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| T E M A D E P O R T A D A |
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África al límite
El número de víctimas es desolador, pero ¿hay
más luz ahora al final del túnel?
por Ray Wilkinson
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En
una época de guerras cortas, de número “controlado”
de víctimas y de imágenes esterilizadas como las que
emergen de Irak, los sucesos de África resultan casi incomprensibles.
En el corazón profundo de la cuenca del Congo, unos tres
millones de personas, quizás muchas más, han perecido
durante una guerra sin tregua descrita como el conflicto documentado
más sangriento de la historia de África. Y cuando
los marines norteamericanos barrían todavía los últimos
focos de resistencia en Bagdad frente al destello de miles de cámaras
de televisión, cientos de personas estaban siendo masacradas
sin apenas publicidad en la última atrocidad de un remoto
rincón de la región del Congo.
Durante el curso del conflicto que empezó en 1998 y que,
en ocasiones, llegó a contar con la participación
de seis ejércitos de los países vecinos, incontables
milicias y bandas locales de criminales, 2,5 millones de personas
fueron arrojadas de sus hogares y obligadas a buscar asilo en asfixiantes
selvas tropicales o en los estados vecinos.
Angola sufrió un destino parecido. En una guerra civil que
ha durado casi tres décadas, se calcula que ha muerto
un millón de personas, |
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Los
refugiados liberianos huyeron de vuelta a su propio país
después de que estallaran los combates en la vecina Costa
de Marfil.
ACNUR/M.KAMBER/DP/CIV•2003 |
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y un número indeterminado entre tres y cinco
millones se ha visto desplazado de sus pueblos y ciudades ancestrales.
Se arrastraban a lo largo de un paisaje desecho de un albergue a otro,
viéndose a menudo forzadas a comer bayas y raíces para sobrevivir
y en constante peligro de ser asesinadas o de quedar mutiladas, no sólo
por parte de los combatientes, sino por los millones de minas que convertían
a uno de los países más ricos del continente, en una mortal
trampa explosiva.
Más al norte, Sudán lleva desestabilizada
por la guerra civil prácticamente desde su independencia en 1956,
y una vez más el número de víctimas ha tenido proporciones
bíblicas, en comparación con los conflictos rápidos
y controlados que el público de los países industrializados
espera en la actualidad. Han muerto dos millones de personas, cuatro millones
vagan por los yermos desérticos del norte y por las sabanas sureñas
del mayor país del continente, y medio millón de refugiados
se ha visto forzado a huir aún más lejos.
Éstas eran, por supuesto, las mayores y más prolongadas
de una serie de catástrofes que primero sacudieron y luego arrasaron
grandes extensiones de África: Burundi, Eritrea, Etiopía,
Sahara Occidental, Liberia, Congo-Brazzaville y, más recientemente,
Costa de Marfil y la República Centroafricana.
Y luego está Ruanda: cerca de un millón de personas fueron
masacradas a mediados de los 90 durante el último genocidio ocurrido
en el mundo. De nuevo, imágenes de una interminable marea de refugiados
arrastrándose por una ondulante nube de polvo, golpeados sin piedad
por el último caos.
Una cicatriz
Estas imágenes resultan familiares para la audiencia mundial. Tanto
que el Primer Ministro británico Tony Blair repetía insistentemente
durante un discurso inaugural de su nueva política que no podía
seguir esta anarquía y que “la situación en África
es una cicatriz en la conciencia del mundo, pero si éste pone todos
sus esfuerzos en sanarla, podemos hacerlo”.
Así pues, dos años después de ese toque de corneta,
¿cómo está África?
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En 1995, el ACNUR proporcionó ayuda
a siete millones de refugiados. Hoy esa cifra es menos de
la mitad. |
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Los países donantes, las agencias humanitarias y los
gobiernos proporcionan grandes cantidades de ayuda al continente.
El actual presupuesto del ACNUR para África, por ejemplo,
es de casi 400 millones de dólares.
Y hay otras buenas noticias. En 1995, el ACNUR proporcionó
ayuda a siete millones de refugiados. Hoy la cifra es menos de la
mitad (aunque la agencia también ayuda ahora a otro tipo
de civiles en apuros, entre otros a las víctimas de la guerra
y la persecución que viven dentro de sus propios países.
El número total de personas desplazadas en África
asciende asombrosamente a 15 millones).
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En África occidental, durante los años
90, la nación de Sierra Leona vivió una década de
guerra civil, en la que el descuartizamiento de brazos y otros miembros
se convirtió en la odiosa firma de un conflicto brutal. Hoy el
país disfruta de una frágil paz.
Un número impreciso, entre un millón y 1,5 millones de desplazados
internos angoleños y otros 100.000 refugiados de una de las guerras
más largas, han regresado “espontáneamente”
a sus hogares tras el acuerdo de paz firmado el año pasado. Se
espera que cientos de miles sigan el ejemplo este año si las armas
permanecen calladas.
En el vasto torbellino de gente en constante movimiento a lo largo y ancho
del continente, cerca de 440.000 personas con un largo pasado como refugiados
han regresado en los dos últimos años a sus antiguos hogares
en el Cuerno de África.
