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Muerte, desesperación… y, más tarde, esperanza

Para el puñado de funcionarios humanitarios que trabajaban durante la guerra de Sri Lanka a finales de los años 90, la vida era una diaria y peligrosa cuerda floja, pues tenían que convencer a soldados y rebeldes por igual de que respetasen a una población civil asediada, manteniendo al mismo tiempo la confianza de mandos militares recelosos, negociando el paso de suministros de emergencia a través de la línea del frente y atravesando una amenazante tierra de nadie donde podía ocurrir cualquier cosa. En 1996-97, cuando Kilian Kleinschmidt trabajaba sobre el terreno en el pueblo norteño de Vavuniya, la guerra parecía tan desesperadamente atascada que hasta los funcionarios humanitarios se preguntaban qué hacían allí.

Unas cuantas manchas de sangre en el suelo polvoriento, pertenencias domésticas desparramadas alrededor de la casita de barro a varios cientos de metros del principal cruce de Mankulam. Un reloj de pared de plástico destrozado, señalando la hora de la muerte del anciano, que falleció instantáneamente por la metralla del obús que cayó en este cruce estratégico, situado en una de las llamadas “zonas sin despejar” al norte del país.

Las armas de la guerra se oxidan.
ACNUR/R.WILKINSON/CS/LKA.2003

No importa: otra muerte inútil, más odios y más desplazados al partir esa misma noche cientos de familias en sobrecargados carros de bueyes y tractores, pasando por delante de los “cementerios para héroes” donde los rebeldes entierran a sus guerreros, camino de la jungla que ofrece escasa cobertura, agua y serpientes. Que no se molesten en construir otra cabaña. Algunos de los cientos de miles de desplazados lo han hecho ya diez, veinte veces, pero la guerra termina poniéndose al día con ellos y repitiendo el ciclo.

Comienza en una pacífica aldea. Pero luego se produce la terrible invasión: bombardeo, ataque, terror, huida; encontrar un nuevo lugar, construir una casa, empezar una huerta, bombardeo, ataque, terror, huida… El bombardeo de Mankulam no es más que un incidente menor en el gran escenario de una guerra sin fin entre fuerzas del Gobierno y rebeldes.


¿Por qué nos molestamos siquiera por esta olvidada guerra? Porque no hay más testigos que nosotros; unos diez trabajadores internacionales nos encontramos en la zona controlada por los rebeldes. Así que nos sentimos responsables -somos responsables- de proteger a los inocentes, de construir un relato fiel de los hechos, de intentar mantener el delicado equilibrio de confianza con ambos bandos, de convencer tal vez a los mandos de que sus operaciones militares pueden empujar a los civiles atrapados al campamento opuesto. Se lo debemos al anciano que murió en Mankulam y, sobre todo, a los supervivientes.

De vuelta en territorio del Gobierno, presiono a mi interlocutor del ejército, un general de brigada, con el argumento de que bombas como las arrojadas sobre Mankulam no necesariamente se ganan a las mentes y corazones. Sin pretender interferir en las operaciones militares, ¿no podríamos llegar a un acuerdo para que el ejército avance por la carretera principal y nosotros agrupemos a los civiles en la jungla situada a derecha e izquierda? Sí, podemos. ¿Pero estamos capacitados nosotros, en contrapartida, para garantizar que no habrá elementos rebeldes entre esas familias? No, no lo estamos. El diálogo prosigue.

Más tarde, se produce una negociación parecida con oficiales rebeldes del TLET: sobre derechos civiles versus “la causa” y la estrategia militar, cómo quitar a los civiles de en medio cuando hay combates, libertad de movimiento... Me siento en el mismo sofá, un mueble familiar que ha sido transportado, en el perpetuo movimiento del cuartel general de guerra, de un sitio a otro dentro del territorio rebelde durante estas inacabables discusiones. Discrepamos sobre muchas cosas, pero convenimos a modo de chiste en que, cuando llegue la paz, los excelentes logistas rebeldes no tendrán ningún problema en encontrar un nuevo empleo.

Se mantiene constantemente informado a cada bando de estas reuniones “al otro lado” del frente. La transparencia es el único arma que tenemos para conservar su confianza y poder seguir trabajando.

