| T E M A   D E   P O R T A D A |

UN BUEN DÍA

“Por fin vuelvo a tener dos piernas, y a lo mejor un futuro”

Exilio y hogar: la odisea de una familia afgana.

Por Ray Wilkinson

El día en que la vida de Ali Mohammed cambió para siempre empezó de lo más normal. Era una de esas mañanas ásperas y claras que hacen la vida tan dulce en las montañas de Afganistán. Ali pedaleaba en su bicicleta por los serpenteantes senderos flanqueados de edificios de adobe, evitando cuidadosamente los pútridos conductos de alcantarillado que discurren al aire libre en medio de los caminos, pasando por delante de montículos de basura en descomposición, grupos de jornaleros, pequeñas panaderías, puestos de frutas y tiendas de reparación recién abiertas.

Siendo un pequeño comerciante, se encontraba de camino al centro de Kabul para comprar cualquier artículo que pudiera encontrar a buen precio -juguetes, latas de comida, aparatos domésticos- y revenderlo luego por un pequeño beneficio en las calles de su barrio, que, pese a ser de clase trabajadora, seguía lleno de vida.

La vida era dura a principios de los 90, pero, en esos días, recuerda Ali, también era “buena”.

Poco después, se despertó en una clínica de la Cruz Roja luchando entre la vida y la muerte.

Años de asesinatos políticos, guerra civil y la invasión de las tropas soviéticas en 1979 habían dejado el país devastado. En los años posteriores a la llegada de los rusos, millones de afganos huyeron a los países vecinos. Los combates fluían y refluían a lo largo del abrupto paisaje, partes de la capital quedaron reducidas a escombros y la línea del frente se acercaba cada día. Los civiles que, como Ali Mohammed, habían decidido quedarse, intentaban tomarse la guerra del mejor modo posible.

Un obús -nadie sabe de qué bando- aterrizó a sólo unos metros del entonces adolescente. Lo dejó inconsciente, lanzándolo al otro lado de la calle y dejando su cuerpo lleno de fragmentos de metralla. Unos transeúntes lo llevaron hasta la cercana clínica de la Cruz Roja, donde los médicos le dijeron que había que amputarle la pierna derecha inmediatamente.

“Insistí en que no me la cortaran”, comentaba recientemente. “Los médicos me dijeron que no tenían elección y amputaron justo por encima del tobillo”. Dos meses más tarde, al extenderse la gangrena, tuvieron que amputar de nuevo, esta vez por encima de la rodilla. Otros trozos de metal le habían despedazado la pierna izquierda y el estómago, heridas que todavía hoy desfiguran su cuerpo. “Abandoné la clínica siendo un inválido, pero con suerte de estar vivo”, comenta.

Durante la década siguiente, Ali Mohammed huyó como refugiado a Pakistán y regresó a Kabul, donde se vio en dificultades con los últimos gobernantes, los talibanes, que le propinaron palizas y lo encarcelaron numerosas veces.

Escapó de nuevo a Pakistán, se casó con una mujer cuyo marido había perecido en los combates, creó una familia, luchó por sobrevivir y luego se planteó la idea de volver a casa cuando la invasión norteamericana de Afganistán brindó promesas de un nuevo pero aún incierto futuro.

En líneas generales, su historia no es distinta de la de millones de afganos en este cuarto de siglo de conflictos: tragedia personal, huida, años en el exilio y la inquebrantable decisión de “aguantar” y esperar un futuro mejor, simplemente.

La revista REFUGIADOS hizo un seguimiento a la familia de Ali Mohammed, la cual, tras meses de agonía, decidió regresar el año pasado. Esta historia y el subsiguiente ensayo fotográfico ofrecen una crónica de su vida y su dura lucha por mantenerse a flote en el día a día.

Llegan los talibanes

El fin de años de exilio y la vuelta a casa. ZALMAI
 


Los talibanes venían precedidos por una reputación de mandatarios despiadados, cuando no sanguinarios, con sus supuestos opositores y con los grupos étnicos ajenos a ellos. “Llegan los talibanes, llegan los talibanes” pasó a ser un dicho familiar en los callejones de la zona Qala-e-Shada de Kabul, donde vivía el adolescente mutilado. Al joven musulmán chiíta, miembro de la etnia de los hazãra, le resultaba cada vez más difícil conseguir trabajo y dinero. “Nos daban mucho miedo”, dice Ali Mohammed. “Según los rumores, mataban a todo el mundo”.

