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EL MUNDO 2003

"Parece una pesadilla de la que esperamos despertar. Ojalá fuera así"

Se han logrado grandes éxitos en el 2003, pero la bomba que estalló en Bagdad ha ensombrecido todo.


por Ray Wilkinson

Era la madre de todas las crisis. Mientras las nubes de guerra se iban acumulando sobre Oriente Medio a principios de año, las agencias humanitarias movilizaban a sus propias legiones, anticipándose a una catástrofe inminente que amenazaba con inundar toda la región.

Se calcula que a raíz de la primera Guerra del Golfo en 1991, dos millones de personas abandonaron sus hogares. Las agencias humanitarias decididas a no verse desbordadas esta vez por otra avalancha humana, como les ocurrió en el anterior conflicto y más tarde en los Grandes Lagos africanos a mediados de los 90 y en Kosovo a finales de la década, apostaron batallones de trabajadores, tiendas de campaña y suministros de emergencia por todo Oriente Medio… y esperaron.

Como se comprobó más tarde la crisis de refugiados nunca se produjo. Mientras las columnas blindadas de los norteamericanos y de la coalición arrollaron al ejército de Saddam Hussein en cuestión de semanas, la mayoría de la población iraquí no se movió de sus ciudades y pueblos y sólo unos pocos miles buscaron refugio fuera del país.

Con el aparente fin de la guerra y habiendo evitado la crisis, se pasó rápidamente a considerar proyectos para ayudar a cientos de miles de iraquíes que habían sufrido el exilio interno durante el antiguo régimen y para convencer a algunos de los millones de civiles que se habían instalando en el extranjero, que volvieran.

Quizás se había alcanzado un momento decisivo en una de las crisis humanitarias más antiguas y pronto habría millones de civiles desplazados volviendo en multitud a sus hogares abandonados hace mucho.

Ese sueño quedó destruido casi de inmediato. En la luminosa y despejada mañana del 19 de agosto, una camioneta avanzó lentamente por una carretera de acceso y quedó aparcada junto al edificio del cuartel general de las Naciones Unidas en Bagdad, la capital iraquí. Momentos más tarde cerca de 900 kilos de material altamente explosivo almacenados en el  vehículo estallaron en  una oleada de llamas y densa humareda, provocando muerte y destrucción. Gran parte del edificio principal, en la sede del Hotel Canal, quedó destruida. Murieron 22 personas entre ellas Sergio Vieira de Mello, jefe de la misión de la ONU en Irak y 150 personas más resultaron heridas.

Muerte y destrucción en el cuartel general de la ONU en Bagdad.
SABAH ARAR/AFP/GETTY IMAGES
 


“Parece una pesadilla de la que esperamos despertar”, declaró el Secretario General de la ONU, Kofi Annan. “Ojalá fuera así”.

Cambio total

En esos breves momentos, oscuros y terribles, que tardó en detonar la bomba, se pusieron en entredicho, como no lo habían estado nunca antes, las necesidades inmediatas no sólo de millones de civiles iraquíes desamparados, sino también el papel global de las Naciones Unidas y el perfil de las futuras operaciones humanitarias en todo el mundo.

Mujeres ayudando a reconstruir Afganistán.
AP/SUZANNE PLUNKETT 

La masacre y la incertidumbre resultante oscurecieron otros sucesos humanitarios positivos y negativos del 2003.

En cuanto a la parte positiva, cientos de miles de civiles siguieron volviendo a sus ciudades y pueblos en Afganistán a lo largo del año, aunque la tasa de retornos ha caído significativamente en comparación con los doce meses anteriores. Por todo el planeta, ríos de gente - en Sri Lanka, Eritrea,  Angola  y  otras  regiones-  intentaban  también rehacer sus vidas, a menudo tras años o décadas de exilio.

Un Gobierno de transición fue creado en la República Democrática del Congo después de lo que se ha descrito como “el conflicto con más muertes documentadas de toda la historia africana”, en el que perecieron unos 3,3 millones de personas. Se ha avanzado lentamente  en   las  conversaciones para acabar  la   guerra civil en

Sudán, en la que han muerto dos millones de personas y otras cuatro millones de personas sin hogar siguen vagando por los desiertos del norte y por las sabanas del sur del mayor país de África. El despótico mandatario de Liberia, Charles Taylor, se vio obligado a dejar el cargo y se ha restablecido una frágil paz en la vecina Costa de Marfil, desgarrada hasta entonces por los conflictos internos.

El Alto Comisionado Ruud Lubbers ha declarado que, tras varios años de carestías, han aumentado los fondos para financiar las operaciones del ACNUR y la comunidad internacional ha celebrado la adopción de diversas iniciativas para reforzar el régimen global de protección al refugiado (entrevista en página 8). La Asamblea General de la ONU ha ampliado la duración del mandato de Lubbers como Alto Comisionado por dos años, hasta finales de 2005.