“¿Por qué nos molestamos siquiera por esta olvidada guerra? Porque no hay más testigos que nosotros. Somos responsables de proteger a los inocentes.”

Cruzar la línea

El capitán de Ramya House, el último puesto de control militar entre el territorio controlado por el Gobierno y la región de Vanni, bajo control rebelde, es nuestro “más querido enemigo”. Nos llevamos bien… más o menos… pero su labor es complicar las cosas al máximo a los trabajadores humanitarios y que sus suministros de emergencia no lleguen al enclave. Nos reunimos casi cada día y la rutina es siempre la misma. Comprobación de permisos. Registro de los bienes. Un nuevo pedazo de papel para mil mantas, diez fardos de ropa usada y utensilios de cocina. Más permisos para los nuevos neumáticos, un saco de cemento y un bidón de combustible para la oficina sobre el terreno del ACNUR.

¿Está de buen humor? Mover la cabeza con entusiasmo de derecha a izquierda significa que sí; si la sacude dubitativo, quiere decir que ya veremos. ¡No moverla y arrugas en la frente es un claro no! Una llamada telefónica al general de brigada o al Cuartel General en Colombo puede interpretarse como que hoy no salimos. Habrá que volver mañana y pedir nuevamente otro permiso de salida desde la capital.

Un convoy de alimentos del ACNUR en tierra de nadie.
ACNUR/B.CLARANCE/CS/LKA.1991

¿Mandará clasificar la ropa usada por colores? La de camuflaje es rechazada. Confiscan diez botes de champú. El champú puede servir como combustible para motores. Las pilas de tamaño AA están prohibidas, pues podrían insertarse en una mina. ¿El saco de cemento para el nuevo campamento base del ACNUR? Hoy no, a pesar del permiso. Podría servir para construir un búnker rebelde.

Es preciso registrar un cadáver repatriado desde Suecia en un ataúd sellado en busca de artículos prohibidos y armas, a mano y con un detector de metales. Los oficiales encargados del registro retroceden visiblemente y se tapan la nariz al abrir el ataúd de zinc, pero en otras ocasiones se han descubierto artículos prohibidos en los lugares más insospechados.

El convoy  avanza  con  cautela  hacia  la  tierra de nadie   entre   los  puestos  de control del ejército y los

rebeldes. En el techo de los vehículos las luces azules giratorias alertan a todo el mundo de nuestra presencia.

La tapa del ataúd de Suecia sale despedida en un bache. Búnkers hechos de palmeras destrozadas, barro y arena bordean la ruta. Hay soldados vestidos con chanclas, camisetas verdes y calzones boxer, con el rifle golpeándoles la espalda. Unos pesados raíles que formaban parte de la principal vía ferroviaria y que han sido arrancados para servir de barrera protectora deben ser apartados del camino a mano. Un convoy gubernamental de 40-50 camiones con artículos de primera necesidad cruza la línea. Una de las cosas más singulares de esta guerra es que, aun cuando ambos bandos intentan matarse entre sí, Colombo ha decidido seguir alimentando al foco rebelde, a civiles y guerrilleros del TLET por igual.

El intercambio de soldados y rebeldes muertos suele hacerse en esta peligrosa tierra de nadie, pero incluso este acto de buena voluntad, conmovedoramente trágico, puede tener a veces un final horrible. Aparece un camión cargado con cadáveres de un combate reciente. Se le niega acceso para cruzar la línea del frente porque la llegada de tantos muertos supondría un grave desastre de relaciones públicas. Hasta el comandante del puesto de control tiene lágrimas en los ojos. Los cuerpos no encontrarán un lugar definitivo donde reposar; simplemente se los mencionará como desaparecidos en combate.

Una guerra aparentemente sin final y sin sentido prosigue su marcha.

Epílogo: Aparece un párrafo en un periódico europeo sobre el proceso de paz en Sri Lanka. También hay un reportaje en televisión de 30 segundos. Mis “compañeros” del TLET se dan la mano con una delegación del gobierno en un proceso intermediado por los noruegos. ¿Pero no discutimos eso mismo en 1996 y 1997? Y la idea no sirvió de nada. Por fin, sin embargo, buenas noticias.

 

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