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| C R I S I S P R O L O N G A D A S |
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Crisis sin final ni solución
¿Por qué millones de refugiados
se ven atrapados en conflictos “prolongados” que pueden durar
décadas?
Por Jeff Crisp y Ray Wilkinson
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Sudán, 1972.
UNHCR/W. VAN DE LINDE/SDN •1972 |
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Boniface
Ntibazonkiza tenía 12 años cuando se produjeron las
primeras matanzas. “Los soldados empezaron a arrestar a todo
el mundo en mi pueblo, en las tiendas, en los campos”, recuerda.
“Los metieron en camiones. Nunca regresaron”. Los padres
del joven obligaron a Boniface y a su hermana de 15 años
a huir corriendo de su casa, instándoles a dirigirse la frontera,
con el angustioso mensaje de que, “si todos vamos a morir,
que por lo menos no sea en el mismo lugar ni al mismo tiempo”.
Los dos hermanos consiguieron sortear a las tropas y al destino
reservado a las decenas de miles de civiles que fueron masacrados
en los campos de la muerte del estado centroafricano de Burundi
en 1972 y pudieron llegar a la vecina Tanzania. Después de
recorrer a pie casi la mitad de su caótico país, se
refugiaron con una tía suya en la ciudad de Tabora.
“Todo parecía tan maravilloso de nuevo…”,
asegura. “Estaba a salvo. Iba a la escuela. Los tanzanos eran
buenos y amistosos. Me trataban como a uno de ellos. Podría
haberme quedado, haber recibido tierras de cultivo e incluso haber
conseguido la nacionalidad tanzana en aquel momento”.
Sin embargo, acabó regresando a Burundi, aprovechando un
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período intermitente de
calma en esa tierra atormentada antes de volver a huir por segunda vez
en 1996, de nuevo a Tanzania, al estallar una nueva ola de matanzas entre
los dos principales grupos étnicos del país, los hutus y
los tutsis.
La recepción que tuvo esta vez fue muy distinta de la de los años
70. El granjero, sus dos mujeres y 13 hijos viven actualmente en un enorme
campo de refugiados cerca de la ciudad fronteriza de Kibondo. Están
a salvo de los estragos en su patria. Reciben alimentos y otras ayudas
de la comunidad internacional, pero la camaradería, el sentimiento
de compañerismo frente a la adversidad y los generosos regalos
de tierra y ciudadanía ya no están en oferta.
Boniface y más de medio millón de refugiados en Tanzania
se sienten como prisioneros no bienvenidos en sus campamentos. Muchos
de los tanzanos que en un tiempo saludaron su llegada cálidamente,
preferirían ahora que los burundeses volvieran a su país
lo antes posible.
Cambio dramático
¿Qué es lo que ocurrió para que se produjese un cambio
tan dramático en la misma gente?
Ambos lados han quedado atrapados en lo que oficialmente se denomina “una
crisis prolongada de refugiados” -una situación que no parece
tener final ni solución-. En dichas circunstancias, todo el mundo
-refugiados, anfitriones y posibles donantes- tiene la creciente sensación
de ser una víctima o de que se están aprovechando de ellos.
No hay una definición específica sobre qué constituye
una crisis prolongada, aunque en términos generales puede decirse
que abarca a los refugiados que han vivido en el exilio durante más
de cinco años, que no pueden volver a su país, no pueden
establecerse permanentemente en su actual país de asilo y tienen
pocas posibilidades de que se les acepte en cualquier otro sitio.
Puede que el problema esté más generalizado de lo que quizás
se suele admitir. De los 10 millones aproximados de refugiados bajo la
tutela del ACNUR a finales de 2002, casi dos tercios, o más de
seis millones, provenientes de regiones tan distantes como el África
subsahariana, Nepal, Bangladesh y Sri Lanka, se han visto atrapados en
crisis interminables, algunos durante 30 años o más.
Otros 3,9 millones de palestinos, algunos de
los cuales fueron desplazados hace medio siglo, reciben ayuda
de una organización hermana, la Agencia de las Naciones
Unidas para los Refugiados Palestinos (en inglés, UNRWA).
Y como estas crisis llevan muchos años activas -a menudo
eclipsadas por emergencias más inmediatas y acaparadoras
de titulares como Kosovo o Timor-, tienden a pasarse por alto
o a ser ignoradas por una comunidad internacional cada vez más
escasa en dinero.
