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AGUA
Tres días de vida…
Cuando cientos de miles de aterrorizados
ruandeses cruzaron la frontera en desbandada, se dieron de bruces contra
una cruel ilusión.
Resplandeciendo bajo el tropical sol africano, se extendía por
el horizonte la vasta extensión del lago Kivu, ofreciendo al desfallecido
ejército de desplazados la esperanza de un suministro inmediato
e ilimitado del agua que podría salvarles la vida.
Pero mientras el éxodo continuaba inexorablemente, los ruandeses
se vieron empujados cada vez más lejos del lago, estableciéndose
finalmente a decenas de kilómetros, en las hendiduras y grietas
de una llanura seca de rocas volcánicas negras y grisáceas.
En cuestión de días, durante el verano de 1994 más
de un millón de ruandeses, que intentaba escapar del genocidio
que se producía en su país, entraron en masa en la vecina
Zaire (hoy República Democrática del Congo). En las semanas
posteriores a pesar del aporte de miles de millones de dólares
en ayuda internacional, murieron al menos 60.000 personas debido al círculo
vicioso de escasez de agua, enfermedad e inevitablemente, el cólera.
Dado que la población mundial se ha duplicado en los últimos
60 años, cada vez un mayor número de gente padece escasez
de agua que amenaza su bienestar económico y medioambiental, su
salud y, como los ruandeses, su propia vida.
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Sequía
en el Sahel, 1974.
Licross/Alain Nogues/Sygma
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El agua
subterránea, una fuente de vida oculta para 2.000 millones
de personas, disminuye a un ritmo alarmante en casi todas partes.
Unos 450 millones de personas de 29 países padecen la escasez
crónica de agua. Una de cada seis personas no tiene acceso
a agua potable y más de 2.000 millones de personas carecen
de atención sanitaria adecuada.
Las enfermedades producidas por el agua matan a un niño cada
ocho segundos y son responsables del 80 por ciento de todas las
enfermedades y muertes en los países en desarrollo.
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Los refugiados y demás desplazados
se encuentran entre los grupos más vulnerables dentro de los afectados.
Las personas desplazadas suelen huir de los países más pobres
del mundo para acabar encontrando refugio en países igualmente
miserables. Los campos de refugiados se ubican a veces en lugares poco
poblados, con poca infraestructura y lo peor, con poca agua.
Caluroso y seco
El Cuerno de África, hogar en las últimas décadas
de cientos de miles de refugiados de Sudán, Eritrea, Etiopía
y Somalia, es uno de los puntos más calurosos y secos del planeta.
Se calcula que en Sudán hay cuatro millones de personas en movimiento,
pero la mayor parte del país es desértico o con arbustos.
Incluso cuando el agua se encuentra tentadoramente cerca, como en el caso
de los ruandeses que han huido, el acceso puede ser difícil debido
a problemas políticos o militares.
En regiones de este tipo, a menudo inaccesibles en medio de una guerra,
el agua puede ser muy cara y difícil de suministrar, aun sabiendo
que se trata de una necesidad vital. Un adulto puede vivir varias semanas
sin comida, pero en condiciones extremas, dos o tres días sin agua
se convierten en una sentencia de muerte.
En Zaire, el ejército de Estados Unidos acabó usando aviones
Galaxy de transporte pesado para trasladar, desde el otro lado del mundo,
estaciones de bombeo con que sacar agua del lago Kivu. El costo de distribuir
la cantidad mínima de agua -unos 7 litros diarios por persona-
para 200.000 personas de un campamento situado a sólo unos kilómetros
de distancia ascendió en aquellos días a 10.000 dólares
diarios.
En algunas partes del Cuerno
de África, algunos refugiados se vieron obligados a sobrevivir
con menos de tres litros por día durante los años
90.
El acceso al agua es un derecho humano básico, junto con
algunos socios como Oxfam, especialista en temas de agua, el ACNUR
participa actualmente en varios proyectos hidrológicos
en el mundo. Estos incluyen no sólo el suministro por carretera
a los campamentos aislados, la perforación de pozos y el
mantenimiento de generadores y bombas de agua, sino también
la construcción de presas, la rehabilitación de
lagos y ríos para proteger el medio ambiente y, cuando
es posible, el fomento de programas de pesca y agricultura a pequeña
escala para que los refugiados se hagan autosuficientes.
Con motivo del Año Internacional del Agua Dulce en 2003,
la agencia ha puesto en marcha un estudio global para identificar
las principales anomalías en los programas de distribución
de agua potable a los más de 20 millones de personas que
tiene bajo su cuidado en todo el mundo.
Las mejoras incluirán probablemente recoger y utilizar
la información de forma más sistemática,
una mayor cooperación con otras agencias y un mejor uso
del agua subterránea y la recolección del agua de
lluvia.
Si los fondos lo permiten, por supuesto. Dado que los presupuestos
son cada vez más restringidos, la agencia para refugiados
se ha visto obligada a recortar el capital disponible para proyectos
de investigación y desarrollo y para programas de formación
y sobre el terreno. |
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Liberia:
La alegría del agua.
ACNUR/C.Shirley/CS/LBR·1997
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“Debemos aprender a valorar
el agua”, ha dicho recientemente el Secretario General de la ONU,
Kofi Annan, refiriéndose al despilfarro continuo de agua en muchas
partes del mundo.
Ésa es una de las lecciones que la mayor parte de los refugiados
se toman ya muy en serio. 
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