| T E M A   D E   P O R T A D A |

Tras dos décadas de guerra, SRI LANKA SE RECUPERA
por Ray Wilkinson

El resplandeciente buque gris salió de la oscuridad de la medianoche y chocó contra el costado del diminuto barco pesquero. Unos momentos antes, Mohan Raj Sumathi, de 23 años, había caído al mar de cabeza, y dos pasajeros sostenían a su hija de tres años, Rana, cuando las 20 personas del pasaje comenzaron a luchar por su vida en las negras aguas.

El pesquero de plástico seguía un canal “interior” en la corta ruta de 25 kilómetros entre la India y Sri Lanka cuando fue golpeado por el segundo barco, posiblemente un barco patrulla. Afortunadamente, los aterrados pasajeros, ninguno de los cuales sabía nadar, se libraron de aguas más profundas y peligrosas gracias a una cadena de islas conocidas como el Puente de Adán. Mientras luchaban por mantenerse a flote en el bajío, y a Rana la sostenían por encima de las olas sus dos benefactores, los pescadores enderezaron el barco volcado y el grupo acabó llegando a un lugar seguro.

“Perdimos todo menos la vida, pero mucha gente besó el suelo cuando llegamos a Sri Lanka”, dice la joven madre recordando su traumático regreso en diciembre del año pasado. “Me siento bien, muy bien por estar de vuelta. No me arrepiento”.

A salvo tras escapar de milagro.
ACNUR/
R.WILKINSON/CS/
LKA.2002
 

Su patria, descrita en un tiempo como la Perla del Océano Índico, el lugar donde se acuñó el término “serendib” (cuento de hadas), es un exótico destino turístico con imponentes playas, manadas de elefantes y todo tipo de fauna, aves raras y elegantes pavos reales.

Pero esta fantástica isla de las especias empezó a convertirse en una pesadilla viviente a los pocos años de conseguir la independencia de Gran Bretaña en 1948. El Gobierno, de mayoría cingalesa, adoptó una serie de medidas, como la de convertir su dialecto, el cingalés, en la única lengua oficial del país y controlar el acceso a las plazas universitarias, que la minoría tamil consideró como un intento deliberado de marginarlos.

El resentimiento en ebullición estalló en una confrontación violenta en julio de 1983, cuando murieron 13 soldados gubernamentales en una emboscada protagonizada por guerrilleros de un grupo que se hacía llamar los Tigres de Liberación de Eelam Tamil (TLET) y que exigía la plena independencia para los casi tres millones de tamiles.

Siguieron casi dos décadas de guerra civil. La Perla del Océano Índico se convirtió en la Lágrima de Buda, una referencia a su forma característica y a la desesperada situación en la que se veía postrada.

Destrucción y asesinatos

Cientos de pueblos y ciudades fueron literalmente aplastados, especialmente en la norteña península de Jaffna, la vecina región de Vanni y en el este del país. El mundo sólo prestó una fugaz atención a esta oscura lucha interna, pero murieron cerca de  65.000 personas  en conflictos  que  iban  desde  incursiones  a  pequeña escala, de ataque

UNHCR/R.CHALASANI/CS/LKA•2002

y fuga, hasta batallas campales con enfrentamientos masivos. Una nueva forma de hacer la guerra se hizo cotidiana, precursora de un fenómeno mundial: el terrorismo suicida.

Más de un millón de personas -uno de cada 18 srilanqueses-, incluidos tamiles como Mohan Raj Sumathi, cingaleses y miembros de la considerable comunidad musulmana, huyeron o fueron desalojados a la fuerza de sus hogares. La gran mayoría se convirtieron en desplazados internos, mudándose a centros de asistencia temporales y casas de amigos o parientes, en ocasiones hasta 10 o 20 veces durante su largo peregrinar. Se quedaban  en  cada  lugar a veces días, a

veces años, según bajaba o subía la intensidad del conflicto a lo largo del derruido paisaje.

Cerca de un millón de personas se fueron del país definitivamente. Muchas crearon florecientes comunidades en Europa, Norteamérica y Australia, aunque otras huyeron en calidad de refugiados a la vecina India en distintas oleadas durante los años 80 y 90 y pasaron a ser conocidos en la prensa india como los nuevos “boat people” de la región.

Mohan Raj Sumathi fue una de las últimas en ir al “gran vecino” en 1998 y su historia es típica de un número incalculable de personas. Su pueblo natal en la península de Jaffna cambió de manos repetidas veces según los designios de la guerra. Adolescente, guapa y soltera, decidió irse con su madre y su hermano antes que arriesgarse a que el TLET la reclutase por la fuerza como soldado o a indisponerse con el ejército. Escapó en el mismo tipo de barco en el que más tarde regresaría a casa, pasó dos años en un campo de refugiados donde conoció a su marido e inició una familia en el exilio.

