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África al límite

El número de víctimas es desolador, pero ¿hay más luz ahora al final del túnel?


por Ray Wilkinson

En una época de guerras cortas, de número “controlado” de víctimas y de imágenes esterilizadas como las que emergen de Irak, los sucesos de África resultan casi incomprensibles.

En el corazón profundo de la cuenca del Congo, unos tres millones de personas, quizás muchas más, han perecido durante una guerra sin tregua descrita como el conflicto documentado más sangriento de la historia de África. Y cuando los marines norteamericanos barrían todavía los últimos focos de resistencia en Bagdad frente al destello de miles de cámaras de televisión, cientos de personas estaban siendo masacradas sin apenas publicidad en la última atrocidad de un remoto rincón de la región del Congo.

Durante el curso del conflicto que empezó en 1998 y que, en ocasiones, llegó a contar con la participación de seis ejércitos de los países vecinos, incontables milicias y bandas locales de criminales, 2,5 millones de personas fueron arrojadas de sus hogares y obligadas a buscar asilo en asfixiantes selvas tropicales o en los estados vecinos.

Angola sufrió un destino parecido. En una guerra civil que ha durado casi tres décadas, se calcula  que ha muerto un  millón de personas,

Los refugiados liberianos huyeron de vuelta a su propio país después de que estallaran los combates en la vecina Costa de Marfil.
ACNUR/M.KAMBER/DP/CIV•2003
 

y un número indeterminado entre tres y cinco millones se ha visto desplazado de sus pueblos y ciudades ancestrales. Se arrastraban a lo largo de un paisaje desecho de un albergue a otro, viéndose a menudo forzadas a comer bayas y raíces para sobrevivir y en constante peligro de ser asesinadas o de quedar mutiladas, no sólo por parte de los combatientes, sino por los millones de minas que convertían a uno de los países más ricos del continente, en una mortal trampa explosiva.

Más al norte, Sudán lleva desestabilizada por la guerra civil prácticamente desde su independencia en 1956, y una vez más el número de víctimas ha tenido proporciones bíblicas, en comparación con los conflictos rápidos y controlados que el público de los países industrializados espera en la actualidad. Han muerto dos millones de personas, cuatro millones vagan por los yermos desérticos del norte y por las sabanas sureñas del mayor país del continente, y medio millón de refugiados se ha visto forzado a huir aún más lejos.

Éstas eran, por supuesto, las mayores y más prolongadas de una serie de catástrofes que primero sacudieron y luego arrasaron grandes extensiones de África: Burundi, Eritrea, Etiopía, Sahara Occidental, Liberia, Congo-Brazzaville y, más recientemente, Costa de Marfil y la República Centroafricana.

Y luego está Ruanda: cerca de un millón de personas fueron masacradas a mediados de los 90 durante el último genocidio ocurrido en el mundo. De nuevo, imágenes de una interminable marea de refugiados arrastrándose por una ondulante nube de polvo, golpeados sin piedad por el último caos.

Una cicatriz

Estas imágenes resultan familiares para la audiencia mundial. Tanto que el Primer Ministro británico Tony Blair repetía insistentemente durante un discurso inaugural de su nueva política que no podía seguir esta anarquía y que “la situación en África es una cicatriz en la conciencia del mundo, pero si éste pone todos sus esfuerzos en sanarla, podemos hacerlo”.

Así pues, dos años después de ese toque de corneta, ¿cómo está África?

En 1995, el ACNUR proporcionó ayuda a siete millones de refugiados. Hoy esa cifra es menos de la mitad.

 

Los países donantes, las agencias humanitarias y los gobiernos proporcionan grandes cantidades de ayuda al continente. El actual presupuesto del ACNUR para África, por ejemplo, es de casi 400 millones de dólares.

Y hay otras buenas noticias. En 1995, el ACNUR proporcionó ayuda a siete millones de refugiados. Hoy la cifra es menos de la mitad (aunque la agencia también ayuda ahora a otro tipo de civiles en apuros, entre otros a las víctimas de la guerra y la persecución que viven dentro de sus propios países. El número total de personas desplazadas en África asciende asombrosamente a 15 millones).

En África occidental, durante los años 90, la nación de Sierra Leona vivió una década de guerra civil, en la que el descuartizamiento de brazos y otros miembros se convirtió en la odiosa firma de un conflicto brutal. Hoy el país disfruta de una frágil paz.

Un número impreciso, entre un millón y 1,5 millones de desplazados internos angoleños y otros 100.000 refugiados de una de las guerras más largas, han regresado “espontáneamente” a sus hogares tras el acuerdo de paz firmado el año pasado. Se espera que cientos de miles sigan el ejemplo este año si las armas permanecen calladas.

En el vasto torbellino de gente en constante movimiento a lo largo y ancho del continente, cerca de 440.000 personas con un largo pasado como refugiados han regresado en los dos últimos años a sus antiguos hogares en el Cuerno de África.

Casi dos millones de refugiados de Burundi, Sudán, Somalia y la región del Congo, pendientes de las distintas negociaciones de paz actualmente en marcha, tienen también la esperanza de ver de nuevo sus hogares en un futuro cercano.

Un país como Estados Unidos, que tradicionalmente ofrece reasentar a los refugiados más vulnerables, presta cada vez más atención a África (aunque el programa general de reasentamiento de Washington aún tiene que recuperarse de los efectos de los atentados terroristas de septiembre de 2001).

Un proyecto denominado Nueva Asociación para el Desarrollo de África, cuyo objetivo es promover la paz y la estabilidad continental mediante el desarrollo sostenible, ha recibido una entusiasta respuesta mundial. Con una nueva era de paz, la mayor parte de las personas desplazadas podrían también empezar sus vidas de nuevo.

Una encrucijada

Pero, indudablemente, África sigue estando en el filo de la navaja.

El Alto Comisionado Ruud Lubbers ha dicho: “África se encuentra de nuevo en la encrucijada”. Aunque “millones de civiles han muerto directamente en el fragor de la guerra, también hay esperanza (…) en lugares como Sierra Leona, Angola y en el Cuerno de África”.

David Lambo, director del Departamento para África del ACNUR, insiste en que, en cuestiones puramente humanitarias, “estamos algo más avanzados que hace seis meses. Ahora se ve más luz al final del túnel. Pero es igualmente cierto que el continente se encuentra ante una nueva línea divisoria”.

¿Por qué, cuando un mundo cada vez más pequeño puede dedicar tanta atención y ayuda -al menos a corto plazo- en lugares como Afganistán y últimamente Irak, África sigue pareciendo tan desesperada y tan ignorada?

El continente continúa generando sus propios déspotas y sus políticas descarriadas, pero el malestar es más profundo que todo eso. África se sigue viendo como una tierra lejana, las crisis humanitarias ocurren “allá”, tanto los donantes de dinero como los países receptores de refugiados sufren de “fatiga hacia el refugiado”, la ayuda proporcionada es simplemente insuficiente y, en apariencia, el continente ha dejado de tener una importancia estratégica.

Hace tan sólo unos años, lugares como Zaire y Angola eran apreciados por su petróleo y sus minerales. Pero las tropas de Cuba y de la Sudáfrica blanca -“vicarios” de las grandes potencias- abandonaron Angola hace tiempo. Esta implicación del exterior sirvió de catalizador para muchos de los problemas del continente, pero, cuando los extranjeros se marcharon, África se quedó sufriendo casi en silencio y sin la ayuda necesaria para resolver el embrollo.

