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EL CAMINO DE VUELTA

SUDÁN

“ Anduvimos perdidos de un sitio a otro y luego seguimos andando”

Para algunos refugiados sudaneses, puede que la pesadilla esté a punto de acabar. Para otros, no ha hecho más que empezar.
ACNUR/H.CAUX/DP/TCD.2004
Sudán es el país más grande de África y también el escenario de la guerra civil más larga de este continente. Durante casi medio siglo de luchas entre el norte, de mayoría musulmana, y el sur, animista y cristiano, se calcula que han muerto unos dos millones de personas. Al menos cuatro millones de civiles se han visto desplazados en el interior del propio Sudán y otro medio millón ha buscado asilo en los estados vecinos en calidad de refugiados. Tal vez resulte incongruente que Sudán haya sido al mismo tiempo anfitrión para cientos de miles de extranjeros que huían, en dirección contraria, de las guerras de sus propios países. En 2004, esta tierra de desiertos y sabanas que no parecen tener fin se enfrentaba a una contradicción extrema. En la parte oeste, cientos de miles de civiles abandonaban sus pueblos al renovarse los combates, muchos de ellos trasladándose al país vecino, Chad. Pero en otras partes del país, la guerra retrocedía, y el ACNUR y otras agencias humanitarias se preparaban para un retorno en masa de refugiados a las zonas pacificadas. Como ponen de relieve los siguientes reportajes, personas del mismo país pueden afrontar futuros radicalmente distintos, e incluso cuando llegan a su hogar el éxtasis del retorno se ve a veces atemperado por las dificultades imprevistas.

Un padre lleno de arrugas llora mientras aprieta a su hijo entre sus delgados brazos. Llevan años sin verse.

Por Emily Wax


Su viaje lo trasladó desde las multitudinarias calles de Nairobi hasta las llanuras sudanesas. Sólo llevaba lo necesario: el marchito recuerdo de la cara de su madre, unos cuantos pares de pantalones vaqueros y dos cintas de música hip-hop.

El viaje fue agotador, dice, casi sin agua ni comida. Viajaba a empellones, apretujado en la parte trasera de camionetas ladeadas que no paraban de vibrar y traqueteaban por la campiña. Cuando no había ni coches ni carreteras, se abría camino entre la alta maleza, donde aguardan escondidas las minas terrestres como mortíferos insectos a punto de atacar.

Después de un viaje de cuatro días y de 14 años de ausencia, James Badradin, de 24 años de edad, regresó el pasado mes a su casa, en las montañas de Nuba del Sudán central.

Al principio, se quedó maravillado de la belleza que se erguía ante sus ojos, las doradas praderas de las numerosas colinas de Nuba. Pero pronto dejó de ser una novedad. No podía encontrar a su madre. No había trabajo. No sabía labrar las tierras empinadas y rocosas. Estaba cansado de mosquitos, moscas, del aplastante sol y de la falta de electricidad.

Estaba en edad para casarse, pero no podía flirtear con mujeres, no sin pedirle al padre de la chica que organizase una merienda supervisada en días de mercado, se lamenta, alzando los ojos y sacudiendo la cabeza.

Se calcula que, sólo en las montañas de Nuba, unas 150.000 personas han hecho el viaje de regreso desde los países circundantes, y el futuro mismo de Sudán puede verse en los logros y los desafíos de los que vuelven a casa como Badradin.

Algunos encuentran el regreso tan desorientador como el éxodo. Las batallas de la guerra -por el control del comercio, la religión y la cultura- se reflejan en las historias de quienes intentan volver a una vida que no parecen reconocer.
La agonía
Décadas de guerra y sequía han ocasionado una miseria indescriptible al país; los exilados aprenden un trabajo y esperan ansiosos el regreso a casa. ©MAGNUM/S.SALGADO 

 

“No se parece en nada a Nairobi”, manifestaba Badradin hace poco mientras observaba lo que ocurría en el mercado: mujeres descalzas cogiendo agua turbia de un arroyo, un camello pasando por delante de una cabra con paso majestuoso, una cabra apoyada en el regazo de un anciano ebrio.