Siguieron casi dos décadas de guerra civil. Cientos de pueblos fueron aplastados. Se calcula que han muerto 65.000 personas. Más de un millón quedaron desplazadas.

Albergaba pocas esperanzas de regresar rápidamente, asegura. Después de todo, había habido varios conatos de paz en los últimos años, pero todos habían acabado en fracaso. Y la guerra, como los conflictos de Afganistán y Angola, había degenerado en una lucha estancada sin un aparente fin o solución: las denominadas crisis prolongadas en lenguaje humanitario (revista REFUGIADOS, N° 117).

Avance

Lo extraordinario es que se han producido recientes avances de importancia en las tres regiones. Se calcula que dos millones de afganos han regresado a casa tras la caída en Kabul del duro régimen de los talibán en 2001. En Angola, escenario de una de las guerras más difíciles de solucionar del mundo, en la que han muerto cientos de miles de personas y más de cuatro millones se han visto desplazadas, también se ha puesto en marcha una importante repatriación y se espera que cobre velocidad a lo largo del año.

Una escuela provisional para los niños que regresan. ACNUR/R.CHALASANI/
CS/ LKA.2002

En febrero del año pasado, Colombo y el TLET, cansados y debilitados por los años de lucha, firmaron un acuerdo de alto el fuego, comenzaron una larga negociación y anunciaron una serie de compromisos. Los Tigres Tamiles, por ejemplo, acabaron abandonando sus exigencias de un estado independiente en favor de una autonomía dentro de una nueva estructura de gobierno y, a cambio, se les ha permitido ampliar su presencia política en algunas regiones del país.

Las distintas partes eran plenamente conscientes de los fracasos previos, pero, bajo el paraguas de una iniciativa diplomática noruega, el alto el fuego se ha mantenido a lo largo del año pasado y en 2003.

Los civiles traumatizados del interior del país votaron con sus pies. Con pocas posesiones y poco dinero, pequeños grupos familiares saltaban a bordo de camiones y tractores y se dirigían a sus destruidas ciudades y pueblos. El retorno en Sri Lanka careció del dramatismo y la espectacularidad de Kosovo o Ruanda, donde cientos de miles de personas  regresaron  en cuestión   de  días  en  oleadas  imparables,  con  los medios de  comunicación  mundiales filmando cada centímetro del camino.

Aquí  ha  sido  un  regreso  casi  furtivo, de  uno  en  uno  o  de  dos  en  dos, pero  no  menos

significativo que los otros retornos. Hacia la primavera, habían vuelto unos 260.000 srilanqueses y, si las armas permanecen calladas, se espera que la media de regresos continúe a un ritmo similar durante 2003.

También han regresado varios cientos de los 64.000 refugiados que se calcula hay en campamentos hindúes, prefiriendo algunos, como Mohan Raj Sumathi, el riesgo del peligroso viaje por barco, porque, en principio, era más rápido y suponía menos trámites que otras rutas. El ACNUR ha establecido ahora un programa formal de repatriación, gratuito y más seguro, para posibles retornados.

Mayor ritmo

Neill Wright, representante del ACNUR en Sri Lanka, dice que espera que el ritmo de este retorno de refugiados se eleve significativamente en cuanto se restablezcan las rutas baratas de ferry, interrumpidas durante la guerra.

Ayudar a esos refugiados será un objetivo importante para la agencia, pero ésta ya ha aumentado considerablemente sus actividades en apoyo del drástico avance hacia la paz, aprobando un presupuesto suplementario de 10 millones de dólares para este año y extendiendo su presencia en las zonas afectadas por la guerra.

La organización seguirá encabezando los esfuerzos internacionales para hacer cumplir su mandato tradicional, ofreciendo protección legal y física a los civiles afectados por la guerra, financiando una variedad de proyectos especiales que proporcionen nuevos refugios temporales, instalaciones sanitarias y servicios higiénicos e iniciando diversos servicios comunitarios y proyectos rápidos y baratos para generar ingresos y hacer que los retornados sean autosuficientes.

“Muchas de estas actividades son programas puente, necesarios hasta que pueda iniciarse, más adelante en el año, la ayuda a largo plazo de otras agencias”, indica Wright. “Ha habido grandes avances y es esencial mantener la misma velocidad”.

