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Los dolores del crecimiento

Los jóvenes deberían estar preparándose para ser adultos; sin embargo, se encuentran atrapados en el limbo del exilio

Rwanda: mirando hacia el futuro. UNHCR/J.STEJSKAL/CS/RWA•1999

Las doradas memorias de la infancia han degenerado en pesadilla. Si se la anima, Arami, de 24 años, rememora la “encantadora casa familiar, y que jugaba con mis amigos cuando era niña en nuestro precioso jardincito” de Somalia. Su memoria reciente, sin embargo, está dominada por el recuerdo “de su padre asesinado en una masacre” durante la guerra civil de su país y su posterior huida al exilio. “Tuvimos que salir corriendo en pijama. No pudimos llevarnos nada”.

Bolleh y Emmanuel, dos adolescentes, recuerdan que cantaban y bailaban con sus amigos en las playas cercanas a Monrovia, la capital de Liberia, vendiendo pantalones vaqueros en una tienda del centro y simplemente “no haciendo nada” como hacen los jóvenes. Hasta que uno de los grupos rebeldes del país los secuestró para convertirlos en niños soldados, les lavó el cerebro hasta hacerles creer que “morir es mejor que vivir” y les forzó a luchar y, a veces, a ejecutar a sangre fría a guerrilleros de la oposición.

Layla era más feliz cuando iba a “una pequeña mezquita donde podía hablar con Dios a solas y en paz. Tenía preciosas ventanas, con marcos dorados, por las que podía ver las montañas y las corrientes de agua”. La joven, de 13 años, nació en el exilio, en Irán, después de que su familia huyese de la vecina Afganistán cuando el país se vino abajo. Pero para esta joven y su familia no habría un feliz regreso. Temiendo ser repatriados a Afganistán por la fuerza desde su patria de adopción, se trasladaron a Occidente y han acabado solicitando asilo en Grecia.

El destino ha gastado una broma especialmente cruel a Arami, Bolleh, Emmanuel y Layla y a muchos millones como ellos en todo el mundo.

En un momento crítico del “crecimiento”, cuando debieran estar formándose social, educativa y sexualmente como personas, preparándose para encarar el futuro como adultos, los jóvenes se encuentran, en cambio, en el terrible limbo del exilio, donde pueden ser alternativamente ignorados, explotados o condenados a una vida sin esperanza.

Desplazados del mundo

Hay más de 40 millones de desplazados en el mundo, entre refugiados, solicitantes de asilo, desplazados internos dentro de sus propios países y otros grupos.

Más de la mitad del total -unos 20 millones- son niños y lo que se define vagamente como “jóvenes”, aunque el número exacto de este último grupo es difícil de calcular con precisión. El mismo concepto de “juventud” varía según la cultura de cada país y las distintas organizaciones establecen márgenes de edad arbitrarios para definir los límites entre niños, jóvenes y adultos.

En general, el ACNUR considera a las personas de entre 13 y 25 años como jóvenes refugiados. Para destacar no sólo sus problemas particulares, sino también la excepcional promesa que representan, la agencia ha dedicado el Día Mundial del Refugiado de este año, el 20 de junio, a los jóvenes refugiados, y se ha organizado una serie de conciertos especiales, festivales culturales, debates públicos y servicios religiosos en todo el mundo.

Todas las personas desarraigadas necesitan ayuda. Pero, a medida que, irremediablemente, aumentaba su número en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, las agencias como el ACNUR veían cada vez más claro que ciertos grupos como las mujeres, los niños y los ancianos precisaban de un tipo de ayuda distinta dentro del marco general humanitario. Se organizaron programas especiales y convenciones internacionales para cubrir dichas necesidades.

Cuando debieran estar formándose social, educativa y sexualmente como personas, se encuentran atrapados en el terrible limbo del exilio… ignorados, explotados o condenados a una vida sin esperanza.

Si bien no existía un tipo concreto de acuerdo sobre los jóvenes, estaban protegidos, en cambio, por programas más generales y tratados como la Convención de los Refugiados de 1951, su Protocolo de 1967, la Convención de los Derechos del Niño de 1989 y diversos protocolos opcionales, así como el Programa para Niños Refugiados del propio ACNUR.

A pesar de esta desigual protección, cada vez se hacía más claro que estos jóvenes se enfrentan también a presiones concretas -físicas, educativas, económicas y sexuales- que exigen un tratamiento especial.