En el corazón profundo de la cuenca del Congo, han muerto unos tres millones de personas durante una guerra sin tregua descrita como el conflicto documentado más sangriento de la historia de África.

Economías que podrían ser autosuficientes sufren un cortocircuito debido a las normas elaboradas por capitales distantes. Los granjeros africanos podrían ayudar a alimentar el mundo, pero los subsidios agrícolas concedidos a los productores en los países industrializados disminuyen una de las pocas opciones viables que tiene el continente para salir de su ciclo de privación y pobreza y que, a su vez, alimenta las guerras y genera la huida de refugiados.

Ricos donantes e instituciones internacionales han gastado millones de dólares en ayuda humanitaria a corto plazo, especialmente cuando miles de personas morían frente a las cámaras de televisión, como ocurrió en Ruanda, pero tienen pocos deseos de respaldar el desarrollo a largo plazo.

Argelinos: Los primeros
refugiados de África.
ACNUR/S. WRIGHT/524

La sanidad, la educación y los servicios sociales se derrumban. El VIH/SIDA ha alcanzado proporciones epidémicas en muchos países africanos y sólo en 2001, murieron allí más de dos millones de personas por esta enfermedad. Otros ocho millones sucumbieron ante dolencias de fácil tratamiento como la malaria, el sarampión y la diarrea. Con esta tasa de mortalidad, la población de un país europeo de tamaño modesto como Gran Bretaña o Francia desaparecería totalmente en menos de una década.

Pero es posible que algunos de los supuestos mencionados sean erróneos. África ya no es una “tierra lejana”. Decenas de miles de africanos caminan miles de kilómetros cada año hasta las costas norteñas del continente, donde suben a bordo de barcas que apenas se mantienen a flote para intentar llegar a Europa. David Lambo advierte: “Hay una sensación de desesperación total entre muchos africanos y este tipo de gente va a luchar directamente por entrar” en Europa y otras regiones prósperas.

Puede también que África acabe convirtiéndose en el punto más vulnerable de la lucha del mundo industrializado contra el terrorismo mundial. Los campos de refugiados y el caos de lugares como Somalia no sólo proporcionan una protección efectiva para los terroristas de Al Qaida, sino que son un criadero  de futuros asesinos.  África oriental ya

ha sufrido ataques letales contra las embajadas norteamericanas en Kenia y Tanzania y contra turistas israelíes en Kenia.

La doble moral

Y luego está la supuesta doble moral: simplemente, los africanos desplazados no reciben, en comparación, la misma ayuda que los refugiados de otras partes del mundo, un problema puesto de manifiesto por la crisis de Irak.

Cuando ya se veía venir la guerra, el Presidente afgano Hamid Karzai rogaba a Washington: “No nos olvidéis si ocurre lo de Irak”.

Su país había visto una invasión soviética y la consiguiente lucha entre grandes potencias, el abandono virtual durante años por parte de una comunidad internacional desinteresada, una nueva intervención extranjera y, finalmente, las promesas renovadas de que el pasado no se repetiría y de que esta vez el mundo industrializado apoyaría a Kabul.

Siendo la realpolitik lo que es, Karzai no estaba convencido.

Para los críticos de la actual estructura mundial humanitaria, además, el conflicto de Irak ha sido la prueba más evidente. Según ellos, ha puesto vivamente de manifiesto la denominada doble moral: la voluntad de dedicar masivos recursos militares, económicos y financieros a Oriente Medio en apoyo de objetivos que igualmente podrían aplicarse a África: apoyar la libertad y la democracia, proporcionar ayuda humanitaria a una población desesperada, acabar con el terrorismo.

El sistema de las Naciones Unidas puso en marcha su mayor llamamiento de la historia para conseguir 2.200 millones de dólares en ayuda humanitaria para Irak, un objetivo que indudablemente se hubiera cumplido de haberse prolongado el conflicto.

 


En el mismo período, los recaudadores de fondos que intentaban encontrar dinero para África informaban en coro de que a principios de año los donantes tradicionales “se encontraban de brazos cruzados”, negándose a comprometerse con otros objetivos hasta que se viera claramente qué dirección tomaría la guerra de Irak. Una delegación europea comentó enfáticamente este año que “Angola es un país lo suficientemente rico como para financiar su propia repatriación”, ante lo que los desesperados representantes humanitarios preguntaron en un tono de voz elevado si esas mismas reglas se aplicarían a los refugiados iraquíes.

Los analistas africanos dirigían su mirada a las enormes aunque vacías ciudades de tiendas de campaña situadas en los bordes del desierto de Irak, a la espera de refugiados que nunca llegarían, y las comparaban con el bajo nivel de interés y de cobertura mediática dedicados a las decenas de miles de personas que en ese mismo momento huían en África occidental de Costa de Marfil.

El Alto Comisionado Lubbers insistía: “Me preocupa que el interés mostrado por Irak haya disminuido el interés por África. Siempre que se necesita dinero para África, las contribuciones disminuyen en vez de aumentar”.

Los cálculos sugieren que el presupuesto de la agencia para los refugiados de este año para África se quedará corto en un 15 por ciento, una cantidad que Lubbers calificó de “menos que el coste de una hora de guerra en Irak” pero que, sin embargo, exigirá dolorosos recortes en materia de educación, autosuficiencia y otros programas básicos.

“Ahora se ve más luz al final del túnel. Pero es igualmente cierto que el continente se encuentra ante una nueva línea divisoria”.

El Programa Mundial de Alimentos (PMA) estima que unos 40 millones de africanos se enfrentan a hambrunas. James Morris, Director Ejecutivo del PMA, explicaba recientemente al Consejo de Seguridad de la ONU: “Pese a no gustarme la idea, no puedo dejar de pensar que tenemos una doble moral. ¿Cómo es que aceptamos rutinariamente un nivel de sufrimiento y desesperación en África que jamás aceptaríamos en cualquier otra parte del mundo? Simplemente no podemos dejar que esto continúe”.

Observando que al comienzo de la guerra de Irak cada familia tenía almacenada comida para un mes, Morris señaló que los africanos que se enfrentan al hambre, “la mayoría mujeres y niños, considerarían una bendición impagable tener tal cantidad de alimentos”.

Estafados

¿Acaso se estafa a los africanos? Comparar el dinero que se gasta por cada refugiado en las distintas partes del mundo puede resultar un ejercicio poco fiable y no reflejar la cantidad “real” que cada persona recibe. El coste de construir refugios en los Balcanes, por ejemplo, puede ser superior al de África y distorsionaría sin duda cualquier comparación directa del tipo “dolar por refugiado”.

Pero el ACNUR ha aprobado un nivel mínimo de ayuda para cada refugiado e incluso estos índices mínimos, que cubren necesidades tales como comida, agua y vivienda, se incumplen constantemente en África debido a la ausencia de recursos financieros adecuados y de mano de obra.

