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El próximo reto de Europa

Las nuevas leyes de asilo del continente provocan opiniones encontradas. Comienza el siguiente round…

Durante dos semanas el barco averiado y cargado de inmigrantes ilegales con rumbo a Europa, fue dando bandazos descontrolados sobre las encrespadas aguas del Mediterráneo, entre Libia e Italia. Sin apenas comida ni agua fresca para una travesía marítima que se suponía sólo de unas pocas horas, las bajas entre los pasajeros empezaron a incrementarse de forma alarmante a medida que pasaban los días y el barco iba a la deriva sin un destino cierto. Según iban muriendo los más débiles, sus cuerpos eran arrojados por la borda sin ningún tipo de ceremonia.

Cuando finalmente las autoridades italianas interceptaron la embarcación junto a la ciudad veraniega de Lampedusa, habían lanzado al mar al menos 70 cuerpos, quizás más. Había aún trece cadáveres esparcidos por la nave de la muerte, pero quince personas habían sobrevivido, entre ellos un joven africano llamado Mohammed.

Meses antes este muchacho de 20 años había abandonado su hogar en el caótico estado de Somalia, situado en el Cuerno de África, caminando miles de kilómetros por el desierto del Sáhara hasta Libia para ponerse en contacto con un grupo de traficantes a fin de dar el salto final a Europa.

Mohammed sobrevivió a la travesía marítima sepultado bajo varios cadáveres. “No puedo dormir porque siento un enorme peso sobre mí”, decía poco después, recordando su peripecia. “El peso de esos cadáveres es lo que me salvó la vida”.

¿Pero volvería a pasar por la misma pesadilla?, le preguntó un entrevistador mientras convalecía. “No le recomiendo a nadie que pase por esa experiencia”, replicó Mohammed. Y tras una pausa, agregó: “Pero en Somalia nos arriesgamos a ser asesinados cada día”, reconociendo tácitamente que, de hecho, merecía la pena pagar cualquier precio para escapar de su patria y perseguir el distante sueño de una nueva vida en Europa.

Al otro lado del continente, en un escenario muy distinto, los residentes de la tranquila ciudad marítima de Portishead expresaban su opinión sobre los extranjeros que intentan entrar en Europa.

El Home Office británico había presentado con anterioridad un inofensivo proyecto para utilizar dos salas en un parque industrial con el fin de entrevistar a solicitantes de asilo, sin sospechar en lo más mínimo la tormenta que estaba a punto de estallar.

Portishead quedó dividida en dos por la propuesta. Algunos vecinos enfurecidos aseguraron, en una concurrida reunión pública celebrada en la escuela secundaria local, que les daría pavor dejar que sus hijos jugaran en las calles sabiendo que había solicitantes de asilo en la ciudad, según el diario The Observer. Los intentos esporádicos de hablar a favor del centro fueron acallados a gritos. El debate fue tan acalorado que el periódico calificó a la futura sala de entrevistas como “los 120 metros cuadrados de propiedad inmobiliaria más controvertidos de Gran Bretaña”.

El estallido de las hostilidades a nivel local era especialmente preocupante porque no se habían dado incidentes previos de crímenes o violencia relacionados con solicitantes de asilo en Portishead. El Home Office insistió en que las entrevistas se harían sólo previa cita, durarían apenas unos minutos y una vez concluidas los solicitantes abandonarían la ciudad al instante.

Asistencia en España a un grupo de africanos que casi perecen en su intento de llegar a Europa.
AP/R. PERALES/DP/ESP•2003
 


Los vecinos, influidos posiblemente por la prolongada y xenófoba campaña auspiciada por algunos de los tabloides de la prensa británica, no se sintieron apaciguados por tales promesas y el sacerdote John Vickers se lamentaba: “Es un día muy triste para la ciudad. Si esto no es ser racista, ¿entonces qué es?”.

El momento elegido para el incidente tampoco era nada propicio, justo poco antes de la ampliación de la Unión Europea de los 15, el 1 de mayo, con la llegada de 10 nuevos estados y 75 millones de nuevos ciudadanos*.

Resultados mixtos

Entre la pompa y el glamour del lanzamiento del mayor bloque económico del mundo, con una población combinada de 455 millones de personas, la rebelión de los vecinos de Portishead y el descalabro sufrido en alta mar ponen de manifiesto una realidad más mundana: que la compleja, pasional y tantas veces contradictoria cuestión del asilo, los refugiados y la inmigración seguirá siendo uno de los problemas más debatidos e incómodos a los que se enfrenta Europa.