Casi dos millones de refugiados de Burundi, Sudán, Somalia y la
región del Congo, pendientes de las distintas negociaciones de
paz actualmente en marcha, tienen también la esperanza de ver de
nuevo sus hogares en un futuro cercano.
Un país como Estados Unidos, que tradicionalmente ofrece reasentar
a los refugiados más vulnerables, presta cada vez más atención
a África (aunque el programa general de reasentamiento de Washington
aún tiene que recuperarse de los efectos de los atentados terroristas
de septiembre de 2001).
Un proyecto denominado Nueva Asociación para el Desarrollo de África,
cuyo objetivo es promover la paz y la estabilidad continental mediante
el desarrollo sostenible, ha recibido una entusiasta respuesta mundial.
Con una nueva era de paz, la mayor parte de las personas desplazadas podrían
también empezar sus vidas de nuevo.
Una encrucijada
Pero, indudablemente, África sigue estando en el filo de la navaja.
El Alto Comisionado Ruud Lubbers ha dicho: “África se encuentra
de nuevo en la encrucijada”. Aunque “millones de civiles han
muerto directamente en el fragor de la guerra, también hay esperanza
(…) en lugares como Sierra Leona, Angola y en el Cuerno de África”.
David Lambo, director del Departamento para África del ACNUR, insiste
en que, en cuestiones puramente humanitarias, “estamos algo más
avanzados que hace seis meses. Ahora se ve más luz al final del
túnel. Pero es igualmente cierto que el continente se encuentra
ante una nueva línea divisoria”.
¿Por qué, cuando un mundo cada vez más pequeño
puede dedicar tanta atención y ayuda -al menos a corto plazo- en
lugares como Afganistán y últimamente Irak, África
sigue pareciendo tan desesperada y tan ignorada?
El continente continúa
generando sus propios déspotas y sus políticas descarriadas,
pero el malestar es más profundo que todo eso. África
se sigue viendo como una tierra lejana, las crisis humanitarias
ocurren “allá”, tanto los donantes de dinero
como los países receptores de refugiados sufren de “fatiga
hacia el refugiado”, la ayuda proporcionada es simplemente
insuficiente y, en apariencia, el continente ha dejado de tener
una importancia estratégica.
Hace tan sólo unos años, lugares como Zaire y Angola
eran apreciados por su petróleo y sus minerales. Pero las
tropas de Cuba y de la Sudáfrica blanca -“vicarios”
de las grandes potencias- abandonaron Angola hace tiempo. Esta implicación
del exterior sirvió de catalizador para muchos de los problemas
del continente, pero, cuando los extranjeros se marcharon, África
se quedó sufriendo casi en silencio y sin la ayuda necesaria
para resolver el embrollo.
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En el corazón profundo de la cuenca
del Congo, han muerto unos tres millones de personas durante
una guerra sin tregua descrita como el conflicto documentado
más sangriento de la historia de África. |
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Economías que podrían ser autosuficientes
sufren un cortocircuito debido a las normas elaboradas por capitales distantes.
Los granjeros africanos podrían ayudar a alimentar el mundo, pero
los subsidios agrícolas concedidos a los productores en los países
industrializados disminuyen una de las pocas opciones viables que tiene
el continente para salir de su ciclo de privación y pobreza y que,
a su vez, alimenta las guerras y genera la huida de refugiados.
Ricos donantes e instituciones internacionales han gastado millones de
dólares en ayuda humanitaria a corto plazo, especialmente cuando
miles de personas morían frente a las cámaras de televisión,
como ocurrió en Ruanda, pero tienen pocos deseos de respaldar el
desarrollo a largo plazo.
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Argelinos: Los primeros
refugiados de África.
ACNUR/S. WRIGHT/524 |
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La sanidad,
la educación y los servicios sociales se derrumban. El VIH/SIDA
ha alcanzado proporciones epidémicas en muchos países
africanos y sólo en 2001, murieron allí más
de dos millones de personas por esta enfermedad. Otros ocho millones
sucumbieron ante dolencias de fácil tratamiento como la malaria,
el sarampión y la diarrea. Con esta tasa de mortalidad, la
población de un país europeo de tamaño modesto
como Gran Bretaña o Francia desaparecería totalmente
en menos de una década.
Pero es posible que algunos de los supuestos mencionados sean erróneos.
África ya no es una “tierra lejana”. Decenas
de miles de africanos caminan miles de kilómetros cada año
hasta las costas norteñas del continente, donde suben a bordo
de barcas que apenas se mantienen a flote para intentar llegar a
Europa. David Lambo advierte: “Hay una sensación de
desesperación total entre muchos africanos y este tipo de
gente va a luchar directamente por entrar” en Europa y otras
regiones prósperas.
Puede también que África acabe convirtiéndose
en el punto más vulnerable de la lucha del mundo industrializado
contra el terrorismo mundial. Los campos de refugiados y el caos
de lugares como Somalia no sólo proporcionan una protección
efectiva para los terroristas de Al Qaida, sino que son un criadero
de futuros asesinos. África oriental ya |
ha sufrido ataques letales contra las embajadas norteamericanas
en Kenia y Tanzania y contra turistas israelíes en Kenia.