Pocos días después de su regreso, comenta, se sentó sobre la blanda hierba, se echó las manos a la cabeza y empezó a llorar. Había vuelto a casa. Pero no la reconocía.

Dos culturas

Tras la guerra de Sudán se encuentra la historia de dos culturas que intentan compartir un mismo país. Reflejan la posición única que ocupa Sudán entre el África negra subsahariana y el norte árabe africano.

El terreno llano y arbustivo del sur de Sudán está poblado por algunas de las tribus de piel más oscura del continente: los altos y esbeltos dinkas y nuer. En el desierto del norte, el Gobierno de Jartûm ha estado dominado por las élites árabes, la mayoría de piel clara, que ha respaldado una política que trata a los sureños como ciudadanos de segunda categoría.

Aunque en Sudán las luchas se han sucedido sin interrupción, excepto por una década, desde la independencia de 1956, la actual guerra civil comenzó en 1983, cuando un grupo de sureños formó el Ejército de Liberación del Pueblo Sudanés (ELPS) para luchar contra el Gobierno del norte y su imposición de la ley islámica.

Se cree que han muerto unos dos millones de personas, muchas de ellas de inanición y enfermedad, durante los pasados 20 años. El Gobierno bombardeó zonas civiles en las regiones centro y sur. Soldados de ambos bandos fueron acusados de violación de mujeres y saqueo.

El ELPS controlaba grandes áreas del sur (durante los combates), mientras que el norte conservaba algunos de los principales pueblos y ciudades. Atrapados en el fuego cruzado se encontraban las gentes de las montañas de Nuba, sirviendo de tapón entre el norte y el sur.

Destacando

“¿Con quién dices que quieres casarme?”, protesta James Badradin. Ha vuelto hace diez días y ya le han presentado a cuatro chicas. Pero sus tejanos bajos de cintura y su música, artículos que atraerían a una mujer de Nairobi, aquí no levantan ninguna pasión. Y hay otro problema: ninguna de las chicas sabe leer o escribir.

“No”, arguye, refiriendo la discusión que ha tenido con su padre. “No puedo casarme con alguien que no sabe de letras”.

“¿No quieres una mujer para acarrear el agua?”, le preguntó su padre.

Su hijo se encogió de hombros. “Así que sigue sin haber agua corriente”, dijo suspirando. “Lo había olvidado”.

Badradin es alto, enjuto y musculoso. Habla un inglés perfecto y cuando recorre el mercado de Kauda, a unas 400 millas al sur de Jartûm, sus habitantes, con sus cabezas rapadas y sus vestidos de ropa vieja y desecha, lo miran fijamente.

Regreso a Angola.
ACNUR/S.HOPPER/DP/
DRC•2003

 

“Supongo que nunca han visto la MTV”, dice riendo.

Lo que primero le puso en contacto con el mundo exterior fue algo de lo que no le gusta hablar: la guerra. Se lo llevaron cuando tenía 10 años para luchar con el ELPS.

“Mi madre lloró”, recuerda. “Estábamos muy unidos. Ahora yo estoy aquí y ella en Jartûm. ¿Me imaginas yendo allí? Yo, un antiguo miembro del ELPS. Y además, no me reconocería”.

A Badradin no le hizo mucha gracia estar en el ejército. “Me gustan las palabras y hablar”, puntualiza. “Me haría abogado si pudiera. No me gusta estar escondido en la jungla con un arma”.

Pese a todo, señala, fue un soldado obediente, y tras varios años lo enviaron a Uganda a estudiar, donde un francés que conoció en Kampala se ofreció a costear sus estudios.

“Te dicen que vayas a la selva y luches. No puedes negarte. Otro te dice que te va a pagar los estudios y, hombre, ¿cómo vas a negarte?”, dice, encogiéndose de hombros y riendo.

Le fue tan bien que consiguió una beca para la Universidad de Nairobi. Acabó la carrera y trabajó ocasionalmente en discotecas hip-hop. Poco después, oyó decir que se había declarado un alto el fuego en Nuba. Así que volvió a casa.

Pero ahora ya no sabe qué pensar. Dice que le repugnó ver a su familia durmiendo con los animales -cabras, perros, gallinas- dentro de la casa. Varios grupos humanitarios han pensado en contratarlo como intérprete. “Estaría con los forasteros”, comenta bajando la vista. “Curioso, ¿verdad?”

