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Crisis sin final ni solución

¿Por qué millones de refugiados se ven atrapados en conflictos “prolongados” que pueden durar décadas?

Por Jeff Crisp y Ray Wilkinson

Sudán, 1972. UNHCR/W. VAN DE LINDE/SDN •1972

Boniface Ntibazonkiza tenía 12 años cuando se produjeron las primeras matanzas. “Los soldados empezaron a arrestar a todo el mundo en mi pueblo, en las tiendas, en los campos”, recuerda. “Los metieron en camiones. Nunca regresaron”. Los padres del joven obligaron a Boniface y a su hermana de 15 años a huir corriendo de su casa, instándoles a dirigirse la frontera, con el angustioso mensaje de que, “si todos vamos a morir, que por lo menos no sea en el mismo lugar ni al mismo tiempo”.

Los dos hermanos consiguieron sortear a las tropas y al destino reservado a las decenas de miles de civiles que fueron masacrados en los campos de la muerte del estado centroafricano de Burundi en 1972 y pudieron llegar a la vecina Tanzania. Después de recorrer a pie casi la mitad de su caótico país, se refugiaron con una tía suya en la ciudad de Tabora.

“Todo parecía tan maravilloso de nuevo…”, asegura. “Estaba a salvo. Iba a la escuela. Los tanzanos eran buenos y amistosos. Me trataban como a uno de ellos. Podría haberme quedado, haber recibido tierras de cultivo e incluso haber conseguido la nacionalidad tanzana en aquel momento”.

Sin embargo, acabó regresando  a   Burundi, aprovechando  un

período intermitente de calma en esa tierra atormentada antes de volver a huir por segunda vez en 1996, de nuevo a Tanzania, al estallar una nueva ola de matanzas entre los dos principales grupos étnicos del país, los hutus y los tutsis.

La recepción que tuvo esta vez fue muy distinta de la de los años 70. El granjero, sus dos mujeres y 13 hijos viven actualmente en un enorme campo de refugiados cerca de la ciudad fronteriza de Kibondo. Están a salvo de los estragos en su patria. Reciben alimentos y otras ayudas de la comunidad internacional, pero la camaradería, el sentimiento de compañerismo frente a la adversidad y los generosos regalos de tierra y ciudadanía ya no están en oferta.

Boniface y más de medio millón de refugiados en Tanzania se sienten como prisioneros no bienvenidos en sus campamentos. Muchos de los tanzanos que en un tiempo saludaron su llegada cálidamente, preferirían ahora que los burundeses volvieran a su país lo antes posible.

Cambio dramático

¿Qué es lo que ocurrió para que se produjese un cambio tan dramático en la misma gente?

Ambos lados han quedado atrapados en lo que oficialmente se denomina “una crisis prolongada de refugiados” -una situación que no parece tener final ni solución-. En dichas circunstancias, todo el mundo -refugiados, anfitriones y posibles donantes- tiene la creciente sensación de ser una víctima o de que se están aprovechando de ellos.

No hay una definición específica sobre qué constituye una crisis prolongada, aunque en términos generales puede decirse que abarca a los refugiados que han vivido en el exilio durante más de cinco años, que no pueden volver a su país, no pueden establecerse permanentemente en su actual país de asilo y tienen pocas posibilidades de que se les acepte en cualquier otro sitio.

Puede que el problema esté más generalizado de lo que quizás se suele admitir. De los 10 millones aproximados de refugiados bajo la tutela del ACNUR a finales de 2002, casi dos tercios, o más de seis millones, provenientes de regiones tan distantes como el África subsahariana, Nepal, Bangladesh y Sri Lanka, se han visto atrapados en crisis interminables, algunos durante 30 años o más.

Otros 3,9 millones de palestinos, algunos de los cuales fueron desplazados hace medio siglo, reciben ayuda de una organización hermana, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (en inglés, UNRWA).

Y como estas crisis llevan muchos años activas -a menudo eclipsadas por emergencias más inmediatas y acaparadoras de titulares como Kosovo o Timor-, tienden a pasarse por alto o a ser ignoradas por una comunidad internacional cada vez más escasa en dinero.

Cuanto más tiempo duran las crisis prolongadas, más difícil es encontrar fondos o soluciones para ellas. Tienen su propia dinámica, lo que incluye, en el caso de Tanzania y sus refugiados, una creciente intolerancia incluso entre los anfitriones más generosos tradicionalmente.