El ACNUR llevó a cabo el primer estudio mundial sobre la situación de nueve millones de apátridas -personas que no tienen un país al que oficialmente llamar patria- y la información va a servir para ayudar a los estados a solucionar un problema que no ha sido suficientemente comprendido y recibe poca atención pública.

Este panorama, en general optimista -especialmente por los constantes retornos al país de origen-, ha quedado reflejado en las últimas estadísticas mundiales. Mientras que el número total de personas que el ACNUR atendía a principios de año permaneció relativamente estable en 20,6 millones, el énfasis en cada uno de los grupos poblacionales cambió significativamente.

El número de nuevos refugiados y de los grupos que reciben ayuda de emergencia o de supervivencia cayó de casi 18,3 millones en el 2001 a 16 millones a comienzos del 2003, mientras que el aspecto más positivo de la escala operativa, es decir, el número de personas que recibieron ayuda para volver a sus hogares y empezar sus vidas de nuevo, se disparó de menos de 500.000 a casi 2,5 millones en el mismo período.

Problemas en el horizonte

Ciertamente también ha habido grandes problemas. El número de personas obligadas a huir de sus hogares en Colombia descendió significativamente el año pasado en comparación con el 2002, pero tres millones de personas se han visto desplazadas en menos de dos décadas. Se ha producido una afluencia masiva hacia Bogotá, la capital, que ya en el 2002 incrementó el número de sus habitantes en un 140 por ciento. Este conflicto multilateral sigue siendo el peor desastre humanitario del hemisferio occidental.

Cientos de miles de refugiados de larga duración de Burundi y Somalia se han visto atrapados en un limbo por un largo periodo por la frágil situación militar y política en sus respectivas zonas. Apenas han habido progresos para resolver el futuro de más de 534.000 desplazados que viven en Serbia y Montenegro en Europa meridional o el de los 112.000 refugiados de Bután que llevan más de una década esperando en campamentos de la vecina Nepal. La situación en Chechenia permanece al igual sin resolver.

Unos 25 millones de personas, de los que casi seis millones reciben ayuda del ACNUR, siguen fuera de sus hogares en sus propios países en calidad de desplazados internos.

Casi a diario, decenas de personas continuaban perdiendo la vida, ahogándose en alta mar en su intento de llegar a un lugar más seguro entre África y Europa, el Cuerno de África y Yemen y otros lugares.

Regreso a Angola.
ACNUR/S.HOPPER/DP/
DRC•2003

 


Los funcionarios de protección del ACNUR expresaban su preocupación porque en la nueva era de la guerra mundial contra el terrorismo, donde los gobiernos tienen una fijación con sus problemas internos de seguridad, apenas se presta atención a las necesidades de seguridad de los refugiados, que se encuentran entre las personas más vulnerables del mundo, o de los funcionarios humanitarios que intentan ayudarlos. En cambio, cada vez se producen más detenciones de posibles solicitantes de asilo, más interceptaciones oficiales de personas en desplazamiento y muchos países han introducido medidas de inmigración y de seguridad más severas.

En este contexto de mayor hostilidad, los programas de reasentamiento para los refugiados, uno de los más importantes proyectos del ACNUR para encontrar soluciones permanentes, recibieron un duro golpe al ser reducidos en más de un 50 por ciento a nivel global.

Los países europeos se han esforzado por adecuar sus procedimientos de asilo, pero luchar por ganar los corazones y las mentes no sólo de los políticos escépticos, sino también de los votantes caprichosos, ha sido un proceso extenuante, tortuoso y a veces contradictorio.

Como prueba de los vaivenes de la política, hace años el Primer Ministro británico, Tony Blair, calificaba la Convención de Ginebra de 1951 sobre los Refugiados como un tratado cuyos “valores son imperecederos”. Recientemente declaraba que “la Convención de Ginebra está totalmente caduca”. En ese lapso de tiempo, Gran Bretaña respaldó, junto con 100 países más, el tratado y reafirmó su “compromiso de implementar nuestras obligaciones con la Convención de 1951 completa y eficazmente”.

Ha sido en este contexto de grandes logros, de problemas constantes y, lo más preocupante, del futuro perfil de las operaciones humanitarias después de lo ocurrido en Bagdad, que Lubbers ha calificado el 2003 como “un buen año en un mundo difícil”.

Pesadillas

La masacre de Bagdad ha sido el momento más oscuro en la historia de la ONU. Tres años antes el ACNUR se había enfrentado a su peor pesadilla. El 6 de septiembre de 2000, una horda de milicianos armados, cuidadosamente orquestada, asaltó la oficina de la agencia en la ciudad de Atambua, en Timor Occidental, mató a machetazos a tres miembros del personal y luego quemó sus cuerpos. Días más tarde, en el otro lado del mundo, en el estado africano de Guinea, un trabajador sobre el terreno Mensah Kpognon fue asesinado por rebeldes armados.

