EL CAMINO DE VUELTA SUEÑOS Y TEMORES “Me vuelvo a la tierra que Dios nos dio” El regreso al hogar es la meta final para
la mayoría de los refugiados,
pero es una experiencia tan eufórica como aterradora
“Cuando era más feliz que nunca, oí que la guerra había terminado”, relata María. “Y después tuve miedo. En el campo de refugiados estaba a salvo. Mis hijos tenían comida. ¿Por qué tenía que regresar a arriesgarlo todo? Las luchas podían volver a empezar y matar a mi nueva familia”. “Pero Mozambique es mi hogar. Tenía que volver”. Superando el temor inicial, otra sorpresa la esperaba a su regreso. “Nos trajo un autobús de refugiados”, cuenta. “Los funcionarios nos dieron comida, lonas para hacer cubiertas y herramientas. Pero no había nada más. Nada. No había casas, escuelas, pozos, cultivos. Posiblemente allí no había futuro”. Perseveró y, según los criterios locales, prosperó, construyendo una hermosa pilhota (cabaña) de adobe y ramas, con un patio de barro cocido bien barrido y una pequeña parcela para el cultivo de vegetales y la cría de cabras y gallinas. Durante un periodo de 30 meses, a principios de los 90, 1,7 millones de refugiados como María volvieron a sus hogares en trenes, aviones, coches y autobuses, o simplemente andando. Otros cuatro millones de civiles, escondidos no lejos de sus aldeas, emergieron de la selva en una de las repatriaciones con más éxito de la historia. La “única” solución
En las primeras décadas de existencia del ACNUR, los gobiernos occidentales siguieron abriendo sus puertas a los refugiados húngaros y de Europa del Este durante la Guerra Fría, y a los civiles indochinos después del conflicto en el sudeste asiático. Pero, a medida que cambiaba el clima político mundial y el número de personas bajo responsabilidad del ACNUR crecía desde aproximadamente un millón en 1951, fecha en que la agencia empezó su labor, hasta más de 27 millones a mediados de los 90, se retiró en gran medida el felpudo de bienvenida. Lo que ahora se designa oficialmente como “repatriación voluntaria” se convirtió en la única solución práctica para la gran mayoría. Y en los dos o tres últimos años ha habido síntomas esperanzadores de que muchos más civiles, especialmente aquellos que más tiempo llevan desplazados por las denominadas crisis prolongadas, podrían volver a sus granjas y pueblos de toda la vida. A comienzos del nuevo milenio, la agencia ayudó a cerca de 500.000 personas en su regreso. En 2002, esa cifra se elevó a casi 2,5 millones, principalmente por el enorme número de afganos que regresaron a su país. El año pasado, aunque el ritmo disminuyó un poco, los recuentos indican que la media de regresos oficiales seguía siendo alta. Por otro lado, es posible que hasta dos millones de personas en países como Angola volvieran sin previo aviso y sin ningún tipo de ayuda oficial. Problemas complejos En teoría al menos, dado que los refugiados, las agencias humanitarias como el ACNUR y los principales gobiernos están todos de acuerdo en la solución general, el proceso de “volver a casa” debería ser relativamente sencillo. Sin embargo, lo que se encuentran siempre es una compleja ecuación que abarca las emociones más extremas y las cuestiones prácticas: euforia, miedo, sueños, pesadillas, nostalgia, hostilidad. ¿Por qué abandonar la relativa seguridad de un campo de refugiados, no importa cuán desesperadas sean sus condiciones, para dar un salto a lo desconocido? ¿Habrá casas, escuelas o clínicas a su regreso? ¿Y qué hay de las tierras y los cultivos? ¿Habrá trabajo y oportunidades educativas? ¿Qué pasa con las amenazas a la integridad física como las minas terrestres? ¿Es posible reinsertar socialmente a personas que han estado alejadas, a veces durante años, de la población civil que ha permanecido en sus hogares durante la guerra? Con frecuencia, ambos grupos han cambiado… sus familias han crecido, algunas personas incluso han adoptado otra religión. ¿Pueden los civiles, especialmente los jóvenes, que han saboreado la vida urbana o la gran ciudad durante el exilio, incluso en los límites de un campo de refugiados superpoblado, regresar a granjas y aldeas aisladas, cuando no primitivas? En ocasiones, los refugiados se enfrentan perplejos a la perspectiva de volver a un país donde hay paz en una región y guerra en otra. Eso ha ocurrido en Afganistán, la cuenca del Congo y ocurre actualmente en Sudán, donde puede que cientos de miles de refugiados regresen al sur del país este año, mientras que un número parecido de personas se ha visto desplazado por las luchas que tienen lugar en el oeste, huyendo algunas de ellas al vecino país del Chad. Si cada refugiado se enfrenta a estos dilemas, las agencias, entre ellas el ACNUR, deben incluir en su planificación, desde el primer momento en que se produce una emergencia, la posibilidad de cómo y cuándo se va a producir la vuelta de los refugiados a su patria. Hay que tener en cuenta cuestiones logísticas obvias e inmediatas: ¿cuánto tiempo se cree que van a quedarse los nuevos refugiados y qué necesidades de vivienda, comida y medicinas van a tener?