Ahora, quizás por primera vez, el mundo humanitario en sentido amplio ha empezado a centrarse específicamente en estos problemas prolongados -en sus orígenes y posibles soluciones- al darse cuenta de que pueden ser necesarios otros planteamientos menos ortodoxos para abordarlos.

Tanzania, 1976. UNHCR/M. LUNDGREN/6326/TZA•1976

 

El Alto Comisionado Ruud Lubbers ha instado encarecidamente a otras organizaciones internacionales como el Banco Mundial y el Programa de Desarrollo de la ONU para que se unan a la agencia de refugiados a fin de diseñar proyectos conjuntos en aplicación del plan denominado 4Rs/DLI. Se trata de un esfuerzo para ayudar a los refugiados a integrarse en las comunidades locales de una manera beneficiosa para ambas partes (Desarrollo mediante Integración Local o DLI en inglés), para diseñar operaciones bien organizadas entre donantes durante las cuatro fases principales del regreso de los refugiados a su país -es decir, la repatriación, la reintegración, la rehabilitación y la reconstrucción- o para ayudar a los refugiados a integrarse.

Con las subvenciones aportadas por Estados Unidos, la Unidad de Evaluación y Análisis de Programas del ACNUR ha llevado a cabo un estudio a nivel mundial en el que se examina en primer lugar por qué algunas crisis se “prolongan”, los efectos que producen en la gente y qué se puede hacer para acabar con estas emergencias de larga duración.

Conflictos borrosos

Sorprendentemente, la esperanza ha florecido en ciertos rincones del mundo que llevan demasiado tiempo en penumbra.

 

Desde el final de la guerra fría, los conflictos se han vuelto más “borrosos” -de carácter interno, étnico o comunal-, siendo a su vez más difíciles de resolver que las contiendas convencionales entre estados. El estudio concluía que los jefes guerrilleros, los militares, los empresarios locales e internacionales e incluso algunos grupos dentro de las comunidades de refugiados tienen intereses creados que les impulsan a prolongar la lucha, que puede continuar durante décadas. En tales circunstancias, los refugiados no pueden volver a su hogar y nacen las “crisis prolongadas”.

Los estados más poderosos desempeñan un papel clave, inconscientemente o no, decidiendo la dirección de una emergencia de refugiados. Cuando actúan con decisión, como en el norte de Irak después de la guerra del Golfo, Kosovo o Timor Oriental, cientos de miles de refugiados regresan a su país rápidamente. Más frecuentemente, sin embargo, los mismos gobiernos muestran poco interés en intervenir en guerras remotas, de bajo nivel y cada vez más enconadas.

Afganistán es un ejemplo clásico que señala los efectos de la participación de las grandes potencias en todas las fases de una crisis prolongada, ayudando primero a su creación, luego a su prolongación y, finalmente y con suerte, a su resolución.

La invasión soviética de este país en 1979 desató lo que se convertiría en la mayor crisis humanitaria del mundo en las dos décadas siguientes. Después de su posterior retirada, tanto Moscú como sus adversarios occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, se alejaron de las aguas revueltas. Al disminuir el interés y los fondos internacionales, cerca de seis millones de afganos se vieron atrapados en un exilio que parecía permanente.

Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos volvieron a dirigir la atención internacional sobre Afganistán. Las consiguientes sacudidas militares y políticas precipitaron un nuevo éxodo civil, pero finalmente dos millones de refugiados y otros desplazados afganos han podido volver a sus hogares al estabilizarse la situación interna del país.

Irán, 1986. UNHCR/B. PRESS/CS•KEN•2002

 

Puede que esto sea una buena noticia, pero los responsables humanitarios son también conscientes de que, a menos que este renovado interés por Afganistán se mantenga en los próximos años -y no hay garantía de que vaya a suceder así-, el país puede incluso deslizarse hacia un caos mayor, atrapando otra vez a millones de personas en una nueva “crisis prolongada”.

Integración local

Si la naturaleza cambiante de la guerra ayuda a crear más crisis prolongadas, las también cambiantes percepciones y realidades políticas, no sólo de las grandes potencias sino de los países anfitriones, constituyen factores vitales.