Refugiados sarahavis en Argelia.
ACNUR/A. HOLLMANN/CS/DZA•1998

El Programa Mundial de Alimentos ha reducido las de por sí limitadas raciones a la mitad en algunos campos de refugiados. Las personas desplazadas en el Cuerno de África, uno de los lugares más inhóspitos del planeta durante los abrasadores meses de verano, deberían recibir un mínimo de 20 litros de agua por día, pero durante la emergencia de los años 90 algunos se veían forzados a sobrevivir con menos de tres litros. Carestías similares son comunes hoy en día. En algunos campamentos sólo un 30 por ciento de los niños reciben algún tipo de educación.

Jeff Crisp, jefe de la unidad de evaluación del ACNUR, comenta que el estado desesperado de algunos campamentos se irá deteriorando con el tiempo, como reflejo de la “fatiga” general con las crisis prolongadas y el desvío de los escasos recursos a otros proyectos.

La agencia ha empezado ahora a compilar un exhaustivo “análisis de las lagunas” existentes entre los objetivos mínimos establecidos y la realidad sobre el terreno.

A lo largo del continente, las condiciones varían ampliamente y el estudio cubre sólo a los refugiados en campos establecidos o centros de tránsito y no a quienes viven en las comunidades locales.

Es difícil que los déficits sirvan de material para un titular internacional, pero sí ponen de manifiesto el argumento de James Morris, del PMA, de que las condiciones de vida diarias de muchas personas desarraigadas son inaceptables bajo cualquier criterio internacional.

Los campos de Kakuma y Dadaab en Kenia figuran entre los más grandes de África, albergando entre ambos a 180.000 personas. El estudio muestra que la última distribución a gran escala, incluso de artículos tan cotidianos como mantas, garrafas y utensilios de cocina, fue hace siete años y que, probablemente, dichos artículos han perecido hace largo tiempo. El informe advierte: “La no renovación (de los artículos) agravará la de por sí precaria situación en los campamentos. Esto puede dar como resultado el estallido de un número de enfermedades asociadas con el frío, la falta de instalaciones higiénicas, etc.”.

En Dadaab, donde las temperaturas estivales pueden superar los 40° C, los refugiados reciben actualmente 17 litros de agua por día, pero se supone que con esta cantidad deben dar de beber también a su ganado. En la escuela, sólo hay un lavabo por cada 275 estudiantes, en contraste con el objetivo de uno por cada 20; hay 144 niños en cada aula y un maestro por cada 60 niños. Dada la restricción de fondos, las lagunas no se podrán superar en un futuro cercano y el informe señala que la agencia “no habrá cumplido con su deber de garantizar el derecho básico de los niños a la educación primaria”.

Un 75 por ciento de las mujeres embarazadas están anémicas. El espacio disponible para cada refugiado es de menos de tres metros cuadrados -el nivel mínimo es de 3,5 metros cuadrados- y “las viviendas se encuentran en condiciones patéticas”. El informe añade que “no conseguir una mejora en las condiciones de vida de los refugiados (…) dificultaría la lucha contra las afecciones respiratorias y otras enfermedades asociadas, así como la protección de su privacidad y su seguridad emocional”.

Abigail sigue viviendo la pesadilla del refugiado. Desde los 13 años no ha dejado de huir en busca de un lugar donde refugiarse… Sin embargo, no para de toparse en cada ocasión con la última guerra iniciada en África.

La lucha por los fondos

Excepto para las emergencias de alto perfil como la de Irak, cada vez es más difícil obtener dinero de los donantes tradicionales del mundo industrializado para alguno de los 22 millones de personas que el ACNUR ayuda a nivel mundial.

Algunos críticos responsabilizan a las propias agencias humanitarias de haber contribuido a los problemas de financiación en África al anticipar lo que los donantes están dispuestos a ofrecer, en vez de evaluar de forma realista las verdaderas necesidades sobre el terreno, ejerciendo de hecho una autocensura sobre las necesidades.

Puede que éste sea un buen y juicioso planteamiento comercial. Un aumento espectacular y “no razonable” en la petición de los fondos “habituales” para África con respecto a lo que los prestadores están acostumbrados a dar podría tener el efecto contrario y desatar una reacción que afectaría a otros programas mundiales.

En ruta en Sudán.
©PANOS/S. TORFINN

Pero hace tres años, Julia Taft, entonces Ayudante del Secretario de Estado de EE.UU. para la Oficina de Población, Refugiados y Migración, de hecho la principal responsable en Norteamérica en materia de refugiados, manifestaba a la revista REFUGIADOS: “La dicotomía de cómo se ha tratado a los refugiados de, pongamos por caso, Guinea, frente a cómo se ha tratado a los de Kosovo es totalmente inaceptable para todos nosotros; inaceptable es gastarse menos de 20 millones de dólares en 500.000 refugiados de Sierra Leona y luego pedir 240 millones de dólares para un número equivalente de refugiados en Kosovo. Ni es justo ni es correcto”.

Después Taft perfiló un planteamiento en el que Washington ha insistido desde entonces cada vez que mantiene discusiones sobre contribuciones para África: “Si es necesario, los donantes deben ser los malos de la película. El ACNUR tiene que decirnos qué se necesita realmente y forzar a los donantes a decir no nos lo podemos permitir antes que establecer un criterio en función de lo que cree que los donantes estarán dispuestos a dar”.

Pese a su réplica, poco ha cambiado y los niveles generales de recaudación han seguido disminuyendo. Por todo el mundo, las oficinas regionales se ven obligadas a luchar y hacer trueque por cada escaso dólar disponible en un proceso anual que deja sus magulladuras. Un recién llegado a África occidental, desacostumbrado a este tira y afloja, salió literalmente de su primera sesión presupuestaria como si hubiera sufrido una conmoción de guerra. “La oficina sobre el terreno había presupuestado inicialmente 185 dólares de ayuda por cada persona desplazada”, recuerda. “Eso se recortó a 70 dólares. Finalmente cerramos el acuerdo en una cifra intermedia. Me sentí como en un bazar de Estambul, regateando por una alfombra más que intentando salvar vidas humanas”.

Esperanza y desesperación

África occidental es un microcosmos tanto de la esperanza como de la desesperación que atenaza al continente entero. Supone una advertencia de que las cosas, incluso en la sociedad aparentemente más estable, pueden descontrolarse rápidamente o, por el contrario, de que con la ayuda adecuada se puede poner en pie de nuevo a un país.

En 1998, el sastre y padre de siete hijos Alie K. fue capturado por los rebeldes de Sierra Leona. En un horripilante ritual, habitual durante la década de guerra civil, los guerrilleros le cercenaron la mano izquierda. “Fueron tres los autores, uno me apuntaba con un arma y los otros dos cortaban”, recordaría Alie más tarde. También le cortaron la mano derecha y le dieron de latigazos antes de huir a la selva. Como sangraba profusamente, “me arranqué el resto de la mano izquierda y la tiré por ahí porque no podía sujetarla mientras corría”, contaba Alie.

Atrocidades como ésta eran típicas, pero hoy, en un sorprendente giro, Sierra Leona disfruta de una frágil recuperación después de que, en 2002 y tras diez años, finalizase la guerra civil. Se ha elegido un Gobierno civil, se está reconstruyendo la policía y el ejército y unos 14.000 soldados de las Naciones Unidas ayudan a mantener la paz.