Cuanto más tiempo duran las crisis prolongadas, más
difícil es encontrar fondos o soluciones para ellas. Tienen
su propia dinámica, lo que incluye, en el caso de Tanzania
y sus refugiados, una creciente intolerancia incluso entre los
anfitriones más generosos tradicionalmente.
Ahora, quizás por primera vez, el mundo humanitario en
sentido amplio ha empezado a centrarse específicamente
en estos problemas prolongados -en sus orígenes y posibles
soluciones- al darse cuenta de que pueden ser necesarios otros
planteamientos menos ortodoxos para abordarlos.
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Tanzania,
1976. UNHCR/M. LUNDGREN/6326/TZA•1976
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El Alto Comisionado Ruud Lubbers ha instado
encarecidamente a otras organizaciones internacionales como el Banco Mundial
y el Programa de Desarrollo de la ONU para que se unan a la agencia de
refugiados a fin de diseñar proyectos conjuntos en aplicación
del plan denominado 4Rs/DLI. Se trata de un esfuerzo para ayudar a los
refugiados a integrarse en las comunidades locales de una manera beneficiosa
para ambas partes (Desarrollo mediante Integración Local o DLI
en inglés), para diseñar operaciones bien organizadas entre
donantes durante las cuatro fases principales del regreso de los refugiados
a su país -es decir, la repatriación, la reintegración,
la rehabilitación y la reconstrucción- o para ayudar a los
refugiados a integrarse.
Con las subvenciones aportadas por Estados Unidos, la Unidad de Evaluación
y Análisis de Programas del ACNUR ha llevado a cabo un estudio
a nivel mundial en el que se examina en primer lugar por qué algunas
crisis se “prolongan”, los efectos que producen en la gente
y qué se puede hacer para acabar con estas emergencias de larga
duración.
Conflictos borrosos
| Sorprendentemente,
la esperanza ha florecido en ciertos rincones del mundo que
llevan demasiado tiempo en penumbra. |
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Desde el final de
la guerra fría, los conflictos se han vuelto más “borrosos”
-de carácter interno, étnico o comunal-, siendo a
su vez más difíciles de resolver que las contiendas
convencionales entre estados. El estudio concluía que los
jefes guerrilleros, los militares, los empresarios locales e internacionales
e incluso algunos grupos dentro de las comunidades de refugiados
tienen intereses creados que les impulsan a prolongar la lucha,
que puede continuar durante décadas. En tales circunstancias,
los refugiados no pueden volver a su hogar y nacen las “crisis
prolongadas”. |
Los estados más poderosos desempeñan
un papel clave, inconscientemente o no, decidiendo la dirección
de una emergencia de refugiados. Cuando actúan con decisión,
como en el norte de Irak después de la guerra del Golfo, Kosovo
o Timor Oriental, cientos de miles de refugiados regresan a su país
rápidamente. Más frecuentemente, sin embargo, los mismos
gobiernos muestran poco interés en intervenir en guerras remotas,
de bajo nivel y cada vez más enconadas.
Afganistán es un ejemplo clásico que señala los efectos
de la participación de las grandes potencias en todas las fases
de una crisis prolongada, ayudando primero a su creación, luego
a su prolongación y, finalmente y con suerte, a su resolución.
La invasión soviética de este país
en 1979 desató lo que se convertiría en la mayor
crisis humanitaria del mundo en las dos décadas siguientes.
Después de su posterior retirada, tanto Moscú como
sus adversarios occidentales, con Estados Unidos a la cabeza,
se alejaron de las aguas revueltas. Al disminuir el interés
y los fondos internacionales, cerca de seis millones de afganos
se vieron atrapados en un exilio que parecía permanente.
Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados
Unidos volvieron a dirigir la atención internacional sobre
Afganistán. Las consiguientes sacudidas militares y políticas
precipitaron un nuevo éxodo civil, pero finalmente dos
millones de refugiados y otros desplazados afganos han podido
volver a sus hogares al estabilizarse la situación interna
del país.
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Irán,
1986.
UNHCR/B. PRESS/CS•KEN•2002 |
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Puede que esto sea una buena noticia,
pero los responsables humanitarios son también conscientes de que,
a menos que este renovado interés por Afganistán se mantenga
en los próximos años -y no hay garantía de que vaya
a suceder así-, el país puede incluso deslizarse hacia un
caos mayor, atrapando otra vez a millones de personas en una nueva “crisis
prolongada”.