Ambas partes han quedado atrapadas en una situación que parece no tener final ni solución. En tales circunstancias todo el mundo cree ser una víctima.

 

Como recuerda Boniface Ntibazonkiza, cuando huyó por primera vez de Burundi en los 70, los estados vecinos africanos lo recibieron como a un hermano. Julius Nyerere, el entonces presidente de Tanzania, lideraba la política africana de puertas abiertas y, en una fecha tan tardía como 1999, poco antes de su muerte, recalcaba el tema en una entrevista con REFUGIADOS, diciendo: “Hemos tenido a estos refugiados durante años y cuando los visité parecían y sonaban como tanzanos. En swahili la palabra “refugiado” es wakimbizi, “se van corriendo”. No me gustaba el término y dije: “¿Por qué no podéis haceros ciudadanos?”.

A lo que añadió: “La gente de Ruanda y Burundi es la misma que en Tanzania. ¿Por qué no iban a poder quedarse aquí? Sé que algunos dirán que no tenemos suficiente tierra en Tanzania, pero esa idea es absurda. El país está vacío”.

Aunque en Tanzania todavía se le recuerda cariñosamente como el mwalimu, o maestro, muchas de las ideas de Nyerere, especialmente sobre la integración local de refugiados como Boniface, han sido desechadas.

“Tanzania para los tanzanos. Burundi para los burundeses”, insistía recientemente un ministro del Gobierno, reflejando el extendido recelo, no sólo de Tanzania sino de otros países con tradición como anfitriones, de que los refugiados se han convertido en una carga económica, medioambiental y de seguridad.

Existe la impresión general, realista o no, de que los millones de personas desplazadas que permanecen tanto tiempo en los países anfitriones son sencillamente demasiadas, y una de las primeras bajas ha sido el abandono virtual de los esfuerzos por integrarlos localmente.

El reasentamiento permanente ha sido la segunda víctima del duro clima humanitario imperante. Igual que la integración local, el reasentamiento había supuesto previamente un importante apoyo para los refugiados, y millones de personas que huyeron de Hungría en los 50, del bloque soviético en los 60 o de Indochina en los 70 encontraron nuevos hogares en Occidente.

Esa puerta abierta de par en par está ahora en parte entornada, especialmente a raíz de los atentados terroristas en Estados Unidos, y, comparado con los millones de antes, sólo unos 100.000 refugiados bajo la tutela del ACNUR obtendrán las inestimables plazas de reasentamiento cada año.

La repatriación ha sustituido al reasentamiento y a la integración local como solución “preferida” a las crisis de refugiados, pero incluso cuando un enorme número de refugiados tiene la oportunidad de regresar, algunas personas suelen quedarse atrás por diversas razones.

Puede que sigan padeciendo el temor a ser perseguidos en su país; que sean demasiado ancianos, demasiado jóvenes o estén  demasiado  enfermos   para

Biblioteca para refugiados - Tanzanía. UNHCR/L.TAYLOR/CS/TZA•2002

 

volver; que no tengan ningún tipo de recurso económico y que, de todos modos, su país esté tan destruido que no sean capaces de sobrevivir en él; y finalmente puede que hayan establecido estrechos vínculos sociales y económicos en su país “de adopción” y que la mayor parte de sus hijos hayan nacido allí y ni siquiera hayan visto su “patria”.

El resultado final es que una crisis de por sí larga puede continuar indefinidamente.

Efectos sobre las personas

Cualquier civil que se haya visto obligado a abandonar su hogar, su país y, a menudo, a su familia más cercana, padece los efectos de un importante estrés traumático. Esto puede solucionarse si las poblaciones desplazadas regresan a sus hogares rápidamente, pero para la gente que se enfrenta a años de incertidumbre en el exilio, las cargas psicológicas y físicas son demoledoras.

La mayor parte de los refugiados tienen poco dinero y apenas pertenencias cuando llegan a un nuevo país. Relegados en campos inhóspitos y con frecuencia virtualmente inaccesibles, desposeídos progresivamente del apoyo internacional, viendo cómo a veces se reducen los de por sí exiguos suministros de comida, pueden quedar rápidamente atrapados en un ciclo de pobreza y privación que se autoperpetúa.