La doble moral
Y luego está la supuesta doble moral: simplemente, los africanos
desplazados no reciben, en comparación, la misma ayuda que los
refugiados de otras partes del mundo, un problema puesto de manifiesto
por la crisis de Irak.
Cuando ya se veía venir la guerra, el Presidente afgano Hamid Karzai
rogaba a Washington: “No nos olvidéis si ocurre lo de Irak”.
Su país había visto una invasión soviética
y la consiguiente lucha entre grandes potencias, el abandono virtual durante
años por parte de una comunidad internacional desinteresada, una
nueva intervención extranjera y, finalmente, las promesas renovadas
de que el pasado no se repetiría y de que esta vez el mundo industrializado
apoyaría a Kabul.
Siendo la realpolitik lo que es, Karzai no estaba convencido.
Para los críticos de la actual estructura mundial humanitaria,
además, el conflicto de Irak ha sido la prueba más evidente.
Según ellos, ha puesto vivamente de manifiesto la denominada doble
moral: la voluntad de dedicar masivos recursos militares, económicos
y financieros a Oriente Medio en apoyo de objetivos que igualmente podrían
aplicarse a África: apoyar la libertad y la democracia, proporcionar
ayuda humanitaria a una población desesperada, acabar con el terrorismo.
El sistema de las Naciones Unidas puso en marcha su mayor llamamiento
de la historia para conseguir 2.200 millones de dólares en ayuda
humanitaria para Irak, un objetivo que indudablemente se hubiera cumplido
de haberse prolongado el conflicto.
En el mismo período, los recaudadores de fondos que intentaban
encontrar dinero para África informaban en coro de que a principios
de año los donantes tradicionales “se encontraban de brazos
cruzados”, negándose a comprometerse con otros objetivos
hasta que se viera claramente qué dirección tomaría
la guerra de Irak. Una delegación europea comentó enfáticamente
este año que “Angola es un país lo suficientemente
rico como para financiar su propia repatriación”, ante lo
que los desesperados representantes humanitarios preguntaron en un tono
de voz elevado si esas mismas reglas se aplicarían a los refugiados
iraquíes.
Los analistas africanos dirigían su mirada a las enormes aunque
vacías ciudades de tiendas de campaña situadas en los bordes
del desierto de Irak, a la espera de refugiados que nunca llegarían,
y las comparaban con el bajo nivel de interés y de cobertura mediática
dedicados a las decenas de miles de personas que en ese mismo momento
huían en África occidental de Costa de Marfil.
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El
Alto Comisionado Lubbers insistía: “Me preocupa que
el interés mostrado por Irak haya disminuido el interés
por África. Siempre que se necesita dinero para África,
las contribuciones disminuyen en vez de aumentar”.
Los cálculos sugieren que el presupuesto de la agencia
para los refugiados de este año para África se quedará
corto en un 15 por ciento, una cantidad que Lubbers calificó
de “menos que el coste de una hora de guerra en Irak”
pero que, sin embargo, exigirá dolorosos recortes en materia
de educación, autosuficiencia y otros programas básicos.
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“Ahora se ve más luz al final
del túnel. Pero es igualmente cierto que el continente
se encuentra ante una nueva línea divisoria”. |
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El Programa Mundial de Alimentos (PMA) estima que unos 40 millones de
africanos se enfrentan a hambrunas. James Morris, Director Ejecutivo del
PMA, explicaba recientemente al Consejo de Seguridad de la ONU: “Pese
a no gustarme la idea, no puedo dejar de pensar que tenemos una doble
moral. ¿Cómo es que aceptamos rutinariamente un nivel de
sufrimiento y desesperación en África que jamás aceptaríamos
en cualquier otra parte del mundo? Simplemente no podemos dejar que esto
continúe”.
Observando que al comienzo de la guerra de Irak cada familia tenía
almacenada comida para un mes, Morris señaló que los africanos
que se enfrentan al hambre, “la mayoría mujeres y niños,
considerarían una bendición impagable tener tal cantidad
de alimentos”.
Estafados
¿Acaso se estafa a los africanos? Comparar el dinero que se gasta
por cada refugiado en las distintas partes del mundo puede resultar un
ejercicio poco fiable y no reflejar la cantidad “real” que
cada persona recibe. El coste de construir refugios en los Balcanes, por
ejemplo, puede ser superior al de África y distorsionaría
sin duda cualquier comparación directa del tipo “dolar por
refugiado”.
Pero el ACNUR ha aprobado un nivel mínimo de ayuda para cada refugiado
e incluso estos índices mínimos, que cubren necesidades
tales como comida, agua y vivienda, se incumplen constantemente en África
debido a la ausencia de recursos financieros adecuados y de mano de obra.
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Refugiados sarahavis en Argelia.
ACNUR/A. HOLLMANN/CS/DZA•1998 |
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El Programa
Mundial de Alimentos ha reducido las de por sí limitadas
raciones a la mitad en algunos campos de refugiados. Las personas
desplazadas en el Cuerno de África, uno de los lugares más
inhóspitos del planeta durante los abrasadores meses de verano,
deberían recibir un mínimo de 20 litros de agua por
día, pero durante la emergencia de los años 90 algunos
se veían forzados a sobrevivir con menos de tres litros.