Integración
local
Si la naturaleza cambiante de la guerra ayuda a crear más crisis
prolongadas, las también cambiantes percepciones y realidades políticas,
no sólo de las grandes potencias sino de los países anfitriones,
constituyen factores vitales.
| Ambas
partes han quedado atrapadas en una situación que parece
no tener final ni solución. En tales circunstancias
todo el mundo cree ser una víctima. |
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Como recuerda Boniface
Ntibazonkiza, cuando huyó por primera vez de Burundi en los
70, los estados vecinos africanos lo recibieron como a un hermano.
Julius Nyerere, el entonces presidente de Tanzania, lideraba la
política africana de puertas abiertas y, en una fecha tan
tardía como 1999, poco antes de su muerte, recalcaba el tema
en una entrevista con REFUGIADOS, diciendo: “Hemos tenido
a estos refugiados durante años y cuando los visité
parecían y sonaban como tanzanos. En swahili la palabra “refugiado”
es wakimbizi, “se van corriendo”. No me gustaba el término
y dije: “¿Por qué no podéis haceros ciudadanos?”.
A lo que añadió: “La gente de Ruanda y Burundi
es la misma que en Tanzania. ¿Por qué no iban a poder
quedarse aquí? Sé que algunos dirán que no
tenemos suficiente tierra en Tanzania, pero esa idea es absurda.
El país está vacío”. |
Aunque en Tanzania todavía se
le recuerda cariñosamente como el mwalimu, o maestro, muchas de
las ideas de Nyerere, especialmente sobre la integración local
de refugiados como Boniface, han sido desechadas.
“Tanzania para los tanzanos. Burundi para los burundeses”,
insistía recientemente un ministro del Gobierno, reflejando el
extendido recelo, no sólo de Tanzania sino de otros países
con tradición como anfitriones, de que los refugiados se han convertido
en una carga económica, medioambiental y de seguridad.
Existe la impresión general, realista o no, de que los millones
de personas desplazadas que permanecen tanto tiempo en los países
anfitriones son sencillamente demasiadas, y una de las primeras bajas
ha sido el abandono virtual de los esfuerzos por integrarlos localmente.
El reasentamiento permanente ha sido la segunda víctima del duro
clima humanitario imperante. Igual que la integración local, el
reasentamiento había supuesto previamente un importante apoyo para
los refugiados, y millones de personas que huyeron de Hungría en
los 50, del bloque soviético en los 60 o de Indochina en los 70
encontraron nuevos hogares en Occidente.
Esa puerta abierta de par en par está
ahora en parte entornada, especialmente a raíz de los atentados
terroristas en Estados Unidos, y, comparado con los millones de
antes, sólo unos 100.000 refugiados bajo la tutela del
ACNUR obtendrán las inestimables plazas de reasentamiento
cada año.
La repatriación ha sustituido al reasentamiento y a la
integración local como solución “preferida”
a las crisis de refugiados, pero incluso cuando un enorme número
de refugiados tiene la oportunidad de regresar, algunas personas
suelen quedarse atrás por diversas razones.
Puede que sigan padeciendo el temor a ser
perseguidos en su país; que sean demasiado
ancianos, demasiado jóvenes o estén demasiado enfermos
para
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Biblioteca
para refugiados - Tanzanía. UNHCR/L.TAYLOR/CS/TZA•2002
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volver; que no tengan ningún
tipo de recurso económico y que, de todos modos, su país
esté tan destruido que no sean capaces de sobrevivir en él;
y finalmente puede que hayan establecido estrechos vínculos sociales
y económicos en su país “de adopción”
y que la mayor parte de sus hijos hayan nacido allí y ni siquiera
hayan visto su “patria”.
El resultado final es que una crisis de por sí larga puede continuar
indefinidamente.
Efectos
sobre las personas
Cualquier civil que se haya visto obligado a abandonar su hogar, su país
y, a menudo, a su familia más cercana, padece los efectos de un
importante estrés traumático. Esto puede solucionarse si
las poblaciones desplazadas regresan a sus hogares rápidamente,
pero para la gente que se enfrenta a años de incertidumbre en el
exilio, las cargas psicológicas y físicas son demoledoras.
La mayor parte de los refugiados tienen poco dinero y apenas pertenencias
cuando llegan a un nuevo país. Relegados en campos inhóspitos
y con frecuencia virtualmente inaccesibles, desposeídos progresivamente
del apoyo internacional, viendo cómo a veces se reducen los de
por sí exiguos suministros de comida, pueden quedar rápidamente
atrapados en un ciclo de pobreza y privación que se autoperpetúa.
