| T E M A   D E   P O R T A D A |

Escasez de queroseno, litigios sobre tierras, violación, niños extraviados

Resumen de un día de trabajo de un funcionario de protección del ACNUR en la provincia fronteriza del noroeste de Pakistán

por Jack Redden

Durante tres horas los refugiados de la comunidad minoritaria afgana de los hazara bombardean implacablemente a la funcionaria del ACNUR con protestas por los servicios médicos, preguntas sobre repatriación y demandas de todo tipo, desde lecciones de informática a protección contra el abuso policial. Masti Notz está encantada.

“Es estupendo, estos refugiados conocen sus derechos”, responde la directora de la oficina de la agencia en Peshawar cuando un miembro del personal sugiere que los refugiados del campo de Bassu son demasiado exigentes. “Éste es un campo modelo”.

Los casi 5.500 residentes de Bassu, situado en una remota protuberancia del territorio pakistaní circundada por las majestuosas montañas de Afganistán, construyeron en tres meses y a mano sus casas de adobe el pasado invierno. Juntaron sus ahorros y compraron un generador que abastece de electricidad a las bombillas que necesitan para alargar las horas y tejer las alfombras que les proporcionan sus principales ingresos.

La reunión con Notz tuvo lugar en la sombreada terraza de la nueva mezquita. Al escuchar las reclamaciones de los refugiados, la reacción instintiva de Notz fue asegurarles que el ACNUR ofrece toda la protección y el apoyo que puede. “Estoy convencida de que la razón de ser del ACNUR tiene su base en la protección de los refugiados, tanto legal como física”, señala la directora de operaciones de la turbulenta provincia fronteriza del noroeste de Pakistán.

Resolviendo los problemas de los refugiados afganos.
ACNUR/J. Redden/DP/PAK·2003

Después de pasar la mayor parte de sus diez años de carrera en el ACNUR como oficial de protección, Notz ha aportado su formación al nuevo puesto. La protección es producto tanto de la preparación como de la experiencia, algo que, en un reciente periodo de cuatro días, se hizo patente cuando tuvo que enfrentarse prácticamente a todas las labores incluidas en el mandato de protección del ACNUR.

Está de mal humor antes de emprender el viaje de cuatro horas en coche hasta Kurram, un distrito en el vértice extremo de Pakistán habitado por tribus ferozmente independientes. El ACNUR no ha podido suministrar queroseno a los refugiados afganos que huyeron durante la guerra de 2001 y en la que los norteamericanos expulsaron a los dirigentes talibanes del poder.

“No se distribuye queroseno desde marzo, así  que no  hay  luz   en  el  campamento”,

comenta Notz. “Éste es un punto fundamental de la protección”. Sin iluminación nocturna, las mujeres que utilizan los lavabos comunales se arriesgan a ser violadas. Los niños se pierden. Los ladrones se cuelan sin ser vistos en la oscuridad de los campamentos. Los refugiados salen en busca de leña para sustituir el queroseno, creando tensiones en la relación con sus anfitriones pakistaníes, que también dependen de estos recursos escasos.

Otros puntos de vista

Notz le dice siempre a los empleados del ACNUR que se pongan en el lugar de los refugiados y de las demás personas. Es una táctica que utiliza en beneficio del propio personal en la hospedería del ACNUR en Saddar, una caótica ciudad administrativa situada entre los campos de arroz del distrito de Kurram. Por las tardes, en Pakistán, el personal femenino no puede mezclarse libremente con los hombres que componen la plantilla. Notz ha autorizado la compra de un segundo aparato de televisión y de distintas líneas de teléfonos para que el personal femenino pueda mantenerse en contacto con sus familias.

La misma Notz ha nacido en Los Angeles, vivió hasta los diez años en Irán, domina el inglés, el francés, el español y el persa y, como “mezcla de Oriente y Occidente que soy, veo cada cultura a través de sus propios ojos”.

Al día siguiente, después de un viaje en un Land Cruiser, en su mayor parte por un cauce seco de grava, 4.000 refugiados del campo de Old Baghzai le exponen sus preocupaciones. Un afgano no puede regresar a su pueblo porque no tiene el certificado escolar necesario para conseguir trabajo; Notz le indica la oficina correspondiente a la que ha de dirigirse en Peshawar. A un joven le gustaría volver, pero su padre está paralítico; ella sugiere que, como familia especialmente “vulnerable”, es mejor quedarse en Old Baghzai.