Como señala Julia Hall, de la organización Human Rights Watch, “se trata de una cuestión candente que está brotando en todos los países europeos” y que no sólo afecta a los problemas más inmediatos de asilo y migración, sino que incluye preocupaciones económicas, presupuestarias, sociales y de seguridad.

Los representantes humanitarios, que observan una peligrosa tendencia en el compromiso europeo de proteger los derechos individuales, se han encontrado frente a los políticos, periodistas y otras personas que durante años han advertido que el continente está siendo invadido literalmente por intrusos indeseables y que, a menudo, distorsionan y manipulan los hechos básicos de uno de los puntos centrales del problema: la distinción entre las personas que huyen de la persecución y que, como auténticos refugiados, tienen derecho a la protección internacional, y los inmigrantes ilegales, de tipo económico, que buscan una mejor forma de vida pero que como tales están sujetos a los controles nacionales de inmigración.

Trabajadores voluntarios en Austria esperan a algunos de los primeros refugiados de Europa procedentes de Hungría, en 1957.
ACNUR/FOTO 19

Atrapados en medio de la polémica se encuentran los propios inmigrantes y solicitantes de asilo, que a menudo se sienten confusos y alarmados por el implacable bombardeo propagandístico y por los gobiernos que, sintiéndose hostigados, gastaron el año pasado 10.000 millones de dólares en sus sistemas de inmigración y que, según el Ministro de Justicia irlandés, Michael McDowell, tienen miedo de que “el fracaso a la hora de hacer frente a la inmigración y a los solicitantes de asilo dé lugar a una reacción derechista y a una política racista” en Europa.

Los estados llevan años reforzando y afinando sus sistemas nacionales y europeos para responder a estos desafíos y las últimas cinco medidas legales, conocidas oficialmente como directivas o regulaciones y diseñadas para armonizar las políticas de asilo de los estados miembros, se aprobaron sólo unos días antes de la expansión formal del bloque.


Tal vez no resulte sorprendente que las opiniones recibidas fueran tan diversas. Los gobiernos se congratulaban que su labor reforzaría al conjunto de acuerdos internacionales, como la Convención de Ginebra sobre los Refugiados de 1951. Los defensores de los derechos humanos manifestaban que la legislación contenía serios fallos y que, en algunas áreas, se habían recortado los antiguos criterios de protección para los solicitantes de asilo.

Según Raymond Hall, Director de la Oficina Europea del ACNUR, se ha dado un primer paso hacia una mayor armonización en materia de asilo dentro de la Unión Europea: “¿Pero ha sido tan ambiciosa y noble como hubiéramos deseado? De hecho, a pesar de algunos logros, en lo que se refiere a ofrecer una mayor protección a los refugiados genuinos, ha sido en general, una decepción. El proceso no ha estado a la altura de las expectativas que teníamos cuando iniciamos este camino. Cuando los estados hayan transferido las directivas a sus respectivas legislaciones, dentro de un par de años, tendremos que asegurarnos de que no se hayan recortado aún más los criterios de protección”.

“El número de solicitantes de asilo ha sufrido un pronunciado descenso y sigue en esa tónica. No hay necesidad de obstinarse en reducir los criterios y en disuadir o negar protección al mayor número posible de gente”.

 

Las voces en contra de la inmigración y el asilo siguen advirtiendo que sus países se verán inundados por solicitantes de asilo venidos de fuera de Europa o por éxodos masivos desde los nuevos estados miembros, pero las evidencias disponibles sugieren lo contrario.

Justo antes de la expansión continental, el número de solicitudes de asilo había descendido dramáticamente, desde un máximo de casi 700.000 en 1992 a 288.000 solicitudes. El Alto Comisionado Ruud Lubbers señalaba que pese a ello, algunos gobiernos siguen promoviendo erróneamente una política de línea dura, del mismo modo que se acusa a un general por luchar en la última guerra y no en el conflicto actual.

“El número de solicitantes de asilo ha sufrido un pronunciado descenso y sigue en esa tónica”, manifestaba Lubbers recientemente en un discurso. “No hay necesidad de obstinarse en reducir los criterios (de protección al refugiado) y en disuadir o negar protección al mayor número posible de gente”.