El ACNUR y otras agencias humanitarias han ayudado a más de 220.000 refugiados y a cientos de miles de desplazados internos a regresar a sus hogares en los dos últimos años, incluidos cerca de 26.000 refugiados durante el presente año.

Se ha lanzado el denominado proyecto piloto de las 4 R. El Alto Comisionado Ruud Lubbers describía la iniciativa de las 4 R como un intento de crear un flujo “sin fisuras” de ayuda por parte de gobiernos y agencias humanitarias y de desarrollo durante las cuatro grandes fases de un retorno de refugiados: repatriación, reintegración, rehabilitación y reconstrucción. Algunas de las anteriores operaciones de refugiados fracasaron por interrupciones en la cadena de ayuda, creando un infame “intervalo” en la asistencia y amenazando con socavar el proceso de paz en su totalidad y provocar nuevas oleadas de refugiados.

Cuando el ACNUR se retire totalmente de Sierra Leona en 2005, habiendo gastado allí entre 80 y 100 millones de dólares, las agencias de desarrollo como el Banco Mundial tomarán el relevo, acelerando la reconstrucción a largo plazo del creciente número de escuelas, clínicas y otras infraestructuras.

En 2001 murieron dos millones de personas por el VIH/SIDA. Otros ocho millones han sucumbido ante dolencias de fácil tratamiento. A este ritmo, la población de un país europeo de tamaño modesto desaparecería totalmente en menos de una década.

Sierra Leona ha creado recientemente la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, similar a la junta creada en Sudáfrica para ayudar al país a superar el trauma y los crímenes de la era del apartheid. El Presidente Ahmed Tejan Kabbah aseguraba que esta comisión ofrecería “una contribución terapéutica al proceso de paz, la sanación de los traumas y la eliminación de las cicatrices emocionales del conflicto armado”.

El primer testigo, Tamba Finnoh, describió cómo lo secuestraron y le cortaron el brazo derecho, pero luego añadió: “Lo he superado y estoy dispuesto a perdonar”.

Pesadilla total

En contraste, Abigail, de 26 años, sigue viviendo la pesadilla del refugiado, símbolo de cómo las cosas pueden torcerse en los lugares más insospechados.

Desde los 13 años ha huido constantemente en busca de un lugar donde refugiarse. Tal protección, sin embargo, se ha mostrado esquiva, y esta mujer parece toparse siempre con la última guerra iniciada en África.

Huyó de Liberia en 1990, cuando era una adolescente, en el momento en que ese país se sumergía en el último episodio de guerra civil. Caminó a pie por la costa del Golfo de Guinea, infestada de enfermedades, hasta que llegó a la capital de la vecina Costa de Marfil. Hace una década, Abidjan era el epítome del sueño africano postcolonial, una ciudad de relucientes torres de oficinas, sofisticados restaurantes franceses, pulcros diplomáticos, negocios florecientes y la única pista de patinaje sobre hielo del África negra con vistas a unos antiguos manglares. Los refugiados liberianos y cientos de miles de trabajadores extranjeros de los países vecinos alimentaban la expansión económica pero vivían en condiciones algo menos saludables, en el cinturón de chabolas alrededor de la ciudad.

El ACNUR ha aprobado un nivel mínimo de ayuda para cada refugiado, pero incluso estos índices básicos, que cubren necesidades tales como comida, agua y vivienda, se incumplen constantemente en África.

 

Abigail consiguió completar su educación y se hizo maestra en la localidad de Tabou, junto a la frontera de ambos países, pero a finales del año pasado el sueño marfileño, que llevaba muchos años desmoronándose, estalló en una guerra civil entre el Gobierno y militares rebeldes.

Ocurrió lo impensable. Refugiados liberianos, ciudadanos de Costa de Marfil y trabajadores extranjeros invadidos por el pánico salieron del país, casi 100.000 de ellos a Liberia, un país atenazado por el mismo conflicto del que Abigail había huido 13 años antes. La maestra liberiana se encontró de nuevo entre una oleada de civiles en movimiento, emprendiendo lo que el New York Times denominó el camino “de una orilla del infierno a la otra… un viaje funestamente absurdo, que en última instancia podía resultar fútil, en busca de seguridad”.

Y eso es lo que le ocurrió a Abigail. Una unidad de protección del ACNUR, en misión de supervisión por dicha región fronteriza, se la encontró en un puesto de control militar dentro de Costa de Marfil.

“Sabía el horror al que me enfrentaba volviendo a Liberia”, decía sentada tranquilamente junto a un viejo autobús con otros 26 pasajeros mientras que unos nerviosos pero agresivos soldados de Costa de Marfil revolvían entre sus pertenencias y debatían su futuro inmediato. “En los últimos años han matado a mi padre y a la mayor parte de mi familia”, aseguraba: “Pero la radio decía que la situación era de calma en Liberia, mejor que aquí”, donde cada vez más tachaban a todos los liberianos de rebeldes o de traficantes de droga.

Anduvo durante dos días por Liberia hasta llegar al pequeño pueblo donde vive su madre, pero tanto en el Este como en algunas zonas del Oeste el país se sumergía progresivamente en la guerra. “No había comida. No había ley ni orden”, decía: “Hombres con armas se apoderaban de lo que les daba la gana. El país entero estaba invadido por el pánico”.

Por segunda vez decidió hacer lo impensable: escapar de una guerra a la “seguridad” que la otra ofrecía, volviendo sobre sus propios pasos. Con una pequeña bolsa de nylon a la espalda, que contenía dos mudas de ropa y unos pocos cosméticos, caminó de nuevo hasta la frontera, la cruzó y tomó el autobús hasta su antiguo “hogar”, en la ciudad costera de Tabou, antes de que los soldados la detuviesen.

Habiéndose librado de una posible muerte, se enfrentaba ahora a la perspectiva de una violación. Uno de los soldados le quitó su carnet de identidad de refugiado y le dijo que se lo devolvería a la mañana siguiente, pero sólo si pasaba la noche con él.

Las condiciones de los refugiados pueden ser muy diferentes en África en comparación con Europa.
ACNUR/R. CHALASANI/CS/YUG•2001

 

“Lo hare”, le dijo esta mujer soltera, atractiva y totalmente vulnerable a este tipo de coacción, a la funcionaria de protección Chiara Cardoletti: “¿Qué supone una noche de miseria comparada con toda una vida de degradación?”.
Negociaciones, llamadas telefónicas, amenazas y desplantes. Finalmente soltaron a Abigail indemne. Entre la miseria y el sufrimiento generalizados, se había conseguido una pequeña pero importante victoria para la protección.

Expectativas cambiantes

Panos Moumtzis, un veterano de anteriores emergencias de refugiados, entre otras la de la primera Guerra del Golfo, Somalia y la crisis africana de los Grandes Lagos a mediados de los 90, aguardaba su traslado a Abidjan con la ilusión de algo distinto en su experiencia con los refugiados. “Tenía una sensación muy buena. Por una vez, entre tanta miseria, éste iba a ser un proyecto feliz”.

Junto a la costa de Tabou, la nueva directora de la oficina, Anne Dolan, también otra veterana en emergencias de refugiados “normales”, tenía esa misma esperanza.

“Sorpresa, sorpresa”, diría Anne Dolan más tarde.

