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| T E M A D E P O R T A D A |
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La limpieza tras el silencio de las armas
Fue seguramente una de las visiones más
extravagantes de la guerra. “Me encontraba en el distrito
de Mannar cuando vi un pequeño rebaño de vacas bastante
peculiar”, recuerda Luke Atkinson, del grupo noruego People’s
Aid. “En una inspección más cercana, me di
cuenta de que la mayoría de las vacas tenían sólo
tres patas. Las minas les habían arrancado una pata a todas.
“El granjero las había mantenido con vida vendándoles
las heridas y me suplicó: “¿Qué puedo
hacer con estas vacas de tres patas? ¿Qué puedo
hacer?”. |
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UNHCR/R.WILKINSON/CS/LKA•2003
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Atkinson es un consultor anti-minas que
está ayudando a formar un cuadro de 600 trabajadores sobre el terreno
para la Unidad Humanitaria Anti-minas, una organización responsable
de la limpieza de las zonas controladas por los Tigres Tamiles en Sri
Lanka. El ejército y otros grupos trabajan en las zonas controladas
por el Gobierno.
Las regiones que emergen de largos conflictos -Camboya, los Balcanes,
Angola, Afganistán- se enfrentan todas a una pesadilla recurrente,
legado de la guerra, que incluye campos minados, trampas explosivas y
armamento militar sin explotar como bombas y obuses.
Aunque el encuentro con la manada de vacas tullidas tuvo casi un elemento
tragicómico, subrayaba de forma especialmente patética la
misma amenaza a la que se enfrentan los civiles retornados de Sri Lanka,
su ganado y su capacidad de reconstruir comunidades locales destrozadas.
El ejército puso más de un millón de minas durante
las dos décadas de guerra; el TLET un número menor aunque
desconocido. Los militares han accedido recientemente a compartir con
personal civil los mapas exactos de sus campos de minas, una medida que
Atkinson considera de un valor incalculable a la hora de reducir el inevitable
número de bajas y de acelerar las actividades de desminado.
El consultor asegura que ya estaba impresionado con la disciplina demostrada
por muchos retornados, que habían vuelto a ocupar sus casas pero
habían resistido la tentación de aventurarse en terrenos
agrícolas no despejados, letales en potencia, a sólo unos
pocos metros de distancia.
Trabajo arriesgado
Con todo, la situación sigue siendo muy peligrosa, tanto para los
“limpiadores de minas” como para los civiles.
Un equipo de seis hombres se encontraba trabajando recientemente en el
arcén de la principal arteria que recorre de norte a sur el país,
la carretera interurbana A9. Para ojos inexpertos, su método operativo
parecía básico, incluso primitivo y lleno de peligro. Cada
trabajador anti-minas iba vestido más o menos con unas endebles
botas de agua (de goma), que ofrecen escasa protección contra el
material sin explotar, chaquetas antiaéreas, visera y casco blanco
de obras.
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Limpieza de minas
y concienciación sobre este armamento en la región
de Vanni, Sri Lanka.
ACNUR/R.WILKINSON/CS/LKA.
2003 |
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Su
equipo ha mejorado recientemente, según el jefe del equipo
que dirigía las operaciones con un megáfono mientras
los hombres se espaciaban entre sí a intervalos de 15 metros
y empezaban a trabajar. El tráfico rugía a sólo
unos metros de distancia. Una mujer con un bonito vestido y tacones
altos caminaba elegantemente por allí, aparentemente indiferente
a cualquier sorpresa inminente.
Cada trabajador anti-minas iba armado con un rastrillo de jardín
nada sofisticado, oxidado y con un largo mango, con el que peinaba
vigorosamente y despejaba luego la maleza. El jefe insistía
ante un visitante escéptico que los golpes del rastrillo
eran demasiado ligeros como para disparar una mina enterrada, simplemente
la descubría, tras de lo cual podría ser detonada
allí mismo o desactivada y retirada.
Cada equipo era sustituido cada 30 minutos
para que los hombres pudieran rehidratarse con enormes tragos de
agua. En un día, un trabajador anti-minas despeja sólo
unos pocos cientos de metros cuadrados. Cada hombre gana 7.000 rupias
(80 dólares) al mes, un buen salario en Sri Lanka, y el trabajo
durará seguramente muchos años.
Pero aún cuando el problema no sea aquí tan peligroso
como en otros lugares, como Angola, el número de víctimas
es enorme. Se calcula que unas 1.000 personas han muerto o
sufrido heridas desde que empezó
el regreso masivo de
civiles. En un incidente especialmente trágico, un
trabajador anti-minas se reventó a sí mismo al sentarse
por error sobre una mina que había
sido desenterrada sólo unos
minutos
antes.  |
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