¿ Cómo se puede eliminar el nefasto “intervalo” entre la ayuda de emergencia -la comida, el alojamiento y las medicinas que se proporcionan en los campos de refugiados- y la ayuda al desarrollo a largo plazo -la reconstrucción de hospitales y de infraestructuras en los pueblos de los retornados- que durante décadas ha acosado a los refugiados? Y aunque muchos refugiados regresen a sus “antiguos hogares”, ¿cómo ayudar a otros que, por diversas razones, no pueden regresar, a encontrar un “nuevo hogar” en otro país? Confusión Si la atracción del “hogar” es muy fuerte entre los refugiados adultos, la situación es más confusa entre los más jóvenes, que pueden haberse visto influidos, durante sus años más impresionables, por un entorno social radicalmente distinto que incluye música, moda, alcohol, electricidad y agua corriente. Muchos de estos jóvenes han nacido en el exilio y nunca han visto su “casa” o incluso su país. Aunque resulta difícil calcular el número, quizás el 50-60 por ciento de los refugiados actuales están dentro de esta categoría. Liyakath Aikhan Mohammed Aslam era muy joven cuando su familia huyó de Sri Lanka durante el conflicto de 25 años en el que han muerto unas 65.000 personas y cerca de un millón se han visto desplazados. Tras el alto el fuego de 2002 entre el Gobierno y los “tigres tamiles”, más de 300.000 civiles han vuelto a sus hogares y el joven, que ahora tiene 21 años, no ha dudado ni un momento cuál será su futuro. “Tenía siete años cuando huí”, recuerda. “Ni siquiera me acuerdo de cómo era mi pueblo. Pero me sentiré orgulloso cuando haya vuelto. No puedo esperar”. A medio mundo de distancia, James Badradin, de 24 años, volvió recientemente a las montañas de Nuba, en Sudán, pero su vuelta a casa supuso un choque cultural (ver página 16). Tras pasar sus años de refugiado en las bulliciosas calles de Nairobi, la capital de Kenia, apenas encontraba algo que le atrajese en su pueblo natal, donde no había trabajo, electricidad, no podía salir con chicas como solía hacer en Kenia e incluso sus atrevidos tejanos y sus discos de hip-hop estaban totalmente fuera de lugar. En las entrevistas, los jóvenes que se refugiaron en la asediada capital bosnia, Sarajevo, durante la guerra de los Balcanes de los años 90, o que se aventuraron aún más lejos, hasta Europa y Norteamérica, solían mostrar su preocupación por el regreso a los estrechos confines de la vida rural, en casas sin electricidad o agua corriente y con poca actividad social.
Partida agridulce
Osman habilitó un granero para refugiar a su mujer y sus hijos y bajo un árbol cercano levantó una tienda, suministrada por el ACNUR, para hacer un poco más llevadero el calor del calcinante verano. “Sólo sé que tengo que seguir viviendo”, comentaba en aquellos momentos, demostrando un estoicismo que ha servido de base a millones de desdichados civiles para sobrevivir a “la experiencia del refugiado”.
