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Una nueva Madre Teresa

Una médico italiana ha sido premiada por décadas de trabajo en solitario luchando contra la enfermedad y los prejuicios en un remoto rincón del mundo

Por Kitty McKinsey

Un niño de cinco años, cuya encorvada columna vertebral da fe de su lucha contra la tuberculosis, agarra su andador de aluminio y zigzaguea con decisión entre las camas del hospital, sólo para demostrar que puede hacerlo. Una mujer de 39 años, a la que hace un año se le contrajeron los brazos y las piernas en postura fetal, da unos pocos pasos desde su cama de metal para demostrar que ha recuperado la salud. La cara de Marian Hassan Duale, una mujer de 60 años que llegó al hospital en coma, se enciende cuando describe el “milagro” de su recuperación.

Su “salvadora” es una médico italiana de 60 años, de nombre Annalena Tonelli, que ha soportado palizas, secuestros, robos y amenazas de muerte durante 33 años en su batalla en solitario contra la tuberculosis, el SIDA, el analfabetismo, la ceguera, la desnutrición y la mutilación genital femenina en un lugar perdido del Cuerno de África.

Ha soportado palizas, secuestros, robos y amenazas de muerte durante sus 33 años de batalla en solitario contra la tuberculosis, el SIDA, el analfabetismo, la ceguera y la mutilación genital femenina en un lugar perdido.

 

Como reconocimiento a una solitaria cruzada a la que ha dedicado toda su vida, la Dra. Tonelli ha recibido recientemente el Premio Nansen 2003, un galardón creado en 1954 para homenajear a las personas u organizaciones que se distinguen en su trabajo a favor de los refugiados. El Premio debe su nombre a Fridtjof Nansen, explorador polar noruego y primer Alto Comisionado para los Refugiados, e incluye 100.000 dólares de donación al proyecto de refugiados que el ganador elija.

La Dra. Tonelli, Annalena para sus pacientes y una nueva Madre Teresa para algunos visitantes, trabaja sola, encargándose personalmente de recaudar los 20.000 dólares que necesita cada mes para financiar los proyectos médicos y pagar a las 75 personas que trabajan en su hospital. Ha roto su voto de “permanecer en el anonimato” y evitar la publicidad al aceptar el Premio Nansen, con  la  esperanza  de volver  a atraer la atención  internacional sobre

los problemas crónicos de Somalia, eclipsados desde hace tiempo por otros lugares problemáticos del mundo.

Días penosos

Delgada, con el pelo canoso recogido en un moño y cubierta modestamente con un chal al modo de las mujeres de la región, la Dra. Tonelli se ha autoadiestrado para dormir sólo cuatro horas por las noches.

Comienza su labor diaria a las 7 de la mañana consultando con sus colegas somalíes, formados todos ellos en el extranjero. Más tarde, durante su ronda diaria, la Dra. Tonelli habla con sus pacientes en fluido somalí. Los niños le llaman “abuela” y se arriman a ella mientras explica que estos pequeños de aspecto tan saludable llegaron siendo bebés con una desnutrición aguda, pesando a los seis meses, menos que un recién nacido. Finaliza su rigurosa rutina en las primeras horas del día siguiente, escribiendo cartas de agradecimiento a los benefactores privados.

Hace casi siete años que se instaló en Borama, una árida ciudad que sirve de embudo al feroz viento y convierte las arenas del desierto en formaciones huracanadas, un lugar con muchas más cabras y camellos que coches. Su hospital atiende a 200 enfermos internos y a otros 200 externos. Ocho de las salas las ha construido el ACNUR para ella, incluyendo el único edificio de dos plantas de la ciudad, todavía en construcción.

Desdeña las comodidades y subraya repetidamente la pasión de su vida a un visitante. “Quiero con locura a los pacientes tuberculosos”, dice en cierto momento. Y añade luego: “Quiero ser pobre hasta el último día de mi vida”.

