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EL CAMINO DE VUELTA

SUEÑOS Y TEMORES

“Me vuelvo a la tierra que Dios nos dio”

El regreso al hogar es la meta final para la mayoría de los refugiados, pero es una experiencia tan eufórica como aterradora



En el habla humanitaria se conoce como el “Milagro de Mozambique” y Maria Recartade es una de sus miembros honorarios.

Durante 30 años, Mozambique, una larga franja de montañas y maleza en el flanco oriental de África, se vio desgarrada, primero por la lucha colonial contra los portugueses y después por una guerra civil.

Murieron decenas de miles de personas, entre ellas el marido, el hermano y varios parientes de María. Cerca de seis millones de personas abandonaron sus hogares, incluida la joven campesina.

Mozambique 1994. © S.SALGADO:MOZ:1994

“Me dirigí a la selva con mis cuatro hijos y estuve allí escondida durante muchas noches”, recuerda, temerosa de las patrullas gubernamentales y de las guerrillas, hasta que huyó al país vecino, Zimbabwe. “De haberme quedado, me habrían matado”, señala.

En vez de ello, durante largo tiempo fue una refugiada y, como decenas de millones de personas desplazadas violentamente de sus hogares antes y después de estos hechos, la idea de “volver a casa” un día le permitió seguir viviendo durante esos años de privaciones y desesperación cíclica.

“Había semanas y meses en que sólo pensaba en mi marido muerto y en mi casa”, refiere. “Lo único que tenía eran mis recuerdos”, pero, aunque la idea de volver a casa la mantuvo viva, se produjeron varios sesgos inesperados en la historia de María antes de que pudiera cumplir su sueño.

Volvió a casarse y, después de que en 1992 se firmara un tratado de paz, llegó el “gran momento” de la vuelta. La euforia fue inmediata… seguida al instante por dudas y aprehensión.


“Cuando era más feliz que nunca, oí que la guerra había terminado”, relata María. “Y después tuve miedo. En el campo de refugiados estaba a salvo. Mis hijos tenían comida. ¿Por qué tenía que regresar a arriesgarlo todo? Las luchas podían volver a empezar y matar a mi nueva familia”.

“Pero Mozambique es mi hogar. Tenía que volver”.

Superando el temor inicial, otra sorpresa la esperaba a su regreso. “Nos trajo un autobús de refugiados”, cuenta. “Los funcionarios nos dieron comida, lonas para hacer cubiertas y herramientas. Pero no había nada más. Nada. No había casas, escuelas, pozos, cultivos. Posiblemente allí no había futuro”.

Perseveró y, según los criterios locales, prosperó, construyendo una hermosa pilhota (cabaña) de adobe y ramas, con un patio de barro cocido bien barrido y una pequeña parcela para el cultivo de vegetales y la cría de cabras y gallinas.

Durante un periodo de 30 meses, a principios de los 90, 1,7 millones de refugiados como María volvieron a sus hogares en trenes, aviones, coches y autobuses, o simplemente andando. Otros cuatro millones de civiles, escondidos no lejos de sus aldeas, emergieron de la selva en una de las repatriaciones con más éxito de la historia.

La “única” solución

La historia de cómo ayudar a los refugiados a empezar una nueva vida está llena de altibajos.

A mediados del siglo pasado, según se instituían las estructuras internacionales para ayudar a las personas desplazadas, la decisión de “volver a casa” o de reasentar a la gente en nuevos emplazamientos variaba, dependiendo de la crisis particular y del perfil político de los refugiados.

Durante el caos y los momentos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la Administración de Ayuda y Rehabilitación de las Naciones Unidas ayudó a repatriar a unos siete millones de personas.

La organización que la sucedió, la Organización Internacional para los Refugiados, se creó en 1946, pero tomó un rumbo distinto y reasentó a más de un millón de personas en países anfitriones en todo el mundo.
CÓMO LLEGAN
Los refugiados regresan a casa en avión, en camión, a pie, en burro o en autobús, en pequeños grupos o en oleadas masivas. De izquierda a derecha: Bangladesh, 1972; Mali, 1997; Ruanda, 1996; Etiopía, 1998; Afganistán, 2002.

 


En las primeras décadas de existencia del ACNUR, los gobiernos occidentales siguieron abriendo sus puertas a los refugiados húngaros y de Europa del Este durante la Guerra Fría, y a los civiles indochinos después del conflicto en el sudeste asiático.