Otras repatriaciones anteriores han perdido fuelle en esta etapa porque se permitió el desarrollo de lo que ahora se conoce en círculos humanitarios como el “intervalo” entre   la   fase   de   emergencia  de  una   crisis  de  refugiados  y  las  posteriores

Abatidos y debilitados por años de lucha, el Gobierno y los Tigres Tamiles firmaron el año pasado un acuerdo de alto el fuego, comenzaron unas largas negociaciones y anunciaron una serie de compromisos. Cerca de 260.000 civiles han regresado a sus hogares.

necesidades de un desarrollo sostenido y a largo plazo. En respuesta a las angustiosas imágenes televisivas de refugiados huyendo y muriendo, la comunidad internacional ha estado dispuesta con demasiada frecuencia a suministrar abundantes fondos para las emergencias, pero ha sido mucho más reacia a pagar la factura de reconstrucciones comunitarias y nacionales, menos atractivas e incluso más caras. Las organizaciones humanitarias y de desarrollo han complicado aún más el problema al cooperar sólo de forma intermitente.

El ACNUR seguirá ofreciendo protección legal y física a los civiles y financiando una gran variedad de proyectos especiales.

 

El año pasado, el Alto Comisionado, Ruud Lubbers, anunció lo que él denominaba la iniciativa de las 4 R, por la que gobiernos y grandes organizaciones trabajarían en el futuro mucho más unidos a fin de proporcionar un flujo ininterrumpido de ayuda durante las principales fases de una emergencia -repatriación, reintegración, rehabilitación y reconstrucción-, con la esperanza de eliminar el famoso “intervalo”.

Se eligió a Sri Lanka como una de las cuatro regiones mundiales para poner a prueba    este   concepto   sobre   el   terreno.  “La   ayuda   al  retornado   y  a
la reintegración por sí sola no va a conseguir que Sri Lanka borre los daños sufridos por años de conflictos y estancamiento económico”, manifestaba Lubbers recientemente, prometiendo que el ACNUR trabajaría estrechamente con instituciones como el Banco Mundial, el Programa de Desarrollo de la ONU y el Banco Asiático de Desarrollo.

La agencia para los refugiados tiene otro gran plus a su favor a la hora de conseguir poner en marcha a Sri Lanka de nuevo, según Wright y otros veteranos del ACNUR. “Fuimos una de las pocas organizaciones internacionales que se implicaron durante casi toda la crisis, incluso cuando las cosas tomaron muy mal cariz”, asegura Wright. “Ahora tenemos una gran credibilidad -con el Gobierno, el TLET y los civiles a quienes hemos ayudado-. Hemos contribuido a que la situación mejore y eso se ha traducido en el apoyo de los donantes para nuestras operaciones”.

Largo, difícil, peligroso

Cuando la agencia abrió su primera oficina en Colombo, el 2 de noviembre de 1987, sus objetivos parecían claramente delimitados y a corto plazo. La situación militar daba la impresión de haberse estabilizado y la India había enviado un contingente de pacificación a Sri Lanka. El ACNUR acordó, en aplicación de su mandato principal, ayudar a regresar a los 100.000 refugiados que se estimaba entonces que había en la India. Las perspectivas de una paz duradera parecían buenas.

Un informe interno subrayaba esta realidad: “Aun siendo sólo modesto, el papel del ACNUR es ampliamente reconocido como catalizador en la consecución de un clima favorable para el restablecimiento de la vida normal en el norte y este del país”.

No existía en aquellos momentos el  presentimiento de que la situación cambiaría pronto, tan dramáticamente que la organización  se   vería  sumergida en  aguas desconocidas

Protección sobre el terreno. ACNUR/R.WILKINSON/CS/LKA.2003

 

y envuelta en una de sus más largas, difíciles y peligrosas operaciones.

La lucha entre el ejército y el TLET se intensificó a principios de los 90 y barrió con renovada ferocidad el norte y el este. El número de personas desplazadas se elevó drásticamente. Incluso algunos de los refugiados que el ACNUR había ayudado a regresar para empezar una nueva vida tuvieron que huir otra vez.

El Gobierno y el Secretario General de la ONU pidieron a la agencia que ampliase sus operaciones para incluir no sólo a los refugiados bajo su mandato, sino a los aún más numerosos desplazados internos. En el contexto de la guerra civil de Sri Lanka, era virtualmente imposible distinguir entre los desplazados y los refugiados retornados.

Pescadores regresando a Jaffna.
ACNUR/R.CHALASANI/CS/LKA.2002

El ACNUR accedió. Sería una de las primeras veces en que la agencia se vería fuertemente involucrada con un número tan elevado de desplazados internos, pero este nuevo compromiso generó interrogantes sobre su mandato y sobre cuándo, dónde y cómo debía ayudar a algunos o a todos de los 20-25 millones de integrantes de este grupo que hay en el mundo. Aunque sufren privaciones parecidas a los refugiados, los desplazados internos no disfrutan de la misma protección internacional concedida a los primeros.