Junto con su madre y sus tres hermanos, el joven huyó a Pakistán antes de que los talibanes tomasen Kabul. En el momento culminante del éxodo, unos años antes, un total de 6,2 millones de afganos habían abandonado su patria, estableciéndose la mayoría en Pakistán o Irán. El número de refugiados osciló enormemente en los años posteriores a medida que la guerra se reactivaba y hacía erupción de nuevo. Muchos decidían regresar y luego volvían a huir, meses o años más tarde.

La familia de Ali Mohammed se afincó en la ciudad paquistaní de Peshãwar en calidad de refugiados urbanos. Otros acabaron en los cientos de campamentos que proliferaban por toda la región.

Finalmente, junto con otros 40 afganos, se convirtió en aprendiz de una fábrica local de hilado de alfombras. La vida era tan dura, sin embargo, que decidió arriesgarse con los talibanes y regresó a Kabul después de unos pocos meses. Fue un error que casi le cuesta la vida por segunda vez.

El proyectil lo derribó y lo lanzó al otro lado de la calle, dejando su cuerpo lleno de fragmentos de metralla.



Tanto por ser joven como inválido, resultaba un objetivo natural para las desconfiadas autoridades. No había trabajo en la capital. Su antiguo distrito había sido prácticamente abandonado y a los pocos días fue detenido. “¿Cómo perdiste la pierna?”, “¿con qué bando luchabas?”, “eres un traidor”, le espetaban los talibanes durante los interrogatorios. En su primer arresto, un funcionario se sentó sobre su muñón mientras otro le golpeaba despiadadamente la planta de su único pie con una barra de hierro. La pierna, de por sí desfigurada, aún conserva las señales de tumefacción por las palizas y por los grilletes en su tobillo. “Vas a confesar o morir”, le dijeron, pero después de tres días y un soborno equivalente a 60 dólares, fue puesto en libertad.

Fue detenido dos veces más y zarandeado en busca de dinero. “Les dije que no tenía nada”, comenta. “De hecho, era tan pobre que comía de sus platos mientras me pedían dinero”.

Cuando lo pusieron en libertad por tercera vez, corrió a casa de un pariente, pidió dinero prestado y tomó un autobús hasta la frontera. “No creí que fueran a soltarme. Pensé que iban a matarme o enviarme a la cárcel central. En aquellos tiempos mataban a mucha gente”, asegura, agregando luego: “Cuando salí, ni siquiera perdí el tiempo en recoger el otro par de zapatos que poseía”, recuerda. “Huí de Kabul lo más rápido que pude”. Volvía a ser un refugiado sin dinero, pero seguía vivo.

En ruta
Subiendo a bordo y dirigiéndose a Kabul; clases sobre el peligro de las minas terrestres; escáner del iris en la frontera. zALMAI

Pocas probabilidades

Como inválido, sin apenas estudios, ni trabajo o futuro, el joven, que contaba entonces con 24 años, tenía pocas probabilidades de casarse. En Kabul, Majan, una mujer de 28 años, se enfrentaba igualmente a un futuro nada prometedor. Un proyectil perdido lanzado por los soviéticos había destruido su casa y matado a su marido cuando estaba embarazada de su hija, Sabara. Los años siguientes vivió con su suegro y el bebé “una vida de silencio y desesperanza”, dice.

Cuando la madre de Ali Mohammed los visitó, la propuesta de un matrimonio concertado entre los dos desafortunados jóvenes parecía una salida obvia para ambos. “Cuando su madre propuso el acuerdo, lo vi como una oportunidad de oro para mí”, comenta ahora Majan.

Al principio, nadie mencionó a la futura esposa que su novio tenía una sola pierna. “Me lo acabó diciendo un pariente”, indica, “pero ¿qué otra elección tenía?”. Su marido está sentado junto a ella mientras rememora sus primeras inquietudes.


“Acepté. Pero, camino de Pakistán, me preguntaba: “¿Quién es este hombre? ¿Podrá mantenernos a mí y a mi hija? ¿Cómo será la vida en un país extraño con un hombre de una sola pierna?”. Pero volví a recordar que me encontraba en medio de una tierra de nadie. No podía hacer otra cosa”.

Los refugiados llevan una vida muy dura en el exilio, especialmente cuando éste se alarga indefinidamente. A veces, sin embargo, existen pequeños consuelos. Esta familia vivía en una diminuta habitación de cuatro metros cuadrados en Peshãwar, pero tenía una pequeña cocina y… electricidad. “Recuerdo especialmente la electricidad”, señala Majan. Nunca la había tenido en su casa de Afganistán. “Teníamos televisión y escuchábamos todo tipo de música (prohibida bajo los talibanes). La vida era dura, pero no teníamos miedo. Era tranquila”.

