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15 de marzo de 1948 – 19 agosto de 2003

 

Sergio Vieira de Mello (derecha) y el Presidente de Timor Oriental, Xanana Gusmão, disfrutan de un momento de tranquilidad durante el proceso de independencia de ese país.  ©AP/F. LISNAWATI


“He sido enviado aquí con un mandato para ayudar al pueblo iraquí y a los responsables de la administración de esta tierra a alcanzar la libertad, a que puedan dirigir su destino y decidir su propio futuro”.

Sergio Vieira de Mello describía así, de modo elocuente, los objetivos de su última misión poco antes de llegar a Irak a principios de este año. A raíz de su muerte y la de 20 colegas, ocurrida cuando un camión bomba destruyó la sede de las Naciones Unidas en Bagdag, esas palabras se han convertido en un justo epitafio, no sólo del aciago viaje de Vieira de Mello a Irak, sino de la carrera de toda una vida ayudando a las personas más vulnerables del mundo en África, Asia, Kosovo y Timor Oriental.

Brasileño de origen, educado en su tierra natal y en la Sorbona de París, Vieira de Mello dominaba el portugués, el español, el francés y el inglés. Comenzó su carrera de 33 años con las Naciones Unidas en 1969, como editor adjunto en la agencia de la ONU para refugiados.

Pragmático, discreto, ciudadano del mundo en desarrollo, cómo -con su estilo elegante- tanto en un campo de refugiados como en los círculos políticos más enrarecidos, Vieira de Mello sirvió al ACNUR en lugares conflictivos de todo el mundo antes de convertirse en Alto Comisionado Adjunto en 1996.

Se trasladó a Nueva York en 1998 como Coordinador de Asuntos Humanitarios y Ayuda de Emergencia de la ONU. Como representante especial del Secretario General, Kofi Annan, ayudó primero a la problemática provincia de Kosovo a conseguir un futuro pacífico y más tarde a Timor Oriental en su lucha por la independencia, posiblemente su trabajo más exitoso.

Fue nombrado Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en septiembre de 2002 y se había tomado un permiso de cuatro meses antes de convertirse, una vez más, en el principal árbitro de conflictos de las Naciones Unidas en Irak.

Vieira de Mello había anticipado los problemas que podían surgir. “La presencia de las Naciones Unidas en Irak sigue siendo vulnerable a cualquiera que elija nuestra organización como objetivo”, dijo ante el Consejo de Seguridad de la ONU en Nueva York poco antes de volver a Oriente Medio.

“Con frecuencia se envía a la mejor gente a los lugares más problemáticos”, manifestó el Alto Comisionado del ACNUR, Ruud Lubbers, tras la muerte de Vieira de Mello, quien pagó “el máximo precio en el proceso. Era un verdadero caballero (…) que luchó por los derechos humanos y por la dignidad de los desamparados”.

El Secretario General, Kofi Annan, señaló que la muerte de Vieira de Mello “es un duro golpe para las Naciones Unidas y para mí personalmente. La muerte de cualquier colega es dura de sobrellevar, pero no se me ocurre nadie de quien pudiéramos prescindir menos”.

La antigua embajadora de EE.UU. en la ONU, Nancy Soderberg, resumía el secreto de una brillante carrera cortada de raíz por una bomba terrorista: “Trataba a reyes y diplomáticos y a un simple refugiado con el mismo entusiasmo y sentido del respeto”.

 

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