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| T E M A D E P O R T A D A |
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EL CAMINO DE VUELTA
SUDÁN
“ Anduvimos perdidos de un sitio a otro y luego seguimos andando”
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Para
algunos refugiados sudaneses, puede que la pesadilla esté a
punto de acabar. Para otros, no ha hecho más que empezar.
ACNUR/H.CAUX/DP/TCD.2004 |
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Sudán es el país más
grande de África y también el escenario de la
guerra civil más larga de este continente. Durante casi
medio siglo de luchas entre el norte, de mayoría musulmana,
y el sur, animista y cristiano, se calcula que han muerto unos
dos millones de personas. Al menos cuatro millones de civiles
se han visto desplazados en el interior del propio Sudán
y otro medio millón ha buscado asilo en los estados
vecinos en calidad de refugiados. Tal vez resulte incongruente
que Sudán haya sido al mismo tiempo anfitrión
para cientos de miles de extranjeros que huían, en dirección
contraria, de las guerras de sus propios países. En
2004, esta tierra de desiertos y sabanas que no parecen tener
fin se enfrentaba a una contradicción extrema. En la
parte oeste, cientos de miles de civiles abandonaban sus pueblos
al renovarse los combates, muchos de ellos trasladándose
al país vecino, Chad. Pero en otras partes del país,
la guerra retrocedía, y el ACNUR y otras agencias humanitarias
se preparaban para un retorno en masa de refugiados a las zonas
pacificadas. Como ponen de relieve los siguientes reportajes,
personas del mismo país pueden afrontar futuros radicalmente
distintos, e incluso cuando llegan a su hogar el éxtasis
del retorno se ve a veces atemperado por las dificultades imprevistas. |
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Un padre lleno de arrugas llora mientras aprieta
a su hijo entre sus delgados brazos. Llevan años sin verse.
Por Emily Wax
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Su viaje lo trasladó desde las multitudinarias
calles de Nairobi hasta las llanuras sudanesas. Sólo llevaba
lo necesario: el marchito recuerdo de la cara de su madre, unos
cuantos pares de pantalones vaqueros y dos cintas de música
hip-hop.
El viaje fue agotador, dice, casi sin agua ni comida. Viajaba a empellones, apretujado
en la parte trasera de camionetas ladeadas que no paraban de vibrar y traqueteaban
por la campiña. Cuando no había ni coches ni carreteras, se abría
camino entre la alta maleza, donde aguardan escondidas las minas terrestres como
mortíferos insectos a punto de atacar.
Después de un viaje de cuatro días y de 14 años de ausencia,
James Badradin, de 24 años de edad, regresó el pasado mes a su
casa, en las montañas de Nuba del Sudán central.
Al principio, se quedó maravillado de la belleza que se erguía
ante sus ojos, las doradas praderas de las numerosas colinas de Nuba. Pero pronto
dejó de ser una novedad. No podía encontrar a su madre. No había
trabajo. No sabía labrar las tierras empinadas y rocosas. Estaba cansado
de mosquitos, moscas, del aplastante sol y de la falta de electricidad.
Estaba
en edad para casarse, pero no podía flirtear con mujeres, no sin pedirle
al padre de la chica que organizase una merienda supervisada en días de
mercado, se lamenta, alzando los ojos y sacudiendo la cabeza.
Se calcula que, sólo en las montañas de Nuba, unas 150.000 personas
han hecho el viaje de regreso desde los países circundantes, y el futuro
mismo de Sudán puede verse en los logros y los desafíos de los
que vuelven a casa como Badradin.
Algunos encuentran el regreso tan desorientador como el éxodo. Las batallas
de la guerra -por el control del comercio, la religión y la cultura- se
reflejan en las historias de quienes intentan volver a una vida que no parecen
reconocer.
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| La
agonía
Décadas de guerra y sequía han ocasionado
una miseria indescriptible al país; los exilados
aprenden un trabajo y esperan ansiosos el regreso a casa. ©MAGNUM/S.SALGADO |
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“No se parece en nada a Nairobi”, manifestaba Badradin hace poco mientras
observaba lo que ocurría en el mercado: mujeres descalzas cogiendo agua
turbia de un arroyo, un camello pasando por delante de una cabra con paso majestuoso,
una cabra apoyada en el regazo de un anciano ebrio.