Niños de la guerra

Uno de las peores desgracias que puede ocurrirle a estos jóvenes privados de derechos es ser reclutado a la fuerza como niños soldados. La ONU calcula que más de 300.000 menores de edad, la mayoría de ellos de entre 15 y 17 años, luchan actualmente en algunas de las guerras más brutales del mundo, sufriendo experiencias indescriptibles. En la reciente guerra civil de Sierra Leona, en ocasiones obligaban a los soldados adolescentes a matar a sus propios padres y vecinos como parte de su atroz ritual de adoctrinamiento, o a mutilar deliberadamente a otras víctimas. Las jóvenes eran reducidas al papel de esclavas sexuales, ofreciendo sus servicios a docenas de compañeros.

Estos jóvenes no eran más que peligrosísimos zombies, e incluso si sobrevivían y escapaban de la guerra, necesitaban meses o años de cuidados especializados.

© S.SALGADO/AGO.1997


Además de ejercer presiones políticas internacionales sobre las facciones en guerra, ejércitos regulares y rebeldes por igual, a fin de eliminar el reclutamiento de menores, las agencias del mundo humanitario han puesto en marcha también programas psicológicos, de reunificación familiar, educativos y vocacionales para intentar salvar a las víctimas afectadas, como Jonathan, de 15 años, en Sierra Leona.

“Me prepararon como guerrillero. Me dieron un arma”, explica el todavía traumatizado joven en un tono monocorde durante su programa de rehabilitación. ¿Tomabas drogas? “Sí”. ¿Mataste gente? “Montones”. ¿Hacías mal? “No hacía más que la guerra. Sólo cumplía órdenes”. ¿Qué quieres hacer con tu vida ahora? Su respuesta es escalofriante: “Unirme al ejército. Es un trabajo que conozco”.

El reclutamiento forzoso y la esclavitud sexual pueden ser la peor pesadilla de una joven, pero,  incluso  si  escapa a ese

destino, la amenaza de otro tipo de violencia sexual siempre está presente en el ambiente refugiado, donde las estructuras sociales y familiares se han venido abajo. Las chicas se consideran “objetivos fáciles” en los campos de refugiados y acaban siendo víctimas directas de violaciones o de coacciones. Algunas son obligadas a prostituirse o a dispensar “favores” a hombres poderosos, como los líderes del campamento o los maestros, simplemente para sobrevivir.

Acoso generalizado

“Entre un 40 y un 60 por ciento de los delitos sexuales son con niñas menores de 16 años”, dice Linnie Kesselly, una funcionaria de servicios comunitarios en Uganda. “Engañan y utilizan sexualmente a las niñas y mujeres porque no conocen sus derechos y no pueden mantenerse económicamente”.

Como Mariana, de 22 años, que admite haberse acostado con una ristra de hombres después de que la dejara su novio, a veces por una noche, a veces durante un par de semanas, por sumas tan escasas como cinco dólares liberianos (10 centavos). “Nunca quise esa vida”, dice resignada, “pero no hay otra forma de sobrevivir”.

Cuando la sierraleonesa Musu, de 18 años, solicitó una beca de estudios, un profesor del comité entrevistador le pidió que fuera su novia. “Le dije que no quería ser su amante”, recuerda. “No me dieron la beca”.

En un ambiente tan amenazante y permisivo, carente de los mínimos compromisos sociales, los problemas sanitarios proliferan. Las infecciones de transmisión sexual, incluidas el VIH/SIDA, se han vuelto comunes en ambos sexos. Las jóvenes se enfrentan a embarazos prematuros y no deseados, abortos en condiciones poco seguras o a una alta mortandad de las madres y, en algunos lugares del mundo, incluso en campamentos supervisados, a la continuada práctica de la mutilación genital.

Los jóvenes fueron reclutados a la fuerza para luchar en la guerra civil angoleña, de un cuarto de siglo de duración, pero la educación es el camino hacia el futuro.
UNICEF/G.PIROZZI/BW/ AGO.1996

 

Se ha adoptado una variedad de métodos para intentar combatir la explotación sexual y los consiguientes problemas de salud.

“Si se deja a los jóvenes al margen de la sociedad, todos saldremos perdiendo”.