Sin tierra que cultivar

En la cercana mezquita de Kauda, Saed Doaa, de 39 años, se lamenta de que sus prójimos musulmanes se hayan quedado con su finca y su casa.

“¿Para qué regresar?”, se quejaba a su imán. “Esta gente no es musulmana. Se han quedado con todo”. Cuando volvió a Nuba, descubrió que su finca de árboles frutales, protegida por las fértiles colinas, había sido confiscada por el Gobierno.

Él y otros sudaneses huyeron a Etiopía hace 15 años, a pie durante todo el camino. “Anduvimos perdidos de un sitio a otro y luego seguimos andando”, indica. Vivió en calidad de refugiado en Etiopía, a veces pidiendo limosna en las calles, a veces limpiando suelos.

Pero ahora no tiene tierra para cultivar. “¿Dónde voy ahora? ¿Qué les doy de comer?” pregunta, señalando a sus hijos, que esperan en fila en una cabaña de paja cercana. Tiene nueve. En Nuba, perder la tierra es como si te despidieran del trabajo.
Las últimas víctimas
Refugiados sudaneses en Chad.
ACNUR/H.CAUX/DP/TCD.2004 

 

El problema resulta familiar. El Gobierno se ha apropiado de un 60% de la tierra cultivable para crear explotaciones estatales mecanizadas.

Nuba es el almacén de pan de Sudán y el gobernador local, Abulaziz Adam Alhilu, ha dicho que la reasignación de tierras es el tema más importante en la región: “Sin el apoyo y la decisión para resolver estos problemas, la guerra podría estallar de nuevo”.

Doaa se ha construido una cabaña de adobe en las tierras de un amigo y vive en ella con su mujer y sus hijos. “Yo solía cultivar mis árboles”, explica. “Ahora no soy nada”.

Padre e hijo

En una tarde de calor insoportable, un padre lleno de arrugas, Obala Omar, llora mientras aprieta a su hijo, Anthor Omar, en sus delgados brazos. Llevan años sin verse. Han sacrificado un carnero para festejarlo al anochecer.

El hijo alaba al padre por haber sobrevivido a la guerra, al bombardeo de hospitales y escuelas y a las incursiones de los esclavistas. El padre se asombra de lo mucho que su hijo ha engordado trabajando como sastre en Jartûm.

Pero las tensiones salen a la superficie en cuanto el padre saca el brevaje de sorgo casero llamado marissa. Con una sonrisa, pega un largo trago de un cuenco redondo de color parduzco. Su hijo se abstiene: ahora es musulmán, uno de los muchos sureños que se han convertido durante una de las campañas gubernamentales. Su padre sigue siendo cristiano.

Pocos días después de su regreso, se sentó sobre la blanda hierba y empezó a llorar. Había vuelto a casa. Pero ésta era irreconocible.

 

“¿Por qué te fuiste?”, vuelve a sollozar su padre por segunda vez en el mismo día. “¿Quién eres ahora?”.

Anthor Omar, de 35 años, intenta explicar por qué, siendo joven, en 1989 se fue en busca de una vida mejor y lejos de la guerra. No paraban de caer bombas. Los soldados del norte se aproximaban. Había una campaña de limpieza étnica en marcha, dice.

Su padre, un agricultor que solía trabajar desnudo en los campos, podría haberse ido también. Pero “no quiso”, explica su hijo. “Mi padre y los de su generación no tenían ropa. Yo ahora soy sastre. El mundo cambia”.

En Jartûm, el hijo vivió en uno de los numerosos campos de refugiados, donde llegaban los funcionarios y presionaban a la gente para que se convirtiesen al Islam. A él no le importó. “No es una mala religión”, comenta. “Muchas de las cosas que dice tienen sentido”.

“La ley de la Sharia, sin embargo -señala su padre-, no nos gusta”.

“No es tan mala”, replica su hijo riendo.

En una ocasión, estando en Jartûm, Anthor Omar hizo planes para volver a Nuba, pero los años pasaban con rapidez. Hace ocho años, su padre fue a Jartûm y le rogó que volviera a casa. Su hijo se negó, pero finalmente reunió a su familia y emprendió el viaje de una semana en camioneta.

