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| T E M A D E P O R T A D A |
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Cruzar la frontera
Una barrera de miedos e importantes
consecuencias para millones de personas
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Cama improvisada
en la frontera de
Costa de Marfil. ACNUR/R.WILKINSON/CS/
CIV•2003 |
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Es el
último y más difícil obstáculo entre
el miedo y el caos y la posible salvación. Cada uno de los
más de 50 millones de refugiados que el ACNUR ha ayudado
desde 1951 ha pasado por esta prueba. Un número incontable
de personas lo ha intentado y ha fracasado.
La enorme marea de viajeros y turistas “normales” que
recorren el mundo y cruzan fronteras cada día sin el más
mínimo inconveniente no se dan cuenta de la gran barrera
de temores, cargada de consecuencias inimaginables, que el mismo
proceso presenta para el posible refugiado. Una respuesta negativa
puede significar nuevas persecuciones, hambre o incluso la muerte
en el país del que intenta escapar; un “sí”,
la posibilidad de asilo y de una nueva vida.
Hoy en día, los civiles que huyen pueden cruzar fronteras
en aviones relucientes, trenes lustrosos, en coche o en camión.
Los traficantes de personas han convertido el negocio de transportar
gente a la fuga, en una empresa multimillonaria que se extiende
por todo el planeta.
Los africanos lo hacen normalmente al viejo estilo, caminando o
viajando en auto-stop en autobuses destartalados que tardan días
en llegar a la frontera -una pequeña cabaña con un
simple poste atravesado en la carretera o la formidable barrera
natural de un río-, donde pueden ser recibidos del modo más
amistoso o verse sujetos a las ordalías oficiales de los
retrasos interminables y el acoso económico y sexual. |
Se mueven en pequeños grupos o,
como en el caso del éxodo de Ruanda en 1994, en avalanchas que
inundan lo que antes era el Zaire oriental, cientos de miles de personas
por día, durante días y días.
En un lugar apartado
Nero es un punto fronterizo inclasificable en el río Cavally, entre
Liberia y Costa de Marfil, a muchas horas de distancia de la carretera
principal tras haber recorrido un laberinto de plantaciones para aceite
de palma y selva tropical. Es un sitio difícil de encontrar incluso
cuando se busca. Un asta de bambú con una bandera, un tejadillo
abierto a los lados y una zona de recepción de tierra apisonada
señalan el lugar. A cien metros al otro lado del apacible río,
la bandera liberiana ondea lánguidamente en medio del calor.
Hace unos meses, decenas de miles de trabajadores extranjeros, liberianos
y ciudadanos de Costa de Marfil huyeron del caos que asolaba este país
hacia el igualmente peligroso territorio de Liberia. Atrapados en medio
de dos guerras, algunos han empezado ya a regresar.
La situación es confusa. Un nacional de Costa de Marfil dice que
la frontera está sellada; otro que está abierta. La “representación
oficial” corre a cargo de unos cuantos indeseables Jóvenes
Patriotas, una milicia gubernamental organizada precipitadamente para
vigilar las barricadas en carreteras y ríos. Van armados con viejos
rifles, machetes y cuchillos. Uno viste un traje de noche para mujer de
color negro.
Los representantes liberianos utilizan una canoa hecha con un tronco hueco
para cruzar la barrera de cien metros y discutir la situación.
El lado liberiano también está cerrado, aunque hay unos
50-60 civiles congregados en él, huyendo de una guerra que se acerca
cada día a la frontera. Puede que no tengan más alternativa
que volver en dirección al conflicto.
Edward Moore, el inspector de aduanas, explica en perfecto inglés:
“Tenemos instrucciones de no dejar cruzar a nadie”. Y luego
agrega: “Pero les vamos a dejar pasar. Debemos respetar la Convención
de Ginebra de 1951”.
El grupo del ACNUR, de paso por allí, está encantado de
descubrir muestras de apoyo a la Convención de los Refugiados en
un lugar tan inesperado, aunque sólo sea un gesto calculado frente
a los visitantes.
Aislados
La vida aquí no es sólo dura para los refugiados, sino también
para los ciudadanos locales. Moore no ha visto ni oído nada de
su familia en Monrovia, la aislada y distante capital liberiana, en dos
años. Sólo le pagan a veces. Está deseoso de hablar
con unos extraños. “¿Por qué los africanos
nos estamos matando todo el tiempo?”, pregunta.
“Aquí debería haber paz. Somos de la misma tribu.
Pero también se están matando en Irak”, añade.
Los refugiados empiezan a cruzar, ocho por canoa, con las pocas posesiones
que les quedan amontonadas a su alrededor. Un “poquito” (soborno)
aquí y allá, un cuantioso precio por una plaza en la canoa,
es algo habitual para acelerar el proceso.
Una mujer ha dado a luz a un niño en la selva y su hermana de cinco
años mece al recién nacido en sus brazos. Otra mujer ha
caminado durante cinco días con su hija para llegar a este lugar.
La joven de cuatro años se llama Promise (Promesa).
Y luego el humillante ritual. Los Patriotas, disfrutando de su desacostumbrado
poder, vuelcan simplemente las pertenencias de los recién llegados
sobre el suelo. El travestido con el traje negro de noche se muestra especialmente
activo. Los artículos “sospechosos” como radios y linternas
se examinan detalladamente. Se confiscan algunas de las cosas y se tiran
sobre un montón. Los civiles son interrogados.
Prácticamente no tienen dinero, apenas comida, unas pocas pertenencias
y, una vez que se adentren en el territorio, se enfrentarán a la
hostilidad de quienes han visto desgarrarse a su propio país.
Pese a todo, el cruce de la frontera ha sido relativamente benigno; se
ha completado en un día y todo el mundo ha podido entrar.
Ahora, en algún lugar de las profundidades de la selva, deben encontrar
un autobús… o ponerse a andar de nuevo. 
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