Pocos días después de su regreso, comenta, se sentó sobre
la blanda hierba, se echó las manos a la cabeza y empezó a llorar.
Había vuelto a casa. Pero no la reconocía.
Dos culturas
Tras la guerra de Sudán se encuentra la historia de dos culturas
que intentan compartir un mismo país. Reflejan la posición única
que ocupa Sudán entre el África negra subsahariana y
el norte árabe africano.
El terreno llano y arbustivo del sur de Sudán está poblado
por algunas de las tribus de piel más oscura del continente:
los altos y esbeltos dinkas y nuer. En el desierto del norte, el Gobierno
de Jartûm ha estado dominado por las élites árabes,
la mayoría de piel clara, que ha respaldado una política
que trata a los sureños como ciudadanos de segunda categoría.
Aunque en Sudán las luchas se han sucedido sin interrupción,
excepto por una década, desde la independencia de 1956, la actual
guerra civil comenzó en 1983, cuando un grupo de sureños
formó el Ejército de Liberación del Pueblo Sudanés
(ELPS) para luchar contra el Gobierno del norte y su imposición
de la ley islámica.
Se cree que han muerto unos dos millones de personas, muchas de ellas
de inanición y enfermedad, durante los pasados 20 años.
El Gobierno bombardeó zonas civiles en las regiones centro y
sur. Soldados de ambos bandos fueron acusados de violación de
mujeres y saqueo.
El ELPS controlaba grandes áreas del sur (durante los combates),
mientras que el norte conservaba algunos de los principales pueblos
y ciudades. Atrapados en el fuego cruzado se encontraban las gentes
de las montañas de Nuba, sirviendo de tapón entre el
norte y el sur.
Destacando
“¿Con quién dices que quieres casarme?”, protesta James
Badradin. Ha vuelto hace diez días y ya le han presentado a
cuatro chicas. Pero sus tejanos bajos de cintura y su música,
artículos que atraerían a una mujer de Nairobi, aquí no
levantan ninguna pasión. Y hay otro problema: ninguna de las
chicas sabe leer o escribir.
“No”, arguye, refiriendo la discusión que ha tenido con
su padre. “No puedo casarme con alguien que no sabe de letras”.
“¿No quieres una mujer para acarrear el agua?”, le preguntó su
padre.
Su hijo se encogió de hombros. “Así que sigue sin
haber agua corriente”, dijo suspirando. “Lo había
olvidado”.
Badradin
es alto, enjuto y musculoso. Habla un inglés perfecto
y cuando recorre el mercado de Kauda, a unas 400 millas al sur
de Jartûm, sus habitantes, con sus cabezas rapadas y sus
vestidos de ropa vieja y desecha, lo miran fijamente.
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Regreso
a Angola.
ACNUR/S.HOPPER/DP/
DRC•2003
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“Supongo que nunca han visto la MTV”, dice riendo.
Lo que primero le puso en contacto con el mundo exterior fue algo de lo que no
le gusta hablar: la guerra. Se lo llevaron cuando tenía 10 años
para luchar con el ELPS.
“Mi madre lloró”, recuerda. “Estábamos muy unidos.
Ahora yo estoy aquí y ella en Jartûm. ¿Me imaginas yendo
allí? Yo, un antiguo miembro del ELPS. Y además, no me reconocería”.
A Badradin no le hizo mucha gracia estar en el ejército. “Me gustan
las palabras y hablar”, puntualiza. “Me haría abogado si pudiera.
No me gusta estar escondido en la jungla con un arma”.
Pese a todo, señala,
fue un soldado obediente, y tras varios años lo enviaron a Uganda a estudiar,
donde un francés que conoció en Kampala se ofreció a costear
sus estudios.
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“Te dicen que vayas a la selva y luches. No puedes negarte.
Otro te dice que te va a pagar los estudios y, hombre, ¿cómo
vas a negarte?”, dice, encogiéndose de hombros y riendo.
Le fue tan bien que consiguió una beca para la Universidad de
Nairobi. Acabó la carrera y trabajó ocasionalmente en
discotecas hip-hop. Poco después, oyó decir que se había
declarado un alto el fuego en Nuba. Así que volvió a
casa.
Pero ahora ya no sabe qué pensar. Dice que le repugnó ver
a su familia durmiendo con los animales -cabras, perros, gallinas-
dentro de la casa. Varios grupos humanitarios han pensado en contratarlo
como intérprete. “Estaría con los forasteros”,
comenta bajando la vista. “Curioso, ¿verdad?”