Muchos viven en los denominados “estados fracasados”, como Somalia. Paradójicamente, eso puede hacer que sea más fácil para las organizaciones internacionales ayudarlos, porque pueden imponer sus propias reglas y criterios. Pero en Sri Lanka, al tiempo que proporcionaba ayuda material y defendía ante ambos bandos que los civiles deben disfrutar de derechos humanos básicos, el ACNUR era plenamente consciente de que el gobierno soberano en funcionamiento era la autoridad final y el mejor protector de la población, mientras que el TLET insistía en que su organización hablaba en nombre de toda la comunidad tamil.

El filo de la navaja

“Estábamos constantemente en la cuerda floja”, dice Janet Lim, representante de la agencia a finales de los 90. “Cualquier medida que tomases tenía posibilidades de perturbar a un bando u otro”.

Mientras que en la agencia el debate interno en torno a su papel mundial con respecto a los desplazados internos proseguía durante los 90 y el nuevo milenio, las operaciones del ACNUR en Sri Lanka eran revisadas periódicamente.

“A veces era estar en un vilo constante”, recuerda Lim. Había dudas sobre si involucrarse con los desplazados, sobre los costes y la aparente futilidad del conflicto. Afortunadamente, quizás, “era un programa de bajo coste y en aquellos tiempos gastábamos por debajo de nuestros recursos económicos”, dice Lim. “Nos ganamos un enorme respeto por quedarnos, pero, de habernos marchado, como se sugería ocasionalmente, no hubiésemos podido volver nunca más. Habría sido un desastre para toda la gente a la que intentábamos ayudar”.

El personal sobre el terreno se enfrentaba a un enorme riesgo personal. En el pasado, los funcionarios de protección trabajaban en los márgenes del conflicto, ayudando a los refugiados que habían llegado hasta un lugar seguro. Pero ahora se veían, junto con otros trabajadores humanitarios, arrojados al centro de la tormenta. Los funcionarios trabajaban a ambos lados del frente, en territorios controlados por el Gobierno o el TLET, intentando proteger a civiles, enviando suministros de emergencia a través y alrededor de las zonas de combate, arriesgándose a ser atacados tanto desde tierra como desde el aire, e incluso en ocasiones desde el mar.

Tenían  que  ganarse  y  mantener  la  confianza  de  ambos  bandos para poder continuar su

Distribución de
emergencia.
ACNUR/R.WILKINSON/
CS/LKA.2003

 

labor y no ser calificados de espías militares, una acusación fácil de hacer contra cualquiera que se moviese entre los ejércitos enfrentados.

Un informe interno de 1989 describía la delicada situación: “La operación de repatriación en Sri Lanka patina sobre una charca de cristal, y las piruetas y arabescos que realizamos no guardan ninguna similitud con cualquier otro programa del ACNUR”.

“Fuimos una de las pocas organizaciones internacionales que seguimos trabajando durante toda la crisis. Ahora gozamos de una gran credibilidad. Ayudamos a que se note la diferencia”.

 

Y añadía: “La seguridad es mínima, y los incidentes que acaban en heridos y muertos son frecuentes. El personal tiene que ser simultáneamente diplomático, valiente, paciente, cauteloso y enérgico. Al mismo tiempo tiene que mantener su neutralidad”.

Además de trabajar con un largo número de desplazados, otro nuevo concepto que la agencia introdujo fue la creación de “centros abiertos de ayuda”, enclaves donde los civiles podían recibir ayuda material y protección en el interior del país y donde ambos ejércitos acordaban respetar la autoridad moral del ACNUR. Estos centros evitaban también el objetivo de algunos civiles de huir a lugares aún más alejados como la India.

Decenas de miles de personas encontraron refugio en estos centros aunque también hubo reveses. El más infame se produjo en un centro llamado Madhu, cuando cayó un obús en la torre de la iglesia que mató a unas 50 personas. Se alzaron algunas voces críticas que cuestionaron el concepto mismo de los centros y su objetivo de impedir una nueva huida masiva a la India, pero Janet Lim afirma que “para mí, la disputa se reducía a la relativa seguridad que ofrecían estos centros en medio de tanta lucha y miseria. No contábamos con el lujo de poder garantizar un lugar absolutamente seguro. La clave fue una solución práctica. Los centros funcionaron”.

Valorando la situación

Mientras continuaban las conversaciones de paz en la primavera de este año, un visitante viajaba recientemente por las zonas afectadas por la guerra.