La educación es otra de las grandes bajas. Pese a que el ACNUR intenta subvencionar a las escuelas primarias, apenas hay fondos para la educación secundaria, abonando el terreno no sólo para una “generación perdida” de jóvenes privados de cualquier enseñanza, sino ayudando también a crear una población cada vez más aburrida y resentida.

Las mujeres recurren a la prostitución, florecen los traficantes de personas o los agentes de reclutamiento para las milicias locales y lo mismo ocurre con las drogas, el alcohol e, inevitablemente, la violencia doméstica y las enfermedades como el VIH/SIDA. Se explota a los refugiados como mano de obra barata o, al contrario, éstos se involucran en fraudes y robos.

Como dato interesante, el estudio del ACNUR descubrió que, en contra de la creencia popular, muchos refugiados intentan evitar el llamado “síndrome de dependencia”, la total supeditación a la ayuda, y en vez de ello generan su propio sustento abriendo salones de té, peluquerías, bares, puestos de mercado, tejiendo alfombras o confeccionando objetos de cerámica. Hay empresarios que incluso han instalado estaciones de televisión por satélite o creado servicios de teléfonos móviles en los campos.

Esperando la muerte

Nahimana Pascal, de 52 años, es un típico producto del interminable ciclo de violencia de Burundi, el tipo de exiliado que algunos trabajadores humanitarios denominan “refugiado profesional”, de tanto tiempo como llevan desarraigados.

Hasta 1988 fue un hombre de negocios con éxito en la capital de Burundi, Bujumbura, dueño de varios barcos de pesca en el lago Tanganika, con dinero en el banco y una casa en un barrio elegante de la ciudad. Pero un día de 1988, empezaron de nuevo las redadas y matanzas de civiles hutus por parte de los soldados tutsi.

“Mis vecinos estaban siendo masacrados y sabía que yo era el siguiente”, dice. “Corrí simplemente”, sin ni siquiera informar a su mujer, hasta que llegó a la vecina Ruanda. Desde entonces no ha dejado de huir.

Acabó en un campo de refugiados. Dos años después se produjo uno de los acontecimientos positivos en la vida de Nahimana. “Estaba sentado a solas, mirando a la calle. Vi a mi mujer con un niño. Me quedé de piedra. No había tenido ningún tipo de contacto con ella desde que me fui de Bujumbura, pero ahí estaba. Había llegado al mismo campo por pura suerte”.

La buena fortuna se acabó de nuevo en 1993, cuando Ruanda se vio sumergida en la violencia étnica, al igual que Burundi. La familia huyó a la vecina Zaire, pero la guerra les seguía los pasos. En 1997, al regresar de un viaje de trabajo de 15 días, Nahimana se encontró con que su mujer y sus hijos habían desaparecido en las luchas que acababan de estallar en su último hogar como refugiados. Huyó a Tanzania.

“Cuando vivía en Bujumbura éramos 56 en mi familia”, afirma. “Los he perdido a todos, incluidos mi mujer y mis hijos. No sé dónde están. Probablemente hayan muerto. Ahora estoy viejo y deshecho. No me queda otra cosa más que morir”.

Nahimana luce canas prematuras; desde luego, tiene pocas esperanzas de volver algún día a su casa o cualquier otro interés que lo motive. Pero… recientemente se ha convertido en vigilante del campamento, y con un poco de valor y algunos ingresos, ha empezado a emerger como líder comunitario y portavoz. Y, de pronto, hay un minúsculo rayo de esperanza para este refugiado.

Soluciones

Por su propia naturaleza, las crisis prolongadas son posiblemente en la actualidad los problemas humanitarios más difíciles de abordar de un modo eficaz. Los protagonistas clave que pueden marcar la diferencia suelen pasarlos por alto o ignorarlos. Y cuando los dólares de los donantes se vuelven tan difíciles de encontrar, son, cada vez con más frecuencia, los que menos reciben en comparación con las crisis más importantes y “atractivas”.

Pero hay varios pasos a distintos niveles que hay que tener en cuenta. Entre otros, reforzar los derechos básicos de los refugiados, procurarles recursos básicos adicionales, asegurar su derecho a la repatriación voluntaria o, en ciertas circunstancias, integrarlos localmente o reasentarlos en terceros países, así como abordar con más decisión las causas profundas de estas guerras llenas de animadversión.