Carestías similares son comunes hoy en día. En algunos
campamentos sólo un 30 por ciento de los niños reciben
algún tipo de educación.
Jeff Crisp, jefe de la unidad de evaluación del ACNUR, comenta
que el estado desesperado de algunos campamentos se irá deteriorando
con el tiempo, como reflejo de la “fatiga” general con
las crisis prolongadas y el desvío de los escasos recursos
a otros proyectos. |
La agencia ha empezado ahora a compilar un exhaustivo
“análisis de las lagunas” existentes entre los objetivos
mínimos establecidos y la realidad sobre el terreno.
A lo largo del continente, las condiciones varían ampliamente y
el estudio cubre sólo a los refugiados en campos establecidos o
centros de tránsito y no a quienes viven en las comunidades locales.
Es difícil que los déficits sirvan de material para un titular
internacional, pero sí ponen de manifiesto el argumento de James
Morris, del PMA, de que las condiciones de vida diarias de muchas personas
desarraigadas son inaceptables bajo cualquier criterio internacional.
Los campos de Kakuma y Dadaab en Kenia figuran entre los más grandes
de África, albergando entre ambos a 180.000 personas. El estudio
muestra que la última distribución a gran escala, incluso
de artículos tan cotidianos como mantas, garrafas y utensilios
de cocina, fue hace siete años y que, probablemente, dichos artículos
han perecido hace largo tiempo. El informe advierte: “La no renovación
(de los artículos) agravará la de por sí precaria
situación en los campamentos. Esto puede dar como resultado el
estallido de un número de enfermedades asociadas con el frío,
la falta de instalaciones higiénicas, etc.”.
| En
Dadaab, donde las temperaturas estivales pueden superar los 40°
C, los refugiados reciben actualmente 17 litros de agua por día,
pero se supone que con esta cantidad deben dar de beber también
a su ganado. En la escuela, sólo hay un lavabo por cada 275
estudiantes, en contraste con el objetivo de uno por cada 20; hay
144 niños en cada aula y un maestro por cada 60 niños.
Dada la restricción de fondos, las lagunas no se podrán
superar en un futuro cercano y el informe señala que la agencia
“no habrá cumplido con su deber de garantizar el derecho
básico de los niños a la educación primaria”.
Un 75 por ciento de las mujeres embarazadas están anémicas.
El espacio disponible para cada refugiado es de menos de tres metros
cuadrados -el nivel mínimo es de 3,5 metros cuadrados- y
“las viviendas se encuentran en condiciones patéticas”.
El informe añade que “no conseguir una mejora en las
condiciones de vida de los refugiados (…) dificultaría
la lucha contra las afecciones respiratorias y otras enfermedades
asociadas, así como la protección de su privacidad
y su seguridad emocional”. |
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Abigail sigue viviendo la pesadilla del refugiado.
Desde los 13 años no ha dejado de huir en busca de
un lugar donde refugiarse… Sin embargo, no para de toparse
en cada ocasión con la última guerra iniciada
en África. |
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La lucha por los fondos
Excepto para las emergencias de alto perfil como la de Irak, cada vez
es más difícil obtener dinero de los donantes tradicionales
del mundo industrializado para alguno de los 22 millones de personas que
el ACNUR ayuda a nivel mundial.
Algunos críticos responsabilizan a las propias agencias humanitarias
de haber contribuido a los problemas de financiación en África
al anticipar lo que los donantes están dispuestos a ofrecer, en
vez de evaluar de forma realista las verdaderas necesidades sobre el terreno,
ejerciendo de hecho una autocensura sobre las necesidades.
Puede que éste sea un buen y juicioso planteamiento comercial.
Un aumento espectacular y “no razonable” en la petición
de los fondos “habituales” para África con respecto
a lo que los prestadores están acostumbrados a dar podría
tener el efecto contrario y desatar una reacción que afectaría
a otros programas mundiales.
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En ruta en Sudán.
©PANOS/S. TORFINN |
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Pero
hace tres años, Julia Taft, entonces Ayudante del Secretario
de Estado de EE.UU. para la Oficina de Población, Refugiados
y Migración, de hecho la principal responsable en Norteamérica
en materia de refugiados, manifestaba a la revista REFUGIADOS: “La
dicotomía de cómo se ha tratado a los refugiados de,
pongamos por caso, Guinea, frente a cómo se ha tratado a
los de Kosovo es totalmente inaceptable para todos nosotros; inaceptable
es gastarse menos de 20 millones de dólares en 500.000 refugiados
de Sierra Leona y luego pedir 240 millones de dólares para
un número equivalente de refugiados en Kosovo. Ni es justo
ni es correcto”. |
Después Taft perfiló un planteamiento en
el que Washington ha insistido desde entonces cada vez que mantiene discusiones
sobre contribuciones para África: “Si es necesario, los donantes
deben ser los malos de la película. El ACNUR tiene que decirnos
qué se necesita realmente y forzar a los donantes a decir no nos
lo podemos permitir antes que establecer un criterio en función
de lo que cree que los donantes estarán dispuestos a dar”.