Por lo general, las luchas se habían producido únicamente en el norte y este, habiendo escapado el resto de Sri Lanka de las peores destrucciones. Pero periódica y violentamente, la guerra hacía añicos la calmada superficie de la capital, Colombo. El presidente Premadasa fue asesinado por una bomba en 1991; más de 100 personas murieron y 1.300 fueron heridas por un terrorista suicida en el Banco Central del país en 1996; y catorce personas fueron asesinadas y numerosos aviones destruidos en un ataque parecido en el aeropuerto internacional hace dos años.

En el bullicio actual de la gran ciudad y entre renovados signos de optimismo, las cicatrices representan un vívido recuerdo del pasado reciente: una fila de derruidos edificios de oficinas junto al cuartel general de la Marina en el centro de la ciudad;  puestos policiales y militares, fuertemente guarnecidos con sacos de arena y rodeados con

Clases para prevenir la violencia sexual. ACNUR/R.CHALASANI/CS/LKA.2002

 

alambrada de púas, mantienen una cautelosa vigilancia en el aeropuerto y otros edificios clave; un nido de ametralladoras situada por encima de un céntrico hotel escudriña el océano. En los mostradores de la recepción de los hoteles, las huchas de colecta aún instan a los clientes:

“Ayúdanos a conseguir un refugio para tu hermano
Él ha cedido hoy el suyo para que tú puedas tener un mañana”.

La mayoría del creciente número de turistas que aprovecha los viajes baratos organizados y la relativa calma se dirige a las playas bordeadas de palmeras al sur de Colombo, pero las historias de refugiados tienen lugar más al norte. Una estrecha carretera interurbana de dos carriles abraza la costa oeste de Sri Lanka hasta el distrito de Puttalam, una zona de lagunas majestuosas y poco profundas, salinas, barcos de pesca y criaderos de gambas. En tiempos de paz, también esta región podría ser un popular destino turístico, pero los únicos visitantes en los últimos 15 años han sido decenas de miles de civiles que huían de la guerra en el norte.

La población de la zona se ha doblado con los recién llegados. Se han creado decenas de centros asistenciales y de reubicación. Los civiles huídos han recibido albergue en mezquitas, escuelas, centros cívicos y hogares privados. Puttalam no es una zona rica, pero como, muchas otras regiones del mundo desbordadas por los desplazados, ha demostrado una increíble tolerancia y adaptabilidad a la hora de absorber a tantos civiles sin hogar con tan escasos recursos.

Fue una de las primeras veces en que la agencia se involucró fuertemente con un número tan alto de desplazados internos.

 

Muchas de las personas desplazadas son musulmanes de las regiones de Jaffna o Mannar, aún más al norte, que han gravitado hacia este lugar debido al alto número local de correligionarios. Algunos ya han regresado a sus hogares. Otros son más cautos y esperan a ver si la paz dura, planteándose la posibilidad de establecerse aquí permanentemente y preguntándose qué les espera cuando vuelvan a “casa”. ¿Deben creer las promesas de los políticos? ¿Deben pensar primero en la educación de sus hijos?

Esperanzas defraudadas

Como todos los desarraigados, cada persona cuenta una desgarradora historia de violencia, la esperanza de un regreso inmediato y luego la desesperación del largo exilio. Abdul Hameed Badurdeen, de 57 años, formaba parte de la próspera comunidad musulmana de Jaffna, con una casa en la arteria principal, Moor Street, cuando, un día de octubre de 1990, su comunidad fue destruida. Congregaron a todos los musulmanes en una escuela local, les dieron un plazo de dos horas para irse y, sin prácticamente posesiones o dinero, los enviaron en autobús hacia el exilio.

“Nos dijeron que a lo mejor volvíamos en dos días”, recuerda con tristeza. “Han pasado trece años y aún no hemos regresado”. A los refugiados de todo el mundo sus propios verdugos suelen decirles que su exilio será efímero, o ellos mismo suelen engañarse al respecto, pero la realidad es a menudo muy distinta.

Abdul Hameed Badurdeen y su familia recorrieron el país como nómadas durante años antes de establecerse en Puttalam. Desde el alto el fuego, algunos miembros de la comunidad han regresado a Jaffna en visitas “de exploración”, pero, como dijo uno de ellos, “¿qué harías tú si volvieras y te encontrases un árbol en tu antiguo salón y el resto de la casa destruida?”

En el estómago de las personas desplazadas hay un constante tira y afloja entre la esperanza y el temor, un profundo deseo de regresar a su hogar ancestral o de dar la espalda a un terrible pasado y empezar una nueva vida desde cero en otra parte.