De los 10 millones de refugiados bajo la tutela del ACNUR, asombrosamente dos tercios, cerca de seis millones de personas, desde el África subsahariana a Sri Lanka, se encuentran atrapados en crisis interminables.

 

Considerados en conjunto, estos pasos podrían suponer una diferencia para al menos algunos de los refugiados atrapados actualmente en estos ciclos aparentemente indestructibles.

Por ejemplo, puede que los refugiados que han llegado hasta un país vecino se encuentren relativamente a salvo del caos que provocó su huida, pero luego suelen perder muchos de sus derechos básicos, como la libertad de movimiento o el derecho de trabajar en el exilio. Esto a su vez dificulta los intentos de ganar un sustento, conduciéndoles hacia una mayor pobreza y ejerciendo una mayor presión sobre los recursos de los países anfitriones y las agencias humanitarias.

La Agenda de Protección, adoptada recientemente por el ACNUR, podría ayudar a afrontar este problema, unida a una mejora en los recursos tales como mejor agua e instalaciones médicas, una mayor profesionalidad en el sector humanitario y una mejor escolarización.

La educación es, de hecho, la clave del futuro, no sólo porque ayuda a mejorar la calidad de vida en los campos, sino porque prepara a los refugiados para las labores de reconstrucción en su patria cuando regresan. Los propios refugiados admiten que es un tema prioritario, pero los fondos internacionales recibidos han sido demasiado escasos como para proporcionar una enseñanza decente. El ACNUR, por ejemplo, se ve restringido por impedimentos presupuestarios a ofrecer únicamente educación primaria para los millones de niños bajo su tutela.

Beneficio inesperado

Una anomalía del caso afgano, que puso perversamente de manifiesto la importancia de la educación, fue que, debido a la crueldad del régimen talibán en el Afganistán de aquellos tiempos, las niñas estaban virtualmente excluidas del sistema educativo. Sin embargo, en las vecinas Pakistán e Irán, adonde habían huido millones de civiles, las jóvenes refugiadas pudieron asistir a la escuela, una inversión que debería rendir grandes dividendos para la reconstrucción del país y que podría servir como elemento comparativo con otras crisis.

Como se ha indicado anteriormente, las crisis prolongadas suelen producirse porque se permite que los conflictos originales que obligaron a los refugiados a huir acaben ulcerándose, a veces durante años y luego durante décadas. Pero como también se ha señalado, una intervención efectiva y de alto nivel puede provocar un cortocircuito en estas guerras. Obviamente, una mediación más intensa, el mantenimiento de la paz, las labores de pacificación y la construcción pacífica por parte de distintos protagonistas como las Naciones Unidas, los organismos regionales y las grandes potencias, pueden influir sobre la dirección de cualquier problema.

Aunque muchas naciones se sienten todavía más recelosas de los “extranjeros”, incluidos los refugiados, a raíz de los atentados terroristas de 2001 en Estados Unidos, la ampliación del programa de reasentamiento permanente, con la participación de bastantes más países que los actuales, es factible.

Se podría reintroducir la integración local en contextos específicos, y ya hay un proyecto en marcha en Zambia como parte del plan de Desarrollo mediante Integración Local (DLI) del Alto Comisionado Lubbers.

Las 4R -repatriación, reintegración, rehabilitación y reconstrucción- podrían también suponer un beneficio en potencia para un amplio espectro de refugiados, incluidos muchos de los que han caído en la trampa de las crisis prolongadas.

Quizás por primera vez, el mundo humanitario en sentido amplio ha empezado a centrar su atención específicamente en estos problemas prolongados, en sus orígenes y posibles soluciones.

La advertencia ante todos estos planteamientos es que muchos de ellos ya se han intentado, normalmente con pocos logros duraderos. Hará falta un compromiso renovado y fortalecido de todas las partes para conseguir que funcionen esta vez.

Un hecho que permanece invariable es que la repatriación de cualquier refugiado debe seguir siendo voluntaria, pese a la creciente corriente de opinión según la cual, si las condiciones en un país de origen parecen seguras, los civiles deben volver a sus casas, incluso si ello exige el uso de la coacción.