Su joven mujer, Harfa Abdrham, está intentando aprender a cultivar. Anthor Omar también intenta adaptarse. Tiene la máquina de coser bajo un refugio de sorgo seco. Las cabras se pasean por allí cerca.

Hace poco, su padre estaba bebiendo cerveza casera y le pidió a su hijo que lo acompañase: “Te has casado con una mujer cristiana y musulmana. Podemos ser todos amigos”.

Su hijo alargó la mano y tomó un sorbo del brevaje caliente. “Sólo un poco”, dijo.

Después ambos rieron, se estrecharon las manos y se abrazaron.

EMILY WAX es reportera del periódico Washington Post, donde se publicó este artículo por primera vez.


“Allí estoy en casa, aquí no soy más que una extranjera que duerme bajo un árbol”

Por Kitty McKinsey

Bajo un sol abrasador, el duro viento lanza una incansable ráfaga de polvo fino sobre los márgenes del desierto del Sahara. Dos cabras mordisquean la exigua maleza, ignorando el esqueleto de un camello que se blanquea al sol, con la piel seca y estirada sobre los huesos blancos y relucientes. Un alazán atado a un árbol, cuyo lomo aún muestra las señales de una montura, es la única pista de que puede haber seres humanos en este paisaje implacable y desolado.

El árido panorama se extiende en todas direcciones, durante cientos de kilómetros, por el Este del Chad y la vecina Sudán. Pero a los ojos de una nueva refugiada, la diferencia es enorme entre este paisaje y el de su aldea natal de Habila, en Sudán, a tan sólo nueve kilómetros de distancia, al otro lado de una frontera no señalizada.

“Yo nací allí, no aquí”, dice Fátima Adam, de 14 años, manoseando los bordes de un pañuelo de flores descolorido. “Allí estoy en casa, aquí no soy más que una extranjera que duerme bajo un árbol. No es lo mismo. Incluso los árboles me parecen distintos. La tierra es distinta”.

Como parte de los más de 110.000 refugiados que han huido de los feroces combates en la región de Darfur, al oeste de Sudán, Fátima duerme ahora al raso, acurrucada junto a sus tres hermanas, sus tres hermanos y sus padres para darse calor, pues las temperaturas caen en picado, desde los 35 grados de máxima diurna hasta el frío penetrante de los 5 grados nocturnos.

En Chad
Las duras condiciones en uno de los lugares más inhóspitos del mundo.
ACNUR/H.CAUX/DP/TCD.2004
Este lugar no es siquiera un punto en el mapa. Ni un alma vivía aquí hasta que empezaron a llegar los refugiados de Darfur a mediados de enero. Pero en Chad, donde, como dice un lugareño, cada montaña, cada duna, cada wadi tiene un nombre, Kourbileke es el apelativo que recibe el desperdigado grupo de espinos y de larguiruchos y polvorientos árboles, a siete kilómetros de la frontera de Sudán, que alberga a los más recientes refugiados de Chad.

La casa en un árbol

El nuevo “hogar” de Fátima es literalmente un árbol, con una empalizada de ramas de espino a su alrededor que proporciona una modesta protección contra los vientos cortantes. De las ramas cuelgan ropas y ollas de cocina. Apilado en medio del improvisado refugio, se encuentra todo lo que unas pocas familias han podido salvar en su huida: dos bastidores metálicos de cama, un montón de alfombras, una mesita de madera y valiosos bidones para acarrear el agua. Los   bienes   de diez familias
de refugiados no amueblarían ni una pequeña habitación de un típico hogar de Europa o Norteamérica.

Como cualquier otra niña de catorce años, Fátima dice melancólicamente que lo que más echa de menos son sus zapatos y su ropa. Ahora mismo, la única prenda de vestir que posee es la que lleva puesta.

Pero sus quejas son leves. “El agua está un poco lejos”, dice con la máxima modestia, explicando que, cada dos días, tiene que andar doce horas, entre ida y vuelta, para traer los bidones de agua a lomos de los dos burros de la familia. La escasez de agua implica que los refugiados llevan doce días sin lavarse, y también están hambrientos.