La educación es otra de las grandes bajas. Pese a que el ACNUR
intenta subvencionar a las escuelas primarias, apenas hay fondos para
la educación secundaria, abonando el terreno no sólo para
una “generación perdida” de jóvenes privados
de cualquier enseñanza, sino ayudando también a crear una
población cada vez más aburrida y resentida.
Las mujeres recurren a la prostitución, florecen los traficantes
de personas o los agentes de reclutamiento para las milicias locales y
lo mismo ocurre con las drogas, el alcohol e, inevitablemente, la violencia
doméstica y las enfermedades como el VIH/SIDA. Se explota a los
refugiados como mano de obra barata o, al contrario, éstos se involucran
en fraudes y robos.
Como dato interesante, el estudio del ACNUR descubrió que, en contra
de la creencia popular, muchos refugiados intentan evitar el llamado “síndrome
de dependencia”, la total supeditación a la ayuda, y en vez
de ello generan su propio sustento abriendo salones de té, peluquerías,
bares, puestos de mercado, tejiendo alfombras o confeccionando objetos
de cerámica. Hay empresarios que incluso han instalado estaciones
de televisión por satélite o creado servicios de teléfonos
móviles en los campos.
Esperando la muerte
Nahimana Pascal, de 52 años, es un típico producto del interminable
ciclo de violencia de Burundi, el tipo de exiliado que algunos trabajadores
humanitarios denominan “refugiado profesional”, de tanto tiempo
como llevan desarraigados.
Hasta 1988 fue un hombre de negocios con éxito en la capital de
Burundi, Bujumbura, dueño de varios barcos de pesca en el lago
Tanganika, con dinero en el banco y una casa en un barrio elegante de
la ciudad. Pero un día de 1988, empezaron de nuevo las redadas
y matanzas de civiles hutus por parte de los soldados tutsi.
“Mis vecinos estaban siendo masacrados y sabía que yo era
el siguiente”, dice. “Corrí simplemente”, sin
ni siquiera informar a su mujer, hasta que llegó a la vecina Ruanda.
Desde entonces no ha dejado de huir.
Acabó en un campo de refugiados. Dos años después
se produjo uno de los acontecimientos positivos en la vida de Nahimana.
“Estaba sentado a solas, mirando a la calle. Vi a mi mujer con un
niño. Me quedé de piedra. No había tenido ningún
tipo de contacto con ella desde que me fui de Bujumbura, pero ahí
estaba. Había llegado al mismo campo por pura suerte”.
La buena fortuna se acabó de nuevo en 1993, cuando Ruanda se vio
sumergida en la violencia étnica, al igual que Burundi. La familia
huyó a la vecina Zaire, pero la guerra les seguía los pasos.
En 1997, al regresar de un viaje de trabajo de 15 días, Nahimana
se encontró con que su mujer y sus hijos habían desaparecido
en las luchas que acababan de estallar en su último hogar como
refugiados. Huyó a Tanzania.
“Cuando vivía en Bujumbura éramos 56 en mi familia”,
afirma. “Los he perdido a todos, incluidos mi mujer y mis hijos.
No sé dónde están. Probablemente hayan muerto. Ahora
estoy viejo y deshecho. No me queda otra cosa más que morir”.
Nahimana luce canas prematuras; desde luego, tiene pocas esperanzas de
volver algún día a su casa o cualquier otro interés
que lo motive. Pero… recientemente se ha convertido en vigilante
del campamento, y con un poco de valor y algunos ingresos, ha empezado
a emerger como líder comunitario y portavoz. Y, de pronto, hay
un minúsculo rayo de esperanza para este refugiado.
Soluciones
Por su propia naturaleza, las crisis prolongadas son posiblemente en la
actualidad los problemas humanitarios más difíciles de abordar
de un modo eficaz. Los protagonistas clave que pueden marcar la diferencia
suelen pasarlos por alto o ignorarlos. Y cuando los dólares de
los donantes se vuelven tan difíciles de encontrar, son, cada vez
con más frecuencia, los que menos reciben en comparación
con las crisis más importantes y “atractivas”.
Pero hay varios pasos a distintos niveles que hay que tener en cuenta.
