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“Hoy estamos aquí y MAÑANA DESAPARECEMOS”

Los indígenas y los pobres de Colombia sufren los rigores del conflicto

por William Spindler

En las profundidades de la selva amazónica, los laboratorios clandestinos transforman las hojas de coca en cocaína. Poderosos sindicatos del crimen, enfrentados a las guerrillas y a los grupos paramilitares, luchan por el control de este lucrativo comercio con destructivas campañas militares de quema de tierras o de asesinatos.

El ejército regular, apoyado por Estados Unidos, ha acelerado recientemente su campaña para eliminar este comercio y a sus patrocinadores. El paisaje está salpicado de pistas de aterrizaje fortificadas, complejos militares, puestos de control y patrullas dedicadas a la tala. Desde el aire, aviones de fumigación sueltan mortíferas nubes de productos químicos para destruir los campos de coca.

El epicentro de toda esta actividad, el departamento sureño colombiano de Putumayo, se ha convertido en uno de los lugares más peligrosos del turbulento país sudamericano.

Los indígenas de Colombia se han convertido en una colectividad especialmente vulnerable en el conflicto que padece actualmente el país.
ACNUR/W.Spindler/DP/COL·2003

 

Algunos campesinos han abandonado sus aldeas y pueblos y un número cada vez mayor ha huido a las ciudades, más grandes y un poco más seguras.

Las organizaciones no gubernamentales calculan que desde 1985, al menos tres millones de personas han sido desalojadas de sus hogares (el gobierno sostiene que esta cifra es demasiado elevada), convirtiéndose en desplazados internos dentro de Colombia o en refugiados en los países vecinos. Más de 200.000 personas han sido asesinadas en el interminable ciclo de violencia generado por el ejército, las atrincheradas élites terratenientes y los grupos irregulares armados, que se disputan el territorio, el poder y la riqueza, no sólo de Putumayo, sino de muchas otras partes del país.

Duramente golpeados

En esta carnicería continua, las poblaciones indígenas de Colombia y sus zonas más pobres han pagado un precio especialmente alto. Los pequeños grupos étnicos no sólo se enfrentan a la extinción y a verse desplazados, sino a la pérdida permanente de su forma de vida y de sus culturas centenarias.

En los semiabandonados pueblos del sur de Putumayo, un líder indígena se queja: “Desgraciadamente para nosotros, nuestras tierras tienen un gran valor estratégico para los grupos armados. Han matado a muchos miembros de nuestras comunidades. Intentan reclutar a nuestros jóvenes mediante la persuasión o la fuerza. Muchas familias han quedado desplazadas”.

El territorio de la etnia de los cofán, en la zona fronteriza con el vecino Ecuador, se encuentra también en peligro. Pero “la tierra es lo más importante de todo”, según un representante cofán. “Si perdemos nuestro territorio, desaparecemos como cultura, como comunidad. Perdemos a nuestros hijos, lo perdemos todo. Nos empobrecemos. Nos entristecemos. Nos volvemos unos vagabundos. Hoy estamos aquí y mañana desaparecemos”.

En el norte, muchos de los 20.000 integrantes del grupo étnico de los sikwanis (guahibo), que viven en la zona fronteriza con Venezuela, huyeron la primavera pasada de los combates entre paramilitares y guerrillas de las FARC, el mayor de los grupos de izquierda colombianos.

El año pasado un tercio de los 4.500 componentes del pueblo de los kankuamos se vio desplazado de la región de Sierra Nevada de Santa Marta. Allí, los orígenes del universo descansan sobre cuatro pilares, cada uno de los cuales pertenece a uno de los principales grupos étnicos de la región, y el violento desalojo de los kankuamos ha perturbado el delicado equilibrio cultural, según la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC).

Los tule (kuna), los bari, los embera y otros grupos de las regiones de Sierra Nevada, Naya y Chocó han sufrido también las presiones.

Respuesta

Los grupos locales, asistidos por el ACNUR, han empezado a responder.

La agencia para refugiados ayuda a la Organización Zonal Indígena del Putumayo (OZIP), que a su vez proporciona ayuda práctica, asesoramiento legal y formación a individuos y autoridades locales (cabildos) y estudia las propias culturas indígenas.

Los implicados en esta ayuda recogieron sus frutos cuando OZIP consiguió negociar un acuerdo con el Gobierno para compensar a las comunidades locales por abandonar voluntariamente el cultivo de 6.000 hectáreas de coca.

Los médicos indígenas, conocidos por mambear la coca, utilizan esta misma hoja de manera benéfica, tratando a las víctimas traumatizadas del conflicto con métodos consagrados por la tradición. Los guías espirituales o taitas emplean también una enredadera llamada yagé, que para el pueblo cofán es “un elemento espiritual en nuestras vidas, cuyo uso ceremonial nos permite ofrecer un modelo de vida a nuestra futuras generaciones”.