Funcionarios de protección del ACNUR entrevistando a refugiados liberianos.
ACNUR/R. WILKINSON/CS/CIV•2003

Hubo una época en que Costa de Marfil había albergado a unos 200.000 refugiados liberianos. Muchos habían sido recibidos “como hermanos y hermanas en apuros” por el padre fundador de la nación, el Presidente Felix Houphouet-Boigny, y se habían integrado en las comunidades locales. Sólo había un pequeño campo de refugiados llamado Nicla para unas 3.000 personas.

En un ambiente tan aparentemente benigno, Moumtzis y Dolan esperaban dedicarse exclusivamente a proyectos para promover la integración, la educación y la autoayuda, “algo realmente positivo y más satisfactorio que ver tanto sufrimiento y muerte todo el rato en otras crisis”.

En la capital, en la noche del 18 al 19 de septiembre, Moumtzis se despertó por el ruido de los disparos. Era el comienzo de un conflicto que haría caer en barrena  al  que en otros tiempos fuera un estable  país y que cambiaría

las vidas, no solamente de los refugiados allí asilados, sino de muchos miles de ciudadanos locales y trabajadores extranjeros de los países vecinos.

“Prácticamente de la noche a la mañana, se produjo un giro de 180 grados en las operaciones del ACNUR”, recuerda Moumtzis: “Se acabó la construcción de escuelas, clínicas e infraestructuras para ayudar a los refugiados a integrarse. Pasamos a una fase normal de emergencia, intentando conseguir lugares seguros para albergar a la gente y sacándola de situaciones de peligro. La xenofobia y el nacionalismo habían destruido los sentimientos de hermandad y buena vecindad”.

Mientras ayudaba a una triste procesión de gente a cruzar hasta Liberia, relata Dolan, “todo el mundo se enfrentaba a un horrible dilema: ¿Debo quedarme aquí donde podrían matarme o debo ir a Liberia, donde también pueden matarme, sólo que no tan rápido? Ver aquello era espantoso”.

En abril, empezaron a regresar algunos de los miles de civiles que habían huido a Liberia. Sin prácticamente ningún funcionario humanitario presente en Liberia oriental, el ACNUR vigiló la frontera común, proporcionando asistencia cuando podía, intentando ayudar a varios miles de refugiados a trasladarse, como medida de seguridad, a unos centros de tránsito construidos precipitadamente, solicitando a los países vecinos que aceptasen a algunos de los liberianos amenazados. Hubo pocas respuestas positivas.

“La triste realidad es que lo que ha llevado décadas construir puede destruirse casi de la noche a la mañana”, dice Moumtzis.

El elefante renegado

Los refugiados liberianos que tanto han sufrido se han convertido en parias dentro de los estados vecinos, siendo catalogados como alborotadores o, peor aún, como rebeldes o traficantes de armas y drogas. Las condiciones dentro del país, atrapados entre la esperanza de Sierra Leona y la desesperación de Costa de Marfil, han seguido deteriorándose.

Las crisis de refugiados se producen por una combinación de factores -problemas internos de orden político, económico o militar- que pueden verse exacerbados por acontecimientos e influjos de los países cercanos. Un alto representante humanitario describía Liberia como el “elefante renegado” del África occidental, un país en guerra consigo mismo desde 1989, pero que también exporta caos y anarquía a sus vecinos como un “cáncer”.

Gran parte del país es ahora zona prohibida. Los trabajadores humanitarios salieron de Liberia oriental tras el brutal asesinato de tres representantes del Grupo Adventista Americano ADRA a principios de este año. En este estado general de anarquía, unas semanas más tarde, nada más cruzar la frontera de Costa de Marfil, asesinaron a cuatro trabajadores locales de la Cruz Roja.

El Programa Mundial de Alimentos ha reducido las raciones de comida a sus destinatarios durante abril y mayo. En la primavera, los recelosos donantes sólo habían contribuido con un 2 por ciento de los 42,6 millones solicitados por la ONU para este año.

África occidental es un microcosmos tanto de la esperanza como de la desesperación que atenazan al continente. Supone una advertencia de que las cosas, incluso en la más estable de las sociedades, pueden descontrolarse rápidamente o, por el contrario, de que es posible poner a un país en pie de nuevo.

Durante una reunión estratégica de alto nivel en Ginebra, los funcionarios humanitarios debatieron las posibles opciones disponibles para ayudar a la afligida población civil de Liberia: crear pasillos de seguridad para los convoyes de ayuda; lanzar paquetes desde el aire; albergues seguros; una fuerza internacional de paz; operaciones fronterizas… Cada una de ellas fue examinada y desechada como impracticable mientras no se viese complementada por una solución política.

El primer contacto

El ACNUR empezó sus operaciones en 1951, principalmente para ayudar a los refugiados europeos en los momentos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, pero unos años más tarde la agencia comenzó su larga asociación con África. El 31 de mayo de 1957, el entonces Primer Ministro tunecino Habib Bourguiba solicitaba al ACNUR “examinar la forma en que el Alto Comisionado podría ayudar a mi Gobierno a resolver el problema de los refugiados argelinos” que por entonces huían a los estados vecinos debido a la guerra de independencia de su país contra Francia.

Un masivo campo de refugiados para ruandeses en Tanzania.
ACNUR/A. HOLLMANN/CS/ZRE/•1994

La agencia respondió y, durante esa misma crisis, se vio involucrada por primera vez en las denominadas coyunturas postconflicto: ayudar a los antiguos refugiados después de regresar a sus hogares. “El destino de los ex-refugiados repatriados no puede seguir disociándose del de la población argelina en su totalidad sin poner gravemente en peligro la estabilidad social del país”, escribía el Alto Comisionado Felix Schnyder por aquellos días, creando un importante precedente para el futuro trabajo de protección del ACNUR.

En 1969, África hizo otra importante contribución a la protección global del refugiado al adoptar la Organización para la Unidad Africana (OUA) su propia convención, que, por primera vez, ampliaba la denominación de refugiado a las personas que huían en grandes grupos y que escapaban de cosas tales como la agresión externa, la ocupación o dominación extranjera. Incluía el principio, hoy universalmente aceptado, de la repatriación “voluntaria”.

Durante aquellos primeros días de la era postcolonial, muchos de los civiles que buscaban protección en los países africanos, se trasladaban simplemente a las comunidades ya establecidas; en lenguaje oficial, se integraban localmente.

En las décadas siguientes, sin embargo, este modelo cambió y cada vez se albergaba a más refugiados en extensos campamentos, desatando un vivo y, a menudo, áspero debate entre gobiernos y agentes humanitarios sobre quién era el responsable de difundir esta “cultura de campamentos” y sobre las ventajas y desventajas del sistema.

Jeff Crisp, de la unidad de evaluación de ACNUR, cree que el “clima de deterioro” contra los refugiados y su creciente reclusión en campamentos se originó a mediados de los años 80. Los países occidentales, asegura, habían comenzado a endurecer sus leyes para los solicitantes de asilo, alentando a los países africanos a seguir el ejemplo; el número de refugiados aumentó dramáticamente al mismo tiempo que las economías africanas se deterioraban; y, perversamente, la propagación de la democracia permitió a un cada vez mayor número de políticos utilizar las cuestiones sobre refugiados como una pelota de fútbol político.