Vive de modo sencillo, tomando los mismos alimentos -carne sólo dos veces por semana, normalmente una comida a base de maíz o arroz y alubias- que ofrece a sus pacientes. En su casa hay una televisión para que los niños sordos puedan ver vídeos en lenguaje de señas, pero ella nunca la ve. Se enteró de la guerra en Irak por los médicos somalíes de su plantilla.

La doctora posee sólo dos modestos caftanes. Las sandalias las recibió de un paciente, y el pañuelo para la cabeza fue un regalo de su personal. Cree que su pobreza es esencial para derribar las barreras que existen entre ella y la gente a la que sirve. “No podría prestar mis servicios si tuviese ropas, muebles y todas las cosas que son normales en nuestra sociedad”, asegura.

Choque inevitable

Pero no le hables de sacrificio: es una palabra que le hace reír. Según manifiesta esta devota católico romana, “la palabra sacrificio no tiene ningún significado en mi vida. No oculto que ha sido una vida muy dura en muchos sentidos, pero ha sido también una vida de alegría, de felicidad, de satisfacciones, un privilegio”.

Es la vida que ha querido desde que tenía cinco años: “Mi anhelo, mi ansia, por lo que suspiraba desde que era pequeña era por servir a a las personas que sufren”.

En sus largos años en África ha encontrado a un montón de ellas. Nada más terminar sus estudios de Derecho a los 26 años, se trasladó al noreste de Kenia para trabajar como maestra con los nómadas somalíes y fue allí, en 1970, cuando se hizo consciente de la tragedia de la gente afectada por la tuberculosis. Se sintió conmovida no sólo por sus dolores físicos, sino también por el sufrimiento emocional que soportaban como proscritos, a causa de esta enfermedad que prospera en condiciones de pobreza, hacinamiento y desnutrición.

Además de su título en leyes, estudió para conseguir diplomas en medicina tropical, medicina comunitaria y control de tuberculosis y lepra, pese a no ser licenciada en Medicina.

En los años 70, un nuevo fármaco redujo el tratamiento de la tuberculosis a seis meses, en vez de entre 12 y 18, que era lo común por entonces. La Dra. Tonelli fue pionera en este “cursillo” para el tratamiento de la tuberculosis en África, un método que desde entonces ha sido adoptado por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Lo que hace que su tratamiento sea tan efectivo -asegura tener una tasa de curación del 96 por ciento- es que obliga a muchos de los nómadas somalíes a vivir en el hospital hasta que están definitivamente curados. Los pacientes externos pasan por chequeos periódicos.

Desde   1986, ha  hecho  de   Somalia  su   hogar, primero  en la  capital, Mogadiscio,  donde

“La Madre Teresa” y un paciente.
ACNUR/E. PARSONS/DP/
SOM• 2003

 

repartía comida a miles de ciudadanos hambrientos, y más tarde en Merca, en el sur de Somalia, tratando de nuevo a pacientes de tuberculosis.

Tras recibir numerosas palizas y ser secuestrada en una ocasión, huyó; la médico que había preparado para reemplazarla fue asesinada un año más tarde. Fue entonces cuando respondió a la petición de la OMS de proseguir su lucha contra la tuberculosis, esta vez en la relativamente pacífica Somaliland.

Amplió sus actividades, ayudando a tratar y prevenir el VIH/SIDA, una enfermedad “oportunista” que se ceba en las debilitadas víctimas de la tuberculosis. Creó una escuela para niños sordos y discapacitados y patrocina la visita, dos veces por año, de cirujanos de una asociación caritativa alemana que han devuelto la vista a 3.700 personas aquejadas de cataratas. Es también una apasionada de la lucha contra la mutilación genital femenina y asegura que ha convencido a casi todos los que practican la circuncisión tradicional en Borama para que abandonen esa costumbre y se unan a su campaña.

A los 60 años de edad, la Dra. Tonelli no da señales de disminuir el ritmo. Si alguna vez se ve obligada a abandonar Somalia, “ayudaré a la gente que sufre en otro lugar”, dice sosegadamente: “El mundo está lleno de gente que sufre”.

 

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