| T E M A   D E   P O R T A D A |

LOS KURDOS FAILI

Expulsión. Marcha forzosa. Y pérdida de la nacionalidad

Por Marie-Helen Verney

“Es el mismo Dios. Si todos adoramos al mismo Dios, ¿entoncés por qué nuestra madre patria nos da la espalda?”. Jasem Mohamed Salhek sacude la cabeza y se queda callado, perdido en sus recuerdos y en la contemplación de los cercanos Montes Zagros, cuyos picos cubiertos de nieve ofrecen un majestuoso telón de fondo y también una formidable barrera entre su actual hogar, en el campo de refugiados de Azna, en Irán, y su tierra natal, Iraq, que renegó de él hace un cuarto de siglo.

Jasem es un kurdo faili, cuyos antepasados detentaron en tiempos un enorme poder económico en el Creciente Fértil, pero que en los años 70 y 80 fueron víctimas de la tiranía del régimen de Sadam Hussein.

Millones de civiles de todas las creencias -árabes, kurdos, musulmanes chiítas y suníes- abandonaron el país durante ese período o se vieron obligados a huir, pero el destino de unos 300.000 exiliados de origen kurdo faili tuvo unas connotaciones especialmente trágicas. No sólo perdieron sus casas, sino también su patria: los desposeyeron oficialmente de su nacionalidad, condenándolos, al igual que a otros nueve millones de personas de todo el mundo, a vagar por un tenebroso limbo legal en calidad de apátridas.

Jasem y los kurdos faili habían vivido una situación ambigua en el Iraq de Sadam Husein. La mayoría de los casi cuatro millones de kurdos del país son musulmanes suníes y viven al norte de Iraq. Los faili son musulmanes, procedentes del llamado triángulo faili, en el centro de Iraq, que incluye a Bagdad, y durante décadas fueron blanco de la discriminación y la desconfianza. La Ley de Nacionalidad Iraquí de 1924 dividió a la población en tres categorías basadas en su origen religioso y étnico, creando, de hecho,tres clases de ciudadanos. A los kurdos chiítas se  les clasificó sistemáticamente dentro de la cate-

La vida en el exilio
Campo de refugiados y escuela; antiguos pero valiosos documentos de identidad; los recién casados Asam y Zeinab disfrutan de un momento feliz. ACNUR/M.VERNEY/DP/IRN.2004
 

goría más baja y sufrieron la persecución constante de los funcionarios del Gobierno, quienes alegaban que, como seguidores de la fe chiíta, eran realmente originarios de Irán, donde la mayor parte de la población la profesa.

Problemas en el horizonte


Pero el partido Baaz que gobernaba en Iraq no compartía las alegaciones de Jasem. En 1978, el Ministerio de Industria y Comercio le notificó que, si no deseaba perder su fábrica, debía presentar pruebas de su nacionalidad iraquí e inscribirse en el registro. Súbitamente, su trabajo quedaba en entredicho.

“La orden señalaba que debía aportar pruebas de que mi abuelo, mi padre y yo habíamos nacido en Iraq –recuerda-, así que miré los documentos y en los tres decía: lugar de nacimiento: Bagdad, Bagdad, Bagdad. Pero, cuando llegué al Ministerio, vieron mi carnet y dijeron: “Aquí dice que eres kurdo faili; ¿lo eres?”. Respondí que sí, somos faili, y el hombre dijo: “Entonces no eres iraquí”, y se negó a inscribirme en el registro».

En 1979, la historia tomó un nuevo sesgo cuando el hermano de Jasem recibió la orden de hacer su servicio militar en el Ejército iraquí. “Le pidieron a mi hermano que aportara pruebas de que era iraquí, y mi hermano explicó que ciertamente era iraquí, pero también faili”, cuenta Jasem. «Las autoridades militares dijeron: “En tu caso, no importa. Eres iraquí, así que puedes servir en el Ejército”».

Mientras tanto, Jasem volvió a sufrir el rechazo de las autoridades en un momento en que la revolución islámica de 1979 en Irán incrementaba los temores de Sadam de que su propia población chiíta, especialmente los dos millones de failíes, pudieran fomentar revueltas contra su Gobierno, de mayoría suní.

A la 1 de la madrugada del 4 de abril de 1980, los servicios de seguridad golpearon en la puerta de Jasem.

Durante los posteriores interrogatorios en el cuartel general de seguridad, le preguntaron: “De dónde eres?”.

“Soy de Bagdad”.

“¿Cómo puedes decir que eres de Bagdad? En tu carnet dice que eres kurdo faili”.

“Dice que soy faili, pero también dice que nací en Bagdad. Soy iraquí”.

“¿Cómo puedes ser iraquí? No eres iraquí. Eres iraní”.

Reunieron a su mujer, hijos, hermanos y hermanas y los metieron en camiones, conduciéndolos de noche hacia un futuro incierto. “La camioneta se detuvo. Nos gritaron que bajásemos y luego nos dijeron que echáramos a andar”, recuerda Jasem. «Estábamos delante de unas montañas muy altas y supuse que era la frontera iraní. Yo pregunté:

“¿Cómo puedo cruzar las montañas con mis hijos pequeños?”».