Las investigaciones oficiales sugieren, además, que menos de 300.000 personas provenientes de los diez nuevos miembros se trasladarán a la “vieja” Europa en los próximos 12 meses, pese a las previsiones alarmistas de los periódicos según los cuales decenas de millones de personas se lanzarían a toda prisa hacia Gran Bretaña y los países más codiciados del occidente europeo.

Máxima importancia de la seguridad

A raíz de los atentados terroristas de Estados Unidos en septiembre del 2001 y de Madrid hace unos meses, las consideraciones de seguridad han cobrado máxima importancia, a menudo en detrimento de la causa de los derechos humanos. Los países europeos han empleado miles de millones de dólares en reforzar sus fronteras y en endurecer sus sistemas de inmigración y asilo. La Unión ha canalizado también más de mil millones de dólares hacia los nuevos estados miembros para mejorar la que será ahora la principal frontera oriental de la UE.

El tráfico de individuos dispuestos a pagar hasta 10.000 dólares por un billete de ida ha crecido hasta formar una industria multimillonaria y se calcula que unas 500.000 personas se introducen clandestinamente en la Unión Europea cada año.

Algunos como los desdichados africanos a bordo del barco con rumbo a Italia, están dispuestos a jugarse la vida si es preciso. Un consorcio de organizaciones no gubernamentales llamado Unidos Contra el Racismo tiene documentadas las muertes de 5.000 personas que se han ahogado, congelado o asfixiado en camiones, barcos, aviones o selvas impenetrables durante la última década; que han muerto mientras cruzaban campos de minas; que se han suicidado saltando desde puentes o precipicios o se han inmolado prendiéndose fuego, todos ellos en un desesperado intento de llegar a su tierra prometida.

Europa sigue rodeada de crisis reales o potenciales: Kosovo y otros lugares de la inestable región de los Balcanes; Iraq y Oriente Medio. Y el Cáucaso.

Mientras prosigue la agonía de Chechenia, sus ciudadanos se han convertido en el mayor grupo de solicitantes de asilo en Europa, poniendo de manifiesto una premisa obvia, aunque a menudo ignorada y distorsionando las tentativas nacionales de responder a los desafíos de la inmigración: que no son los denominados subsidios sociales de los países europeos lo que atrae a los auténticos refugiados, ni que, los cada vez más desalentadores procedimientos de asilo sirven para disuadirlos, sino que, para empezar, lo que les obliga a huir es la situación real de su país de origen.

Un refugio seguro

Los refugiados han formado desde siempre parte del paisaje europeo, pero, en el último siglo, su número y el tipo de recibimiento que han tenido ha sufrido marcadas oscilaciones, dependiendo del clima político, militar y social dominante.

Dos guerras mundiales provocaron la huida de decenas de millones de personas a lo largo de un continente arrasado. Entre esos dos acontecimientos cataclísmicos, millones de armenios, turcos, griegos y españoles buscaron refugio en otras partes de Europa en un momento en que el genocidio o la guerra asolaban sus patrias ancestrales.

En 1921 la Liga de las Naciones, precursora de las Naciones Unidas, nombró como primer Alto Comisionado al explorador noruego Fridtjof Nansen, en principio para ayudar a 800.000 refugiados, casi todos ellos rusos.

 


Después de la Segunda Guerra Mundial, la creación de las Naciones Unidas y del Consejo de Europa, la adopción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, la Convención de 1951 relativa al Estatuto de Refugiado y otros instrumentos garantizaron a los refugiados los mínimos derechos legales y humanos.

Los movimientos de grandes cantidades de civiles desplazados continuaron pero a menudo con un cierto orden y una buena acogida política. Durante la guerra fría, los refugiados pasaron a ser peones y capital de utilidad política. Europa Occidental y países tan lejanos como Estados Unidos y Australia recibían calurosamente a los evadidos del comunismo soviético, a quienes se concedía asilo e integraba rápida y fácilmente.

Desde finales de los 70 el continente sufrió por primera vez la llegada a gran escala de personas no europeas cuando miles de boat people indochinos recibieron asilo tras décadas de guerra en la región. En el clima político dominante, también ellos fueron recibidos con los brazos abiertos, incluso en lugares tan insólitos como Islandia.