Pese a su réplica, poco ha cambiado y los niveles generales de
recaudación han seguido disminuyendo. Por todo el mundo, las oficinas
regionales se ven obligadas a luchar y hacer trueque por cada escaso dólar
disponible en un proceso anual que deja sus magulladuras. Un recién
llegado a África occidental, desacostumbrado a este tira y afloja,
salió literalmente de su primera sesión presupuestaria como
si hubiera sufrido una conmoción de guerra. “La oficina sobre
el terreno había presupuestado inicialmente 185 dólares
de ayuda por cada persona desplazada”, recuerda. “Eso se recortó
a 70 dólares. Finalmente cerramos el acuerdo en una cifra intermedia.
Me sentí como en un bazar de Estambul, regateando por una alfombra
más que intentando salvar vidas humanas”.
Esperanza y desesperación
África occidental es un microcosmos tanto de la esperanza como
de la desesperación que atenaza al continente entero. Supone una
advertencia de que las cosas, incluso en la sociedad aparentemente más
estable, pueden descontrolarse rápidamente o, por el contrario,
de que con la ayuda adecuada se puede poner en pie de nuevo a un país.
En 1998, el sastre y padre de siete hijos Alie K. fue capturado por los
rebeldes de Sierra Leona. En un horripilante ritual, habitual durante
la década de guerra civil, los guerrilleros le cercenaron la mano
izquierda. “Fueron tres los autores, uno me apuntaba con un arma
y los otros dos cortaban”, recordaría Alie más tarde.
También le cortaron la mano derecha y le dieron de latigazos antes
de huir a la selva. Como sangraba profusamente, “me arranqué
el resto de la mano izquierda y la tiré por ahí porque no
podía sujetarla mientras corría”, contaba Alie.
Atrocidades como ésta eran típicas, pero hoy, en un sorprendente
giro, Sierra Leona disfruta de una frágil recuperación después
de que, en 2002 y tras diez años, finalizase la guerra civil. Se
ha elegido un Gobierno civil, se está reconstruyendo la policía
y el ejército y unos 14.000 soldados de las Naciones Unidas ayudan
a mantener la paz.
El ACNUR y otras agencias humanitarias han ayudado a más de 220.000
refugiados y a cientos de miles de desplazados internos a regresar a sus
hogares en los dos últimos años, incluidos cerca de 26.000
refugiados durante el presente año.
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Se ha lanzado el denominado proyecto piloto de las 4 R. El Alto
Comisionado Ruud Lubbers describía la iniciativa de las 4
R como un intento de crear un flujo “sin fisuras” de
ayuda por parte de gobiernos y agencias humanitarias y de desarrollo
durante las cuatro grandes fases de un retorno de refugiados: repatriación,
reintegración, rehabilitación y reconstrucción.
Algunas de las anteriores operaciones de refugiados fracasaron por
interrupciones en la cadena de ayuda, creando un infame “intervalo”
en la asistencia y amenazando con socavar el proceso de paz en su
totalidad y provocar nuevas oleadas de refugiados.
Cuando el ACNUR se retire totalmente de Sierra Leona en 2005, habiendo
gastado allí entre 80 y 100 millones de dólares, las
agencias de desarrollo como el Banco Mundial tomarán el relevo,
acelerando la reconstrucción a largo plazo del creciente
número de escuelas, clínicas y otras infraestructuras.
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En 2001 murieron dos millones de personas
por el VIH/SIDA. Otros ocho millones han sucumbido ante dolencias
de fácil tratamiento. A este ritmo, la población
de un país europeo de tamaño modesto desaparecería
totalmente en menos de una década. |
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Sierra Leona ha creado recientemente la Comisión de la Verdad y
la Reconciliación, similar a la junta creada en Sudáfrica
para ayudar al país a superar el trauma y los crímenes de
la era del apartheid. El Presidente Ahmed Tejan Kabbah aseguraba que esta
comisión ofrecería “una contribución terapéutica
al proceso de paz, la sanación de los traumas y la eliminación
de las cicatrices emocionales del conflicto armado”.
El primer testigo, Tamba Finnoh, describió cómo lo secuestraron
y le cortaron el brazo derecho, pero luego añadió: “Lo
he superado y estoy dispuesto a perdonar”.
Pesadilla total
En contraste, Abigail, de 26 años, sigue viviendo la pesadilla
del refugiado, símbolo de cómo las cosas pueden torcerse
en los lugares más insospechados.
Desde los 13 años ha huido constantemente en busca de un lugar
donde refugiarse. Tal protección, sin embargo, se ha mostrado esquiva,
y esta mujer parece toparse siempre con la última guerra iniciada
en África.
Huyó de Liberia en 1990, cuando era una adolescente, en el momento
en que ese país se sumergía en el último episodio
de guerra civil. Caminó a pie por la costa del Golfo de Guinea,
infestada de enfermedades, hasta que llegó a la capital de la vecina
Costa de Marfil. Hace una década, Abidjan era el epítome
del sueño africano postcolonial, una ciudad de relucientes torres
de oficinas, sofisticados restaurantes franceses, pulcros diplomáticos,
negocios florecientes y la única pista de patinaje sobre hielo
del África negra con vistas a unos antiguos manglares. Los refugiados
liberianos y cientos de miles de trabajadores extranjeros de los países
vecinos alimentaban la expansión económica pero vivían
en condiciones algo menos saludables, en el cinturón de chabolas
alrededor de la ciudad.
