
AFGANISTÁN
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Editorial De regreso a casa… las buenas noticias A mediados de los años 90 el ACNUR
atendía a unos 27 millones de personas, más que en cualquier
otro periodo de sus 53 años de historia. Desde entonces las cifras
han experimentado un lento descenso.
mero de personas
que recibía asistencia en situaciones de emergencia descendió
de 18,3 millones a unos 16 millones.
El año 2003 ha sido un período de consolidación de estas tendencias. Han proseguido los grandes desplazamientos en zonas como Afganistán, Angola y Sri Lanka, pero a un ritmo menor. Posiblemente esta tendencia se repita en los próximos 12 meses y con mucho trabajo y un poco de suerte en las distintas iniciativas de paz actualmente en marcha, se puedan comenzar nuevas repatriaciones a lugares como Sudán. La noticia preocupante es que las labores humanitarias se encuentran amenazadas como nunca lo han estado antes. El atentado del 19 de agosto contra el cuartel general de la ONU en Bagdad, en el que murieron 22 personas y muchas otras sufrieron heridas, ha puesto de manifiesto que el denominado “escudo moral”, protector de los trabajadores de ayuda humanitaria, ha quedado seriamente comprometido y que ahora fanáticos religiosos, ejércitos irregulares y milicias ven al personal sobre el terreno, tanto internacional como local, como posible objetivo. En noviembre la amenaza se convirtió en una terrible realidad cuando Bettina Goislard, una francesa de 29 años que trabajaba para el ACNUR en la ciudad de Ghazni al sur de Kabul, fue asesinada a sangre fría por dos hombres armados que iban en una motocicleta. Los peligros físicos nunca podrán ser totalmente eliminados en situaciones que generan refugiados, pero el mayor desafío para las agencias como el ACNUR en los próximos meses será el diseño de estrategias operativas que garanticen un nivel de seguridad razonable para su personal, al tiempo que le permita ayudar de manera efectiva a millones de personas necesitadas.
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