| T E M A   D E   P O R T A D A |

UCRANIA

Una mirada desde fuera

“Estamos haciendo el trabajo sucio de Europa. La UE debe comprenderlo y ayudarnos”.

Los ucranianos se jactan de que la región de los Cárpatos es el verdadero centro geográfico de Europa y de que ha sido testigo de algunos de los acontecimientos más importantes y traumáticos del continente. A lo largo de dos guerras mundiales, millones de soldados murieron o resultaron heridos, tanques y aviones de guerra de los mayores ejércitos de aquellos tiempos -alemanes, rusos y los aliados- pugnaron por la supremacía y como resultado convirtieron esta región, una y otra vez, en campos de la muerte en Europa.

Sólo en el último siglo sus ciudades y pueblos han cambiado al menos trece veces de nombre y de aliados, reflejando las cambiantes realidades políticas y militares de cada momento.

Cuando entraron las victoriosas tropas soviéticas tras la Segunda Guerra Mundial, según palabras del antiguo Primer Ministro británico Winston Churchill, una Cortina de Hierro descendió sobre el corazón de Europa Central, dividiendo a los comunistas del Este y a los estados democráticos del Oeste durante más de medio siglo.

Guardias fronterizos controlan los vehículos que salen de Ucrania hacia Hungría.
ACNUR/L. Taylor

Pero de nuevo vuelve a ponerse en marcha otro gran experimento político y social en las montañas, praderas y monasterios de los Cárpatos, en el rincón occidental de Ucrania, y la impenetrable Cortina de Hierro se ha visto sustituida por lo que algunos expertos califican ahora como la “Cortina de Encaje”.

Cuando el pasado 1 de mayo diez nuevos países ingresaron en la Unión Europea, la frontera externa del bloque se trasladó cientos de kilómetros hacia el Este. Antiguos aliados comunistas como Polonia y Hungría, ahora “dentro” de Europa, y Ucrania, Moldavia y Bielorrusia, desde fuera, se miran cautelosamente pero sin ánimo beligerante a lo largo de esta “Cortina de Encaje” electrificada.

Y lo que aquí ocurra en los próximos años y según evolucionen las relaciones entre los de “dentro” y los de “afuera”, ejercerá sin duda una importante influencia sobre el éxito de la explosiva expansión europea.


En los últimos años la UE ha concedido más de mil millones de dólares a sus nuevos socios para fortalecer tanto sus fronteras, con mejores equipos de camiones, computadoras o gafas de visión nocturna, como sus sistemas de inmigración y asilo, con bases de datos más eficientes, personal mejor formado e instalaciones de recepción y detención para procesar a muchos de los cientos de miles de personas -una avalancha mixta de emigrantes económicos, refugiados y solicitantes de asilo- que cada año intentan entrar en Europa.

En comparación, sus vecinos del Este, que se encuentran entre los países más pobres del continente, no han recibido “más que baratijas” para intentar reforzar sus controles fronterizos, según un funcionario de asilo occidental.

Puede que esto sea reflejo de una cruda realidad política. Las familias políticas, después de todo, se preocupan primero de sus propios miembros.

Pero el ACNUR y otras organizaciones, que se encuentran muy implicados en las cuestiones de asilo y de refugiados de estos lugares, creen que es preciso poner en marcha medidas más audaces, entre otras, una cooperación más estrecha entre estados y mayor inversión de recursos para ambos lados de la frontera.

La premisa es sencilla: si países como Ucrania y sus vecinos Moldavia y Bielorrusia pueden reforzar sus fronteras y sistemas de inmigración y situarlos a nivel europeo, todo el mundo sale ganando.

Se podrá reducir y procesar la enorme marea de “ilegales”, antes incluso de que alcancen las nuevas fronteras de Europa. Unos sistemas de mayor calidad ofrecerán a los auténticos refugiados y solicitantes de asilo un mejor y más eficaz trato. Se incrementará la seguridad a ambos lados de la frontera.

Pero si continúa el desequilibrio de recursos, puede fácilmente causar el efecto contrario: un mayor número de personas que llegan ilegalmente a Europa, y refugiados y solicitantes de asilo sumergidos y maltratados en el caos.

Un nuevo escenario

Cuando Ucrania formaba parte del imperio soviético, se erigieron fronteras enormemente fortificadas y organizaciones de seguridad e inmigración intimidatorios y brutales para hacer frente a unos desafíos diametralmente opuestos a los que el país tiene hoy ante sí: mantener tranquilos a sus inquietos habitantes y prepararse para la posibilidad de un enfrentamiento violento con Occidente.

Pero en tan solo unos pocos años Ucrania, Moldavia y Bielorrusia -los denominados Nuevos Estados Independientes de Occidente- han realizado lo que un reciente informe calificaba de “notables progresos” en la resolución de los nuevos retos de inmigración y asilo.