Sin tierra que cultivar
En la cercana mezquita de Kauda, Saed Doaa, de 39 años, se lamenta
de que sus prójimos musulmanes se hayan quedado con su finca
y su casa.
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“¿Para qué regresar?”,
se quejaba a su imán. “Esta gente no es musulmana.
Se han quedado con todo”. Cuando volvió a Nuba,
descubrió que su finca de árboles frutales, protegida
por las fértiles colinas, había sido confiscada
por el Gobierno.
Él y otros sudaneses huyeron a Etiopía hace 15 años,
a pie durante todo el camino. “Anduvimos perdidos de un
sitio a otro y luego seguimos andando”, indica. Vivió
en calidad de refugiado en Etiopía, a veces pidiendo limosna
en las calles, a veces limpiando suelos.
Pero ahora no tiene tierra para cultivar. “¿Dónde
voy ahora? ¿Qué les doy de comer?” pregunta, señalando
a sus hijos, que esperan en fila en una cabaña de paja cercana.
Tiene nueve. En Nuba, perder la tierra es como si te despidieran del
trabajo.
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Las últimas
víctimas
Refugiados sudaneses en Chad.
ACNUR/H.CAUX/DP/TCD.2004 |
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El problema resulta familiar. El Gobierno se ha apropiado de un 60% de la tierra
cultivable para crear explotaciones estatales mecanizadas.
Nuba es el almacén de pan de Sudán y el gobernador local, Abulaziz
Adam Alhilu, ha dicho que la reasignación de tierras es el tema más
importante en la región: “Sin el apoyo y la decisión para
resolver estos problemas, la guerra podría estallar de nuevo”.
Doaa
se ha construido una cabaña de adobe en las tierras de un amigo y vive
en ella con su mujer y sus hijos. “Yo solía cultivar mis árboles”,
explica. “Ahora no soy nada”.
Padre e hijo
En una tarde de calor insoportable, un padre lleno de arrugas, Obala
Omar, llora mientras aprieta a su hijo, Anthor Omar, en sus delgados
brazos. Llevan años sin verse. Han sacrificado un carnero
para festejarlo al anochecer.
El hijo alaba al padre por haber sobrevivido a la guerra, al bombardeo
de hospitales y escuelas y a las incursiones de los esclavistas. El
padre se asombra de lo mucho que su hijo ha engordado trabajando como
sastre en Jartûm.
Pero las tensiones salen a la superficie en cuanto el padre saca el
brevaje de sorgo casero llamado marissa. Con una sonrisa, pega un largo
trago de un cuenco redondo de color parduzco. Su hijo se abstiene:
ahora es musulmán, uno de los muchos sureños que se han
convertido durante una de las campañas gubernamentales. Su padre
sigue siendo cristiano.
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Pocos días después de su
regreso, se sentó sobre la blanda hierba y empezó a
llorar. Había vuelto a casa. Pero ésta era
irreconocible.
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“¿Por qué te fuiste?”,
vuelve a sollozar su padre por segunda vez en el mismo día. “¿Quién
eres ahora?”.
Anthor Omar, de 35 años, intenta explicar por qué, siendo joven,
en 1989 se fue en busca de una vida mejor y lejos de la guerra. No paraban de
caer bombas. Los soldados del norte se aproximaban. Había una campaña
de limpieza étnica en marcha, dice.
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Su padre, un agricultor que solía trabajar desnudo en los campos,
podría haberse ido también. Pero “no quiso”,
explica su hijo. “Mi padre y los de su generación no tenían
ropa. Yo ahora soy sastre. El mundo cambia”.
En Jartûm, el hijo vivió en uno de los numerosos campos
de refugiados, donde llegaban los funcionarios y presionaban a la gente
para que se convirtiesen al Islam. A él no le importó. “No
es una mala religión”, comenta. “Muchas de las cosas
que dice tienen sentido”.
“La ley de la Sharia, sin embargo -señala su padre-, no nos gusta”.
“No es tan mala”, replica su hijo riendo.
En una ocasión, estando en Jartûm, Anthor Omar hizo planes
para volver a Nuba, pero los años pasaban con rapidez. Hace
ocho años, su padre fue a Jartûm y le rogó que
volviera a casa. Su hijo se negó, pero finalmente reunió a
su familia y emprendió el viaje de una semana en camioneta.