“Necesitamos documentos para estar a salvo, para recibir cuidados sanitarios básicos y educación. Sin documentos ni siquiera podemos registrar a nuestros muertos”.

 

Los documentos de identidad son tan importantes como las medicinas y el alimento en un país donde la ausencia de una adecuada documentación puede resultar mortal a manos de los grupos armados o impedir que la gente reciba la ayuda que necesita.

En una época más inocente, “hace muchos tiempo, la única cédula (documento de identidad) que teníamos era ésto”, comentaba recientemente un líder tradicional cofán a un visitante. “Ésto es todo lo que necesitábamos para identificarnos”, decía señalando sus diversos collares de brillantes colores.

Pero los tiempos han cambiado. Hoy, “sin una cédula, simplemente no existes”, señala otro jefe indígena. “Necesitamos documentos para estar a salvo, para adaptarnos a las necesidades de la sociedad, para recibir cuidados sanitarios básicos y educación del Gobierno. Sin documentos ni siquiera podemos inscribir a nuestros muertos en el registro”.

Para mejorar esta situación, las poblaciones indígenas han sido incluidas entre los destinatarios de los 140.000 carnets de identidad distribuidos hasta el momento a desplazados internos y otros grupos de civiles considerados especialmente en peligro, en el proyecto que llevan a cabo la Oficina Nacional de Registro y el ACNUR.

Masacre

Junto con los grupos indígenas, se han visto especialmente amenazadas otras zonas menos desarrolladas del país.

Chocó, una franja de selva tropical encajada entre las montañas de los Andes y el Océano Pacífico al noroeste del país, es la más pobre de todas.

La capital regional, Quibdó, ofrece amparo a más personas desplazadas per capita -decenas de miles- que cualquier otra población de Colombia.

Junto a las orillas de los cercanos ríos Atrato, San Juan y Baudó, hay cientos de miles de civiles, especialmente afrocolombianos e indígenas, atrapados en la maraña de la guerra. Las bandas armadas que controlan los cursos de estos ríos no les permiten pescar, cazar o recoger leña.

Los pistoleros interceptan e incautan los alimentos, las medicinas, el combustible y otros suministros vitales.

Viajar es incluso peligroso. Al menos 600 personas han sido asesinadas en los últimos años, según la principal asociación afrocolombiana, ACIA.

Los habitantes de San Martín huyeron cuatro veces de los combates, pero, cuando en abril una unidad de la marina se enfrentó a los guerrilleros, se dispersaron por última vez. Aseguran que nunca más volverán a San Martín.

La ciudad de Bojayá apenas empieza a recuperarse de la peor tragedia ocurrida en la sangrienta guerra de este país.

En un altercado, hace un año, murieron 119 personas, muchos de ellos niños, y un gran número sufrió heridas al caer un misil sobre la iglesia en la que se habían refugiado durante otra de las interminables oleadas de lucha entre la guerrilla de las FARC y los paramilitares.

Una semana después de la masacre, llegó un equipo del ACNUR a Bojayá y más tarde se estableció una presencia permanente en Quibdó. Se eligió Chocó como una de las primeras zonas en beneficiarse del Plan de Acción Humanitaria, una iniciativa conjunta de las agencias de la ONU para desarrollar una serie de proyectos coordinados en zonas concretas.

Una escuela en
una de las
regiones más
pobres de
Colombia.

ACNUR/B. Heger/CS/COL·2003

 

Los maestros de la escuela urbana La Gloria, situada en un distrito de clase obrera de Quibdó, han recibido formación para responder a las necesidades específicas de los niños desplazados que forman parte de los 1.200 estudiantes. Se están reforzando las asociaciones escolares y de padres y construyendo nuevas aulas.

En otra parte de la ciudad, un centro cultural para jóvenes desplazados financiado por la agencia para refugiados promueve bailes, música, teatro y literatura, y está siendo edificado por los propios jóvenes. “No invertimos en infraestructura, sino en las propias comunidades”, dice Jovanny Salazar, oficial sobre el terreno del ACNUR. “Queremos que los propios jóvenes se construyan sus centros, que aprendan conocimientos prácticos y organizativos y se ofrezcan alternativas a sí mismos”.

Un proyecto pesquero cerca de Bojayá ayudará a 850 familias. Se están reconstruyendo algunas de las casas destruidas en la ciudad de Napipí. Al igual que los grupos indígenas del país, otros desplazados de la región del Chocó están recibiendo documentos de identidad.

Una lancha a motor de la ONU surca el río Atrato con regularidad, proporcionando tranquilidad y un contacto con el mundo exterior a las comunidades aisladas.

Pero a pesar de la ayuda, mientras el conflicto continúa, los hostigados pueblos indígenas de Colombia lloran la destrucción del país entero. Un líder regional de Naya se lamenta: “Colombia es el país con mayor biodiversidad del mundo y el 75 por ciento se encuentra en los territorios de los pueblos indígenas. Cuando nos atacan, están atacando a toda la humanidad”.

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