Entre otros, reforzar los derechos básicos de los refugiados, procurarles
recursos básicos adicionales, asegurar su derecho a la repatriación
voluntaria o, en ciertas circunstancias, integrarlos localmente o reasentarlos
en terceros países, así como abordar con más decisión
las causas profundas de estas guerras llenas de animadversión.
| De
los 10 millones de refugiados bajo la tutela del ACNUR, asombrosamente
dos tercios, cerca de seis millones de personas, desde el
África subsahariana a Sri Lanka, se encuentran atrapados
en crisis interminables. |
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Considerados en
conjunto, estos pasos podrían suponer una diferencia para
al menos algunos de los refugiados atrapados actualmente en estos
ciclos aparentemente indestructibles.
Por ejemplo, puede que los refugiados que han llegado hasta un país
vecino se encuentren relativamente a salvo del caos que provocó
su huida, pero luego suelen perder muchos de sus derechos básicos,
como la libertad de movimiento o el derecho de trabajar en el exilio.
Esto a su vez dificulta los intentos de ganar un sustento, conduciéndoles
hacia una mayor pobreza y ejerciendo una mayor presión sobre
los recursos de los países anfitriones y las agencias humanitarias.
La Agenda de Protección, adoptada recientemente por el ACNUR,
podría ayudar a afrontar este problema, unida a una mejora
en los recursos tales como mejor agua e instalaciones médicas,
una mayor profesionalidad en el sector humanitario y una mejor escolarización.
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La educación es, de hecho, la
clave del futuro, no sólo porque ayuda a mejorar la calidad de
vida en los campos, sino porque prepara a los refugiados para las labores
de reconstrucción en su patria cuando regresan. Los propios refugiados
admiten que es un tema prioritario, pero los fondos internacionales recibidos
han sido demasiado escasos como para proporcionar una enseñanza
decente. El ACNUR, por ejemplo, se ve restringido por impedimentos presupuestarios
a ofrecer únicamente educación primaria para los millones
de niños bajo su tutela.
Beneficio inesperado
Una anomalía del caso afgano, que puso perversamente de manifiesto
la importancia de la educación, fue que, debido a la crueldad del
régimen talibán en el Afganistán de aquellos tiempos,
las niñas estaban virtualmente excluidas del sistema educativo.
Sin embargo, en las vecinas Pakistán e Irán, adonde habían
huido millones de civiles, las jóvenes refugiadas pudieron asistir
a la escuela, una inversión que debería rendir grandes dividendos
para la reconstrucción del país y que podría servir
como elemento comparativo con otras crisis.
Como se ha indicado anteriormente, las crisis prolongadas suelen producirse
porque se permite que los conflictos originales que obligaron a los refugiados
a huir acaben ulcerándose, a veces durante años y luego
durante décadas. Pero como también se ha señalado,
una intervención efectiva y de alto nivel puede provocar un cortocircuito
en estas guerras. Obviamente, una mediación más intensa,
el mantenimiento de la paz, las labores de pacificación y la construcción
pacífica por parte de distintos protagonistas como las Naciones
Unidas, los organismos regionales y las grandes potencias, pueden influir
sobre la dirección de cualquier problema.
| Aunque
muchas naciones se sienten todavía más recelosas de
los “extranjeros”, incluidos los refugiados, a raíz
de los atentados terroristas de 2001 en Estados Unidos, la ampliación
del programa de reasentamiento permanente, con la participación
de bastantes más países que los actuales, es factible.
Se podría reintroducir la integración local en contextos
específicos, y ya hay un proyecto en marcha en Zambia como
parte del plan de Desarrollo mediante Integración Local (DLI)
del Alto Comisionado Lubbers.
Las 4R -repatriación, reintegración, rehabilitación
y reconstrucción- podrían también suponer un
beneficio en potencia para un amplio espectro de refugiados, incluidos
muchos de los que han caído en la trampa de las crisis prolongadas. |
| Quizás
por primera vez, el mundo humanitario en sentido amplio ha
empezado a centrar su atención específicamente
en estos problemas prolongados, en sus orígenes y posibles
soluciones. |
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La advertencia ante todos estos planteamientos
es que muchos de ellos ya se han intentado, normalmente con pocos logros
duraderos. Hará falta un compromiso renovado y fortalecido de todas
las partes para conseguir que funcionen esta vez.
Un hecho que permanece invariable es que la repatriación de cualquier
refugiado debe seguir siendo voluntaria, pese a la creciente corriente
de opinión según la cual, si las condiciones en un país
de origen parecen seguras, los civiles deben volver a sus casas, incluso
si ello exige el uso de la coacción.
