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Un cuento sobre dos pueblos

 

Cuando la mayoría de los refugiados de Somalia huyó a Kenia a principios de los 90, otros muchos miles de bantúes volvían sobre los pasos de sus antepasados esclavos.

Este segundo grupo, más pequeño, escapó de la guerra en flotillas de barcos, huyendo a una zona cercana al puerto de Tanga, en el noreste de Tanzania, la misma región desde la que sus ancestros fueron embarcados con rumbo a la esclavitud en los siglos XVIII y XIX.

Hoy, los dos grupos de bantúes de Kenya y Tanzania se preparan para un futuro muy distinto. Mientras que cerca de los 12.000 bantúes que han vivido durante una década en campos de refugiados esperan con ilusión una nueva vida en Estados Unidos, unos 3.300 familiares en Tanzania siguen un estilo de vida rural que apenas ha cambiado en cientos de años.

UNHCR/B. PRESS/CS•KEN•2002

 


Sus destinos empezaron a distanciarse desde el momento en que se vieron desplazados por el brutal caos civil de Somalia. Los bantúes que llegaron a Kenya fueron trasladados a unos campamentos, de crecimiento descontrolado pero aislados, donde pasaron desapercibidos durante una década, protegidos por la comunidad internacional pero aparentemente sin un futuro realista. Fueron rechazados dos veces para su asentamiento en Tanzania y Mozambique, hasta que el sueño americano se hizo dramáticamente realidad.

Poco después, el "otro" grupo de refugiados llegaba a Tanzania y el gobierno los trasladaba a un lugar llamado Mkuyu, un antiguo asentamiento para funcionarios locales. La mayoría de los recién llegados eran descendientes de la tribu de los Zigua, que aún vive en la región, pero también había algunos somalíes no bantúes, los Wamahais, que no tenían ningún vínculo histórico con Tanzania.

A estos refugiados se les permitió integrarse con la población local tanzana, deslizándose fácilmente hacia el inmutable ritmo de vida dominado por las estaciones anuales de lluvia, cultivando maíz y mandioca, recogiendo leña para los hornos de cocinar y pastoreando cabras.

Los somalíes aún hablan zigua, un idioma también hablado por los tanzanos, así como la lengua swahili de la costa. Son todos musulmanes y comparten muchas prácticas culturales, incluida la circuncisión femenina y el derecho de los hombres a casarse hasta con cuatro mujeres.

Estos refugiados parecen "felizmente inconscientes" del sorprendente cambio de fortuna de sus familiares keniatas, pero también esperan con ilusión un futuro mejor, aunque totalmente distinto.

El gobierno tanzano ha asignado a los bantúes una zona de unos 5.100 acres de bosques, ríos, riachuelos y tierra fértil en la región de Chogo, a unos 80 kilómetros de su actual emplazamiento, en el mismo lugar en que sus ancestros fueron capturados como esclavos.

Durante los dos últimos años, las autoridades locales y la agencia para refugiados de la ONU han puesto en marcha el lugar gracias a un proyecto de dos millones de dólares, construyendo centros de salud y policía, escuelas, patios de juegos, tiendas, mercados y pozos de agua tanto para los refugiados como para la población local.

Una avanzadilla de agricultores empezará a cultivar la tierra a tiempo de las lluvias de otoño y se espera que la mayoría de los refugiados se muden antes de final de año, aproximadamente al mismo tiempo que los bantúes somalíes empiezan su largo viaje a Estados Unidos.

Para un grupo, un ciclo de siglos de desplazamientos habrá dado una vuelta entera. Para el segundo grupo, un fascinante y nuevo tipo de vida está a punto de empezar.

 

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