Pero, a medida que cambiaba el clima político mundial y el número de personas bajo responsabilidad del ACNUR crecía desde aproximadamente un millón en 1951, fecha en que la agencia empezó su labor, hasta más de 27 millones a mediados de los 90, se retiró en gran medida el felpudo de bienvenida. Lo que ahora se designa oficialmente como “repatriación voluntaria” se convirtió en la única solución práctica para la gran mayoría.

Y en los dos o tres últimos años ha habido síntomas esperanzadores de que muchos más civiles, especialmente aquellos que más tiempo llevan desplazados por las denominadas crisis prolongadas, podrían volver a sus granjas y pueblos de toda la vida.

A comienzos del nuevo milenio, la agencia ayudó a cerca de 500.000 personas en su regreso. En 2002, esa cifra se elevó a casi 2,5 millones, principalmente por el enorme número de afganos que regresaron a su país. El año pasado, aunque el ritmo disminuyó un poco, los recuentos indican que la media de regresos oficiales seguía siendo alta. Por otro lado, es posible que hasta dos millones de personas en países como Angola volvieran sin previo aviso y sin ningún tipo de ayuda oficial.

Problemas complejos

En teoría al menos, dado que los refugiados, las agencias humanitarias como el ACNUR y los principales gobiernos están todos de acuerdo en la solución general, el proceso de “volver a casa” debería ser relativamente sencillo. Sin embargo, lo que se encuentran siempre es una compleja ecuación que abarca las emociones más extremas y las cuestiones prácticas: euforia, miedo, sueños, pesadillas, nostalgia, hostilidad.

¿Por qué abandonar la relativa seguridad de un campo de refugiados, no importa cuán desesperadas sean sus condiciones, para dar un salto a lo desconocido? ¿Habrá casas, escuelas o clínicas a su regreso? ¿Y qué hay de las tierras y los cultivos? ¿Habrá trabajo y oportunidades educativas? ¿Qué pasa con las amenazas a la integridad física como las minas terrestres? ¿Es posible reinsertar socialmente a personas que han estado alejadas, a veces durante años, de la población civil que ha permanecido en sus hogares durante la guerra?

Con frecuencia, ambos grupos han cambiado… sus familias han crecido, algunas personas incluso han adoptado otra religión. ¿Pueden los civiles, especialmente los jóvenes, que han saboreado la vida urbana o la gran ciudad durante el exilio, incluso en los límites de un campo de refugiados superpoblado, regresar a granjas y aldeas aisladas, cuando no primitivas?

En ocasiones, los refugiados se enfrentan perplejos a la perspectiva de volver a un país donde hay paz en una región y guerra en otra. Eso ha ocurrido en Afganistán, la cuenca del Congo y ocurre actualmente en Sudán, donde puede que cientos de miles de refugiados regresen al sur del país este año, mientras que un número parecido de personas se ha visto desplazado por las luchas que tienen lugar en el oeste, huyendo algunas de ellas al vecino país del Chad.

Si cada refugiado se enfrenta a estos dilemas, las agencias, entre ellas el ACNUR, deben incluir en su planificación, desde el primer momento en que se produce una emergencia, la posibilidad de cómo y cuándo se va a producir la vuelta de los refugiados a su patria.

Hay que tener en cuenta cuestiones logísticas obvias e inmediatas: ¿cuánto tiempo se cree que van a quedarse los nuevos refugiados y qué necesidades de vivienda, comida y medicinas van a tener?

LA REALIDAD
La vida puede resultar muy dura cuando los refugiados encuentran sus casas destruidas o tienen que empezar a reconstruirlas desde cero. Kosovo, 1999; Sri Lanka, 2002, Afganistán, 2003.

 

Pero también preocupan otras cuestiones más sutiles que, a la larga, acabarán influyendo sobre el proceso de “regresar a casa”. Si los civiles van a estar mucho tiempo en el país, ¿cuándo hay que poner en marcha las escuelas? ¿Qué plan de estudios debe seguirse, el del país anfitrión o el de la región de donde proceden? En el caso de los refugiados de Mozambique, ¿debían los niños dar las clases en su lengua materna –portugués- o en inglés, que es lo que se habla en los estados anfitriones vecinos? ¿Qué lengua acabará siendo más útil para ellos?

¿ Qué tipo de materias deben aprender para que puedan resultarles útiles si vuelven a su país? ¿Hasta qué punto deben implicarse las agencias humanitarias en la resolución de injusticias sociales y culturales obvias en una comunidad de refugiados?