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El ACNUR ha aprobado un nivel mínimo
de ayuda para cada refugiado, pero incluso estos índices
básicos, que cubren necesidades tales como comida,
agua y vivienda, se incumplen constantemente en África. |
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Abigail
consiguió completar su educación y se hizo maestra
en la localidad de Tabou, junto a la frontera de ambos países,
pero a finales del año pasado el sueño marfileño,
que llevaba muchos años desmoronándose, estalló
en una guerra civil entre el Gobierno y militares rebeldes.
Ocurrió lo impensable. Refugiados liberianos, ciudadanos
de Costa de Marfil y trabajadores extranjeros invadidos por el pánico
salieron del país, casi 100.000 de ellos a Liberia, un país
atenazado por el mismo conflicto del que Abigail había huido
13 años antes. La maestra liberiana se encontró de
nuevo entre una oleada de civiles en movimiento, emprendiendo lo
que el New York Times denominó el camino “de una orilla
del infierno a la otra… un viaje funestamente absurdo, que
en última instancia podía resultar fútil, en
busca de seguridad”.
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Y eso es lo que le ocurrió a Abigail. Una unidad
de protección del ACNUR, en misión de supervisión
por dicha región fronteriza, se la encontró en un puesto
de control militar dentro de Costa de Marfil.
“Sabía el horror al que me enfrentaba volviendo a Liberia”,
decía sentada tranquilamente junto a un viejo autobús con
otros 26 pasajeros mientras que unos nerviosos pero agresivos soldados
de Costa de Marfil revolvían entre sus pertenencias y debatían
su futuro inmediato. “En los últimos años han matado
a mi padre y a la mayor parte de mi familia”, aseguraba: “Pero
la radio decía que la situación era de calma en Liberia,
mejor que aquí”, donde cada vez más tachaban a todos
los liberianos de rebeldes o de traficantes de droga.
Anduvo durante dos días por Liberia hasta
llegar al pequeño pueblo donde vive su madre, pero tanto
en el Este como en algunas zonas del Oeste el país se sumergía
progresivamente en la guerra. “No había comida. No
había ley ni orden”, decía: “Hombres
con armas se apoderaban de lo que les daba la gana. El país
entero estaba invadido por el pánico”.
Por segunda vez decidió hacer lo impensable: escapar de
una guerra a la “seguridad” que la otra ofrecía,
volviendo sobre sus propios pasos. Con una pequeña bolsa
de nylon a la espalda, que contenía dos mudas de ropa y
unos pocos cosméticos, caminó de nuevo hasta la
frontera, la cruzó y tomó el autobús hasta
su antiguo “hogar”, en la ciudad costera de Tabou,
antes de que los soldados la detuviesen.
Habiéndose librado de una posible muerte, se enfrentaba
ahora a la perspectiva de una violación. Uno de los soldados
le quitó su carnet de identidad de refugiado y le dijo
que se lo devolvería a la mañana siguiente, pero
sólo si pasaba la noche con él. |
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Las
condiciones de los refugiados pueden ser muy diferentes
en África en comparación con Europa.
ACNUR/R. CHALASANI/CS/YUG•2001
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“Lo hare”, le dijo esta mujer soltera, atractiva
y totalmente vulnerable a este tipo de coacción, a la funcionaria
de protección Chiara Cardoletti: “¿Qué supone
una noche de miseria comparada con toda una vida de degradación?”.
Negociaciones, llamadas telefónicas, amenazas y desplantes. Finalmente
soltaron a Abigail indemne. Entre la miseria y el sufrimiento generalizados,
se había conseguido una pequeña pero importante victoria
para la protección.
Expectativas cambiantes
Panos Moumtzis, un veterano de anteriores emergencias de refugiados, entre
otras la de la primera Guerra del Golfo, Somalia y la crisis africana
de los Grandes Lagos a mediados de los 90, aguardaba su traslado a Abidjan
con la ilusión de algo distinto en su experiencia con los refugiados.
“Tenía una sensación muy buena. Por una vez, entre
tanta miseria, éste iba a ser un proyecto feliz”.
Junto a la costa de Tabou, la nueva directora de la oficina, Anne Dolan,
también otra veterana en emergencias de refugiados “normales”,
tenía esa misma esperanza.
“Sorpresa, sorpresa”, diría Anne Dolan más tarde.
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Funcionarios de protección del
ACNUR entrevistando a refugiados liberianos.
ACNUR/R. WILKINSON/CS/CIV•2003 |
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Hubo
una época en que Costa de Marfil había albergado a
unos 200.000 refugiados liberianos. Muchos habían sido recibidos
“como hermanos y hermanas en apuros” por el padre fundador
de la nación, el Presidente Felix Houphouet-Boigny, y se
habían integrado en las comunidades locales. Sólo
había un pequeño campo de refugiados llamado Nicla
para unas 3.000 personas.