Normalmente, el ansia de ver mundo es más fuerte en los jóvenes, pero con 21 años Liyakath Aikhan Mohammed Aslam no tiene dudas: “Tenía siete años cuando huí. Ni siquiera recuerdo una sola cosa de mi antiguo pueblo. Pero estaré tan orgulloso cuando vuelva…”, asegura. ¿Cuándo ocurrirá eso? “Oh, en unos días. O quizás en unos años”. Después de lo cual se encoge de hombros con un gesto de fatalidad.

De momento vive en Kuringipitty, una diminuta aldea de casi 200 desplazados situada en el nacimiento de una laguna. Se ve claramente que es una persona de gran brillantez e inteligencia, pero, debido a su existencia nómada, no ha recibido una educación formal y no sabe leer ni escribir. Su futuro parece poco prometedor, incluso aun cuando ésta sea una paz permanente.

Muchas  casas  han ardido  recientemente  en  Kuringipitty  y, durante  la   visita, un

“La operación de repatriación en Sri Lanka patina sobre una charca de cristal, y las piruetas y arabescos que realizamos no guardan ninguna similitud con cualquier otro programa del ACNUR”.
equipo del ACNUR se dedica a entregar suministros de emergencia: cubos de plástico, esterillas   para   dormir, mantas.  Cada   paquete    vale   algo  más  de  40 dólares, pero para la gente que no tiene nada incluso esta modesta ayuda no tiene precio.

El trabajo de protección -el núcleo del mandato del ACNUR- es una labor intensiva y básica. Un equipo puede tardar un día o incluso más en visitar una pequeña comunidad en una aldea aislada.

Una lista de comprobación: ¿disponen de refugio, agua y medicinas básicas? ¿Están siendo hostigados por gente del lugar o por militares? ¿Ha vuelto a abrir la escuela? ¿Hay algún tipo de trabajo o de ayudas a la manutención? Pueden necesitar ayuda para resolver problemas en torno a la propiedad de tierras y casas. Y hay que asegurarse de que, en caso de regresar, la gente lo haga voluntariamente y disfrute de derechos humanos básicos. ¿Se ha reparado la única carretera de acceso al pueblo, destruida durante las luchas? ¿Ha habido incidentes recientes de secuestros de niños? Si los funcionarios del ACNUR no pueden ayudar directamente, deben contactar con los funcionarios gubernamentales del lugar o con otras organizaciones para conseguir una clínica o libros escolares. Mil y una tareas cotidianas.

Centro de la tormenta

Más al norte, los restos de la guerra y sus devastadoras consecuencias se multiplican. Cuando las armas callaron a finales de 2001, el TLET controlaba una franja de 100 kilómetros de jungla, de este a oeste, conocida como el Vanni, aislando del resto del país a la vital península de Jaffna, situada en el extremo norte y bajo control gubernamental, la joya de la corona en torno a la cual se ha producido el duelo entre ambos bandos.

“Nos dijeron que a lo mejor volvíamos en un par de días. Han pasado trece años y aún no hemos regresado”.

 

La carretera interurbana A9 divide con un corte limpio el norte de la isla, de sur a norte, atravesando las líneas del frente gubernamental hacia el corazón de la región de Vanni y serpenteando hacia la ciudad de Jaffna. Durante la guerra se la llamó la Autopista de la Muerte e incluso en tiempos de mayor paz es un barómetro útil de la salud del país.

Durante la guerra, el ejército intentó asfixiar este estado tamil de Vanni, situado en su propio patio trasero, imponiendo tanto un bloqueo militar como económico a la región, aunque se permitió la entrada de algunos suministros humanitarios de emergencia para la población civil. El funcionario  sobre  el terreno Kilian  Kleinschmidt  rememora la tensión y el peligro extremos que supuso dirigir un convoy por tierra de nadie entre los ejércitos enfrentados en 1997:
“Chico, hace calor -45 o 50 grados, ¿pero a quién le importa? ¿Se atreve alguien a respirar siquiera?

Oscuridad total; a medio camino está la granja abandonada; el pequeño santuario hindú donde los camioneros oran de día cuando cruzan la tierra de nadie.

Las palmeras con sus copas voladas por la artillería.

Gran Dany, el conductor, está tan callado, escondiéndose tras su volante y conduciendo tan lento, arrastrándose, avanzando palmo a palmo. Esperando el estallido que nos dirá, durante una fracción de segundo, que la mina nos ha dado y que nunca conseguiremos volver a casa.

No hay tiempo de escribir una última carta; no hay tiempo para llorar y chillar. Avanzar cuidadosamente: 500, 400, 300, 200, 100 metros... Hemos conseguido volver a donde empezamos. Totalmente empapados. Deshechos.