Durante muchos años, potenciar a la mujer ha sido una cuestión fundamental en la labor con refugiados, pero ¿qué impacto tendrá dicha labor cuando las familias regresen a sus aldeas tradicionales y reanuden su antigua forma de vida?

¿ Deben las niñas asistir a clase? (en algunas partes de Afganistán ya se ha producido una reacción en contra de esta medida). ¿Quién tomará las decisiones en la familia y quién irá a trabajar?


¿ Cómo se puede eliminar el nefasto “intervalo” entre la ayuda de emergencia -la comida, el alojamiento y las medicinas que se proporcionan en los campos de refugiados- y la ayuda al desarrollo a largo plazo -la reconstrucción de hospitales y de infraestructuras en los pueblos de los retornados- que durante décadas ha acosado a los refugiados?

Y aunque muchos refugiados regresen a sus “antiguos hogares”, ¿cómo ayudar a otros que, por diversas razones, no pueden regresar, a encontrar un “nuevo hogar” en otro país?

Confusión

Si la atracción del “hogar” es muy fuerte entre los refugiados adultos, la situación es más confusa entre los más jóvenes, que pueden haberse visto influidos, durante sus años más impresionables, por un entorno social radicalmente distinto que incluye música, moda, alcohol, electricidad y agua corriente.

Muchos de estos jóvenes han nacido en el exilio y nunca han visto su “casa” o incluso su país. Aunque resulta difícil calcular el número, quizás el 50-60 por ciento de los refugiados actuales están dentro de esta categoría.

Liyakath Aikhan Mohammed Aslam era muy joven cuando su familia huyó de Sri Lanka durante el conflicto de 25 años en el que han muerto unas 65.000 personas y cerca de un millón se han visto desplazados. Tras el alto el fuego de 2002 entre el Gobierno y los “tigres tamiles”, más de 300.000 civiles han vuelto a sus hogares y el joven, que ahora tiene 21 años, no ha dudado ni un momento cuál será su futuro.

“Tenía siete años cuando huí”, recuerda. “Ni siquiera me acuerdo de cómo era mi pueblo. Pero me sentiré orgulloso cuando haya vuelto. No puedo esperar”.

A medio mundo de distancia, James Badradin, de 24 años, volvió recientemente a las montañas de Nuba, en Sudán, pero su vuelta a casa supuso un choque cultural (ver página 16). Tras pasar sus años de refugiado en las bulliciosas calles de Nairobi, la capital de Kenia, apenas encontraba algo que le atrajese en su pueblo natal, donde no había trabajo, electricidad, no podía salir con chicas como solía hacer en Kenia e incluso sus atrevidos tejanos y sus discos de hip-hop estaban totalmente fuera de lugar.

En las entrevistas, los jóvenes que se refugiaron en la asediada capital bosnia, Sarajevo, durante la guerra de los Balcanes de los años 90, o que se aventuraron aún más lejos, hasta Europa y Norteamérica, solían mostrar su preocupación por el regreso a los estrechos confines de la vida rural, en casas sin electricidad o agua corriente y con poca actividad social.

Incluso los retornados de más edad y la gente que se ha quedado atrás han cambiado irrevocablemente. Anthor Omar, de 35 años, huyó de su pueblo en 1989 para escapar de la guerra civil sudanesa, pero durante su exilio forzado en la capital, Jartûm, se convirtió al Islam. Cuando regresó a su casa con su nueva familia, no sólo tuvo que “ruralizarse” para poder cultivar, sino que también debió cicatrizar el profundo cisma existente entre su padre cristiano y él. La animosidad entre el norte, de mayoría musulmana, y el sur cristiano-animista, ha sido el principal motor de gran parte de los problemas del país. Aquí volvía a reproducirse, en miniatura, en una familia en guerra consigo misma.

La gran mayoría de la gente que se ha visto obligada a abandonar sus aldeas y pueblos por la guerra y la persecución desean volver a sus casas. Y la repatriación voluntaria es la única solución práctica para la gran mayoría.

Partida agridulce

Los refugiados vuelven a su país de muchas maneras: espontáneamente, en pequeños grupos, a pie o, por el contrario, en repatriaciones cuidadosamente organizadas y a veces a un ritmo de decenas de miles por día. En 2002, más de dos millones de afganos regresaron a los pocos meses de instaurarse un Gobierno provisional. En el mismo periodo, al menos 1,5 millones de desplazados internos en Angola y 100.000 refugiados decidieron no esperar a la ayuda oficial y regresaron sin más.