 

Una estrategia de sentido común ha consistido en mejorar la seguridad básica mediante mejores viviendas, iluminación y unos servicios públicos más accesibles, en campos que pueden albergar a decenas o cientos de miles de personas, para reducir las posibilidades de una violación. Se educa a las jóvenes sobre los peligros físicos y sanitarios, y también a figuras masculinas clave como los líderes del campamento, que pueden no estar muy sensibilizados o carecer de la voluntad necesaria para resolver los problemas a los que se enfrentan sus congéneres femeninas. Cuanto más autosuficiente económicamente es una joven, a través  de la  práctica de un  oficio  o actividad  determinada, menos  vulnerable y

dependiente es a la explotación.

Los clubes juveniles juegan un importante papel a la hora de promover la seguridad, la educación y los valores comunitarios. Un grupo llamado Olympic Aid ha enviado entrenadores cualificados a campamentos de ocho países para poner en marcha programas de deportes que impulsen a los jóvenes a llevar una vida más productiva y saludable, ayudando asimismo a eliminar una de las mayores maldiciones de la vida en los campos: el aplastante aburrimiento.

Además de los programas regulares de salud, incluida la creación de más clínicas y proyectos educativos, el ACNUR ha emprendido un innovador programa de prevención y lucha contra el VIH/SIDA en África Oriental para responder a ese particular desafío.

La clave educativa

La educación es quizás el elemento clave a la hora de ayudar a los jóvenes a escapar de la trampa del exilio y la pobreza. Pero en ninguna otra actividad se pone tan decisivamente de manifiesto el dilema al que se enfrenta este colectivo.

La escolarización es cara, difícil y políticamente problemática. Cuando los refugiados llegan a un lugar concreto, ¿cuánto tiempo se van a quedar? Como siempre esperan, al menos en principio, regresar pronto a sus casas, ¿cuándo deben empezar a esforzarse por dar una educación a sus hijos?

Preguntas de este tipo pueden inducir a la inercia sobre lo que, después de todo, no es sino un derecho  humano  básico.  Pero  las   agencias   que

El armamento sin explotar es especialmente peligroso para los jóvenes, como este retornado de Sri Lanka que fue herido por una mina en su jardín.
ACNUR/R.CHALASANI/DP/LKA.2002

 

ayudan a los refugiados han creado un sistema mediante el cual muchos jóvenes pueden acceder ahora al menos a una educación primaria. Sin embargo, para muchos millones de jóvenes el acceso formal a los estudios de secundaria o a la universidad es mínimo.

Esta generación de jóvenes debería estar preparándose para ser los líderes del futuro, pero corre el riesgo de ser la “generación perdida” del presente.

 

Los recuerdos más queridos de Ahmad, de 22 años, son los de la escuela. “Me encantaba ir a la escuela en Somalia”, asegura. “Era feliz. Teníamos buenos maestros”. Ahora todo lo que sabe es que, en el exilio en El Cairo, “no voy a la escuela. No puedo permitirme las tasas escolares. Apenas puedo ganarme la vida”.

Con motivo del 50 aniversario del ACNUR, la antigua Alta Comisionada Sadako Ogata creó, en diciembre del 2000, el Fondo Educativo del Refugiado para proporcionar educación secundaria a algunos de los 1,5 millones de refugiados adolescentes que hay en los países en desarrollo. Actualmente, sólo un 3% de este grupo tiene acceso a los cursos posteriores a primaria.


Es una modesta contribución para una generación de jóvenes que debería estar preparándose para ser los líderes del futuro, pero que corre el riesgo de ser la “generación perdida” del presente.

El ACNUR ha dirigido también durante años un programa de Educación Para la Paz en África Oriental y Occidental que ofrece a los jóvenes refugiados, tanto dentro como fuera de la escuela, la oportunidad de aprender a evitar o minimizar los conflictos.

Con ayuda, ellos deberían ser la clave del mañana. No sólo pueden jugar un papel vital durante su exilio, apoyando a la familia nuclear o participando activamente en la vida en un campo de refugiados, sino también reconstruyendo sus comunidades locales y sus naciones cuando regresan a ellas.

“Los jóvenes deben estar en la vanguardia del cambio y la innovación mundial”, manifiesta el Secretario General de la ONU, Kofi Annan. “Pueden ser agentes clave para el desarrollo y la paz”. Pero, advierte, “si se les deja al margen de la sociedad, todos saldremos perdiendo”.

Demasiados jóvenes siguen languideciendo en ese mundo de ocaso pese a los recientes intentos de aliviar su desesperada situación.

Adolescentes colombianos desplazados de sus hogares aprenden a disfrutar de la vida de nuevo.
ACNUR/P.SMITH/CS/COL.2002

 

 

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