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| T E M A D E P O R T A D A |
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La esperanza sustituye a “la miseria
y la desesperación”
Angola vislumbra un futuro más
brillante, pero va a necesitar ayuda durante mucho tiempo
“Así es la pesadilla. Los
muertos se cuentan ya en cientos de miles, los mutilados en más
de 100.000 y los desplazados en millones. A causa de los asesinatos, los
secuestros, las minas terrestres y la enfermedad, es el peor lugar del
mundo para criar a un niño, y si alguno sobrevive, heredará
una vasta llanura de tierra arrasada”.
Ésa era la valoración, hace cuatro años, de Catherine
Bertini, entonces máxima responsable del Programa Mundial de Alimentos,
cuando hablaba de Angola.
A comienzos de este año, el Secretario General de la ONU, Kofi
Annan, en un informe sobre el mismo país, concluía que “los
angoleños pueden vivir ahora sin el temor de una guerra recurrente
y devastadora”.
Tres décadas de un sanguinario conflicto civil finalizaron de hecho
en abril del año pasado, tras la muerte de Jonas Savimbi, jefe
del movimiento rebelde del país, UNITA, y Angola ha experimentado
una notable transformación.
Han cesado los tiroteos, se ha desmovilizado a los combatientes, hasta
1,5 millones de los cuatro millones de personas desplazadas dentro del
país han regresado a sus hogares “espontáneamente”,
y lo mismo ha ocurrido con unos 100.000 de los 470.600 refugiados que
vivían en los países de alrededor.
Este verano se pone en marcha una repatriación para refugiados
organizada por el ACNUR, que ha abierto varias oficinas en regiones fronterizas,
mientras que las agencias asociadas se afanan en la rehabilitación
de escuelas, clínicas y accesos de agua como anticipo de un retorno
ininterrumpido.
Un futuro difícil
Pese a lo alentador de estos acontecimientos, Angola se enfrenta a un
futuro muy difícil.
Durante el conflicto, gran parte del país era zona prohibida para
el mundo exterior, y cuando los funcionarios humanitarios empezaron a
investigar se encontraron con “un mundo de miseria y desesperación”,
según la representante del ACNUR Lucia Teoli. “Una gran parte
de la población se encontraba al borde de la inanición”,
aseguraba. A menudo sobrevivían a base de bayas y raíces.
“Muchos fueron descubiertos en la selva, donde habían nacido
y crecido, y otros muchos ni siquiera sabían que la guerra había
acabado”.
Toda la infraestructura del país -carreteras, puentes, escuelas,
hospitales, el medio ambiente- estaba destruida, haciendo difícil,
y a veces imposible, para las personas el regreso a sus antiguas aldeas
y el comienzo de una nueva vida, y, para las agencias humanitarias, llegar
hasta ellas y ayudarlas. Sigue siendo uno de los países con más
trampas explosivas del mundo, con un número inimaginable de minas
enterradas en tierra fértil.
Los civiles sufrirán una sacudida al regresar a sus casas. Muchos
han dependido durante años del reparto de alimentos y supondrá
una transición difícil empezar a cultivar o a trabajar de
nuevo, incluso si se les da la oportunidad. Puede que empiecen a aparecer
suministros de comida en los mercados, pero la mayor parte de la gente
es demasiado pobre como para comprar algo. Quizá las escuelas vuelvan
a funcionar, pero muchos niños ni siquiera hablan portugués,
la lengua oficial. Las familias han estado divididas y desconectadas de
la realidad, a menudo durante décadas. La desnutrición y
la mortandad prematura debido a enfermedades de fácil tratamiento
son enormes.
Rica en potencia, aunque sea en minerales y petróleo, con unas
dificultades tan abrumadoras por delante, Angola necesitará el
apoyo internacional durante muchos años para completar la transición
de la guerra a la estabilidad, pero lo que no está tan claro es
si dicha ayuda está disponible. 
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