Durante un cuarto de siglo el número de solicitantes de asilo que llegaba a Europa Occidental permaneció relativamente estable, por debajo de las 100.000 personas al año. Pero a medida que llegaba más gente de África, Asia y Oriente Medio, así como de Europa Oriental, las cifras sufrieron una escalada, duplicándose en 1986 a 200.000, llegando a 316.900 en 1989 y alcanzando en 1992 la cota máxima de 696.500 durante la primera fase de la guerra en la antigua Yugoslavia.


Guardias fronterizos estonios vigilan trenes de mercancías que también son controlados por satélites estadounidenses.
PANOS/YANN MINGARD/STRATES
Un futuro distinto cobra forma

Ha sido la escalada vertiginosa de solicitantes de asilo, el enorme incremento en el número de personas que recorren el mundo en busca de mejoras económicas, la expansión prevista para Europa y, en estos últimos años, el deterioro de las cuestiones de seguridad y la guerra mundial contra el terrorismo, lo que ha modelado la polémica del asilo y el último paquete de leyes en el continente.

Principalmente los objetivos manifestados pretendían nivelar los diversos campos de actuación de los sistemas de asilo nacionales: en lenguaje oficial, “armonizar” las políticas de los estados miembros. En la práctica eso iba a dar lugar a un sistema europeo más coordinado, eficiente y humano que beneficiaría tanto a los gobiernos como a las personas que buscan asilo.

Un sistema armonizado permitiría a los países, por ejemplo, distinguir con más facilidad a los auténticos solicitantes de asilo de los inmigrantes económicos, y también acabar con la práctica conocida como “la compra de asilo”, por la cual los solicitantes se trasladaban de país en país en busca de la mejor oferta posible. Como contrapartida, los derechos básicos de los solicitantes se verían reforzados.

En junio de 1990 los gobiernos reunidos en la capital irlandesa aprobaron la Convención de Dublín, el primer paso importante dado por Europa para intentar coordinar los  programas  nacionales   de asilo por el que se esta-
blecía la responsabilidad de cada país a la hora de examinar las solicitudes de asilo. La medida demostró ser poco efectiva y trece años más tarde, se volvió a definir el papel de los estados miembros bajo lo que vino a conocerse como Dublín II.

Entretanto, el Tratado de 1992 sobre la Unión Europea (Maastricht) autorizaba a los Ministros de Justicia e Interior a crear un marco legal para un programa de asilo a nivel europeo. El Tratado de Amsterdam de 1997 proporcionó las bases legales para el desarrollo de los programas comunes y dos años más tarde, las Conclusiones de Tampere establecieron los objetivos políticos de dichos programas basándose “en el absoluto respeto por el derecho a solicitar asilo” y en la “aplicación total y completa” de la Convención de 1951. Otros tratados y leyes, incluyendo las cinco directivas y regulaciones mencionadas anteriormente, añadían fuerza legal a este marco.

Pero el problema de la inmigración -el traslado de personas de una frontera a otra y la autoridad de los gobiernos para controlarlas- es uno de los más delicados y fundamentales principios de la soberanía, y Raymond Hall, del ACNUR, mantiene que los gobiernos no han respondido del todo al reto de marcar una nueva dirección.

Como resultado, dice, existe una fuerte paradoja en la raíz misma de la actitud del continente hacia el asilo y la inmigración: mientras que cada país admite que la única manera efectiva de resolver estas cuestiones es armonizando sus propios sistemas, siguen mostrándose reacios, tras años de debate y discusiones, a ceder la parte de soberanía nacional necesaria para conseguirlo.

Ciertamente, ha habido avances positivos en la nueva legislación. La llamada Directiva de Calificación articula una definición común sobre quién cumple los requisitos de refugiado, lo que, con suerte, acabará con años de confusión y discrepancias sobre quiénes tienen o no derecho a recibir asilo. Incluye específicamente a las víctimas que huyen no sólo de las formas más extendidas y comunes de persecución política, religiosa y de otro tipo cometidas por los gobiernos, sino también por las guerrillas, ejércitos irregulares y demás facciones “no estatales”. En el pasado algunos gobiernos excluían a tales víctimas de su red protectora.

La compleja, pasional y a menudo contradictoria cuestión de los refugiados seguirá siendo uno de los problemas más debatidos e incómodos a los que se enfrenta Europa.



