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Sergio Vieira de Mello (derecha) y el
Presidente de Timor Oriental, Xanana Gusmão, disfrutan
de un momento de tranquilidad durante el proceso de independencia
de ese país. ©AP/F.
LISNAWATI |
“He sido enviado aquí con un mandato para ayudar al
pueblo iraquí y a los responsables de la administración
de esta tierra a alcanzar la libertad, a que puedan dirigir su destino
y decidir su propio futuro”.
Sergio Vieira de Mello describía así,
de modo elocuente, los objetivos de su última misión
poco antes de llegar a Irak a principios de este año. A raíz
de su muerte y la de 20 colegas, ocurrida cuando un camión
bomba destruyó la sede de las Naciones Unidas en Bagdag,
esas palabras se han convertido en un justo epitafio, no sólo
del aciago viaje de Vieira de Mello a Irak, sino de la carrera de
toda una vida ayudando a las personas más vulnerables del
mundo en África, Asia, Kosovo y Timor Oriental.
Brasileño de origen, educado en su tierra
natal y en la Sorbona de París, Vieira de Mello dominaba
el portugués, el español, el francés y el inglés.
Comenzó su carrera de 33 años con las Naciones Unidas
en 1969, como editor adjunto en la agencia de la ONU para refugiados.
Pragmático, discreto, ciudadano del mundo
en desarrollo, cómo -con su estilo elegante- tanto en un
campo de refugiados como en los círculos políticos
más enrarecidos, Vieira de Mello sirvió al ACNUR en
lugares conflictivos de todo el mundo antes de convertirse en Alto
Comisionado Adjunto en 1996.
Se trasladó a Nueva York en 1998 como Coordinador
de Asuntos Humanitarios y Ayuda de Emergencia de la ONU. Como representante
especial del Secretario General, Kofi Annan, ayudó primero
a la problemática provincia de Kosovo a conseguir un futuro
pacífico y más tarde a Timor Oriental en su lucha
por la independencia, posiblemente su trabajo más exitoso.
Fue nombrado Alto Comisionado de las Naciones Unidas
para los Derechos Humanos en septiembre de 2002 y se había
tomado un permiso de cuatro meses antes de convertirse, una vez
más, en el principal árbitro de conflictos de las
Naciones Unidas en Irak.
Vieira de Mello había anticipado los problemas
que podían surgir. “La presencia de las Naciones Unidas
en Irak sigue siendo vulnerable a cualquiera que elija nuestra organización
como objetivo”, dijo ante el Consejo de Seguridad de la ONU
en Nueva York poco antes de volver a Oriente Medio.
“Con frecuencia se envía a la mejor
gente a los lugares más problemáticos”, manifestó
el Alto Comisionado del ACNUR, Ruud Lubbers, tras la muerte de Vieira
de Mello, quien pagó “el máximo precio en el
proceso. Era un verdadero caballero (…) que luchó por
los derechos humanos y por la dignidad de los desamparados”.
El Secretario General, Kofi Annan, señaló
que la muerte de Vieira de Mello “es un duro golpe para las
Naciones Unidas y para mí personalmente. La muerte de cualquier
colega es dura de sobrellevar, pero no se me ocurre nadie de quien
pudiéramos prescindir menos”.
La antigua embajadora de EE.UU. en la ONU, Nancy
Soderberg, resumía el secreto de una brillante carrera cortada
de raíz por una bomba terrorista: “Trataba a reyes
y diplomáticos y a un simple refugiado con el mismo entusiasmo
y sentido del respeto”. |