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ANGOLA
Un nuevo comienzo

Después de tres décadas de guerra, florece en Angola una asombrosa paz

por Fernando del Mundo

Como el ave fénix, Angola resurge de las cenizas de tres décadas de guerra civil.

Se reconstruyen escuelas, clínicas, hospitales y casas en esta nación del África sudoccidental. Se reparan las carreteras. Y lo más importante, la gente vuelve a sus hogares.

Han muerto más de un millón de personas, sobre todo civiles, cuatro millones se han visto desplazadas dentro de Angola y casi 500.000 huyeron a los países vecinos durante uno de los conflictos más largos del mundo.

Pero a raíz de un acuerdo de paz firmado en abril del año pasado entre el Gobierno y el movimiento rebelde angoleño, UNITA, alrededor de 1,6 millones de desplazados han regresado “espontáneamente” a sus pueblos y ciudades, en un país que duplica el tamaño de Texas y que es rico en petróleo, diamantes, minerales y tierra fértil.

A principios de verano, el ACNUR comenzó una repatriación organizada de refugiados, abriendo rutas desde las vecinas Namibia, República Democrática del Congo y Zambia a medida que el ritmo de regresos aumentaba.

En la provincia oriental angoleña de Moxico, hay un sentimiento de optimismo entre las ruinas de la guerra. Davide Zeferino, un antiguo maestro de matemáticas de 41 años, caminó durante 10 días desde el campo de refugiados de Meheba en Zambia hasta la ciudad de Cazombo para echar un vistazo, antes de pedirle a su mujer y sus siete hijos que se reunieran con él.

Transportó 10 kilos de arroz y ropa que le han servido de capital para establecerse como pequeño comerciante de pescado seco. Algún día espera utilizar su educación para ingresar en una organización no gubernamental o internacional. “Aquí la vida es muy dura”, admite, “pero puedes hacer cosas prácticas y tener fe en el futuro”.

Maria Clara Bambi, que huyó del país en 1978, ha convertido un montón de escombros en Cazombo en un lindo hogar. En Kinshasa, la capital del Congo, donde pasó su exilio aprendió repostería, lo cual le permite ahora tener unos pequeños ingresos. Con su pelo teñido de rubio, vestida elegantemente con una chaqueta fucsia por encima de una camisa azul, vaqueros y mocasines negros de la marca JP Tod, Maria Clara Bambi es también optimista: “Ya no hay guerra. Se acabó”.

Esperanza y prudencia

Junto a la carretera principal que lleva a Cazombo, una pequeña colonia de soldados que han sido desmovilizados hace unas semanas aguardan su prometida rehabilitación en una docena de tiendas y cabañas de paja. Son un símbolo de la esperanza de que la guerra se ha acabado realmente y de la prudencia de que aún queda mucho por hacer para sanar las cicatrices de la guerra.

En el norte del país, los retornados reconstruyen sus destrozadas casas. Un sesenta por ciento de la comuna de Kuimba fue destruida por la guerra y hace sólo un año estaba vacía. Hoy el 60 por ciento de los 25.000 pobladores originales ha regresado. “El bosque se había tragado el lugar, pero cuando regresó la gente, le hizo retroceder”, comenta con orgullo Alexander Gomes, un coordinador local de educación.

Pero entre la euforia general, hay señales de peligro. La mayor parte de la infraestructura del país está destruida y el paisaje sigue lleno de casas, comercios, barracas e iglesias - muchos de estos edificios, herencia de los 400 años de dominio colonial portugués - acribillados por las balas. Llevará años o décadas reparar los daños.

De vuelta a casa.
ACNUR/C. Mirtenbaum/DP/
ANG·2003

 

“Muchos lugares carecen de la infraestrctura básica para permitir el regreso”, explica el representante del ACNUR en Angola, Janvier de Riedmatten, razón por la cual la agencia sólo ayuda a regresar a comunidades “viables”.

Muchas minas

Angola es una de las regiones más minadas del mundo. Más de 100.000 personas resultaron desfiguradas por estos artefactos mortales durante la guerra y el peligro sigue vigente en la actualidad. Un recorrido de prueba de un convoy de repatriación desde Zambia se retrasó un mes a principios de este año al descubrirse un obús antitanque sin explotar junto a la autopista, bordeada de altos pastos para elefantes que restringen seriamente la visibilidad en la selva.

Es una elección difícil, abandonar la relativa seguridad de un campo de refugiados, sus escuelas, servicios médicos e instalaciones de formación técnica, por un futuro muy incierto, especialmente para la gente más vulnerable.

Catherine Kadina-Mungeko, de 45 años, perdió a su marido en la guerra y a dos de sus hijos por enfermedad. Con la reanudación de los combates en 1998, una mina terrestre le arrancó una pierna cuando estaba embarazada de su quinto hijo. “Sólo volveré (a casa) cuando el momento sea propicio”, dice prudentemente.

Isabelle Lututala, de 60 años, huyó por primera vez del país en 1973. Regresó y huyó de nuevo a medida que la guerra iba y venía. En este proceso, perdió a cuatro de sus nueve hijos -una niña y tres niños-, uno de los cuales fue fusilado delante de ella.

Esta vez, dice, “Cuando vuelva a casa, lo haré para quedarme”.



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