Se ha acordado además, que otros grupos reciban la denominada protección “subsidiaria”, incluidos aquellos que huyen de conflictos armados y situaciones de violencia generalizada.

Se ha reconocido la persecución basada en cuestiones de género.

Se ha fijado el nivel mínimo de subsidios sociales, empleo y cuidados médicos. Se han mejorado las instalaciones de acogida para inmigrantes y solicitantes de asilo, así como los procesos administrativos, especialmente en los nuevos estados miembros.
Las figuras espirales de asilo representan, el gran incremento en el número de personas que buscan una mejor vida económica, expansión planeada de Europá y la guerra global. El debate del asilo en el continente.

Aspectos negativos

No obstante, el ACNUR y las organizaciones de derechos humanos han expresado enormes reservas respecto a otros aspectos de la nueva legislación, especialmente aquellos que se ocupan del recurso de apelación del asilo, de los denominados “países seguros” y de la deportación de los solicitantes rechazados.

En el futuro será posible expulsar a estos incluso antes de que conozcan el resultado de la apelación presentada, pese al hecho de que, en algunos países europeos, entre un 30 y un 60 por ciento de los refugiados han sido admitidos sólo después de haber apelado.

Podrían ser devueltos a países por los que pasaron anteriormente pero que son considerados “seguros” por las autoridades que los han expulsado, sin dar al solicitante de asilo la oportunidad de rebatir dicho supuesto. Bajo normativas aún más draconianas, a algunos ni siquiera se les permitirá presentar la solicitud de asilo en un estado europeo si han pasado antes por una nueva categoría de país denominado “superseguro”.

El ACNUR ha advertido que, en ciertos casos, esto podría desatar una sucesión de deportaciones en cadena a través de distintos países, por la cual el desafortunado solicitante puede acabar viéndose arrojado a su país natal, donde se arriesga a sufrir una persecución real.

También se han manifestado otras preocupaciones. Con la nueva legislación, puede ocurrir que los países con sistemas de asilo más frágiles y menos recursos -los nuevos estados miembros de Europa Central- terminen procesando un número desproporcionado de solicitudes de inmigración y asilo, con la amenaza real de que sus sistemas acaben, simplemente, colapsados.

Otras prácticas restrictivas y altamente polémicas, aplicadas actualmente por las leyes de algunos países, podrían acabar formando parte de la legislación conjunta de los 25 estados de la UE.

En resumen, muchas organizaciones de derechos humanos y de refugiados señalan que la Unión Europea ha dejado pasar una gran oportunidad para adoptar unos elevados criterios de asilo y ha optado en cambio por el mínimo común denominador.

El Alto Comisionado Ruud Lubbers advirtió en varias ocasiones, a lo largo del extenso proceso de negociaciones que, según estaba redactado, algunas partes del borrador legislativo ni siquiera cumplían con los criterios admitidos legalmente, lo cual podría acabar erosionando el sistema global de asilo y poniendo en peligro la vida de los futuros refugiados. Supondría también un ejemplo inadecuado para los demás estados, especialmente para los más pobres, ofreciéndoles una excusa para reducir sus niveles de ayuda.

“Sería una auténtica lástima que Europa   socave   su   larga   tradición  de  proteger  a los

verdaderos refugiados”, señaló Lubbers. En respuesta durante un encuentro a principios del 2004, el Ministro de Justicia irlandés, McDowell, adujo:“El ACNUR y algunas personas dicen que la UE está desmantelando la Convención de 1951. Yo no lo veo así. Creo que estamos tomando medidas prácticas para hacer frente a realidades concretas. Éstas (normas) ofrecerán protección a los refugiados y a quienes necesiten protección (…) y ayudarán a infundir confianza en nuestros propios sistemas de asilo”.

El futuro

El 1 de mayo de 2004 marcó el fin de la primera fase del gran proyecto de armonización en Europa. Sobre el papel del ACNUR, Raymond Hall ha declarado: “Se pueden formular muchas preguntas sobre el nivel de protección y el grado de armonización realmente alcanzados. Pero sobre todo, nuestras intervenciones han tenido un impacto positivo. La cosa podría haber sido mucho peor de no haber participado. La Comisión Europea también ha tenido un papel muy positivo a lo largo de todo el proceso, y lo mismo ha ocurrido con la Presidencia irlandesa en la difícil fase final de las discusiones”.