En un ambiente tan aparentemente benigno, Moumtzis y Dolan esperaban
dedicarse exclusivamente a proyectos para promover la integración,
la educación y la autoayuda, “algo realmente positivo
y más satisfactorio que ver tanto sufrimiento y muerte todo
el rato en otras crisis”.
En la capital, en la noche del 18 al 19 de septiembre, Moumtzis
se despertó por el ruido de los disparos. Era el comienzo
de un conflicto que haría caer en barrena al que
en otros tiempos fuera un estable país y que cambiaría
|
las vidas, no solamente de los refugiados allí
asilados, sino de muchos miles de ciudadanos locales y trabajadores extranjeros
de los países vecinos.
“Prácticamente de la noche a la mañana, se produjo
un giro de 180 grados en las operaciones del ACNUR”, recuerda Moumtzis:
“Se acabó la construcción de escuelas, clínicas
e infraestructuras para ayudar a los refugiados a integrarse. Pasamos
a una fase normal de emergencia, intentando conseguir lugares seguros
para albergar a la gente y sacándola de situaciones de peligro.
La xenofobia y el nacionalismo habían destruido los sentimientos
de hermandad y buena vecindad”.
Mientras ayudaba a una triste procesión de gente a cruzar hasta
Liberia, relata Dolan, “todo el mundo se enfrentaba a un horrible
dilema: ¿Debo quedarme aquí donde podrían matarme
o debo ir a Liberia, donde también pueden matarme, sólo
que no tan rápido? Ver aquello era espantoso”.
En abril, empezaron a regresar algunos de los miles de civiles que habían
huido a Liberia. Sin prácticamente ningún funcionario humanitario
presente en Liberia oriental, el ACNUR vigiló la frontera común,
proporcionando asistencia cuando podía, intentando ayudar a varios
miles de refugiados a trasladarse, como medida de seguridad, a unos centros
de tránsito construidos precipitadamente, solicitando a los países
vecinos que aceptasen a algunos de los liberianos amenazados. Hubo pocas
respuestas positivas.
“La triste realidad es que lo que ha llevado décadas construir
puede destruirse casi de la noche a la mañana”, dice Moumtzis.
El elefante renegado
Los refugiados liberianos que tanto han sufrido se han convertido en parias
dentro de los estados vecinos, siendo catalogados como alborotadores o,
peor aún, como rebeldes o traficantes de armas y drogas. Las condiciones
dentro del país, atrapados entre la esperanza de Sierra Leona y
la desesperación de Costa de Marfil, han seguido deteriorándose.
| Las
crisis de refugiados se producen por una combinación de factores
-problemas internos de orden político, económico o
militar- que pueden verse exacerbados por acontecimientos e influjos
de los países cercanos. Un alto representante humanitario
describía Liberia como el “elefante renegado”
del África occidental, un país en guerra consigo mismo
desde 1989, pero que también exporta caos y anarquía
a sus vecinos como un “cáncer”.
Gran parte del país es ahora zona prohibida. Los trabajadores
humanitarios salieron de Liberia oriental tras el brutal asesinato
de tres representantes del Grupo Adventista Americano ADRA a principios
de este año. En este estado general de anarquía, unas
semanas más tarde, nada más cruzar la frontera de
Costa de Marfil, asesinaron a cuatro trabajadores locales de la
Cruz Roja.
El Programa Mundial de Alimentos ha reducido las raciones de comida
a sus destinatarios durante abril y mayo. En la primavera, los recelosos
donantes sólo habían contribuido con un 2 por ciento
de los 42,6 millones solicitados por la ONU para este año.
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África occidental es un microcosmos
tanto de la esperanza como de la desesperación que
atenazan al continente. Supone una advertencia de que las
cosas, incluso en la más estable de las sociedades,
pueden descontrolarse rápidamente o, por el contrario,
de que es posible poner a un país en pie de nuevo. |
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Durante una reunión estratégica de alto
nivel en Ginebra, los funcionarios humanitarios debatieron las posibles
opciones disponibles para ayudar a la afligida población civil
de Liberia: crear pasillos de seguridad para los convoyes de ayuda; lanzar
paquetes desde el aire; albergues seguros; una fuerza internacional de
paz; operaciones fronterizas… Cada una de ellas fue examinada y
desechada como impracticable mientras no se viese complementada por una
solución política.
El primer contacto
El ACNUR empezó sus operaciones en 1951, principalmente para ayudar
a los refugiados europeos en los momentos posteriores a la Segunda Guerra
Mundial, pero unos años más tarde la agencia comenzó
su larga asociación con África. El 31 de mayo de 1957, el
entonces Primer Ministro tunecino Habib Bourguiba solicitaba al ACNUR
“examinar la forma en que el Alto Comisionado podría ayudar
a mi Gobierno a resolver el problema de los refugiados argelinos”
que por entonces huían a los estados vecinos debido a la guerra
de independencia de su país contra Francia.
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Un masivo campo de refugiados para ruandeses
en Tanzania.
ACNUR/A. HOLLMANN/CS/ZRE/•1994 |
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La agencia
respondió y, durante esa misma crisis, se vio involucrada
por primera vez en las denominadas coyunturas postconflicto: ayudar
a los antiguos refugiados después de regresar a sus hogares.