Saludados por ese pequeño guerrero vestido de negro en el puesto de control rebelde.

Decisión mía la de intentar regresar de territorio rebelde a través de la línea del frente. ¿No me prometió mi amigo el general de brigada dejarme “entrar” incluso de noche?

¿No le dije a mi amigo, el comandante del puesto de control rebelde, que el ejército nos dejaría cruzar?

¿No respondió que, si nuestro convoy cruzaba, no habría vuelta atrás, que pondría minas en tierra de nadie por las noches, que atacaría cualquier objeto que se moviese?

El ejército no abrió la barrera. Tuvimos que regresar por tierra de nadie.

La mina no nos rompió en pedacitos. No dispararon.

Lugar seguro”.

Progreso

La reapertura de la A9 al tráfico a principios del año pasado ha sido el más tangible signo de progreso. El embargo sobre artículos tan sensibles como el cemento se ha levantado gradualmente y los precios en el enclave, antes tan prohibitivos para casi todo, están ahora a la par con el resto del país. El volumen de tráfico ha aumentado y modernos camiones japoneses compiten con coches Morris Minors y Austin de la Segunda Guerra Mundial por ver quién presume más en la deshecha autopista. Carros blindados quemados yacen aún esparcidos por los arcenes, pero el personal anti-minas, con sus chanclas y viseras de goma, barre en busca de minas y armamento sin explotar con rastrillos de jardinería. Se está diseñando un ambicioso plan para reconstruir esta vital arteria.

Pero, al viajar por la A9, uno entra en una zona de sombras entre la guerra y la paz y entre dos naciones, la cingalesa, tierra de budistas, y el territorio controlado por los tamiles, hindúes. Los dos ejércitos están en retirada pero se observan con cautela. El TLET ha creado su propio cuerpo policial, sistema de tribunales y autoridad tributaria, aunque muchos civiles aseguran que la recaudación de impuestos equivale poco más que a una tosca exacción de dinero. Vanni funciona incluso en una zona horaria diferente, con 30 minutos de atraso respecto a la hora nacional.

En un gran torbellino de traslados, una reordenación parcial del paisaje civil, decenas de  miles  de desplazados  han   regresado  a  la  región  de  Vanni o la

Un granjero cingalés retornado. ACNUR/R.WILKINSON/CS/LKA.2003

 

han dejado por la densamente poblada región de Jaffna, al igual que otros grupos de Colombo y Puttalam.

Junto a la principal autopista, las lluvias monzónicas se han llevado puentes y caminos rurales. No ha habido ningún tipo de mantenimiento desde hace dos décadas. La jungla lo invade todo.

En las profundidades del interior, en el pueblo de Murippu, el funcionario de protección Kahin Ismail comprueba los progresos de nueve familias musulmanas que regresaron el año pasado. Hay buenas noticias. No han sufrido acoso. Los vecinos tamiles han prestado dinero a una de las familias para comprar redes y un barco de pesca, y un anciano dice a los visitantes: “Aunque muera, seré feliz si lo hago aquí”.

El ACNUR está mejorando los niveles de tratamiento psiquiátrico que reciben los civiles que regresan. ACNUR/R.CHALASANI/DP/LKA.2002

“De momento”, según Ismail, “la mayoría de los retornados son gente que no tiene nada que perder. Los que tienen negocios o casas en otros lugares se refrenan, a la espera de ver qué pasa. Pero las autoridades tratan a los retornados con guantes de seda”. Y añade: “Paso cerca del 50 por ciento de mi tiempo chequeando a civiles como los de hoy. El resto lo dedico a resolver problemas, como las disputas sobre tierras. El ACNUR empezará pronto también con el seguimiento de un programa gubernamental para ayudar a las familias a regresar a su lugar de origen con subvenciones en metálico.

Más allá de los baches del camino se encuentra Mullativu. Los soldados del Gobierno y los rebeldes libraron aquí una de las mayores batallas campales de la guerra a mediados de los 90. Hubo centenares de muertos. La ciudad sigue siendo una ruina. Dos buques de carga oxidados capturados por el TLET y hundidos por aviones de guerra gubernamentales dejan su marca en la playa. Puede que lleve años insuflar nueva vida a esta ciudad.

En cambio, Kilinochchi, un mediocre lugar situado a horcajadas de la A9, que se ha convertido en la capital administrativa del TLET, bulle de energía. Se reconstruyen oficinas, se abren tiendas y los civiles retornados levantan sencillas cabañas en las afueras de la ciudad.