Es posible que la siguiente ronda de la armonización ofrezca mejores augurios para un sistema de asilo europeo verdaderamente común, basado en un elevado criterio de protección. Otros agentes, como el Tribunal de Justicia Europeo y el Parlamento Europeo, tendrán un mayor protagonismo. La Comisión Europea se hará cargo en parte del papel que hasta ahora tenían los distintos estados y las decisiones por mayoría, en vez de por unanimidad, deberían facilitar la elaboración de medidas más transigentes.

Entretanto, los estados tardarán unos dos años en combinar su legislación con la de la UE y de alguna forma, el ACNUR estará atento a estos procesos nacionales para, como aseguraba un funcionario, “verificar que los gobiernos no incumplan los criterios mínimos establecidos por el proceso de armonización. Tenemos que evitar que los criterios mínimos se conviertan en criterios máximos”.

El ACNUR ha insistido en que sólo un planteamiento interdisciplinario hará que Europa responda al desafío de la inmigración y el asilo en los próximos años. Habrá que destinar más recursos a las zonas en crisis, bien para evitar que un conflicto incipiente se descontrole o, si eso falla, para ayudar a los refugiados resultantes y a los países anfitriones de esa región.

Aunque ya se han destinado numerosos fondos, se sigue necesitando ayuda para reforzar no sólo a los estados miembros centroeuropeos, todavía frágiles, sino a las naciones del otro lado de la nueva frontera, como Ucrania (ver artículo de la página 14).

Ahora que Europa se encamina hacia una segunda fase de reformas de la inmigración y el asilo, se renuevan las oportunidades de mejorar y fortalecer la legislación, especialmente en aspectos como la distribución de la responsabilidad sobre los refugiados de modo más equitativo entre los países y la creación de un sistema común para el proceso del asilo que dé como resultado decisiones más justas y más rápidas para las personas que intentan entrar en el bloque.

Las opiniones son diversas. Los gobiernos se congratulaban que su labor reforzaría acuerdos como la Convención de 1951. Los defensores de los derechos humanos manifestaban que la legislación contenía serias carencias y recortaba los criterios de protección.



El ACNUR ya ha puesto sobre la mesa un conjunto de propuestas más ambiciosas a nivel nacional, europeo y mundial. Entre ellas se encuentran la creación de centros de recepción centralizados, donde ciertas categorías de solicitantes de asilo que entran en la UE serían procesados rápida y eficientemente por equipos multinacionales. Los solicitantes rechazados serían devueltos con prontitud a países con los que Europa hubiera ya negociado acuerdos de readmisión, siempre bajo el patronazgo de la UE y no de un país individual. Se mejoraría la llamada responsabilidad compartida entre estados, de modo que cada país no recibiese un desproporcionado número de refugiados.

Por vez primera, Inglaterra ha comenzado oficialmente a reasentar pequeños grupos de refugiados, como este niño que se encuentra con su nueva profesora en la ciudad de Sheffield. ACNUR/H.J.DAVIES.CS/GBR.2004
Finalmente, se crearía una agencia de asilo y una junta de revisión de asilo en la UE para dirigir los sistemas centralizados de registro y procesamiento.

A nivel nacional los sistemas de inmigración y asilo se verían reforzados. Se destinarían recursos adicionales para aumentar la capacidad de los países pobres de África, Asia y otros lugares que reciben al grueso de las personas desplazadas del mundo y para los propios refugiados, con el mensaje implícito de que, si este proyecto tiene éxito y los criterios de protección en la región mejoran, el número de solicitantes de asilo que viajan a Europa se vería reducido.

“Ahora estamos en disposición de ocuparnos de la calidad de los sistemas de asilo en los países industrializados y de mejorar las condiciones de las regiones de origen de los refugiados, de modo que quienes vuelvan a su país puedan quedarse allí, y que, para empezar, menos personas se vean forzadas a marcharse”, manifestaba reciente-
mente el Alto Comisionado Lubbers ante una audiencia internacional. “Es hora de cambiar un planteamiento en gran parte negativo -fronteras cerradas, detenciones, interceptaciones en alta mar, recorte de subsidios- por otro centrado en la continuidad de la antigua tradición de hospitalidad a los refugiados”.

Ése será el próximo reto en Europa y el resto del mundo.
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