Tales acciones contradicen la legislación internacional sobre refugiados
y los principios de protección e ignoran el hecho de que se puede
apelar legalmente a una de las cláusulas contenidas en la Convención
sobre Refugiados de 1951, la llamada cláusula de cesación,
cuando las razones de la huida han quedado resueltas. Además, un
regreso a gran escala de civiles en contra de su voluntad puede poner,
al menos a algunos de ellos, en un nuevo peligro, e incluso podría
desestabilizar a un país que se recupera lentamente de la guerra.
Ironía
Puede que exista una última ironía en el caso de las crisis
prolongadas. Sin duda, la llegada de un gran número de refugiados
a una localidad puede causar graves quebrantos a las comunidades locales
y suponer una fuerte presión para las redes nacionales e internacionales
que intentan ayudarlos.
Hasta que los refugiados no regresan a su país, sin embargo, no
se ponen de manifiesto algunas de las ventajas que su presencia aporta.
| Afganistán
es un ejemplo clásico de la participación de
las grandes potencias en todas las fases de una crisis prolongada,
ayudando a su creación, su prolongación y finalmente
y con suerte, su resolución. |
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Hasta los 90, la
ciudad tanzana de Kibondo era un pueblo pobre y polvoriento, sin
agua corriente y apenas electricidad, que podía quedar aislado
del mundo exterior durante días enteros en la temporada de
lluvias.
Desde entonces se ha cuadruplicado en tamaño y se ha convertido
en una bulliciosa ciudad rural con comunicaciones regulares por
aire y carretera, tiendas bien abastecidas y mejores escuelas y
hospitales no sólo para los refugiados, sino también
para los lugareños.
El trabajo de los refugiados ha ayudado también al desarrollo
de la agricultura local y, cuando los ruandeses volvieron a sus
casas en los 90, los comerciantes locales solían refunfuñar
diciendo: “¿Por qué se han ido? Ahora no tenemos
a quién vender nuestros plátanos”.
En Sudán, la repatriación de refugiados es un tema
políticamente sensible, ya que el gobierno es perfectamente
consciente de las enormes subvenciones que entran en el país
para mantenerlos, y más indirectamente a las ciudades y pueblos
sudaneses. |
En Kenia, los miembros locales del parlamento
local han condenado entre grandes clamores a los refugiados, supuestamente
por destruir el medio ambiente en torno al complejo de campos de Dadaab.
Pero el complejo es también la mayor fuente de empleos de la región.
Hace poco, se habló en la radio de un tema poco usual en Kenia:
la organización, por parte de los habitantes de la costa, de una
manifestación en protesta por el cierre de un campo de refugiados
cercano. Los keniatas alegaban que el campo había estimulado la
economía local, que se vería destruida si se marchaban.
No querían que sus “huéspedes” se fueran.
Esperanza
Sorprendentemente quizás, la esperanza ha florecido en ciertos
rincones del mundo que llevan demasiado tiempo en penumbra.
Afganistán ha sido uno de los acontecimientos más importantes
de 2002 y cerca de dos millones de personas han regresado a sus hogares
tras la caída del régimen talibán y el establecimiento
de un nuevo gobierno. Muchos más refugiados podrían regresar
si la situación, cuya fragilidad se reconoce, se mantiene.
Ha habido progresos en Sri Lanka, uno de los conflictos más largos
del sur de Asia. A partir de una tregua negociada por mediadores noruegos
en febrero entre fuerzas del Gobierno y los rebeldes de los tigres tamiles,
muchos miles de personas, especialmente desplazados internos, han vuelto
a sus ciudades y pueblos después de dos décadas de guerra.
Por todo el planeta, el alto el fuego entre el Gobierno angoleño
y los rebeldes de UNITA ha suscitado la esperanza de una paz duradera
y el posible regreso de casi medio millón de refugiados desde los
países cercanos, así como la de millones de personas que
han quedado sin hogar dentro del propio estado.
Se han producido también movimientos de retorno por parte de somalíes
desde Etiopía y de eritreos desde Sudán, y se cree que seguirán
durante el próximo año. En Timor Oriental y Eritrea, las
condiciones han mejorado hasta el punto que el ACNUR recurrió a
la cláusula de cesación de la Convención de 1951
a finales de 2002, instando a todos los refugiados a regresar a sus países.
A comienzos de 2003, algunas de las crisis más espinosas del mundo
parecen algo más cerca de una solución. Si la tendencia
continúa, podría traer esperanzas a millones de refugiados
que durante años se han sentido marginados y abandonados por el
mundo exterior. 
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