En dirección a Jaffna, la A9 se ha convertido en un nuevo campo de batalla, esta vez por los corazones y las mentes de la población civil del país. Cada pocos kilómetros, llamativos carteles pintados a mano ensalzan la valentía de los mártires tamiles, aunque la traducción que los acompaña resulte algo rebuscada:


“En la entrada del enemigo
La vida en prisión se hará levedad
Si somos fuertes

En la tierra sin barreras
La valentía florece cuando nos fuimos”.

Siguiendo otra línea del frente hacia territorio controlado por el ejército, una pancarta proclama: “Autopista por la Unidad y la Paz”. En cada puente con indicios de guerra, un cartel del Gobierno informa de que fue destruido por guerrilleros tamiles. Ambos bandos mantienen sus opciones abiertas, recordando a sus respectivas “audiencias” los sacrificios hechos durante la guerra.

Premio final

En tiempos la joya de la cultura tamil, la península era el premio final, el centro de la tormenta militar donde muchos miles de personas han muerto en episodios importantes de la guerra y donde el grueso de la población civil se ha visto desalojada de sus hogares.

Gran parte del territorio, de las lagunas e islas siguen en ruinas, fortificadas con búnkers y alambradas de púas.

El profesor Thaya Sumasundaram, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Jaffna, dice que los daños psicológicos sufridos por la población son aún mayores. “¿En qué puesto de la lista estamos en comparación con, digamos, Camboya o Bosnia?”, pregunta de forma retórica el profesor, que ha trabajado en Camboya. “Aquí las cosas se pusieron muy mal y, si la guerra hubiese seguido mucho tiempo, habríamos tocado fondo, igual que Camboya”.

Un solitario barco de vela echó el ancla y descargó un montón de mangos frescos, maletas, redes de pesca, una bicicleta y una cabra negra que balaba estrepitosamente. Era la primera vez que se permitía a los retornados navegar de regreso a sus antiguos hogares.
Y añade: “La secular organización social ya no está ahí para proteger a la sociedad. El papel de la mujer ha cambiado drásticamente. Los ancianos han perdido su legitimidad y los jóvenes sus inhibiciones. No podemos volver a las antiguas costumbres, eso es seguro, pero, si hay un rayo de esperanza, es porque algunas estructuras importantes no han sido aniquiladas del todo”.

Pero, a medida que crece la aglomeración de retornados, el ejército ha reducido progresivamente sus antiguas zonas prohibidas de alta seguridad. Hay algunas reconstrucciones en marcha, como la de la biblioteca, de un blanco reluciente. Se han reiniciado los vuelos civiles a lo que antes era un lugar aislado. Puede que pronto esté listo el servicio de ferry, lo que facilitará el regreso de refugiados desde la India.

Reconstruyendo Jaffna. ACNUR/R.WILKINSON/CS/LKA.2003

Es un modesto comienzo. Moor Street, hogar de casi 4.000 familias musulmanas antes de la guerra, como la del citado Abdul Hameed Badurdeen, sigue destruida y aparentemente vacía.

Un hombre hurga entre los escombros de un hogar en ruinas. Le comenta a un visitante durante un encuentro casual que ha regresado ese mismo día para valorar los daños y decidir si trae a su familia de vuelta. Atraídos por la conversación, otros musulmanes emergen de las sombras buscando en el funcionario de protección del ACNUR Rafael Abis una promesa tranquilizadora para el futuro.


“Cuando llegamos aquí hace un mes, no había ningún tipo de actividad. Nada. Nadie”, afirma. “Esto es un progreso. Es lento, pero es un progreso”.

Ese mismo día se produjo otro encuentro alentador en el pueblo de Manddaitivu, un lugar alejado del centro. Mientras Abis discutía con católicos recién regresados la posibilidad de quitar algunos rollos de alambrada de las playas, un solitario barco de vela echó el ancla y descargó un montón de postes de construcción, mangos frescos, maletas, ollas y sartenes, hervidores, redes de pesca, una bicicleta y, por último, una cabra negra que balaba estrepitosamente.

Era la primera vez que se permitía a los retornados volver por mar en vez de pasar por la custodiada autopista.

Junto a la autopista principal, las lluvias monzónicas se han llevado puentes y caminos rurales. No ha habido ningún tipo de mantenimiento desde hace dos décadas. La jungla lo invade todo.
“Otro pequeño principio”, apunta Abis. Subrayando lo pacífico e incluso lo “normal” de la situación, unos marineros disfrutan en las cercanías, fuera de sus horas de trabajo, de una partida de cricket en el calor de la tarde, y el lento golpear de la bola contra el bate hace que la guerra y la destrucción parezcan en ese momento algo muy distante.

 

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