Todos ellos han firmado la Convención de Ginebra sobre los Refugiados de 1951. Kiev adoptó una nueva ley para refugiados hace tres años. El ACNUR y la Junta de Migración Sueca pusieron en marcha en 2001 el denominado Proceso Söderköping, destinado a promover, primero el diálogo y luego medidas prácticas entre los países a ambos lados de las nuevas fronteras. El año pasado se creó una secretaría subvencionada por la UE para dar mayor fuerza administrativa al proceso.

El ACNUR realiza toda una gama de actividades: ofreciendo ayuda legal a los solicitantes de asilo, a menudo a través de sus socios locales; ayudando a los refugiados admitidos a integrarse plenamente en una sociedad extranjera y con frecuencia desconocida; proporcionando fondos para ayudar a construir unos centros de recepción que se necesitan desesperadamente; promoviendo formación laboral y financiando necesidades básicas, aunque a menudo inasequibles, como los honorarios de los intérpretes, la gasolina para los funcionarios locales de asilo e incluso el coste de fotocopiar las solicitudes y documentos oficiales.

“Se han dado pasos importantes en Ucrania”, dice el representante del ACNUR, Guy Ouellet. “Pero aún queda un camino muy, muy largo. Hay mucho trabajo por hacer”.

En la capital, Kiev y a lo largo de la frontera con países como Rusia, Moldavia, Polonia, Hungría y Rumania, la inmigración y el asilo son cuestiones candentes. Muchos políticos protestan porque Europa los trata como a un pariente pobre. Actualmente, Ucrania sirve principalmente como mera ruta de tránsito para las oleadas que llegan desde lugares tan lejanos como China, India, Pakistán, Bangladesh, Irak, Palestina y Siria, en su intento por alcanzar Europa. Pero existe un temor generalizado a que se convierta pronto en un vertedero permanente de aquellos a los que se ha negado el acceso a Occidente.

La impenetrable Cortina de Hierro ha sido sustituida por lo que algunos expertos califican ahora como la “Cortina de Encaje”.

Algunos funcionarios administrativos advierten en tono sombrío que posiblemente en el futuro Ucrania permita el tránsito hacia Europa, sin ningún tipo de control de fronteras, de la gran mayoría de los inmigrantes. Como comentaba recientemente un funcionario del Ministerio del Interior a un visitante: “Es problema de Europa, no nuestro”.

Las críticas encuentran su eco en un estado donde el sueldo medio es de 150 dólares al mes (en comparación, la gente que intenta llegar a Europa desde China paga hasta 10.000 dólares por recibir ayuda de los traficantes) y donde más de cinco millones de ucranianos se han marchado al extranjero para buscar mejores trabajos.

Un reciente y pintoresco titular periodístico predecía que “Ucrania podría convertirse en el depósito de inmundicias (vertedero) de los inmigrantes ilegales de toda Europa”. Una website xenófoba llamada Kiev Fortificada, haciendo alusión, de forma irónica, a la Europa Fortificada, resume a diario en su retórica racista que los extranjeros están destruyendo el país.

Otros graves problemas legales, burocráticos, administrativos y presupuestarios amenazan el sistema. Los centros de recepción y detención son inexistentes o se encuentran en un estado deplorable. Un excesivo número de departamentos gubernamentales se ocupa de las cuestiones de inmigración y asilo, lo que da lugar a tareas duplicadas, derroche e ineficacia. Prácticamente no hay fondos para trasladar a las personas consideradas ilegales fuera del país y será preciso armonizar hasta 45 leyes con la Convención de 1951 y otros instrumentos legales internacionales para que los solicitantes de asilo a los que se permite quedarse puedan disfrutar de plenos derechos. Podría llevar años acabar con los retrasos de las solicitudes de asilo aún pendientes.

Tras promulgarse la nueva ley sobre refugiados a comienzos del milenio, fue imposible solicitar asilo durante todo un año. Los funcionarios de inmigración, que cumplen a rajatabla la norma según la cual la solicitud debe realizarse en los cinco primeros días de estancia en Ucrania, siguen impidiendo el acceso al proceso de asilo a la mayor parte de los posibles solicitantes.

En una acción infrecuente, el ACNUR, que ha colaborado estrechamente con el gobierno para reforzar sus procesos de asilo, lo ha llevado a juicio una docena de veces y ha conseguido recusar muchas decisiones. Las últimas estadísticas sugieren que los funcionarios de asilo han empezado a relajarse en el cumplimiento de la norma. “Ha llevado dos años conseguir esta modesta concesión”, afirma Ouellet. “Pero es un avance”.

La mirada desde fuera

Recientemente, un visitante realizó una gira por la frontera occidental de Ucrania para formarse una opinión de cómo se ven las cosas desde fuera de la Unión Europea.