Su joven mujer, Harfa Abdrham, está intentando aprender a cultivar.
Anthor Omar también intenta adaptarse. Tiene la máquina
de coser bajo un refugio de sorgo seco. Las cabras se pasean por allí cerca.
Hace poco, su padre estaba bebiendo cerveza casera y le pidió a
su hijo que lo acompañase: “Te has casado con una mujer
cristiana y musulmana. Podemos ser todos amigos”.
Su hijo alargó la mano y tomó un sorbo del brevaje caliente. “Sólo
un poco”, dijo.
Después ambos rieron, se estrecharon las manos y se abrazaron.
EMILY WAX es reportera del periódico Washington Post, donde
se publicó este artículo por primera vez.
“Allí estoy en casa, aquí no soy más que
una extranjera que duerme bajo un árbol”
Por Kitty McKinsey
Bajo un sol abrasador,
el duro viento lanza una incansable ráfaga de polvo fino
sobre los márgenes del desierto del Sahara. Dos cabras
mordisquean la exigua maleza, ignorando el esqueleto de un camello
que se blanquea al sol, con la piel seca y estirada sobre los
huesos blancos y relucientes. Un alazán atado a un árbol,
cuyo lomo aún muestra las señales de una montura,
es la única pista de que puede haber seres humanos en
este paisaje implacable y desolado.
El árido panorama se extiende
en todas direcciones, durante cientos de kilómetros, por el Este
del Chad y la vecina Sudán. Pero a los ojos de una nueva refugiada,
la diferencia es enorme entre este paisaje y el de su aldea natal de
Habila, en Sudán, a tan sólo nueve kilómetros de
distancia, al otro lado de una frontera no señalizada.
“Yo
nací allí, no aquí”, dice Fátima Adam,
de 14 años, manoseando los bordes de un pañuelo de flores
descolorido. “Allí estoy en casa, aquí no soy más
que una extranjera que duerme bajo un árbol. No es lo mismo. Incluso
los árboles
me parecen distintos. La tierra es distinta”.
Como parte de los más
de 110.000 refugiados que han huido de los feroces
combates en la región de Darfur, al oeste de Sudán, Fátima
duerme ahora al raso, acurrucada junto a sus tres hermanas, sus tres hermanos
y sus padres para darse calor, pues las temperaturas caen en picado, desde los
35 grados de máxima diurna hasta el frío penetrante de los 5 grados
nocturnos.
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En
Chad
Las duras condiciones en uno de los lugares más inhóspitos
del mundo.
ACNUR/H.CAUX/DP/TCD.2004
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Este lugar no es siquiera un punto en el mapa. Ni un alma vivía
aquí hasta que empezaron a llegar los refugiados de Darfur a mediados
de enero. Pero en
Chad, donde, como dice un lugareño, cada montaña, cada duna, cada
wadi tiene un nombre, Kourbileke es el apelativo que recibe el desperdigado grupo
de espinos y de larguiruchos y polvorientos árboles, a siete kilómetros
de la frontera de Sudán, que alberga a los más recientes refugiados
de Chad.
La casa en un árbol
El nuevo “hogar” de Fátima es literalmente un árbol,
con una empalizada de ramas de espino a su alrededor que proporciona una modesta
protección contra los vientos cortantes. De las ramas cuelgan ropas y
ollas de cocina. Apilado en medio del improvisado refugio, se encuentra todo
lo que unas pocas familias han podido salvar en su huida: dos bastidores metálicos
de cama, un montón de alfombras, una mesita de madera y valiosos bidones
para acarrear el agua. Los bienes de diez familias |
de refugiados no amueblarían
ni una pequeña habitación de un típico hogar de Europa o
Norteamérica.
Como cualquier otra niña de catorce años, Fátima dice
melancólicamente que lo que más echa de menos son sus zapatos
y su ropa. Ahora mismo, la única prenda de vestir que posee es la que
lleva puesta.
Pero sus quejas son leves. “El agua está un poco lejos”,
dice con la máxima modestia, explicando que, cada dos días, tiene
que andar doce horas, entre ida y vuelta, para traer los bidones de agua a
lomos de los dos burros de la familia. La escasez de agua implica que los refugiados
llevan doce días sin lavarse, y también están hambrientos.