Quizás parezca sorprendente que a los refugiados no sólo les preocupe su futuro incierto, como refería Maria Recartade a su regreso a Mozambique, sino que derramen verdaderas lágrimas al dejar el campamento, el entorno familiar y los muchos amigos que la gente ha hecho, especialmente si llevan bastantes años en el exilio.

“Mzilal Kidane Maasho abrazó y besó a sus vecinos mientras sus nietos gimoteaban a su alrededor y le corrían lágrimas por las mejillas”, refería la revista REFUGIADOS recientemente al describir la partida de los refugiados eritreos de Sudán. «Su marido, Kidane Maasho, sollozaba también desconsoladamente mientras insistía desafiante: “Llevo 20 años esperando este día y no me da miedo volver a casa. Es triste tener que dejar a tus amigos, pero vuelvo a la tierra que Dios nos ha dado”».

Esta familia, como tantas otras, se sentía fortalecida no sólo por el amplio y poderoso sueño de su cabaña ancestral, sino también por los pequeños y sencillos placeres de los que se habían visto privados en el exilio y que muchos se prometían a su regreso.

RECONSTRUCCION
Los refugiados demuestran una gran capacidad a la hora de reconstruir sus hogares y su país y de reconocer la importancia de la educación. Camboya, 1980
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ACNUR/P.JAMBOR/10208

 

“Antes de venir a Sudán (un país estrictamente islámico donde el alcohol está prohibido), solía beber cerveza, y durante los últimos 20 años no he tomado ninguna”, recordaba Maasho. Su mujer y él disfrutaron de una bienvenida calurosa y apacible, siendo recibidos por una extensa familia que había volado hasta Eritrea desde su nuevo hogar en Estados Unidos, y Kidane Maasho celebró jubiloso una bebida helada especialmente satisfactoria: “Por fin me he tomado esa cerveza: estaba fresca y deliciosa”.

No todas las vueltas son tan placenteras como la de los Maasho. Cuando Osman Hysenlekaj regresó a Kosovo de su breve exilio en la vecina Albania, descubrió su casa destruida y sus 40 ovejas y 10 vacas sacrificadas. Lo peor aún estaba por venir en la granja situada al pie de la Montaña de los Malditos, un nombre de lo más apropiado. Examinando su propiedad, Osman encontró el cuerpo de su padre, de 83 años, que se había negado a huir ante el avance de los serbios, tirado junto a un pozo cercano.


Osman habilitó un granero para refugiar a su mujer y sus hijos y bajo un árbol cercano levantó una tienda, suministrada por el ACNUR, para hacer un poco más llevadero el calor del calcinante verano. “Sólo sé que tengo que seguir viviendo”, comentaba en aquellos momentos, demostrando un estoicismo que ha servido de base a millones de desdichados civiles para sobrevivir a “la experiencia del refugiado”.

Mohan Raj Sumathi, de 23 años, decidió también regresar desde la India a Sri Lanka con su hija y su marido, pero su retorno casi acaba en tragedia cuando el pequeño barco pesquero en que viajaban zozobró de noche, lanzando a los 20 pasajeros a las oscuras aguas. Nadie sabía nadar, pero dos de los pasajeros agarraron a su hija Rana, de tres años, y la sostuvieron por encima de las olas mientras los otros se mantenían a flote. Finalmente consiguieron enderezar la embarcación y llegar a tierra.

“Perdimos todo menos la vida, pero muchos besaron el suelo cuando llegamos”, contaba. “Me siento bien, muy bien por haber vuelto. No me arrepiento de nada”.

Volver a casa es una compleja ecuación que abarca las emociones más extremas y las cuestiones prácticas: euforia, miedo, sueños, pesadillas, nostalgia, hostilidad.

Proceso de aprendizaje


Las operaciones de “vuelta al hogar” han supuesto también una empinada cuesta de aprendizaje para las agencias humanitarias. Con la atención puesta en la “vanguardia” de las emergencias -la huida de los refugiados y la ayuda legal y logística en los campamentos-, a las repatriaciones sólo se les prestaba una atención y unos recursos efímeros en el pasado.