Pero Notz es también portadora de un duro mensaje para los cuatro campos de Kurram y para los “nuevos” refugiados del 2001, llegados mucho después que los 1,2 millones de personas que llevan hasta 23 años en el exilio.

A principios del 2002, el ACNUR empezó a ayudar a los refugiados que regresaban a Afganistán, la mayoría de los cuales venían de la provincia fronteriza de Notz. No obstante, el acuerdo tripartito entre la agencia para refugiados de la ONU y los gobiernos de Pakistán y Afganistán que engloba esta operación finaliza a principios de 2005, después de lo cual los afganos restantes tendrían que pasar un examen para comprobar si necesitan el estatuto de refugiado o son clasificados simplemente como emigrantes económicos.

“Tenéis que pensar seriamente en lo que vais a hacer cuando este campo cierre”, les advierte Notz.

Cuando un refugiado de Jalalabad se quejó porque ya no tenía casa a la que volver en dicha ciudad, Notz le pidió que fuera realista: el ACNUR cubre los costes de transporte a casa, un paquete de comida y otras ayudas al reasentamiento y vivienda para los más vulnerables. Pero no puede prometer la devolución inmediata de las tierras o propiedades, uno de los mayores contenciosos a los que se enfrenta el Gobierno afgano.

Notz y sus colegas de protección sobre el terreno sopesan constantemente las necesidades individuales dentro del marco más general en el que se hallan insertas.

Decisiones ecuánimes

“La empatía está muy bien para rectificar pequeñas cuestiones, pero debes tener la capacidad de ser imparcial”, comenta. “No puedes sentir empatía por todo el mundo, hacen falta normas y reglas si quieres hacer una distribución equitativa entre la gente y tratar a todos del mismo modo. Si intentas sentir empatía por todos, no llegas muy lejos”.

Notz sigue la misma rutina en todos los campamentos que visita, advirtiendo a la gente, solucionando casos individuales y suavizándolo todo con un toque de humor.

“Soy como un dentista”, decía durante una reunión en lengua persa, que muchos afganos comprenden. “Sólo sé sacar muelas. No hago cirujía ni ninguna otra cosa”.

Cuando una mujer se quejó de que había gusanos en los alimentos distribuidos, Notz descubrió que no se habían revisado los suministros. Ordenó de inmediato un examen de las existencias en almacén y de los futuros envíos.

Después de que un hombre protestara porque le habían dado pastillas en vez de una inyección, se giró y, ajustándose las gafas oscuras que siempre lleva puestas, aconsejó tranquilamente al médico no olvidar nunca que el tratamiento de los refugiados, en su mayoría analfabetos, exige grandes dosis de psicología además de medicinas.

“Si intentas sentir empatía por todos, no llegas muy lejos .”

De vuelta en Peshawar, Notz discute los problemas que ha descubierto en su viaje sobre el terreno con el Comisionado de los Refugiados Afganos para la provincia fronteriza del noroeste de Pakistán, el general de brigada Mushtaq Alizai. Cuando llegó aquí, justo antes de los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos, las relaciones entre el ACNUR y el Gobierno eran tensas. Pakistán apoyaba a los talibanes y accedía a sus exigencias de que los refugiados fueran hostigados y arrestados antes de ser devueltos a sus hogares.

La situación es mucho más cordial en la actualidad. El Comisionado ha pedido “voluntarios” para aumentar el número de refugiados que regresan, pero también ha aprobado las mejoras de los servicios médicos y la distribución de edredones, después de que Notz solicitara un aumento en el número de mujeres médico de servicio y el chequeo de la cantidad y calidad de las medicinas disponibles.

Un grupo de familiares le pidió ayuda para localizar a una muchacha, de unos 19 años de edad, que fue enviada a Alemania en calidad de huérfana para recibir cuidados médicos hace más de una década. Notz prometió ocuparse del asunto, pero también subrayó que tanto ahora como entonces el ACNUR daría prioridad a los intereses de la niña, uno de los principios básicos de la protección.

Puede que en los primeros días del ACNUR, señala Notz, la protección fuese una especie de “torre de marfil” donde los especialistas escribían trabajos bastante académicos. Estos expertos siguen siendo cruciales, desde luego -especialmente ayudando a los gobiernos a redactar leyes sobre refugiados-, pero sobre el terreno, la Convención de los Refugiados de 1951 adopta un rostro humano.

“Tienes que estar vigilando constantemente”, dice Notz. “Cuando tienes puestas las gafas de la protección, ves el mundo de manera distinta”.

<<Artículo anterior

Artículo siguiente>>

Índice