“La comida que trajimos nos duró dos días y luego se acabó. Ya no nos queda nada”, dice una joven madre, Samira Hassan Saleh, quien añade que sus cuatro hijos han contraído resfriados y fiebre por dormir al aire libre. Hace una lista de los artículos básicos con los que sueña ahora: “ropas de invierno, azúcar, jabón, ropa de cama, mantas, esterillas, bidones”.

Una emergencia invisible

El ACNUR llama a la crisis de refugiados del Este del Chad una “emergencia invisible”. Situada en una de las zonas más inhóspitas del mundo, la franja de 600 kilómetros de tierra fronteriza donde están acampados los refugiados está a tres días de distancia de la capital, N’Djamena, por unas carreteras que le destrozan a uno los huesos. Como en un cuadro vivo de varios siglos de antigüedad, hombres con turbante galopan, lanza en ristre, a caballo por el desierto. Por cada coche que se ve en la carretera -en realidad una pista de arena-, hay varias docenas de camellos.

Lo irónico del caso es que el conflicto de Darfur se ha intensificado justo cuando, después de 21 años, la guerra entre las fuerzas del Gobierno y los rebeldes sureños parece estar acabando en otras zonas de Sudán (ver artículo anterior).

Y al contrario que las crisis de refugiados de Rwanda en 1994, o de Kosovo en 1999, los refugiados de Darfur no se concentran en grandes y fotogénicos grupos como para llamar la atención de los medios de comunicación internacionales. Es un dilema que reconocen los propios refugiados. “El mundo no ha oído hablar de nosotros porque ningún periodista ha venido a Darfur o al Chad”, dice Mohamed Hissin Ali, un maestro de escuela de 33 años originario de Habila, Sudán.

Los refugiados están tan desperdigados, y sus refugios arbóreos se funden tan bien con el paisaje, que los trabajadores humanitarios pueden fácilmente pasar a pocos metros de ellos y no verlos. Eso ha hecho difícil inscribirlos en un registro y organizar su traslado a un campamento oficial.

En muchos sentidos, el Chad, uno de los países más pobres del mundo, es un anfitrión de lo más inverosímil. Más del doble del tamaño de Francia, tiene una población de menos de nueve millones de habitantes, los cuales ganan un miserable promedio de 200 dólares al año por cabeza. Hace un año, Chad dio asilo a los ciudadanos de la República Centroafricana que huían de un golpe de estado en su país; en marzo del año pasado, empezaron a llegar los refugiados de Darfur por el Este.

Poca ayuda

Todo ello ha supuesto una gran presión para el Gobierno, que en febrero hizo un llamamiento para “contribuir sustancialmente” con ayuda humanitaria “a fin de aliviar el sufrimiento de los refugiados sudaneses”. El ACNUR también se ha visto en dificultades. Un llamamiento para reunir 10,3 millones de dólares, hecho en septiembre del 2003, no ha logrado reunir ni un penique en cinco meses.

Pese a estos contratiempos, un equipo de emergencia del ACNUR llegó a principios de enero al Chad oriental. “En un mes, hemos empezado a registrar a los refugiados, hemos distribuido comida y mantas, hemos localizado tres emplazamientos (de campamentos alejados de la frontera) y hemos empezado a trasladar a los refugiados hasta los campamentos”, señala Yvan Sturm, funcionario de emergencia de la oficina del ACNUR en Abeche, al Este del Chad.

Nadie está más sorprendido por la crisis de los refugiados sudaneses del Chad que los propios refugiados. “Nunca imaginé que llegaría a ser un refugiado”, dice Salim Ahmed, de 47 años, padre de cinco hijos y maestro de secundaria que ahora ejerce de secretario del comité de refugiados de Tine, un pueblo que se extiende a ambos lados de la frontera de cada país. “Antes veía a los refugiados en la televisión y los compadecía. Ahora me he convertido en uno de ellos”.

A falta de ayuda internacional, la hospitalidad local cubrió el vacío. La mayor parte de los refugiados son de la etnia zaghawa, un pueblo que habita a ambos lados de la frontera entre el Chad y Sudán. “Chad nos ha aceptado porque somos gente de la frontera. Somos vecinos, hermanos”, indica el maestro de escuela Hissin Ali.