Hoy se estima que 2,4 millones de personas viven en 267 campamentos en todo el mundo, 170 de los cuales están en África.

Las imágenes de tiendas y cabañas extendiéndose casi sin fin a lo largo del paisaje africano se han vuelto sinónimo de la tragedia de los refugiados, y las grabaciones de vídeo han captado dramáticamente las condiciones, a menudo miserables, de decenas de miles de personas que viven hacinadas, engendrando enfermedad y crimen, dañando el entorno local y convirtiéndose en centros naturales de alistamiento o en escondite de guerrilleros armados.

“La triste realidad es que lo que ha llevado décadas construir puede destruirse casi de la noche a la mañana”.

Cada vez más, sin embargo, los gobiernos africanos, que son quienes en última instancia determinan la ubicación de los refugiados, han decidido que, por razones de seguridad, para proteger el interés de las comunidades locales amenazadas por grandes avalanchas de gente y para que sirvan como fácil “ejemplo” de lo que suponen las grandes concentraciones de refugiados a los periodistas y a los políticos en busca de contribuciones internacionales, los campamentos son la mejor opción pese a sus obvias desventajas.

Según Jeff Crisp, estos campamentos pueden servir para otros propósitos. Puede que los refugiados prefieran integrarse localmente si sus vecinos son del mismo origen étnico. Pero puede que se aferren a seguir en los campamentos por razones de seguridad si se encuentran en un entorno étnico distinto. Además, los complejos pueden servir de red de seguridad dentro de una estrategia de supervivencia más amplia: los refugiados más jóvenes y fuertes se aventuran a salir en busca de trabajo mientras que las mujeres y los niños permanecen en el campamento, donde tienen asegurado un cierto grado de protección y, al menos, un suministro mínimo de artículos humanitarios.

La educación es la llave del éxito de la reintegración de refugiados. © S . SALGADO•AGO

Para intentar equilibrar los intereses en conflicto, los grupos humanitarios como el ACNUR han creado una panoplia de programas flexibles. Cada vez se concede más importancia a la ayuda de los refugiados y las comunidades locales por igual a la hora de construir escuelas, clínicas o carreteras.

Aunque, en algunos casos, los campamentos seguirán siendo necesarios, la agencia para los refugiados ha estimulado la integración local siempre que ha sido posible. En Zambia, por ejemplo, un proyecto puesto en marcha recientemente ayudará a algunos de los 247.000 refugiados de dicho país a afincarse en los pueblos y ciudades cercanos, a encontrar trabajo y, con suerte, a convertirse en miembros productivos de la sociedad zambiana.

Irak, y Afganistán antes, sugieren que la comunidad internacional centra sus esfuerzos en cada momento en una sola gran crisis. África, sin   embargo, se   encuentra  en  una  crisis  permanente y el

Representante del ACNUR, David Lambo, teme que “estemos luchando por un puesto en el escenario mundial. Pero no podemos perder la esperanza por África”.

Por su parte, el Alto Comisionado Lubbers insiste en que seguirá “sacando a relucir ante los países desarrollados la cuestión de que deben prestar más atención a los refugiados africanos”, independientemente de lo que ocurra en otras partes del mundo.

 

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En 1998, el sastre y padre de siete hijos Alie K. fue capturado por los rebeldes de Sierra Leona. En un horripilante ritual, habitual durante la década de guerra civil, los guerrilleros le cercenaron la mano izquierda. “Fueron tres los autores, uno me apuntaba con un arma y los otros dos cortaban”, recordaría Alie más tarde. También le cortaron la mano derecha y le dieron de latigazos antes de huir a la selva. Como sangraba profusamente, “me arranqué el resto de la mano izquierda y la tiré por ahí porque no podía sujetarla mientras corría”, contaba Alie.

Atrocidades como ésta eran típicas, pero hoy, en un sorprendente giro, Sierra Leona disfruta de una frágil recuperación después de que, en 2002 y tras diez años, finalizase la guerra civil. Se ha elegido un Gobierno civil, se está reconstruyendo la policía y el ejército y unos 14.000 soldados de las Naciones Unidas ayudan a mantener la paz.

El ACNUR y otras agencias humanitarias han ayudado a más de 220.000 refugiados y a cientos de miles de desplazados internos a regresar a sus hogares en los dos últimos años, incluidos cerca de 26.000 refugiados durante el presente año.

Se ha lanzado el denominado proyecto piloto de las 4 R. El Alto Comisionado Ruud Lubbers describía la iniciativa de las 4 R como un intento de crear un flujo “sin fisuras” de ayuda por parte de gobiernos y agencias humanitarias y de desarrollo durante las cuatro grandes fases de un retorno de refugiados: repatriación, reintegración, rehabilitación y reconstrucción. Algunas de las anteriores operaciones de refugiados fracasaron por interrupciones en la cadena de ayuda, creando un infame “intervalo” en la asistencia y amenazando con socavar el proceso de paz en su totalidad y provocar nuevas oleadas de refugiados.

Cuando el ACNUR se retire totalmente de Sierra Leona en 2005, habiendo gastado allí entre 80 y 100 millones de dólares, las agencias de desarrollo como el Banco Mundial tomarán el relevo, acelerando la reconstrucción a largo plazo del creciente número de escuelas, clínicas y otras infraestructuras.

En 2001 murieron dos millones de personas por el VIH/SIDA. Otros ocho millones han sucumbido ante dolencias de fácil tratamiento. A este ritmo, la población de un país europeo de tamaño modesto desaparecería totalmente en menos de una década.

Sierra Leona ha creado recientemente la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, similar a la junta creada en Sudáfrica para ayudar al país a superar el trauma y los crímenes de la era del apartheid. El Presidente Ahmed Tejan Kabbah aseguraba que esta comisión ofrecería “una contribución terapéutica al proceso de paz, la sanación de los traumas y la eliminación de las cicatrices emocionales del conflicto armado”.

El primer testigo, Tamba Finnoh, describió cómo lo secuestraron y le cortaron el brazo derecho, pero luego añadió: “Lo he superado y estoy dispuesto a perdonar”.

Pesadilla total

En contraste, Abigail, de 26 años, sigue viviendo la pesadilla del refugiado, símbolo de cómo las cosas pueden torcerse en los lugares más insospechados.

Desde los 13 años ha huido constantemente en busca de un lugar donde refugiarse. Tal protección, sin embargo, se ha mostrado esquiva, y esta mujer parece toparse siempre con la última guerra iniciada en África.

Huyó de Liberia en 1990, cuando era una adolescente, en el momento en que ese país se sumergía en el último episodio de guerra civil. Caminó a pie por la costa del Golfo de Guinea, infestada de enfermedades, hasta que llegó a la capital de la vecina Costa de Marfil. Hace una década, Abidjan era el epítome del sueño africano postcolonial, una ciudad de relucientes torres de oficinas, sofisticados restaurantes franceses, pulcros diplomáticos, negocios florecientes y la única pista de patinaje sobre hielo del África negra con vistas a unos antiguos manglares. Los refugiados liberianos y cientos de miles de trabajadores extranjeros de los países vecinos alimentaban la expansión económica pero vivían en condiciones algo menos saludables, en el cinturón de chabolas alrededor de la ciudad.

