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| T E M A D E P O R T A D A |
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Transformar a los refugiados en pistoleros
El poder y la aventura frente a la
pobreza, el aburrimiento y el aislamiento en una lucha por los corazones
y las mentes de los jóvenes
Los agentes de reclutamiento llegaron al anochecer con puñados
de dinero y promesas de aventura, poder y mujeres.
Al cabo de tres horas, 150 jóvenes liberianos del campo de refugiados
Nicla, en el oeste de Costa de Marfil, habían firmado para convertirse
en mercenarios del Gobierno en una unidad apodada Lima.
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El campo de Nicla —
Los reclutas prestan atención.
ACNUR/R.WILKINSON/CS/
CIV•2003 |
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Todos
ellos recibieron 10.000 francos locales (17 dólares), subieron
a bordo de dos camiones y, guiados por un soldado con un pañuelo
rojo en la cabeza y que blandía una ametralladora calibre
50 instalada en la parte de atrás de un jeep, salieron con
gran estruendo del campamento diciéndoles a los refugiados
que contemplaban el suceso: “Queremos dinero. Aquí
no somos nada ni tenemos nada”.
Después de recibir su instrucción, se espera que estos
nuevos pistoleros de alquiler luchen a favor del Gobierno contra
otros liberianos pertenecientes a los distintos grupos rebeldes
invasores que operan alrededor de la altamente volátil zona
fronteriza entre los dos países del occidente africano.
Hasta entonces, Nicla había sido una especie de remanso de
paz, un pueblo rural parecido a las aldeas de los alrededores, ofreciendo
refugio a sólo un pequeño número de los cientos
de miles de refugiados que habían huido de la vecina Liberia,
a 35 km en dirección oeste, tras más de una década
de constantes turbulencias en su país.
La gran mayoría de los liberianos se integró fácilmente
en los pueblos de acogida en vez de trasladarse a un campo de refugiados,
pero cuando la propia Costa de Marfil se vio sacudida por la guerra
civil en septiembre de 2002, muchos de estos civiles desarraigados
se vieron obligados a huir de nuevo. Entre 6.000 y 8.000 se apretujaron
en Nicla, buscando la seguridad de un campamento con respaldo internacional
antes que arriesgarse a sufrir la ola de xenofobia que barría
el país. |
No resulta asombroso, por tanto, dadas su proximidad a una frontera tan
volátil, la cercanía del conflicto y la cantera disponible
de hombres y mujeres sanos, que el campamento de refugiados se convirtiese
en cambio en un criadero de reclutas.
Durante muchos años ha habido un enfrentamiento constante entre
los ideales humanitarios y los imperativos militares, siendo Nicla sólo
uno de los últimos y más evidentes ejemplos.
Se calcula que unos 300.000 niños soldados, 3.000 de ellos en la
propia Costa de Marfil, sirven actualmente en ejércitos y milicias
de todo el mundo, y algunos de ellos han sido sacados directamente de
los campos de refugiados. También se ha reclutado a un incontable
número de jóvenes, de mayor edad pero también vulnerables.
Las niñas se encuentran especialmente desprotegidas, convirtiéndose
en soldados rasos, en esclavas sexuales o en ambos.
Los gobiernos de los países, no las agencias humanitarias, son
los responsables de la seguridad de los campos de refugiados, pero, cuando
no quieren o no imponen el orden necesario, las organizaciones como el
ACNUR o Cáritas, que tiene presencia en Nicla, se encuentran ante
una difícil disyuntiva.
Cuando más de un millón de ruandeses huyeron del genocidio
de su país a mediados de los 90, las temidas milicias interahamwe
utilizaban los campamentos de lo que antes era el Zaire oriental no sólo
para reclutar, sino para lanzar ataques contra Ruanda. Mientras el aparato
nacional de seguridad se desintegraba, el ACNUR solicitó sin éxito
ayuda militar a los estados miembros de la ONU y luego contrató
su propio cuerpo de seguridad, con resultados limitados.