Tales acciones contradicen la legislación internacional sobre refugiados y los principios de protección e ignoran el hecho de que se puede apelar legalmente a una de las cláusulas contenidas en la Convención sobre Refugiados de 1951, la llamada cláusula de cesación, cuando las razones de la huida han quedado resueltas. Además, un regreso a gran escala de civiles en contra de su voluntad puede poner, al menos a algunos de ellos, en un nuevo peligro, e incluso podría desestabilizar a un país que se recupera lentamente de la guerra.

Ironía

Puede que exista una última ironía en el caso de las crisis prolongadas. Sin duda, la llegada de un gran número de refugiados a una localidad puede causar graves quebrantos a las comunidades locales y suponer una fuerte presión para las redes nacionales e internacionales que intentan ayudarlos.

Hasta que los refugiados no regresan a su país, sin embargo, no se ponen de manifiesto algunas de las ventajas que su presencia aporta.

Afganistán es un ejemplo clásico de la participación de las grandes potencias en todas las fases de una crisis prolongada, ayudando a su creación, su prolongación y finalmente y con suerte, su resolución.

 

Hasta los 90, la ciudad tanzana de Kibondo era un pueblo pobre y polvoriento, sin agua corriente y apenas electricidad, que podía quedar aislado del mundo exterior durante días enteros en la temporada de lluvias.

Desde entonces se ha cuadruplicado en tamaño y se ha convertido en una bulliciosa ciudad rural con comunicaciones regulares por aire y carretera, tiendas bien abastecidas y mejores escuelas y hospitales no sólo para los refugiados, sino también para los lugareños.

El trabajo de los refugiados ha ayudado también al desarrollo de la agricultura local y, cuando los ruandeses volvieron a sus casas en los 90, los comerciantes locales solían refunfuñar diciendo: “¿Por qué se han ido? Ahora no tenemos a quién vender nuestros plátanos”.

En Sudán, la repatriación de refugiados es un tema políticamente sensible, ya que el gobierno es perfectamente consciente de las enormes subvenciones que entran en el país para mantenerlos, y más indirectamente a las ciudades y pueblos sudaneses.

En Kenia, los miembros locales del parlamento local han condenado entre grandes clamores a los refugiados, supuestamente por destruir el medio ambiente en torno al complejo de campos de Dadaab. Pero el complejo es también la mayor fuente de empleos de la región.

Hace poco, se habló en la radio de un tema poco usual en Kenia: la organización, por parte de los habitantes de la costa, de una manifestación en protesta por el cierre de un campo de refugiados cercano. Los keniatas alegaban que el campo había estimulado la economía local, que se vería destruida si se marchaban. No querían que sus “huéspedes” se fueran.

Esperanza

Sorprendentemente quizás, la esperanza ha florecido en ciertos rincones del mundo que llevan demasiado tiempo en penumbra.

Afganistán ha sido uno de los acontecimientos más importantes de 2002 y cerca de dos millones de personas han regresado a sus hogares tras la caída del régimen talibán y el establecimiento de un nuevo gobierno. Muchos más refugiados podrían regresar si la situación, cuya fragilidad se reconoce, se mantiene.

Ha habido progresos en Sri Lanka, uno de los conflictos más largos del sur de Asia. A partir de una tregua negociada por mediadores noruegos en febrero entre fuerzas del Gobierno y los rebeldes de los tigres tamiles, muchos miles de personas, especialmente desplazados internos, han vuelto a sus ciudades y pueblos después de dos décadas de guerra.

Por todo el planeta, el alto el fuego entre el Gobierno angoleño y los rebeldes de UNITA ha suscitado la esperanza de una paz duradera y el posible regreso de casi medio millón de refugiados desde los países cercanos, así como la de millones de personas que han quedado sin hogar dentro del propio estado.

Se han producido también movimientos de retorno por parte de somalíes desde Etiopía y de eritreos desde Sudán, y se cree que seguirán durante el próximo año. En Timor Oriental y Eritrea, las condiciones han mejorado hasta el punto que el ACNUR recurrió a la cláusula de cesación de la Convención de 1951 a finales de 2002, instando a todos los refugiados a regresar a sus países.

A comienzos de 2003, algunas de las crisis más espinosas del mundo parecen algo más cerca de una solución. Si la tendencia continúa, podría traer esperanzas a millones de refugiados que durante años se han sentido marginados y abandonados por el mundo exterior.

 

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