El ACNUR ha aprobado un nivel mínimo de ayuda para cada refugiado, pero incluso estos índices básicos, que cubren necesidades tales como comida, agua y vivienda, se incumplen constantemente en África.

 

Abigail consiguió completar su educación y se hizo maestra en la localidad de Tabou, junto a la frontera de ambos países, pero a finales del año pasado el sueño marfileño, que llevaba muchos años desmoronándose, estalló en una guerra civil entre el Gobierno y militares rebeldes.

Ocurrió lo impensable. Refugiados liberianos, ciudadanos de Costa de Marfil y trabajadores extranjeros invadidos por el pánico salieron del país, casi 100.000 de ellos a Liberia, un país atenazado por el mismo conflicto del que Abigail había huido 13 años antes. La maestra liberiana se encontró de nuevo entre una oleada de civiles en movimiento, emprendiendo lo que el New York Times denominó el camino “de una orilla del infierno a la otra… un viaje funestamente absurdo, que en última instancia podía resultar fútil, en busca de seguridad”.

Y eso es lo que le ocurrió a Abigail. Una unidad de protección del ACNUR, en misión de supervisión por dicha región fronteriza, se la encontró en un puesto de control militar dentro de Costa de Marfil.

“Sabía el horror al que me enfrentaba volviendo a Liberia”, decía sentada tranquilamente junto a un viejo autobús con otros 26 pasajeros mientras que unos nerviosos pero agresivos soldados de Costa de Marfil revolvían entre sus pertenencias y debatían su futuro inmediato. “En los últimos años han matado a mi padre y a la mayor parte de mi familia”, aseguraba: “Pero la radio decía que la situación era de calma en Liberia, mejor que aquí”, donde cada vez más tachaban a todos los liberianos de rebeldes o de traficantes de droga.

Anduvo durante dos días por Liberia hasta llegar al pequeño pueblo donde vive su madre, pero tanto en el Este como en algunas zonas del Oeste el país se sumergía progresivamente en la guerra. “No había comida. No había ley ni orden”, decía: “Hombres con armas se apoderaban de lo que les daba la gana. El país entero estaba invadido por el pánico”.

Por segunda vez decidió hacer lo impensable: escapar de una guerra a la “seguridad” que la otra ofrecía, volviendo sobre sus propios pasos. Con una pequeña bolsa de nylon a la espalda, que contenía dos mudas de ropa y unos pocos cosméticos, caminó de nuevo hasta la frontera, la cruzó y tomó el autobús hasta su antiguo “hogar”, en la ciudad costera de Tabou, antes de que los soldados la detuviesen.

Habiéndose librado de una posible muerte, se enfrentaba ahora a la perspectiva de una violación. Uno de los soldados le quitó su carnet de identidad de refugiado y le dijo que se lo devolvería a la mañana siguiente, pero sólo si pasaba la noche con él.

Las condiciones de los refugiados pueden ser muy diferentes en África en comparación con Europa.
ACNUR/R. CHALASANI/CS/YUG•2001

 

“Lo hare”, le dijo esta mujer soltera, atractiva y totalmente vulnerable a este tipo de coacción, a la funcionaria de protección Chiara Cardoletti: “¿Qué supone una noche de miseria comparada con toda una vida de degradación?”.
Negociaciones, llamadas telefónicas, amenazas y desplantes. Finalmente soltaron a Abigail indemne. Entre la miseria y el sufrimiento generalizados, se había conseguido una pequeña pero importante victoria para la protección.

Expectativas cambiantes

Panos Moumtzis, un veterano de anteriores emergencias de refugiados, entre otras la de la primera Guerra del Golfo, Somalia y la crisis africana de los Grandes Lagos a mediados de los 90, aguardaba su traslado a Abidjan con la ilusión de algo distinto en su experiencia con los refugiados. “Tenía una sensación muy buena. Por una vez, entre tanta miseria, éste iba a ser un proyecto feliz”.

Junto a la costa de Tabou, la nueva directora de la oficina, Anne Dolan, también otra veterana en emergencias de refugiados “normales”, tenía esa misma esperanza.

“Sorpresa, sorpresa”, diría Anne Dolan más tarde.

Funcionarios de protección del ACNUR entrevistando a refugiados liberianos.
ACNUR/R. WILKINSON/CS/CIV•2003

Hubo una época en que Costa de Marfil había albergado a unos 200.000 refugiados liberianos. Muchos habían sido recibidos “como hermanos y hermanas en apuros” por el padre fundador de la nación, el Presidente Felix Houphouet-Boigny, y se habían integrado en las comunidades locales. Sólo había un pequeño campo de refugiados llamado Nicla para unas 3.000 personas.

En un ambiente tan aparentemente benigno, Moumtzis y Dolan esperaban dedicarse exclusivamente a proyectos para promover la integración, la educación y la autoayuda, “algo realmente positivo y más satisfactorio que ver tanto sufrimiento y muerte todo el rato en otras crisis”.

En la capital, en la noche del 18 al 19 de septiembre, Moumtzis se despertó por el ruido de los disparos. Era el comienzo de un conflicto que haría caer en barrena  al  que en otros tiempos fuera un estable  país y que cambiaría

las vidas, no solamente de los refugiados allí asilados, sino de muchos miles de ciudadanos locales y trabajadores extranjeros de los países vecinos.

“Prácticamente de la noche a la mañana, se produjo un giro de 180 grados en las operaciones del ACNUR”, recuerda Moumtzis: “Se acabó la construcción de escuelas, clínicas e infraestructuras para ayudar a los refugiados a integrarse. Pasamos a una fase normal de emergencia, intentando conseguir lugares seguros para albergar a la gente y sacándola de situaciones de peligro. La xenofobia y el nacionalismo habían destruido los sentimientos de hermandad y buena vecindad”.

Mientras ayudaba a una triste procesión de gente a cruzar hasta Liberia, relata Dolan, “todo el mundo se enfrentaba a un horrible dilema: ¿Debo quedarme aquí donde podrían matarme o debo ir a Liberia, donde también pueden matarme, sólo que no tan rápido? Ver aquello era espantoso”.

En abril, empezaron a regresar algunos de los miles de civiles que habían huido a Liberia. Sin prácticamente ningún funcionario humanitario presente en Liberia oriental, el ACNUR vigiló la frontera común, proporcionando asistencia cuando podía, intentando ayudar a varios miles de refugiados a trasladarse, como medida de seguridad, a unos centros de tránsito construidos precipitadamente, solicitando a los países vecinos que aceptasen a algunos de los liberianos amenazados. Hubo pocas respuestas positivas.

“La triste realidad es que lo que ha llevado décadas construir puede destruirse casi de la noche a la mañana”, dice Moumtzis.

El elefante renegado

Los refugiados liberianos que tanto han sufrido se han convertido en parias dentro de los estados vecinos, siendo catalogados como alborotadores o, peor aún, como rebeldes o traficantes de armas y drogas. Las condiciones dentro del país, atrapados entre la esperanza de Sierra Leona y la desesperación de Costa de Marfil, han seguido deteriorándose.

Las crisis de refugiados se producen por una combinación de factores -problemas internos de orden político, económico o militar- que pueden verse exacerbados por acontecimientos e influjos de los países cercanos. Un alto representante humanitario describía Liberia como el “elefante renegado” del África occidental, un país en guerra consigo mismo desde 1989, pero que también exporta caos y anarquía a sus vecinos como un “cáncer”.