“El destino de los ex-refugiados repatriados no puede seguir
disociándose del de la población argelina en su totalidad
sin poner gravemente en peligro la estabilidad social del país”,
escribía el Alto Comisionado Felix Schnyder por aquellos
días, creando un importante precedente para el futuro trabajo
de protección del ACNUR.
En 1969, África hizo otra importante contribución
a la protección global del refugiado al adoptar la Organización
para la Unidad Africana (OUA) su propia convención, que,
por primera vez, ampliaba la denominación de refugiado a
las personas que huían en grandes grupos y que escapaban
de cosas tales como la agresión externa, la ocupación
o dominación extranjera. Incluía el principio, hoy
universalmente aceptado, de la repatriación “voluntaria”.
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Durante aquellos primeros días de la era postcolonial,
muchos de los civiles que buscaban protección en los países
africanos, se trasladaban simplemente a las comunidades ya establecidas;
en lenguaje oficial, se integraban localmente.
En las décadas siguientes, sin embargo, este modelo cambió
y cada vez se albergaba a más refugiados en extensos campamentos,
desatando un vivo y, a menudo, áspero debate entre gobiernos y
agentes humanitarios sobre quién era el responsable de difundir
esta “cultura de campamentos” y sobre las ventajas y desventajas
del sistema.
Jeff Crisp, de la unidad de evaluación de ACNUR, cree que el “clima
de deterioro” contra los refugiados y su creciente reclusión
en campamentos se originó a mediados de los años 80. Los
países occidentales, asegura, habían comenzado a endurecer
sus leyes para los solicitantes de asilo, alentando a los países
africanos a seguir el ejemplo; el número de refugiados aumentó
dramáticamente al mismo tiempo que las economías africanas
se deterioraban; y, perversamente, la propagación de la democracia
permitió a un cada vez mayor número de políticos
utilizar las cuestiones sobre refugiados como una pelota de fútbol
político.
| Hoy
se estima que 2,4 millones de personas viven en 267 campamentos
en todo el mundo, 170 de los cuales están en África.
Las imágenes de tiendas y cabañas extendiéndose
casi sin fin a lo largo del paisaje africano se han vuelto sinónimo
de la tragedia de los refugiados, y las grabaciones de vídeo
han captado dramáticamente las condiciones, a menudo miserables,
de decenas de miles de personas que viven hacinadas, engendrando
enfermedad y crimen, dañando el entorno local y convirtiéndose
en centros naturales de alistamiento o en escondite de guerrilleros
armados. |
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“La triste realidad es que lo que ha
llevado décadas construir puede destruirse casi de
la noche a la mañana”. |
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Cada vez más, sin embargo, los gobiernos africanos,
que son quienes en última instancia determinan la ubicación
de los refugiados, han decidido que, por razones de seguridad, para proteger
el interés de las comunidades locales amenazadas por grandes avalanchas
de gente y para que sirvan como fácil “ejemplo” de
lo que suponen las grandes concentraciones de refugiados a los periodistas
y a los políticos en busca de contribuciones internacionales, los
campamentos son la mejor opción pese a sus obvias desventajas.
Según Jeff Crisp, estos campamentos pueden servir para otros propósitos.
Puede que los refugiados prefieran integrarse localmente si sus vecinos
son del mismo origen étnico. Pero puede que se aferren a seguir
en los campamentos por razones de seguridad si se encuentran en un entorno
étnico distinto. Además, los complejos pueden servir de
red de seguridad dentro de una estrategia de supervivencia más
amplia: los refugiados más jóvenes y fuertes se aventuran
a salir en busca de trabajo mientras que las mujeres y los niños
permanecen en el campamento, donde tienen asegurado un cierto grado de
protección y, al menos, un suministro mínimo de artículos
humanitarios.
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La educación es la llave del
éxito de la reintegración de refugiados. ©
S . SALGADO•AGO |
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Para
intentar equilibrar los intereses en conflicto, los grupos humanitarios
como el ACNUR han creado una panoplia de programas flexibles. Cada
vez se concede más importancia a la ayuda de los refugiados
y las comunidades locales por igual a la hora de construir escuelas,
clínicas o carreteras.
Aunque, en algunos casos, los campamentos seguirán siendo
necesarios, la agencia para los refugiados ha estimulado la integración
local siempre que ha sido posible. En Zambia, por ejemplo, un proyecto
puesto en marcha recientemente ayudará a algunos de los 247.000
refugiados de dicho país a afincarse en los pueblos y ciudades
cercanos, a encontrar trabajo y, con suerte, a convertirse en miembros
productivos de la sociedad zambiana.
Irak, y Afganistán antes, sugieren que la comunidad internacional
centra sus esfuerzos en cada momento en una sola gran crisis. África,
sin embargo, se encuentra en
una crisis permanente y el |
Representante del ACNUR, David Lambo, teme que “estemos
luchando por un puesto en el escenario mundial. Pero no podemos perder
la esperanza por África”.
Por su parte, el Alto Comisionado Lubbers insiste en que seguirá
“sacando a relucir ante los países desarrollados la cuestión
de que deben prestar más atención a los refugiados africanos”,
independientemente de lo que ocurra en otras partes del mundo.
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