 |
| T E M A D E P O R T A D A |
|
Nueve millones de fantasmas
Sin amigos, sin un lugar donde vivir,
sin identidad oficial. No es fácil ser un apátrida
Cuando millares de civiles huyeron de la sangrienta
guerra civil en el estado centroasiático de Tayikistán hasta
la vecina Kirguizistán a principios de los años 90, muchos
no sabían que se estaban encaminando hacia un doble problema.
De un golpe, algunas de estas personas no sólo
se convertirían en refugiados, sino que debido a una cruel
coincidencia, estaban también por convertirse en apátridas,
gente que no tiene un país al que oficialmente pueda llamar
patria, civiles a los que ningún estado reconoce como ciudadanos.
Ambos países habían alcanzado recientemente su independencia
a raíz del colapso de la antigua Unión Soviética
en 1991. A medida que luchaban por edificar un estado viable y
plenamente soberano, Kirguizistán aprobó una ley
sobre ciudadanía poco después de su independencia,
mientras que Tayikistán aprobó la suya en 1994.
Los ciudadanos recibían la nacionalidad en su país
respectivo sólo si tenían la residencia permanente
el día en que cada ley entró en vigor.
Los civiles que huyeron de las luchas en Tayikistán entre
estas dos fechas se precipitaron a una pesadilla legal. Aunque
el origen étnico de muchos de ellos era kirguiz, habían
llegado demasiado tarde a Kirguizistán como para reclamar
la nacionalidad. Cuando Tayikistán introdujo su propia
ley de ciudadanía un poco más tarde, en un momento
en que muchos civiles se encontraban aún alejados del país
en calidad de refugiados, tampoco pudieron solicitar la nacionalidad
tayika.
Bienvenidos al bizantino y a menudo oscuro inframundo del apátrida,
donde la gente no sólo no tiene un país que pueda
considerar suyo o el derecho a un pasaporte, sino tampoco el mínimo
acceso a derechos básicos normales como la educación,
la salud, la libertad política o incluso la posibilidad,
al carecer de documentación, de enterrar oficialmente a
sus allegados fallecidos. “No son personas, son fantasmas
políticos, sin un hogar, país o identidad legal”,
comenta un experto en apatridia. |
 |
Un
refugiado de Tayikistán recibe un nuevo pasaporte
para su familia en Kirguizistán. FOTO:
ACNUR/J.LYNCH/DP/RUS•2002
|
|
La situación de los 10,4 millones
de refugiados del mundo es bien conocida y aunque el problema de los desplazados
sigue siendo materia de gran controversia, hay un extenso cuerpo de leyes
internacionales, regionales y nacionales que tratan de atajar este problema
de proporciones globales. Cada vez se presta más atención
a la situación de un grupo afín de desarraigados, las aproximadamente
20-25 millones de personas desplazadas en el interior de sus propios países.
Grandes cantidades
Pero a pesar de que el número de apátridas a nivel global
es también enorme -las conjeturas más ajustadas estiman
que puede haber hasta nueve millones de personas abandonadas a su suerte
por el sistema político global de naciones-estado -, este problema
recibe mucha menos atención y es incomprendida en general.
Existen instrumentos legales internacionales que se ocupan de los apátridas.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos subraya que “Todos
tienen derecho a poseer una nacionalidad”. Pero aunque 145 países
han firmado la Convención sobre los Refugiados de 1951 y/o su Protocolo
de 1967, sólo 55 naciones han firmado la Convención de 1954
relativa al Estatuto de Apátrida y menos incluso, 27, la Convención
de 1961 para la Reducción de la Apatridia.
Dado que las disputas sobre ciudadanía desencadenan en ocasiones
desplazamientos y éxodos de refugiados, y que algunos de los problemas
de refugiados-apátridas se superponen, en 1974 la Asamblea General
de la ONU se dirigió al ACNUR, como lógico interlocutor
ante la ausencia de organizaciones dedicadas a este grupo, y pidió
a la agencia que suministrara una pequeña ayuda legal a los apátridas.
Hace siete años asignó el mandato al ACNUR de ampliar su
papel en la contención y eliminación del problema de los
apátridas a nivel global.
Después de instruir a más de 1.400 de sus trabajadores en
materia de apatridia, la organización ayudó a formar una
red global de abogados, jueces y responsables gubernamentales y no gubernamentales.
El ACNUR participó directamente, junto con más de 60 gobiernos,
en la redacción o corrección de sus leyes de ciudadanía
y con organizaciones regionales como la Unión Africana con objeto
de promover resoluciones destinadas a los apátridas.
A principios de este año, solicitó a un total de 192 países
que intentaran por primera vez desarrollar una visión global sobre
los apátridas: los problemas a los que se enfrentan los países,
las leyes y proyectos que ya han aprobado y la ayuda que pudieran necesitar
del ACNUR. Los resultados se conocerán a finales de año.
Desde sus primeros trabajos en Europa oriental y central, ayudando a grupos
como los descendientes de los 250.000 tártaros de Crimea deportados
por Stalin en 1944, la agencia ha extendido sus actividades a otras partes
del mundo que necesitan ayuda.
En el techo del mundo, unas 80.000 personas de origen nepalí huyeron
de la vecina Bután hace más de una década (desde
entonces el número se ha elevado a 112.000). El gobierno butanés
asegura que sólo un ínfimo número de este grupo de
personas son ciudadanos butaneses y que eventualmente se les permitirá
repatriarse, con lo que la gran mayoría se precipitará al
limbo legal de la apatridia a menos que se alcance un compromiso.
Al otro lado del planeta, en el hemisferio occidental, entre 250.000 y
500.000 personas de origen haitiano que viven en la República Dominicana
se encuentran en una situación parecida. A los hijos de estos haitianos
o de matrimonios mixtos entre haitianos y dominicanos se les suele negar
su inscripción en el registro de natalidad, lo cual les priva de
cualquier reconocimiento oficial. Cada cierto tiempo, reúnen a
un grupo de niños y los expulsan sin contemplaciones al otro lado
de la frontera, en Haití.
Durante la última guerra entre Etiopía y Eritrea, en el
Cuerno de África, el Gobierno arrestó a casi 100.000 personas
de orígen eritreo en Addis Abeba y los expulsó a Eritrea.
Existen pocos recursos financieros y humanos para ayudar a estos grupos
y a los demás apátridas. El ACNUR, por ejemplo, sólo
tiene un experto sobre apatridia a jornada completa. Si los gobiernos
no se muestran benévolos, millones de personas podrían convertirse
en parias permanentes.
En Kirguizistán se han decidido a echar una mano. El país
ha modificado su ley de ciudadanía y ha ofrecido a muchos de los
refugiados-apátridas legales que huyeron de Tayikistán una
nueva nacionalidad y un nuevo comienzo. Al menos se ha erradicado un pequeño
foco de sufrimiento. 
|