, aunque muchas de las madres sueltan risitas durante la clase, sus hijos están claramente aterrorizados.

Los agentes que acompañaban a otro convoy quedaron perplejos al encontrarse al final del viaje los pañales totalmente sin usar. Las madres, al no estar todavía familiarizadas con ellos, los habían guardado a fin de mantenerlos limpios para cuando fueran necesarios en una “crisis” inminente.

Cuarenta y cuatro mujeres en avanzado estado de gestación, sus niños y otros casos médicos vuelan a Kakuma a bordo de un viejo avión de hélices para evitar la larga travesía por carretera.

Pesado de bebés en el campo de refugiados de Kakuma.
ACNUR/B. Press/CS.KEN.2002

Ninguno ha visto un avión de cerca o volado en él, pero su reacción es de ligera curiosidad más que de aprensión. Conscientes de la lección sobre pañales y del hecho de que no hay retrete a bordo del avión, una embarazada pregunta: “¿Qué hago si necesito un retrete?” “Aguantar”, sugiere una enfermera.

Cuando el Andover retumba por la pista de despegue de tierra, las mujeres se cubren el rostro con sus pañuelos, pero, por lo demás, reaccionan con aplomo. Una mujer acuna a unos mellizos nacidos hace sólo dos semanas.

Nadie se mueve de su asiento. Después de una hora de vuelo, una mujer dice: “El avión hace mucho ruido, ¿pero por qué no hemos despegado aún?”. Otra coincide en que “aún estamos en tierra”.

Ninguna comprende lo que se ve por debajo de ellas a través de las ventanas del avión, volando por encima de colinas, ríos y lagos.

“Oh, debemos estar muy alto”, exclama una finalmente. Otra está maravillada de que “se puede andar aquí arriba, igual que en tierra”.

Cuando el avión aterriza en Kakuma, se baja a los niños pequeños por la parte trasera del avión. Las mujeres descienden por una desvencijada escalera y caminan satisfechas hacia un futuro muy distinto de la vida que han dejado atrás hace apenas dos horas.

América, América

“Todavía somos analfabetos, pero aprenderemos”, dice el cuarentañero Mohammed Yarow cuando habla de su futuro en América. ¿Qué hará allí? “Haré lo que sea”, responde. “Viviré donde nos digan. Comeremos lo que tú comas”, dice contestando a otras preguntas.

“Nos adaptamos bien”, añade. “En unos pocos meses nos habremos integrado en cualquier nueva forma de vida. Nuestros antepasados tuvieron que pasar de ser bantúes a somalíes. Podemos hacerlo de nuevo”.

A su mujer le enseñan una foto de un horno de cocina. Sacude la cabeza y pregunta: “¿Quién nos daría una cosa así en Somalia? No, dice, nunca ha oído hablar de McDonalds, pizza o Coca Cola, pero “aprenderé a cocinar la comida que me den allí”.

Otro refugiado pregunta por los retretes con cadena y comenta: “En Somalia sólo los tiene la gente rica. Nos acostumbraremos a ellos”.

Tal vez como otros emigrantes antes, los bantúes tienen sueños parecidos y la firme convicción de que superarán cualquier obstáculo.

Mohammed Yarow quiere ser piloto, o al menos “quiero que mis hijos sean pilotos”. Otro padre ha oído hablar de que un hombre negro es un líder en América (el Secretario de Estado Colin Powell) y de Kofi Annan y quiere que su hijo sea Secretario General de las Naciones Unidas.

Todos los bantúes hablan de seguridad, libertad y educación para sus hijos, cosas de las que nunca antes han disfrutado. El hemipléjico Mussa Kumula Mohammed está encantado con la idea de que allí hay médicos que podrán ayudarle con sus heridas.

Los niños empiezan a contagiarse de la excitación general y, cuando un avión vuela por encima de sus cabezas, algunos preguntan: “¿Es ese nuestro avión para América?”
Subiendo al autobús para el largo viaje a una nueva vida.
ACNUR/B. Press/CS.KEN.2002

 


Algunos de los bantúes vieron por primera vez la nieve en el viaje de Dadaab a Kakuma, cuando divisaron los picos nevados del Monte Kenia en la distancia.

Proyectando una nueva vida. ACNUR/B. Press/CS.KEN.2002

Puede que sea un presagio de los duros inviernos a los que algunos se enfrentarán en Estados Unidos -sólo se les dirá dónde van a vivir poco antes de irse de Kenia-, pero el concepto de nieves perpetuas, ventiscas y temperaturas que descienden muchos grados bajo cero es algo que aún no pueden entender totalmente.

“Es como escribir en una página en blanco”, dice un funcionario asombrado. “En este momento, América es un enorme agujero negro para los refugiados”.

Hay muchos menos somalíes en Kakuma que en Dadaab y parecen más resignados que resentidos por haber perdido la última partida de dados en pos de una mejor vida. Khalif Hassan Warsame, el presidente en funciones de la comunidad somalí de Kakuma, dice con tristeza: “No estamos en contra de  que   ofrez-

can a los bantúes esta oportunidad. Pero nos gustaría conseguir lo mismo. También nosotros tenemos que pensar en el futuro, pero parece no haber ninguno”.


En contraste, Abdullahi Ali Ahmed ve el futuro como nunca se ha atrevido a hacerlo. “Volver a Somalia sería como precipitarse en las llamas”, dice. “Ir a América es un sueño. Es como elegir entre el fuego y el paraíso”.

 

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