En esos breves momentos, oscuros y terribles, en que tardó en detonar la bomba, se pusieron en entredicho, como no lo habían estado nunca antes, las necesidades inme- diatas no sólo de millones de civiles iraquíes desamparados, sino también el papel global de las Naciones Unidas y el perfil de las futuras operaciones humanitarias en todo el mundo.

 

“En momentos así, nos faltan palabras”, dijo la entonces Alta Comisionada, Sadako Ogata. “¿Por qué asesinan a trabajadores humanitarios, inocentes y desarmados, de la manera más brutal? ¿Cómo hacer el balance de los riesgos que implica asistir a cientos de miles de refugiados que necesitan desesperadamente nuestra ayuda? ¿Y qué más debemos hacer, nosotros y la comunidad internacional, para proteger a todas esas buenas gentes en esos lugares tan peligrosos?”

En aquellos momentos se llevó a cabo una encuesta política, se prometieron reformas operativas y de seguridad. Después de Bagdad, tres años más tarde, seguían ahí las mismas preguntas y la misma angustia pública.

Mark Malloch Brown, Director del Programa de Desarrollo de la ONU, destacaba el dilema que supone tanto para las Naciones Unidas como para el sector humanitario, así como el daño causado por el atentado en Bagdad. “Estábamos preocupados incluso antes de que esto ocurriera”, manifestó en aquellos momentos. “Pero  también   queríamos  funcionar de
la manera más normal posible, no vivir rodeados de armas y alambres de púas. La ONU es una organización dedicada a la gente. Si perdemos ese hilo, sería como cortar nuestro cordón umbilical. Es la base de la confianza, de la legitimidad y de la autoridad moral de la bandera azul”.

Pero si lo que ocurrió en Bagdad fue una voz de alerta, llegó retrasada. Ya antes se habían producido numerosas advertencias de que el denominado “escudo moral” del que disfrutan los trabajadores humanitarios estaba siendo sistemáticamente perforado.

Tras los asesinatos de Atambua, el entonces Alto Comisionado Adjunto, Soren Jessen Petersen, había manifestado la precaria naturaleza del trabajo humanitario en este nuevo contexto. “Los riesgos que asumen los trabajadores humanitarios no armados superan lo que cualquier militar soportaría”, declaró entonces.

En poco menos de una década, han muerto al menos 240 trabajadores civiles de la ONU, así como un número desconocido de trabajadores de organizaciones no gubernamentales (ONGs).

En 1996 seis enfermeras del Comité Internacional de la Cruz Roja murieron apaleadas en Chechenia. A finales de julio del 2003, 11 trabajadores locales de ayuda humanitaria fueron tomados como rehenes y posteriormente asesinados en la República Democrática del Congo. En Afganistán cuatro empleados locales de una organización de ayuda danesa que trabajaba en proyectos hidrológicos fueron seleccionados y ejecutados por elementos armados que, antes de atarlos y disparar sobre ellos, les dijeron que se les había advertido que no trabajaran para agencias extranjeras.

Annalena Tonelli, de 60 años, había dedicado 33 años de su vida a ayudar a miles de desventurados en Somalia. En junio de 2003 su labor le valió el Premio Nansen del Refugiado que otorga el ACNUR. En octubre fue asesinada por un hombre armado en los terrenos de su hospital, donde había ayudado a tantas personas.

También en octubre una oleada de ataques suicidas sacudió Bagdad. Uno de los principales objetivos era el apenas custodiado cuartel general del Comité Internacional de la Cruz Roja. Una ambulancia repleta de explosivos se introdujo en el recinto provocando un cráter de seis pies de profundidad en el suelo y matando a 12 personas en la explosión.

En noviembre Bettina Goislard, de 29 años, recorría la ciudad de Ghazni, a 100 kilómetros al sur de la capital afgana, Kabul, en el interior de un vehículo claramente identificado con el distintivo del ACNUR, cuando dos hombres armados se acercaron en una motocicleta y abrieron fuego con una pistola. Goislard, de nacionalidad francesa, ingresó muerta en el hospital local.

Era el primer miembro de la plantilla de la ONU que moría en Afganistán desde que las Naciones Unidas reanudaron sus operaciones tras la caída de los talibanes dos años atrás, y la quinta persona del ACNUR en caer asesinada sobre el terreno desde el año 2000.

Crímenes de guerra

La comunidad humanitaria estaba pagando un alto precio por mantenerse cerca de los civiles a los que intenta ayudar, guardando al mismo tiempo un equilibrio entre su mandato civil y neutral y las explosivas guerras en las que el personal sobre el terreno interviene, cada vez con mayor frecuencia.