Si no se ponían en marcha, les dispararían, dijeron los soldados, y agregaron: “Id a ver a (el líder religioso iraní) Jomeini. Sois chiítas, así que id a vivir con los iraníes”.

Al otro lado de la frontera, los recibieron unos desconcertados soldados iraníes y, tras vivir varios días en tiendas de campaña, los llevaron en camiones a la provincia del Laristán, y de allí al campo de refugiados de Azna. Venticuatro años después, Azna sigue siendo su hogar.

Los han tratado bien, pero, cuando se les pide que describan sus venticuatro años de exilio, lo único que Jasem acierta a decir es que quiere volver. Es como si hubiera pasado el último cuarto de siglo viviendo sólo para ver su patria de nuevo.

Su situación no podía ser peor, pero decenas de miles de personas pertenecientes a un grupo iraquí poco conocido albergan ahora una cierta esperanza


Pese a su hostigamiento, Jasem vivía bien en Iraq, y tampoco tenía dudas sobre sus orígenes. Como dueño de una fábrica textil, hacía tratos con otros faili que controlaban el legendario bazar de Bagdad y, consecuentemente, gran parte de la riqueza económica del país.

Nació en la capital, al igual que su padre, su abuelo y su bisabuelo. En el exilio, sigue blandiendo sus documentos iraquíes. “Mire -dice, señalando la fotografía de un hombre mucho más joven-; éste soy yo. Aquí dice que nací en Bagdad”. Cuidadosamente, saca un pedazo de papel amarillento, tan antiguo que casi se cae a pedazos, con la fotografía de un anciano con una larga barba blanca: el carnet de identidad iraquí de su padre.

Soñando

A principios de 2003, había más de 200.000 refugiados iraquíes en Irán, 1.300 de ellos en Azna, de los cuales un 65 por ciento son kurdos faili. Muchos de ellos tienen menos de 20 años, nacieron en el campamento y no han conocido otro hogar.

Para ellos, Iraq ha tomado las proporciones de una tierra mítica. En las paredes de la escuela mixta de chicos y chicas, hay dibujos de Bagdad y de su bazar, un lugar que los niños nunca han visto y del que han oído tantas cosas que les resulta más familiar que la cercana ciudad de Azna.

Pero los niños no son los únicos atrapados entre los recuerdos del pasado y los sueños del futuro. El hijo de Jasem, Asam, ha pasado 24 de sus 30 años en el campamento. Tenía seis años cuando le obligaron a cruzar las montañas de Irán y se acuerda perfectamente de la vida en Bagdad.

“Vivíamos en una gran casa con un pequeño jardín”, refiere. “Recuerdo que mi padre tenía una bicicleta roja y a veces me montaba en ella y me llevaba a la fábrica con él, para enseñarme todas las ropas”.

Asam, como su padre y otros muchos kurdos faili de aquí, no duda de que quiera volver. “Es mi país”, dice. “Soy iraquí. ¿Tengo yo la culpa de que hace muchos siglos mis antepasados vinieran de Irán?”.

Problema espinoso


La mayor parte de los refugiados del mundo comparten los sentimientos de Asam sobre “volver a casa”, y para el ACNUR la repatriación voluntaria es la solución “preferida”. Pero esta idea, aparentemente sencilla, suela estar cargada de dificultades, desde la necesidad de reconstruir escuelas y hospitales en los pueblos destruidos hasta la amenaza de las minas terrestres y la problemática cuestión de reinsertarse con la gente que “se quedó”.

Solucionar el problema de los apátridas es un punto especialmente espinoso. La Declaración Universal de los Derechos Humanos subraya que “todo el mundo tiene derecho a una nacionalidad”, pero puede que haya hasta nueve millones de apátridas en todo el mundo.

Recientemente, la agencia para los refugiados de la ONU ha sondeado a unos 192 países con el fin de modelar, por primera vez en la Historia, una imagen global de este problema y aportar una solución que ayude a los gobiernos a resolverlo.

No sólo perdieron sus casas, sino también su patria: los desposeyeron oficialmente de su nacionalidad, condenándolos a vagar por un tenebroso limbo legal en calidad de apátridas.

 

Para los kurdos faili de Irán, los primeros síntomas son esperanzadores. A finales del año pasado, en una reunión en la capital jordana, Amán, el ACNUR puso de relieve la necesidad de establecer un diálogo con las nuevas autoridades iraquíes para resolver el problema de los apátridas y tomar una decisión urgente respecto a aquellos que, como los kurdos faili, han perdido su nacionalidad. Los iraquíes manifestaron que no pondrían ningún tipo de obstáculos al regreso de los faili.

De vuelta en Azna, Zeinab, de 20 años, que nació en el campamento, le cuenta a un visitante: “La historia es la misma para todos los kurdos faili. No tienes más que cambiar el nombre y es la misma historia; la expulsión, la marcha forzada y la pérdida de la nacionalidad”.

El año pasado, Zeinab se casó con Asam y se mudó dos números más abajo en la última fila de casitas de Azna. Ahora está embarazada de cinco meses. Su sueño es que su hijo no nazca como refugiado, sino en casa, en Bagdad, y que nunca tenga que oír que no es iraquí.


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