UCRANIA “Estamos haciendo el trabajo
sucio de Europa. La UE debe comprenderlo y ayudarnos”.
En los últimos años la UE ha concedido más de mil millones de dólares a sus nuevos socios para fortalecer tanto sus fronteras, con mejores equipos de camiones, computadoras o gafas de visión nocturna, como sus sistemas de inmigración y asilo, con bases de datos más eficientes, personal mejor formado e instalaciones de recepción y detención para procesar a muchos de los cientos de miles de personas -una avalancha mixta de emigrantes económicos, refugiados y solicitantes de asilo- que cada año intentan entrar en Europa. En comparación, sus vecinos del Este, que se encuentran entre los países más pobres del continente, no han recibido “más que baratijas” para intentar reforzar sus controles fronterizos, según un funcionario de asilo occidental. Puede que esto sea reflejo de una cruda realidad política. Las familias políticas, después de todo, se preocupan primero de sus propios miembros. Pero el ACNUR y otras organizaciones, que se encuentran muy implicados en las cuestiones de asilo y de refugiados de estos lugares, creen que es preciso poner en marcha medidas más audaces, entre otras, una cooperación más estrecha entre estados y mayor inversión de recursos para ambos lados de la frontera. La premisa es sencilla: si países como Ucrania y sus vecinos Moldavia y Bielorrusia pueden reforzar sus fronteras y sistemas de inmigración y situarlos a nivel europeo, todo el mundo sale ganando. Se podrá reducir y procesar la enorme marea de “ilegales”, antes incluso de que alcancen las nuevas fronteras de Europa. Unos sistemas de mayor calidad ofrecerán a los auténticos refugiados y solicitantes de asilo un mejor y más eficaz trato. Se incrementará la seguridad a ambos lados de la frontera. Pero si continúa el desequilibrio de recursos, puede fácilmente causar el efecto contrario: un mayor número de personas que llegan ilegalmente a Europa, y refugiados y solicitantes de asilo sumergidos y maltratados en el caos. Un nuevo escenario
Algunos funcionarios administrativos advierten en tono sombrío
que posiblemente en el futuro Ucrania permita el tránsito hacia
Europa, sin ningún tipo de control de fronteras, de la gran mayoría
de los inmigrantes. Como comentaba recientemente un funcionario del
Ministerio del Interior a un visitante: “Es problema de Europa,
no nuestro”. Recientemente, un visitante realizó una gira por la frontera occidental de Ucrania para formarse una opinión de cómo se ven las cosas desde fuera de la Unión Europea. Ucrania significa “tierra fronteriza” y en las circunstancias actuales el nombre resulta apropiado. El puesto fronterizo entre Ucrania y Hungría en la ciudad de Chop está lleno de camiones, coches y autobuses que van en ambas direcciones. Con una parte de la modesta cantidad destinada por la UE a Ucrania para mejorar sus aduanas, se han modernizado y ampliado algunos edificios y se ha instalado un nuevo sistema informático. El comandante Zhdanenko Alexander Anatolievich, que vigila 200 kilómetros de frontera con 2.000 policías, saca un cronómetro y calcula el tiempo que tarda un vehículo en pasar los controles. “Antes cada vehículo tardaba al menos tres minutos en pasar el control”, dice orgullosamente mientras una bella mujer policía y su colega examinan pasaportes y los comprueban en un computador. “Ahora apenas se tarda 30 segundos”. Hace unos meses Hungría introdujo las nuevas restricciones europeas de visado y como resultado, quizás sorprendente, el número de movimientos “legales” en ambas direcciones se duplicó el año pasado y parece que se duplicarán en 2004, según el comandante Zhdanenko. En estas rutas, el comercio fronterizo ha sido un modo de vida durante siglos y muchos pequeños comerciantes ucranianos han recibido un duro golpe con las nuevas restricciones que encarecen y eternizan su paso a Hungría. El gobierno de Kiev ha manifestado que las nuevas barreras podrían costar millones de dólares al país representados en comercio y exportaciones perdidos. Pero en Chop cada vez más húngaros vienen a comprar comida, ropa y otros artículos que ahora resultan más baratos que en Europa.