“La comida que trajimos nos duró dos días y luego se acabó.
Ya no nos queda nada”, dice una joven madre, Samira Hassan Saleh, quien
añade que sus cuatro hijos han contraído resfriados y fiebre
por dormir al aire libre. Hace una lista de los artículos básicos
con los que sueña ahora: “ropas de invierno, azúcar, jabón,
ropa de cama, mantas, esterillas, bidones”.
Una emergencia invisible
El ACNUR llama a la crisis de refugiados del Este del Chad una “emergencia
invisible”. Situada en una de las zonas más inhóspitas
del mundo, la franja de 600 kilómetros de tierra fronteriza donde están
acampados los refugiados está a tres días de distancia de la
capital, N’Djamena, por unas carreteras que le destrozan a uno los huesos.
Como en un cuadro vivo de varios siglos de antigüedad, hombres con turbante
galopan, lanza en ristre, a caballo por el desierto.
Por cada coche que se
ve en la carretera -en realidad una pista de arena-, hay varias docenas de
camellos.
Lo irónico del caso es que el conflicto de Darfur se ha intensificado
justo cuando, después de 21 años, la guerra entre las fuerzas
del Gobierno y los rebeldes sureños parece estar acabando en otras zonas
de Sudán (ver artículo anterior).
Y al contrario que las crisis de refugiados de Rwanda en 1994, o de Kosovo
en 1999, los refugiados de Darfur no se concentran en grandes y fotogénicos
grupos como para llamar la atención de los medios de comunicación
internacionales. Es un dilema que reconocen los propios refugiados. “El
mundo no ha oído hablar de nosotros porque ningún periodista
ha venido a Darfur o al Chad”, dice Mohamed Hissin Ali, un maestro de
escuela de 33 años originario de Habila, Sudán.
Los refugiados están tan desperdigados, y sus refugios arbóreos
se funden tan bien con el paisaje, que los trabajadores humanitarios pueden
fácilmente pasar a pocos metros de ellos y no verlos. Eso ha hecho difícil
inscribirlos en un registro y organizar su traslado a un campamento oficial.
En muchos sentidos, el Chad, uno de los países más pobres del
mundo, es un anfitrión de lo más inverosímil. Más
del doble del tamaño de Francia, tiene una población de menos
de nueve millones de habitantes, los cuales ganan un miserable promedio de
200 dólares al año por cabeza. Hace un año, Chad dio asilo
a los ciudadanos de la República Centroafricana que huían de
un golpe de estado en su país; en marzo del año pasado, empezaron
a llegar los refugiados de Darfur por el Este.
Poca ayuda
Todo ello ha supuesto una gran presión para el Gobierno, que en febrero
hizo un llamamiento para “contribuir sustancialmente” con ayuda
humanitaria “a fin de aliviar el sufrimiento de los refugiados sudaneses”.
El ACNUR también se ha visto en dificultades. Un llamamiento para reunir
10,3 millones de dólares, hecho en septiembre del 2003, no ha logrado
reunir ni un penique en cinco meses.
Pese a estos contratiempos, un equipo
de emergencia del ACNUR llegó a principios de enero al Chad oriental. “En
un mes, hemos empezado a registrar a los refugiados, hemos distribuido
comida y mantas, hemos localizado tres emplazamientos (de campamentos
alejados de la frontera) y hemos empezado a trasladar a los refugiados
hasta los campamentos”, señala Yvan Sturm, funcionario de
emergencia de la oficina del ACNUR en Abeche, al Este del Chad.
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Nadie está más sorprendido
por la crisis de los refugiados sudaneses del Chad que los propios refugiados. “Nunca
imaginé que llegaría a ser un refugiado”, dice Salim
Ahmed, de 47 años, padre de cinco hijos y maestro de secundaria
que ahora ejerce de secretario del comité de refugiados de Tine,
un pueblo que se extiende a ambos lados de la frontera de cada país. “Antes
veía a los refugiados en la televisión y los compadecía.
Ahora me he convertido en uno de ellos”.
A falta de ayuda internacional, la hospitalidad local cubrió el
vacío. La mayor parte de los refugiados son de la etnia zaghawa,
un pueblo que habita a ambos lados de la frontera entre el Chad y Sudán. “Chad
nos ha aceptado porque somos gente de la frontera. Somos vecinos, hermanos”,
indica el maestro de escuela Hissin Ali.
