 |
| T E M A D E P O R T A D A |
|
Vivir en zona de guerra
Una nueva y horrible realidad para
los trabajadores humanitarios atrapados en el centro del conflicto de
Sri Lanka
Puede que Gregory Mariathas no llegase a ver el blanco de los ojos del
piloto, pero la aterradora visión del avión cayendo en picada
fue lo suficientemente cercana como para leer las letras del fuselaje.
 |
|
Retornados tamiles en 1995. ACNUR/H.J.DAVIES/CS/LKA.1995 |
|
“Estaba
tumbado sobre un costado, mirando hacia arriba y pude leer claramente
las señas de identificación en inglés del aparato”,
decía recientemente. “Luego el avión soltó
sus bombas; en ese momento me pareció que era justo por encima
de mi cabeza. Me roció de arena y escombros. Me quemó
el pelo y los brazos. Pero, afortunadamente, la selva era tan densa
que me libré de peores heridas en el bombardeo”.
Mariathas viajaba en un camión hacia un almacén de
maderas en el territorio del norte de Sri Lanka controlado por los
tamiles cuando un avión de guerra que merodeaba por allí
descendió en picada sobre un objetivo aparentemente oportuno
y se lanzó al ataque.
El incidente ponía de manifiesto una horrible nueva realidad
para el pequeño número de trabajadores humanitarios
locales e internacionales que, como Mariathas, se veían involucrados
en el amargo conflicto civil de Sri Lanka.
Hasta muy recientemente, los funcionarios de ACNUR habían
trabajado normalmente al margen de la guerra, ayudando a los refugiados
a estabilizar y rehacer sus vidas una vez que escapaban de las situaciones
de peligro. De hecho, la agencia para los refugiados empezó
sus operaciones en Sri Lanka en 1987 específicamente para
ayudar a los refugiados a regresar de la India durante uno de los
primeros interludios de la guerra.
Pero cuando el conflicto volvió a estallar durante los años
90 y el nuevo milenio, el personal sobre el terreno del ACNUR y
de otras agencias como Cruz Roja Internacional se vieron arrastrados
inexorablemente hacia el epicentro
|
del infierno.
El Alto Comisionado amplió sus operaciones para ayudar no sólo
a los refugiados, sino también a cientos de miles de desplazados
internos en ambos lados de la línea del frente, en territorio del
gobierno y del TLET. En la vorágine del combate, proporcionaba
un débil régimen de protección física, legal
y moral a las aterradas familias. La agencia se convirtió en mediadora
entre el ejército y el alto mando del TLET, mientras su personal
sobre el terreno caminaba constantemente por una delicada cuerda floja,
entre ser intermediarios de confianza y ser calificados de espías
sospechosos.
|
Trabajadores humanitarios y civiles se vieron atrapados en el mortal
fuego cruzado de los principales combates, mientras se intercambiaban
frenéticas llamadas entre las oficinas sobre el terreno,
Colombo, Jaffna y el cuartel general rebelde, para organizar un
apresurado alto el fuego que permitiera escapar a la gente atrapada.
Los convoyes enviaban desesperadamente los necesarios suministros
de emergencia a través de la línea del frente y de
la tierra de nadie hasta el asediado enclave rebelde. Los vehículos
en movimiento eran objeto de esporádicos ataques por sorpresa
por parte de helicópteros y aviones de guerra.
El personal sobre el terreno podía quedar aislado durante
semanas o meses en territorio rebelde o en la península de
Jaffna, donde, a menudo, su único contacto con el mundo exterior
consistía en un peligroso viaje por barco de noche entre
la península y el puerto de Trincomalee en la costa este.
|
|
“Las paredes estaban rociadas con sangre
y por todos lados corría la sangre como un río.
La gente se apiñaba aterrorizada, pero no podían
ir a ningún lado porque había combates por todas
partes”. |
|
Responsabilidad
local
La carga más pesada en este conflicto, del que la prensa ha dado
escasa cuenta y que es poco conocido, cayó inevitablemente sobre
el personal local, que soportó dos largas décadas de guerra
y cuyas familias se encontraban a veces entre los propios civiles que
el ACNUR intentaba ayudar.
En medio de los peores combates de la guerra en 1995, el conductor S.
Koneswaran rememora “los momentos más horribles de mi vida”,
intentando huir de la ciudad de Jaffna para encontrar un lugar seguro
para su familia, que seguía atrapada. “Todo el mundo intentaba
irse. Había un monstruoso atasco de tráfico”, recuerda.
“Nos movíamos centímetro a centímetro. Caían
bombas y balas por todas partes. Tanta gente muerta o herida. Tardé
dos días en salir” y localizar un sitio relativamente seguro
lejos de la batalla.