De hecho, tomó la polémica decisión de seguir cuidando
de cientos de miles de auténticos refugiados, sabiendo al mismo
tiempo que los grupos armados se beneficiaban también de la ayuda
y de la presencia humanitaria internacional.
La agencia lleva meses trabajando en las posibles soluciones para Nicla,
que abarcan desde programas locales para promover la educación
y pequeños proyectos de autoayuda hasta intentar reubicar el campamento
en un lugar alejado de los combates y pedir a otros países que
acepten reasentar a los liberianos más vulnerables.
Salvaje Oeste
Pero aunque el lugar ha sido bautizado como Ciudad de la Paz por los refugiados,
se parece más al Salvaje Oeste.
Un visitante se quedó alarmado recientemente al ver a docenas de
jóvenes profiriendo gritos salvajes, acompañados del inevitable
soldado con ametralladora y pañuelo rojo a la cabeza, recorriendo
el campamento en camiones a plena luz del día (en otros campos
de refugiados el mismo tipo de actividades militares se suele llevar a
cabo de forma más clandestina, al abrigo de la oscuridad).
La rutina diaria se ve a menudo quebrantada por las ráfagas de
tiros de los “soldados” que vuelven al campamento a visitar
a sus familias. Un grupo de niños salió recientemente a
tropezones por puertas y ventanas cuando las balas que pasaban silbando
junto al edificio de la escuela desataron el pánico.
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Los refugiados dicen que en estas condiciones sus vidas se encuentran
en el filo de la navaja. “Podrían matarme sólo
por estar hablando contigo”, comentaba un refugiado negándose
a ser identificado. “Esto es como un enorme establo de ganado”,
se quejaba otro a un funcionario del campamento. “¿Qué
ocurre si hay una masacre? Vendréis por la mañana
(los trabajadores del ACNUR no duermen por las noches en el campamento)
a recoger los cadáveres. Y ésos serán nuestros
cadáveres”.
Es fácil comprender la atracción que la milicia ejerce
sobre los jóvenes refugiados. Los nacionales de Costa de
Marfil, normalmente del mismo origen tribal, que antes les habían
dado la bienvenida, ahora ven a la mayoría de los liberianos
como “rebeldes” y el área alrededor de Nicla
se ha convertido en zona “prohibida”. Encerrados en
su campamento, no hay trabajo ni dinero, la pobreza aumenta, la
educación es escasa y los refugiados apenas tienen alguna
actividad, sólo un feroz aburrimiento y un resentimiento
y un temor crecientes. |
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No hay trabajo ni dinero, la pobreza aumenta,
la educación es escasa y los refugiados apenas tienen
otra actividad, sólo un feroz aburrimiento y un resentimiento
y un temor crecientes. |
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En tales circunstancias, muchos sienten que no tienen
otra alternativa mas que “alistarse”. Otros se sienten atraídos
por la excitación y el tosco poder que les confiere llevar un arma.
Las muchachas jóvenes sirven como reclutas y se ven afectadas de
formas más indirectas. Algunas ganan ahora dinero a través
de un floreciente negocio de prostitución, ofreciendo servicios
a los jóvenes soldados de reciente opulencia. Hay acoso sexual
(una niña de 12 años de la que los hombres abusaban constantemente
ha sido trasladada hace poco con una nueva familia de adopción),
pero otras chicas, que deberían estar en la escuela, se convierten
voluntariamente en compañeras de borrachera en los seis o siete
bares del campamento, y luego en novias de los pistoleros.
Jette Isaksen ha estado en Ruanda, Afganistán, Kosovo y Liberia,
pero su actual trabajo sobre el terreno, visitando Nicla a diario, es
distinto de sus otros cometidos en primera línea del frente. “Nunca
he tenido tanto miedo como aquí”, dice mientras pasea por
el campamento. “No me gusta la atmósfera que hay”.
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