Proceso de aprendizaje Las operaciones de “vuelta al hogar” han supuesto también una empinada cuesta de aprendizaje para las agencias humanitarias. Con la atención puesta en la “vanguardia” de las emergencias -la huida de los refugiados y la ayuda legal y logística en los campamentos-, a las repatriaciones sólo se les prestaba una atención y unos recursos efímeros en el pasado. Un funcionario sobre el terreno recuerda la ayuda que prestó a los namibios durante su regreso al hogar en 1990. “Metíamos a un montón de refugiados en un todoterreno y poníamos rumbo a la selva. Una vez, llegamos de noche a una pequeña cabaña de ramas de espino y palos para devolver unos retornados a sus familias. La familia salió de la cabaña, sobresaltada por las luces y el ruido del motor, y se quedó deslumbrada. Estaban allí, de pie, aturdidos”, explica. “Ni siquiera sabían que veníamos. Fue una sorpresa para todos. Dejamos a los refugiados allí y nos fuimos. Me pregunto qué pasó después”. Las operaciones han mejorado bastante desde entonces. Los refugiados que regresan bajo los auspicios del ACNUR reciben generalmente no sólo asistencia con el transporte, sino también artículos básicos que abarcan desde mantas a semillas, provisiones para varios meses y material de construcción para rehabilitar al menos parte de sus hogares.
El Alto Comisionado, Ruud Lubbers, ha subrayado repetidamente la importancia de intentar cubrir el vacío entre la ayuda de emergencia en las fases iniciales de una crisis de refugiados y la ayuda al desarrollo a largo plazo de los refugiados que regresan a casa. Y para quienes no pueden volver de ninguna forma, la agencia sigue intentando que los países que albergan a las comunidades de refugiados los inserten entre sus habitantes, y que gobiernos de otros países ofrezcan a más personas desplazadas la oportunidad de reasentarse permanentemente y empezar una nueva vida. Jeff Crisp, director de la Unidad de Evaluación del ACNUR, asegura que se necesita más investigación y más flexibilidad para diseñar un retorno de refugiados. Cuando a los civiles se les ofrece formación en trabajos básicos, por ejemplo, ¿“son los proyectos típicos, como coser para las mujeres y carpintería para los hombres”, necesariamente los mejores programas? Y sólo porque un hombre era agricultor y vivía en una pequeña aldea antes de convertirse en refugiado, ¿debe continuar con el mismo trabajo cuando puede que las condiciones sobre el terreno hayan cambiado drásticamente? Fuertes lazos Pese a todas las dificultades, para la mayor parte de los refugiados la atracción del hogar es más fuerte que cualquier obstáculo. Casi un millón de personas de origen étnico albanés huyeron de Kosovo en 1999. Muchas veces los obligaban a marcharse a punta de pistola. Vieron a miembros de sus familias asesinados por las fuerzas serbias, sus casas destruidas y sus papeles de identidad deliberadamente rotos en pedazos. No obstante, al cabo de tres meses, en un dramático vuelco del destino y bajo la protección de las fuerzas de la OTAN, la mayoría de los que habían huido regresaron a sus hogares en su derruida provincia. Posiblemente, nunca tanta gente se había marchado y regresado en tan corto espacio de tiempo. A Abdul Hameed Badurdeen le dieron dos horas para marcharse, sin ninguna de sus pertenencias, de su casa en Jaffna, Sri Lanka. “Nos dijeron que posiblemente volveríamos en dos días”, recordaba. “Han pasado trece años y todavía no hemos vuelto”. Pero agregaba: “No importa cuánto tardemos; al final volveremos”. Y en Eritrea, Mzilal Kidane Maasho y su marido decían: “Damos gracias a Dios por habernos mantenido vivos para verlo. Somos débiles y viejos, pero por fin hemos vuelto a casa”. |
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