Los conflictos se han vuelto más caóticos. Muchas veces no hay una línea del frente convencional. Muchas de las facciones en lucha ignoran las leyes internacionales y los antiguos acuerdos consuetudinarios, entre otros el denominado “escudo moral” que ha protegido a los trabajadores humanitarios durante décadas.

Claramente se necesitan nuevos planteamientos y una nueva actitud por parte de los gobiernos. Y aunque ha habido ciertos progresos en los últimos años, es necesario hacer más.

Un informe independiente de 40 páginas publicado tras la explosión de la bomba en Bagdad criticaba duramente las disposiciones de seguridad de la ONU, denominándolas “disfuncionales” y con “muy pocas garantías  de  seguridad  al personal  de  la  ONU en

Supervivientes de las masacres en la República Democrática del Congo. Existen esperanzas de que la paz vuelva a este país.
SIMON MAINA/AFP/GETTY IMAGES

 

Irak o en cualquier otro contexto de alto riesgo”. El autor del informe insistía en que “necesitamos hacer cambios radicales”.

El sindicato de trabajadores de las Naciones Unidas señaló que el informe era una “crítica condenatoria” que  destacaba  “graves  negligencias  y enormes deficiencias(pero)… fracasaba en su labor de encontrar un responsable”.

El Secretario General, Kofi Annan, anunció posteriormente la formación de un equipo independiente de expertos para determinar la responsabilidad en los fallos de seguridad.

Cinco años antes Annan había creado un fondo administrativo con el objeto de formar al personal de la ONU en materia de seguridad para ayudar a resolver los nuevos desafíos y había solicitado contribuciones de todos los países. Resulta preocupante que el fondo siga disponiendo de apenas dos millones de dólares, donados prácticamente en su totalidad por un solo país: Japón.

La Convención de 1994 sobre Seguridad para las Naciones Unidas y su Personal Asociado entró en vigor en 1999. 69 países han firmado dicha Convención, pero lo más grave es que ésta no cubre a los trabajadores humanitarios de la ONU en la mayor parte de los casos.

Por separado, y demostrando una mayor sensación de urgencia, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó una resolución unánime después de lo de Bagdad, declarando como “crímenes de guerra” los ataques sobre los trabajadores de la ONU.

¿Qué hacer?

Cada vez más las agencias de ayuda se ven obligadas a trabajar en paralelo o junto con ejércitos implicados directamente en el conflicto, como en Kosovo e Irak. ¿Hasta qué punto pueden o deben estos grupos estar cerca de unos ejércitos regulares que pudieran ser las únicas organizaciones capaces de procurar una seguridad real?

Ha sido en este contexto de grandes logros, de problemas constantes y lo más preocupante del futuro perfil de las operaciones humanitarias después de lo ocurrido en Bagdad, que Lubbers ha calificado el 2003 como “un buen año en un mundo difícil”.

 

¿Deben las agencias como el ACNUR trabajar en la periferia en vez del núcleo de los conflictos, como solía hacer la agencia para los refugiados antes de los 90? En su entrevista el Alto Comisionado Lubbers descarta esta idea, insistiendo que a pesar de que “tenemos que ser prudentes y minimizar los riesgos” en situaciones de peligro, simplemente el ACNUR no puede permitirse trabajar al margen de una crisis.

¿Tal vez haya que “desoccidentalizar” las futuras operaciones de emergencia humanitaria y dar mayor campo de acción a las organizaciones no gubernamentales locales y a sus trabajadores? Sin embargo resulta preocupante que en Afganistán y otros países, estas mismas agencias se hayan convertido en objetivos del conflicto junto con sus colegas extranjeros.

Por otro lado, mientras que el modus operandi de la Cruz Roja -mantener un bajo perfil, dejar canales abiertos a todas las  partes involucradas  e intentar re-
solver las cuestiones de seguridad antes de que se vuelvan peligrosas- ha recibido abundantes elogios por parte de otras organizaciones, incluido el ACNUR, en la nueva realidad, incluso esta organización estrictamente neutral que tiene su base en Suiza parece haberse convertido, lo mismo que cualquier otra organización humanitaria, en uno de los objetivos.

En el fondo el problema es que lo que estas agencias decidan tendrá menos impacto que la política adoptada por los ejércitos irregulares y las milicias involucradas en los distintos conflictos del planeta. Si estos grupos siguen ignorando las cuestiones humanitarias creyendo que al atentar contra los trabajadores humanitarios obtienen ventajas políticas y militares, resultará difícil diseñar estrategias de compromiso que permitan a los funcionarios trabajar de forma efectiva y con las mínimas condiciones de seguridad.

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