Un funcionario sobre el terreno recuerda la ayuda que prestó a los namibios durante su regreso al hogar en 1990. “Metíamos a un montón de refugiados en un todoterreno y poníamos rumbo a la selva. Una vez, llegamos de noche a una pequeña cabaña de ramas de espino y palos para devolver unos retornados a sus familias. La familia salió de la cabaña, sobresaltada por las luces y el ruido del motor, y se quedó deslumbrada. Estaban allí, de pie, aturdidos”, explica. “Ni siquiera sabían que veníamos. Fue una sorpresa para todos. Dejamos a los refugiados allí y nos fuimos. Me pregunto qué pasó después”.

Las operaciones han mejorado bastante desde entonces. Los refugiados que regresan bajo los auspicios del ACNUR reciben generalmente no sólo asistencia con el transporte, sino también artículos básicos que abarcan desde mantas a semillas, provisiones para varios meses y material de construcción para rehabilitar al menos parte de sus hogares.

TIMOR, 1999: La alegría del regreso.
ACNUR/M.KOBAYASHI/CS/IND.1999

Aunque el tema no se ha investigado a fondo, resulta evidente también que los propios refugiados tienen una capacidad especial para decidir cuándo y cómo volver. A veces una familia envía a uno o dos miembros -generalmente a los mayores, que son los que más desean volver- en misión de reconocimiento. Puede que se reasienten y empiecen las labores de reconstrucción o que vuelvan a informar sobre las dificultades.

En los Balcanes algunos de estos retornados pasaron a ser conocidos como los “visitantes de un día” por sus viajes de ida y vuelta. El resto de la familia, mientras tanto, seguía recibiendo ayuda internacional y protección.

De igual modo, la agencia de la ONU para los refugiados reconoció años atrás la importancia de incluir a las comunidades locales, así como a los retornados, en proyectos globales económicos, sociales y culturales. Se lanzaron los denominados QIPs, proyectos de impacto rápido (del  inglés  quick  impact  projects),  como la rehabilitación  de

carreteras y clínicas, que benefician a toda una aldea, aunque, según ciertos críticos, no ha habido el suficiente seguimiento como para determinar la viabilidad a largo plazo de muchos de estos programas.

El Alto Comisionado, Ruud Lubbers, ha subrayado repetidamente la importancia de intentar cubrir el vacío entre la ayuda de emergencia en las fases iniciales de una crisis de refugiados y la ayuda al desarrollo a largo plazo de los refugiados que regresan a casa.

Y para quienes no pueden volver de ninguna forma, la agencia sigue intentando que los países que albergan a las comunidades de refugiados los inserten entre sus habitantes, y que gobiernos de otros países ofrezcan a más personas desplazadas la oportunidad de reasentarse permanentemente y empezar una nueva vida.

Jeff Crisp, director de la Unidad de Evaluación del ACNUR, asegura que se necesita más investigación y más flexibilidad para diseñar un retorno de refugiados.

Cuando a los civiles se les ofrece formación en trabajos básicos, por ejemplo, ¿“son los proyectos típicos, como coser para las mujeres y carpintería para los hombres”, necesariamente los mejores programas? Y sólo porque un hombre era agricultor y vivía en una pequeña aldea antes de convertirse en refugiado, ¿debe continuar con el mismo trabajo cuando puede que las condiciones sobre el terreno hayan cambiado drásticamente?

Fuertes lazos

Pese a todas las dificultades, para la mayor parte de los refugiados la atracción del hogar es más fuerte que cualquier obstáculo. Casi un millón de personas de origen étnico albanés huyeron de Kosovo en 1999. Muchas veces los obligaban a marcharse a punta de pistola. Vieron a miembros de sus familias asesinados por las fuerzas serbias, sus casas destruidas y sus papeles de identidad deliberadamente rotos en pedazos.

No obstante, al cabo de tres meses, en un dramático vuelco del destino y bajo la protección de las fuerzas de la OTAN, la mayoría de los que habían huido regresaron a sus hogares en su derruida provincia. Posiblemente, nunca tanta gente se había marchado y regresado en tan corto espacio de tiempo.

A Abdul Hameed Badurdeen le dieron dos horas para marcharse, sin ninguna de sus pertenencias, de su casa en Jaffna, Sri Lanka. “Nos dijeron que posiblemente volveríamos en dos días”, recordaba. “Han pasado trece años y todavía no hemos vuelto”.

Pero agregaba: “No importa cuánto tardemos; al final volveremos”.

Y en Eritrea, Mzilal Kidane Maasho y su marido decían: “Damos gracias a Dios por habernos mantenido vivos para verlo. Somos débiles y viejos, pero por fin hemos vuelto a casa”.

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