“Antes veía a los refugiados en la televisión y los compadecía. Ahora me he convertido en uno de ellos”.

“Cuando empezó la llegada de refugiados, los habitantes del lugar se organizaron para conseguirles comida, y algunos comerciantes del mercado les dieron mantas”, confirma Barout Margui Sawa, el funcionario municipal encargado de los refugiados en Tine. “Pero han seguido llegando refugiados y la población se ha visto desbordada. No pueden seguir dando comida a todos los refugiados”. Salim Ahmed explica que los lugareños “nos han dado todo lo que tenían” y que ahora “están en la misma situación que los refugiados”.

La bulliciosa parte chadiana de Tine sirve ahora de hogar a unos 35.000 refugiados. Después de que, supuestamente por error, aviones sudaneses bombardeasen la zona de refugiados de la Colina Roja a principios de año, matando a tres personas e hiriendo a una docena, el ACNUR aceleró la reubicación de los refugiados tierra adentro.

En busca de seguridad

Los propios refugiados están deseando alejarse de la peligrosa frontera. Ha habido bombardeos constantes, de día y de noche, hasta finales de enero, cuando el Gobierno sudanés anunció que había tomado la parte sudanesa de Tine, reducida para entonces a un pueblo fantasma de edificios de adobe.

Una anciana de Habila, que asegura tener dolor de huesos por dormir a la intemperie en Kourbileke, está deseosa de trasladarse a un campamento del ACNUR. “Tenemos miedo de que los milicianos vuelvan y nos encuentren aquí. No tenemos nada con qué defendernos”, indica Khadidje Adam.

Los refugiados describen las luchas de Darfur como ataques de las milicias árabes -a quienes acusan de estar respaldados por el Gobierno sudanés- contra los sudaneses negroafricanos. El Gobierno asegura que está luchando contra los rebeldes que se levantaron en armas en marzo del 2003, para protestar por el supuesto abandono económico de la región por parte de Jartûm. El ACNUR no tiene representantes en Darfur, por lo que no puede verificar de manera independiente la situación del lugar.

A partir de las historias de los refugiados, se deduce un patrón en los ataques: bombardeos aéreos con aviones Antonov seguidos por hombres armados que asaltan el pueblo en tanques y a caballo, quemando casas y robando ganado.

Abdelkerim Abakar Anou, de 37 años, el jefe de la aldea de Habila, en Sudán, refiere que los 1.750 habitantes de su pueblo huyeron de este tipo de ataque. El objetivo de los atacantes, señala, “es quemar las casas y robarlo todo, para que no le quede nada a los habitantes y tengan que abandonar la aldea. Su meta es ahuyentar a la gente para que los árabes puedan ocupar las aldeas”.

Muchos de los refugiados están desconcertados por haberse visto sumergidos de improviso en una guerra, se quedan perplejos con los aviones Antonov que dan vueltas en el cielo y que, según los refugiados, tienen como objetivo a los civiles inocentes. “Somos ganaderos con nuestros rebaños”, señala Brahim Daoud Djimet, de 36 años, que convalece de heridas de metralla en una tienda llena de heridos de guerra atendida por doctores de Médicos Sin Fronteras en Tine, Chad. “Si hay rebeldes, no están en las aldeas, sino en el campo. Si lo que quieren es rebeldes, no sé por qué el Gobierno bombardea las aldeas”.

Una mujer mayor, recién llegada de noche desde Sudán, admite sin ambages que sus cuatro hijos son rebeldes. Pese a que “lamento sinceramente tener que abandonar mi hogar”, Ambakan Khatir Said asegura que se vio obligada a huir cuando dos de sus hijos murieron y otro cayó prisionero, quemaron su casa y perdió todo lo que poseía.

De pie en el ventoso wadi, entre las dos mitades de Tine, junto a los fardos con sus bienes que yacen sobre una arena sembrada de excrementos de camello, burro y cabra, Said se emociona sabiendo que está a sólo unos metros de la frontera, dentro del Chad. “Vine en busca de un lugar seguro”, dice simplemente. “Ahora me siento en paz y no pienso en nada más”.

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