Apenas hay instalaciones disponibles para alojar a las mujeres chechenas, a un grupo de paquistaníes sorprendidos el mismo día en la ciudad fronteriza de Uzhgorod o a la gente que se entrega a las autoridades y solicita asilo. La organización local NEEKA, con ayuda del ACNUR, ha alquilado a las autoridades ferroviarias un edificio de cuatro plantas apodado El Dormitorio que alberga a 42 inmigrantes ilegales y a 20 solicitantes de asilo. Las condiciones en El Dormitorio son mínimas. Veintitrés mujeres chechenas viven en una habitación bajo vigilancia. No se les permite salir al exterior para hacer ejercicio, ni a sus hijos tampoco. Algunas llevan meses separadas de sus maridos y sólo se ponen en contacto con ellos ocasionalmente, a través de un teléfono instalado recientemente. ¿Por qué parar ahora? Habiendo escapado a la destrucción de su patria, y en su mundo naïf e inocente, las mujeres chechenas no comprenden por qué la policía de fronteras las tiene encerradas con llave y candado en vez de ayudarlas a llegar a Europa. Tras unos pocos minutos en presencia de un visitante, empiezan a llorar y a intranquilizarse: “Queremos ir a Europa”, dice una. “¿Por qué nos detienen aquí y no nos ayudan?”. Otra mujer señala a una niña huérfana que sonríe distraída hacia el techo desde su cama. “¿Qué va a ser de ella?”, exige. “¿Quién va a cuidar de ella?”. En otra entrevista, el comandante de la frontera insiste en que todas las mujeres serán deportadas a Chechenia cuanto antes, pero sólo cuando haya conseguido el dinero para comprar sus billetes. Lo que no menciona es que su actuación infringe tanto las leyes nacionales como internacionales. Aunque la Unión Europea ha accedido a financiar en parte la construcción de nuevos centros de detención y recepción para inmigrantes y solicitantes de asilo, se ha negado a apoyar económicamente las repatriaciones. Los ucranianos sostienen que casi nunca tienen dinero suficiente para comprar los billetes de vuelta. Rechazados y sin posibilidad de salir, los detenidos acaban languideciendo en condiciones horribles durante meses. A pocos kilómetros de distancia, en las profundidades del bosque, el antiguo cuartel militar de Pavshino alberga a casi 300 inmigrantes ilegales y solicitantes de asilo, varones todos. El complejo llevaba vacío ocho años y hasta hace poco no había calefacción en los barracones de dos pisos, en una región donde las temperaturas descienden a 30 grados bajo cero. Los ocupantes se duchan una vez a la semana. No hay dinero para comida y los guardias se suelen ver forzados a compartir sus raciones con los detenidos. Ahora NEEKA suministra un paquete diario de comida compuesto de pan, sopa y a veces manzanas y otros alimentos frescos, pero incluso la modesta subvención para este proyecto, patrocinada actualmente por Suiza, se agotará pronto. Durante la visita, hay 63 hindúes hacinados en dos pequeñas habitaciones y dos personas tienen que compartir cada catre militar de acero. El año pasado la situación era peor y tres personas tenían que turnarse para dormir en cada litera.
Incidentes de este tipo tienen buena acogida en algunas cadenas de televisión, alimentando una xenofobia latente que no es muy distinta de la existente en algunos países occidentales. Se tiene la sensación de que los extranjeros son alborotadores que además reciben mejor atención médica y comida que los pobres lugareños. Pensando en sus electores, Lazar Vasil Ivanovych, director de la administración subregional, dice: “Europa está interesada en mantener alejada a esta gente. Estamos haciendo el trabajo sucio de Europa por ellos. ¿Por qué debemos llevar toda la carga? Europa debe entenderlo y ayudarnos”. En la ciudad de Uzhgorod (Ciudad sobre el Río), a tan sólo un par de kilómetros de la frontera eslovaca y húngara, Igor Mikhayeyshyn, un veterano funcionario del Ministerio del Interior, ofrece su visión del asunto. “Puedes construir todos los muros que quieras”, dice refiriéndose a los controles fronterizos y al reforzamiento de la seguridad, recientemente introducidos en las cercanas fronteras, “pero eso no va a detener a la gente que intenta llegar a Europa. No hay muros suficientemente altos para la pobreza y la desesperación”. Y posteriormente añade: “Pero da gusto tener un vecino rico. Necesitamos el dinero. Ustedes necesitan nuestra ayuda. Podemos trabajar juntos”. En un punto de la frontera, un enorme mausoleo de 21 metros dedicado a los soldados que lucharon en la Segunda Guerra Mundial se proyecta amenazante sobre los vehículos que entran y salen lentamente de Ucrania. La valla fronteriza electrificada atraviesa un viñedo y llega hasta la torre de vigilancia. Es un crudo recordatorio de una era oscura que duró medio siglo, pero parece ya un anacronismo. Esta región vuelve a encontrarse en el centro de los asuntos europeos, pero con nuevos problemas que superar. |
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