Gran parte del país es ahora zona prohibida. Los trabajadores humanitarios salieron de Liberia oriental tras el brutal asesinato de tres representantes del Grupo Adventista Americano ADRA a principios de este año. En este estado general de anarquía, unas semanas más tarde, nada más cruzar la frontera de Costa de Marfil, asesinaron a cuatro trabajadores locales de la Cruz Roja.

El Programa Mundial de Alimentos ha reducido las raciones de comida a sus destinatarios durante abril y mayo. En la primavera, los recelosos donantes sólo habían contribuido con un 2 por ciento de los 42,6 millones solicitados por la ONU para este año.

África occidental es un microcosmos tanto de la esperanza como de la desesperación que atenazan al continente. Supone una advertencia de que las cosas, incluso en la más estable de las sociedades, pueden descontrolarse rápidamente o, por el contrario, de que es posible poner a un país en pie de nuevo.

Durante una reunión estratégica de alto nivel en Ginebra, los funcionarios humanitarios debatieron las posibles opciones disponibles para ayudar a la afligida población civil de Liberia: crear pasillos de seguridad para los convoyes de ayuda; lanzar paquetes desde el aire; albergues seguros; una fuerza internacional de paz; operaciones fronterizas… Cada una de ellas fue examinada y desechada como impracticable mientras no se viese complementada por una solución política.

El primer contacto

El ACNUR empezó sus operaciones en 1951, principalmente para ayudar a los refugiados europeos en los momentos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, pero unos años más tarde la agencia comenzó su larga asociación con África. El 31 de mayo de 1957, el entonces Primer Ministro tunecino Habib Bourguiba solicitaba al ACNUR “examinar la forma en que el Alto Comisionado podría ayudar a mi Gobierno a resolver el problema de los refugiados argelinos” que por entonces huían a los estados vecinos debido a la guerra de independencia de su país contra Francia.

Un masivo campo de refugiados para ruandeses en Tanzania.
ACNUR/A. HOLLMANN/CS/ZRE/•1994

La agencia respondió y, durante esa misma crisis, se vio involucrada por primera vez en las denominadas coyunturas postconflicto: ayudar a los antiguos refugiados después de regresar a sus hogares. “El destino de los ex-refugiados repatriados no puede seguir disociándose del de la población argelina en su totalidad sin poner gravemente en peligro la estabilidad social del país”, escribía el Alto Comisionado Felix Schnyder por aquellos días, creando un importante precedente para el futuro trabajo de protección del ACNUR.

En 1969, África hizo otra importante contribución a la protección global del refugiado al adoptar la Organización para la Unidad Africana (OUA) su propia convención, que, por primera vez, ampliaba la denominación de refugiado a las personas que huían en grandes grupos y que escapaban de cosas tales como la agresión externa, la ocupación o dominación extranjera. Incluía el principio, hoy universalmente aceptado, de la repatriación “voluntaria”.

Durante aquellos primeros días de la era postcolonial, muchos de los civiles que buscaban protección en los países africanos, se trasladaban simplemente a las comunidades ya establecidas; en lenguaje oficial, se integraban localmente.

En las décadas siguientes, sin embargo, este modelo cambió y cada vez se albergaba a más refugiados en extensos campamentos, desatando un vivo y, a menudo, áspero debate entre gobiernos y agentes humanitarios sobre quién era el responsable de difundir esta “cultura de campamentos” y sobre las ventajas y desventajas del sistema.

Jeff Crisp, de la unidad de evaluación de ACNUR, cree que el “clima de deterioro” contra los refugiados y su creciente reclusión en campamentos se originó a mediados de los años 80. Los países occidentales, asegura, habían comenzado a endurecer sus leyes para los solicitantes de asilo, alentando a los países africanos a seguir el ejemplo; el número de refugiados aumentó dramáticamente al mismo tiempo que las economías africanas se deterioraban; y, perversamente, la propagación de la democracia permitió a un cada vez mayor número de políticos utilizar las cuestiones sobre refugiados como una pelota de fútbol político.

Hoy se estima que 2,4 millones de personas viven en 267 campamentos en todo el mundo, 170 de los cuales están en África.

Las imágenes de tiendas y cabañas extendiéndose casi sin fin a lo largo del paisaje africano se han vuelto sinónimo de la tragedia de los refugiados, y las grabaciones de vídeo han captado dramáticamente las condiciones, a menudo miserables, de decenas de miles de personas que viven hacinadas, engendrando enfermedad y crimen, dañando el entorno local y convirtiéndose en centros naturales de alistamiento o en escondite de guerrilleros armados.

“La triste realidad es que lo que ha llevado décadas construir puede destruirse casi de la noche a la mañana”.

Cada vez más, sin embargo, los gobiernos africanos, que son quienes en última instancia determinan la ubicación de los refugiados, han decidido que, por razones de seguridad, para proteger el interés de las comunidades locales amenazadas por grandes avalanchas de gente y para que sirvan como fácil “ejemplo” de lo que suponen las grandes concentraciones de refugiados a los periodistas y a los políticos en busca de contribuciones internacionales, los campamentos son la mejor opción pese a sus obvias desventajas.

Según Jeff Crisp, estos campamentos pueden servir para otros propósitos. Puede que los refugiados prefieran integrarse localmente si sus vecinos son del mismo origen étnico. Pero puede que se aferren a seguir en los campamentos por razones de seguridad si se encuentran en un entorno étnico distinto. Además, los complejos pueden servir de red de seguridad dentro de una estrategia de supervivencia más amplia: los refugiados más jóvenes y fuertes se aventuran a salir en busca de trabajo mientras que las mujeres y los niños permanecen en el campamento, donde tienen asegurado un cierto grado de protección y, al menos, un suministro mínimo de artículos humanitarios.

La educación es la llave del éxito de la reintegración de refugiados. © S . SALGADO•AGO

Para intentar equilibrar los intereses en conflicto, los grupos humanitarios como el ACNUR han creado una panoplia de programas flexibles. Cada vez se concede más importancia a la ayuda de los refugiados y las comunidades locales por igual a la hora de construir escuelas, clínicas o carreteras.

Aunque, en algunos casos, los campamentos seguirán siendo necesarios, la agencia para los refugiados ha estimulado la integración local siempre que ha sido posible. En Zambia, por ejemplo, un proyecto puesto en marcha recientemente ayudará a algunos de los 247.000 refugiados de dicho país a afincarse en los pueblos y ciudades cercanos, a encontrar trabajo y, con suerte, a convertirse en miembros productivos de la sociedad zambiana.

Irak, y Afganistán antes, sugieren que la comunidad internacional centra sus esfuerzos en cada momento en una sola gran crisis. África, sin   embargo, se   encuentra  en  una  crisis  permanente y el

Representante del ACNUR, David Lambo, teme que “estemos luchando por un puesto en el escenario mundial. Pero no podemos perder la esperanza por África”.

Por su parte, el Alto Comisionado Lubbers insiste en que seguirá “sacando a relucir ante los países desarrollados la cuestión de que deben prestar más atención a los refugiados africanos”, independientemente de lo que ocurra en otras partes del mundo.

 

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