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“Antes veía a los refugiados en
la televisión y los compadecía. Ahora me he convertido
en uno de ellos”.
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“Cuando empezó la llegada de refugiados, los habitantes del lugar se
organizaron para conseguirles comida, y algunos comerciantes del mercado les
dieron mantas”, confirma Barout Margui Sawa, el funcionario municipal
encargado de los refugiados en Tine. “Pero han seguido llegando refugiados
y la población se ha visto desbordada. No pueden seguir dando comida
a todos los refugiados”. Salim Ahmed explica que los lugareños “nos
han dado todo lo que tenían” y que ahora “están en
la misma situación que los refugiados”.
La bulliciosa parte chadiana de Tine sirve ahora de hogar a unos 35.000 refugiados.
Después de que, supuestamente por error, aviones sudaneses bombardeasen
la zona de refugiados de la Colina Roja a principios de año, matando
a tres personas e hiriendo a una docena, el ACNUR aceleró la reubicación
de los refugiados tierra adentro.
En busca de seguridad
Los propios refugiados están deseando alejarse de la peligrosa
frontera. Ha habido bombardeos constantes, de día y de noche,
hasta finales de enero, cuando el Gobierno sudanés anunció
que había tomado la parte sudanesa de Tine, reducida para entonces
a un pueblo fantasma de edificios de adobe.
Una anciana de Habila, que asegura tener dolor de huesos por dormir
a la intemperie en Kourbileke, está deseosa de trasladarse a
un campamento del ACNUR. “Tenemos miedo de que los milicianos
vuelvan y nos encuentren aquí. No tenemos nada con qué
defendernos”, indica Khadidje Adam.
Los refugiados describen las luchas de Darfur como ataques de las milicias
árabes -a quienes acusan de estar respaldados por el Gobierno
sudanés- contra los sudaneses negroafricanos. El Gobierno asegura
que está luchando contra los rebeldes que se levantaron en armas
en marzo del 2003, para protestar por el supuesto abandono económico
de la región por parte de Jartûm. El ACNUR no tiene representantes
en Darfur, por lo que no puede verificar de manera independiente la
situación del lugar.
A partir de las historias de los refugiados, se deduce un patrón
en los ataques: bombardeos aéreos con aviones Antonov seguidos
por hombres armados que asaltan el pueblo en tanques y a caballo, quemando
casas y robando ganado.
Abdelkerim Abakar Anou, de 37 años, el jefe de la aldea de Habila,
en Sudán, refiere que los 1.750 habitantes de su pueblo huyeron
de este tipo de ataque. El objetivo de los atacantes, señala,
“es quemar las casas y robarlo todo, para que no le quede nada
a los habitantes y tengan que abandonar la aldea. Su meta es ahuyentar
a la gente para que los árabes puedan ocupar las aldeas”.
Muchos de los refugiados están desconcertados por haberse visto
sumergidos de improviso en una guerra, se quedan perplejos con los aviones
Antonov que dan vueltas en el cielo y que, según los refugiados,
tienen como objetivo a los civiles inocentes. “Somos ganaderos
con nuestros rebaños”, señala Brahim Daoud Djimet,
de 36 años, que convalece de heridas de metralla en una tienda
llena de heridos de guerra atendida por doctores de Médicos Sin
Fronteras en Tine, Chad. “Si hay rebeldes, no están en
las aldeas, sino en el campo. Si lo que quieren es rebeldes, no sé
por qué el Gobierno bombardea las aldeas”.
Una mujer mayor, recién llegada de noche desde Sudán,
admite sin ambages que sus cuatro hijos son rebeldes. Pese a que “lamento
sinceramente tener que abandonar mi hogar”, Ambakan Khatir Said
asegura que se vio obligada a huir cuando dos de sus hijos murieron
y otro cayó prisionero, quemaron su casa y perdió todo
lo que poseía.
De pie en el ventoso wadi, entre las dos mitades de Tine, junto a los
fardos con sus bienes que yacen sobre una arena sembrada de excrementos
de camello, burro y cabra, Said se emociona sabiendo que está
a sólo unos metros de la frontera, dentro del Chad. “Vine
en busca de un lugar seguro”, dice simplemente. “Ahora me
siento en paz y no pienso en nada más”. 
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