Luego tuvo que volver a Jaffna para sacar a sus padres. “El TLET
no me dejaba cruzar sus líneas. Tuve que ir entre los dos ejércitos,
acortando a través de los campos de arroz. Pensaba que me iban
a disparar desde alguno de los bandos en cualquier instante”.
En aquellos momentos, los aviones de guerra del Gobierno habían
improvisado lo que, según Koneswaran, parecían bombas caseras,
en realidad grandes barriles de petróleo llenos de explosivos que
caían rodando desde aviones de transporte, hechos en Rusia, en
vuelo lento. “Caían lentamente en espiral”, señala.
“Podíamos seguir su trayectoria a medida que caían.
Durante el día podíamos verlos venir y salir corriendo.
No estaba tan mal. Pero de noche era mucho peor, porque no podíamos
ver dónde iban a caer”.
Una noche, mientras se encontraba en el exterior de su casa en Jaffna,
oyó el ominoso rugir de las “bombas” al caer. “Intenté
saltar la puerta de una verja para dirigirme al refugio antiaéreo
que todos teníamos cavado en nuestro jardín”, dice.
Tuvo suerte. No consiguió llegar al búnker, pero la bomba
explotó al otro lado de la casa, dejando acribillado el edificio
y resultando él ileso.
Otro trabajador del ACNUR, T. Kandasamy, tuvo menos suerte. Se encontraba
junto a su casa durante otro combate cuando fue alcanzado en el estómago
por la metralla, aunque se recuperó.
El ACNUR había creado una serie de los llamados centros abiertos
de ayuda para civiles -refugios “seguros”, aunque desprotegidos,
que ambos bandos habían acordado respetar-. Madhu, en la región
de Vanni, al norte de Sri Lanka, era el mayor de ellos, albergando en
ocasiones a muchos miles de personas, y el conductor S. Siebagnamam se
encontraba allí entregando suministros a los civiles atrapados.
“En aquellos momentos el ejército se replegaba y había
durísimos combates”, comenta. “Llovía a cántaros
y, ya entrada la madrugada, cayó un obús en la iglesia católica.
Yo me encontraba a unos cuantos metros. Incluso por encima de la lluvia
y los disparos puede oír los llantos y los gritos. Todo era muy
confuso, pero, cuando llegué al edificio, había sangre por
todas partes. Las paredes estaban rociadas de sangre y por todos lados
corría la sangre como un río. La gente se apiñaba
aterrorizada, pero no podían ir a ningún lado porque había
combates por todas partes”.
Fue una de las peores tragedias de este tipo durante el conflicto: murieron
casi 50 personas.
Cercados
Luego estaban los incidentes “rutinarios” de la vida en una
zona de guerra, la falta de comunicación con el mundo exterior,
la falta de información, de transporte, petróleo, comida
o medicinas.
 |
|
La destrucción de la guerra.
UNHCR/R.CHALASANI/CS/LKA•2002
|
|
“Había
mucha malaria en aquellos momentos”, recuerda Gregory Mariathas.
“La padecimos todos repetidas veces, a veces mientras conducíamos
en un convoy. Mis compañeros me ataban en un asiento con
un cinturón y seguíamos adelante, mientras yo tiritaba
como un loco”.
Mientras transportaba a un visitante
recientemente a la isla de Mannar, el conductor local del ACNUR
comentó como la cosa más normal: “Ésa
era antes mi casa”, señalando un edificio semiderruido
en medio de un pequeño complejo militar. “Tuvimos que
irnos durante la guerra. Hemos encontrado otro sitio”. |
Nimal Peiris había huido del caos
a la India durante la primera parte del conflicto y regresado luego a
su hogar, donde acabó convirtiéndose en intérprete
y trabajador de protección para el ACNUR en la isla de Mannar,
uno de los principales puntos de salida en la costa oeste de Sri Lanka
para los civiles que huían y escenario de importantes combates.
Todavía hoy, algunos tramos de la isla permanecen devastados.
Recuerda vívidamente el “incidente de la motocicleta”.
Iba con un compañero en una moto del ACNUR cuando dos guerrilleros
armados del TLET los pararon y uno de ellos exigió la motocicleta.
“Me negué y les dije que si querían la moto, tendrían
que matarme”, asegura. “Durante 45 minutos sostuvo una pistola
contra mi cabeza, discutiendo. Al final el segundo hombre nos dejó
ir”.
La moto fue donada a una organización local, pero el persistente
guerrillero acabó confiscándola. Tres meses más tarde
Peiris volvió a ver al hombre y la motocicleta.
Después de una protesta formal, la máquina fue devuelta
y el hombre arrestado por su propio alto mando por robo y otros crímenes.
Incluso éxitos menores como éste eran bienvenidos en el
caos de la guerra.
|