La madre, el padre y la joven hija trabajaban de cinco de la mañana a nueve de la noche cada día, tejiendo alfombras, ganándose a duras penas el sustento. Hace tres años tuvieron otra niña, Rahima.

Los atentados terroristas en Nueva York y Washington, la posterior invasión de Afganistán por Estados Unidos, la caída de los talibanes y la instauración de una nueva administración provisional en Kabul cambiaron la situación de forma dramática.

Más de dos millones de afganos volvieron en masa a su patria en 2002, pero otros, como la familia de Ali Mohammed, fueron más prudentes.

“Pensé en volver en cuanto cayeron los talibanes”, señala. “Mis hermanos volvieron el año pasado. Pero habíamos logrado establecernos en Pakistán. Al menos allí podíamos sobrevivir. Ganábamos y consumíamos. ¿Pero iba a encontrar trabajo en Kabul? ¿Podríamos sobrevivir allí?”

Sin elección


Al final, no pudo elegir. “Todo el mundo a nuestro alrededor se volvía”, comenta Ali Mohammed. “Mis hermanos. Mis vecinos. Incluso el comerciante de alfombras que nos compraba se marchó. Al final no tuvimos elección”.

Empezaron el papeleo y los procedimientos con el ACNUR. Se produjo un suceso interesante cuando Majan tuvo que someterse al ultramoderno proceso de escáner del iris introducido por la agencia de refugiados. El proceso implica tomar una foto en primer plano del iris, codificando digitalmente su textura y almacenando los datos para futuras comprobaciones. Se introdujo para que los funcionarios pudieran identificar a los refugiados que intentan saltarse las normas, “reciclándose” y solicitando ayuda de “regreso al hogar” varias veces.

“Estaba muy preocupada” dice Majan, que, incluso en el ambiente más liberal de Pakistán y en el “nuevo” Afganistán viste siempre, desde los pies a la cabeza, su burka fuera de casa en señal de modestia. “¿Qué iba a pasarle a mis ojos cuando mirase en esa máquina?”, se preguntaba. Pero no tardó más que unos segundos. “No le ocurrió nada a mi vista”.

Su nuevo hogar es un exiguo espacio de apenas cuatro metros cuadrados. No tiene agua corriente, ni retrete, cocina o calefacción. Trozos de bolsas de plástico cubren el marco vacío de la ventana.

 

La familia recibió un paquete de reasentamiento de 100 kilogramos de harina de trigo, dos lonas de plástico, artículos de higiene femenina, un kilo de jabón y 65 dólares.

La mayor parte del dinero, 55 dólares, se fue en el alquiler de un camión, junto con otras cinco familias, para el viaje de un día entre Peshãwar y Kabul.

La familia tardó menos de dos horas en empaquetar todas sus posesiones: un par de edredones, almohadas y una vieja maleta llena de ropa. Colgando precariamente del vehículo cargado hasta los topes, los refugiados regresaron a su patria dando tumbos a través de los pasos de alta montaña y de los agostados valles.

Durante el camino, tuvieron que pagar un modesto soborno de unos cinco dólares a un funcionario paquistaní y se vieron acosados por la duda. “¿Qué habría sido de nuestras casas?, ¿cómo estarían nuestras familias?, ¿qué nos aguardaba allí?”, se preguntaba Ali Mohammed.

El regreso no fue precisamente un éxtasis. No pudieron avisar a sus parientes de su llegada y el 2 de mayo pasaron su primera noche de vuelta en Afganistán en un centro de primera acogida del ACNUR situado a las afueras de la ciudad.

A la mañana siguiente, se trasladaron a la modesta habitación de su hermano en la ciudad.

Kabul estaba irreconocible. Bajo los talibanes se había convertido en una urbe atrasada, triste y fuertemente regulada, donde la vida al aire libre se había marchitado, las calles estaban desiertas, había pocos vehículos y la policía religiosa ejercía un dominio aterrador.

En pocos meses, a medida que el regreso se aceleraba, se transformó en una abrumadora cacofonía de ruidos -música, televisión, voces estridentes-, con calles atascadas por un tráfico que incluía transportes blindados y jeeps de las fuerzas internacionales de protección, flotas de vehículos humanitarios y cientos de miles de refugiados retornados que parecían ocupar cada rincón y hendidura de la floreciente ciudad, entre otros las ruinas aún visibles de las casas y las fábricas.

