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“Me siento como un ciego que de repente puede ver”

El reasentamiento ofrece un nuevo comienzo en la vida, pero este sistema está sufriendo presiones

“No puedo creer que la gente haya querido que venga”, comentaba Mohamed Muktar a través de un intérprete mientras bajaba del avión en Siracusa, Nueva York. “Venir a América es obra de Dios”.

También supuso más de diez años de angustia y planificación antes de que este africano pudiera embarcarse en un increíble viaje que lo llevó desde una vida de semiesclavitud y años viviendo en una cabaña de barro de un extenso campo de refugiados del Cuerno de África, hasta las impensables delicias y molestias de la América urbana.

Muktar es una de las cerca de 12.000 personas conocidas como bantúes somalíes que harán un viaje parecido desde África oriental a unas 50 comunidades norteamericanas en los próximos meses.
El Alto Comisionado, Ruud Lubbers, quiere ampliar el número de refugiados que se acepta anualmente para su reasentamiento permanente en 17 países con tradición hospitalaria como Estados Unidos, Canadá y Australia, como parte de una campaña global para mejorar la protección de los más de 20 millones de personas de los que la agencia se ocupa actualmente.

Pero mientras que el traslado de los bantúes somalíes es el más ambicioso programa de reasentamiento llevado a cabo en África y la culminación con éxito de más de una década de trabajo de la agencia para refugiados por encontrarles un nuevo hogar, también ha puesto vivamente de manifiesto los problemas que esperan a los refugiados en un momento de creciente aprensión hacia los extranjeros.

El ACNUR hizo público en 2002 que, como consecuencia de los atentados terroristas en Estados Unidos, el número de reasentamientos bajo los auspicios directos de la agencia había descendido un 56 por ciento.
Aunque Washington había decidido aceptar a 70.000 refugiados ese año, debido al aumento de las medidas de seguridad, finalmente sólo se reasentó a 26.300.

Y mientras que algunas comunidades americanas recibían calurosamente a los bantúes, otras, alegando intereses económicos y sociales, tenían todo menos ganas de ver a extranjeros en su seno.

Los ancestros de este grupo fueron capturados por esclavistas árabes durante los siglos XVIII y XIX en la actual Tanzania y Mozambique y embarcados desde el gran mercado de esclavos de Zanzíbar hasta el Golfo Pérsico, Oriente Medio y, algunos, a Somalia, en el Cuerno de África.

Cuando, a principios de los años 90, este último país se derrumbó en una orgía de guerra civil y derramamiento de sangre, miles de bantús, que aún vivían como esclavos feudales, huyeron junto con decenas de miles de somalíes a los países vecinos, la mayoría a Kenia.

Un nuevo comienzo

La vida en el caluroso campo de refugiados era en muchos sentidos más dura que su antigua existencia, pero los bantús dejaron claro a los responsables del ACNUR que la mayoría jamás regresaría a Somalia, incluso si se restauraba la paz en el país. Durante su exilio de una década, tanto Tanzania como Mozambique, sus hogares ancestrales, se negaron a aceptar a los bantúes. Finalmente los norteamericanos lo hicieron.

Desde un campo de refugiados en África a una nueva vida en América.
ACNUR/B.Press/CS/KEN·2002 y H. Caux/DP/USA·2003

Se produjeron inevitables retrasos e interrupciones en la operación. Las familias se vieron separadas. Otros refugiados no incluidos en la operación se mostraron hostiles. Los bantúes fueron transferidos desde un campamento a un emplazamiento más seguro en el norte de Kenia, donde no sólo fueron objeto de un examen oficial, sino que aprendieron cosas sobre la forma de vida en su nuevo país de adopción -cómo apretar el interruptor de la electricidad, usar una ducha o un ascensor- que no habían hecho o visto jamás.

En el Condado de DuPage, Illinois, los residentes locales ofrendaron a los recién llegados con comida, ropa y juguetes. En Phoenix, Arizona, Hassan Mberwa, de 42 años y su familia de nueve miembros se mudaron a un apartamento enorme. En su primera visita a un supermercado se sintió tan abrumado por su tamaño que sólo pudo musitar: “Es tan grande como Kakuma”, el campo de refugiados en el norte de Kenia que alberga a 40.000 personas. Desacostumbrada a viajar en coche, su hija Arbai, de 14 años, vomitaba en una bolsa de plástico cada pocos minutos.

Otras comunidades mostraron su aprensión ante los nuevos huéspedes. En la ciudad de Cayce, Carolina del Sur, los vecinos alegaron que el grupo de prueba de niños bantúes, que no saben leer o escribir inglés, haría bajar el nivel global de la escuela. Una llegada masiva pondría bajo presión al departamento de policía y depreciaría el valor de la vivienda.

En Burlington, Vermont, la antigua legisladora estatal Barbara Kehaya advertía: “Si ya tenemos problemas en educar a nuestros propios estudiantes, los refugiados supondrán una carga demasiado pesada para la comunidad”.

El cabildo de la ciudad de Holyoke, Massachusetts, aprobó una resolución simbólica meses atrás pidiendo al Gobierno federal que no les enviara a ningún bantú.

Pero si algo distingue a estos refugiados es su tenacidad y optimismo (REFUGIADOS N° 116). Al Igual que Mohamed Muktar después de aterrizar en Estados Unidos, Abdullahi Hussein Abdi también atribuía su llegada a un milagro.

“Me siento como un ciego que de repente puede ver”, aseguraba este bantú somalí poco antes de subir al avión que lo conduciría a una nueva vida.

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