Lo cual no era una buena noticia para la segunda ola de refugiados que, como Ali Mohammed y su familia, regresó el año pasado. Subido a sus muletas, pasó semanas luchando por conseguir trabajo en las calles. ¿Trabajador de la limpieza en una escuela? No. ¿Jornalero? No hay trabajo. ¿Algo en panaderías? Nada. ¿Vigilante nocturno? Ni una plaza.

“Puede que fuera un error volver”, se dijo a sí mismo muchas veces. Algunos refugiados habían topado también con ese muro, aparentemente de ladrillo, y vuelto a Pakistán.

Ali Mohammed siguió insistiendo, pero tardó varios meses en encontrar algo… tejiendo alfombras otra vez, lo mismo que la familia había hecho en Pakistán.

Llegada
Primeras imágenes de Kabul; el reencuentro con la familia; empezando a trabajar.
ZALMAI
 


Se mudaron de la casa de su hermano a una habitación, en las afueras de Kabul, donde había vivido anteriormente, un exiguo espacio de apenas cuatro metros cuadrados, construido alrededor de un patio central donde viven otras muchas familias de retornados.

Vida dura

No tiene agua corriente, ni retrete, cocina o calefacción. Y por supuesto no tiene electricidad, al contrario que en Pakistán. Trozos de bolsas de plástico cubren el marco vacío de la ventana. Junto a una pared, se yergue un telar prestado por un comerciante local.
Apañarse
Con una sola pierna, incluso montar en bicicleta supone semanas de práctica concienzuda. ZALMAI

Madre e hija trabajan el telar a mano. El marido, que aún sufre fuertes dolores de estómago por sus heridas y no puede levantar objetos pesados, trabaja de vez en cuando.

Les llevará dos meses completar una alfombra por la que reciben el equivalente de 100 dólares. Desde su regreso, han empezado a trabajar en su segunda alfombra.

Sabara, de once años, una joven delgada y bonita, disfruta en Kabul simplemente porque “aquí no tengo que trabajar tantas horas”.

Pero es desafortunada en otros aspectos. Muchas niñas, que no habían podido recibir una educación durante el régimen de los talibanes, pudieron asistir a la escuela en Pakistán e Irán, y también cuando regresaron a su patria bajo un nuevo Gobierno.

Pero para Sabara, ir a la escuela sigue siendo imposible. “Hasta que no pueda encontrar un trabajo de jornada completa -dice su padre-, no podemos permitirnos mandarla a la escuela. La necesitamos aquí, ganando dinero para la familia”.

El futuro está repleto de incertidumbres. No pueden permitirse el alquiler mensual de 15 dólares. Majan, desde luego, echa de menos la electricidad y sus ventajas, como la televisión.

Y luego está el que posiblemente sea el mayor problema de todos, la pierna destrozada de Ali Mohammed. Pese a la modesta ayuda de quienes lo visitan, durante muchas semanas ni siquiera pudo permitirse comprar un par de zapatos especiales o tomarse tiempo libre para ajustarse la prometida pierna artificial. “Mi vida es como este círculo”, se lamenta mientras practica subido en una bicicleta dando vueltas y vueltas sobre un pedazo de tierra baldía con su pierna buena. “La vida gira y gira pero no va a ningún lado”.

“Muchas veces voy por las mañanas a buscar trabajo, pero no sé adónde ir”, agrega.

Finalmente, consigue el dinero. Una salida de compras por los bazares de Kabul para encontrar el par de zapatos adecuado. Un arnés para la pierna artificial y luego practicar, practicar y practicar. Su profesor perdió también la pierna.


El dolor es insoportable y muchas veces Ali Mohammed se rinde y tira la pierna. “No. No. Debes continuar”, le anima su profesor. “Funcionará”.

Lo hace. “Por fin, vuelvo a tener dos piernas, y a lo mejor un futuro”, manifiesta el retornado. “Y desde ahora tendré más oportunidades de encontrar trabajo”.

Si la suerte lo acompaña. Ali Mohammed ha visto y sufrido demasiado como para que la alegría brote espontáneamente. Pocas veces sonríe y apenas habla.

Pero aunque el futuro sigue siendo incierto, ocasionalmente se siente optimista y recita un proverbio: “Cuando tenemos un buen día, tenemos una buena vida”. En otras palabras, vive el día a día.

El dolor es insoportable y muchas veces Ali Mohammed se rinde y tira la pierna. “No. No. Debes continuar”, le anima su profesor. “Funcionará”.



Una nueva pierna derecha
Tras esperar los fondos de ayuda durante meses, la adquisición de un par de zapatos especiales y el ajuste de la nueva pierna artificial.
ZALMAI

 

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