Ucrania significa “tierra fronteriza” y en las circunstancias actuales el nombre resulta apropiado. El puesto fronterizo entre Ucrania y Hungría en la ciudad de Chop está lleno de camiones, coches y autobuses que van en ambas direcciones. Con una parte de la modesta cantidad destinada por la UE a Ucrania para mejorar sus aduanas, se han modernizado y ampliado algunos edificios y se ha instalado un nuevo sistema informático. El comandante Zhdanenko Alexander Anatolievich, que vigila 200 kilómetros de frontera con 2.000 policías, saca un cronómetro y calcula el tiempo que tarda un vehículo en pasar los controles.

“Antes cada vehículo tardaba al menos tres minutos en pasar el control”, dice orgullosamente mientras una bella mujer policía y su colega examinan pasaportes y los comprueban en un computador. “Ahora apenas se tarda 30 segundos”.

Hace unos meses Hungría introdujo las nuevas restricciones europeas de visado y como resultado, quizás sorprendente, el número de movimientos “legales” en ambas direcciones se duplicó el año pasado y parece que se duplicarán en 2004, según el comandante Zhdanenko.

En estas rutas, el comercio fronterizo ha sido un modo de vida durante siglos y muchos pequeños comerciantes ucranianos han recibido un duro golpe con las nuevas restricciones que encarecen y eternizan su paso a Hungría. El gobierno de Kiev ha manifestado que las nuevas barreras podrían costar millones de dólares al país representados en comercio y exportaciones perdidos.

Pero en Chop cada vez más húngaros vienen a comprar comida, ropa y otros artículos que ahora resultan más baratos que en Europa.

“No, apenas ha habido cambios” pese al nuevo régimen de inmigración, admiten varios automovilistas en la frontera.

Puede que eso sea cierto en un sentido, pero el comandante Zhdanenko asegura que el número de policía de aduanas a su mando se ha doblado prácticamente en los últimos meses, con objeto de fortalecer tanto la seguridad en Ucrania como el acuerdo con la UE. Tampoco sorprende que el número de ilegales detenidos desde principios de año haya aumentado en un 50 por ciento.

La frontera consiste, a ambos lados del cruce, en una barrera de cadenas herrumbrosas de 2,5 metros de altura instalada por los soviéticos hace décadas y una valla electrificada más moderna que administra un suave shock a quien intenta penetrarla. Una barrera de tres metros de ancho de tierra arada delata las  pisadas de cualquiera que intente acercarse a la alambrada.

Un grupo de mujeres de la hostigada república rusa de Chechenia resultan sorprendidas a plena luz  del día cuando   intentan entrar a
Inmigrantes ilegales y solicitantes de asilo detenidos en la frontera occidental de Ucrania.
ACNUR/L.TAYLOR/CS/UKR•2004

 

pie en Europa. El año pasado la policía ucraniana detuvo a 2.150 inmigrantes que intentaban cruzar ilegalmente su frontera occidental con destino a Europa, pero se desconoce el número de personas que consiguen atravesarla (se calcula que unas 500.000 entran en la Unión Europea ilegalmente cada año por sus diversas fronteras).

Apenas hay instalaciones disponibles para alojar a las mujeres chechenas, a un grupo de paquistaníes sorprendidos el mismo día en la ciudad fronteriza de Uzhgorod o a la gente que se entrega a las autoridades y solicita asilo.

La organización local NEEKA, con ayuda del ACNUR, ha alquilado a las autoridades ferroviarias un edificio de cuatro plantas apodado El Dormitorio que alberga a 42 inmigrantes ilegales y a 20 solicitantes de asilo. Las condiciones en El Dormitorio son mínimas. Veintitrés mujeres chechenas viven en una habitación bajo vigilancia. No se les permite salir al exterior para hacer ejercicio, ni a sus hijos tampoco. Algunas llevan meses separadas de sus maridos y sólo se ponen en contacto con ellos ocasionalmente, a través de un teléfono instalado recientemente.

¿Por qué parar ahora?

Habiendo escapado a la destrucción de su patria, y en su mundo naïf e inocente, las mujeres chechenas no comprenden por qué la policía de fronteras las tiene encerradas con llave y candado en vez de ayudarlas a llegar a Europa.

Tras unos pocos minutos en presencia de un visitante, empiezan a llorar y a intranquilizarse: “Queremos ir a Europa”, dice una. “¿Por qué nos detienen aquí y no nos ayudan?”. Otra mujer señala a una niña huérfana que sonríe distraída hacia el techo desde su cama. “¿Qué va a ser de ella?”, exige. “¿Quién va a cuidar de ella?”.

En otra entrevista, el comandante de la frontera insiste en que todas las mujeres serán deportadas a Chechenia cuanto antes, pero sólo cuando haya conseguido el dinero para comprar sus billetes. Lo que no menciona es que su actuación infringe tanto las leyes nacionales como internacionales.

Aunque la Unión Europea ha accedido a financiar en parte la construcción de nuevos centros de detención y recepción para inmigrantes y solicitantes de asilo, se ha negado a apoyar económicamente las repatriaciones. Los ucranianos sostienen que casi nunca tienen dinero suficiente para comprar los billetes de vuelta. Rechazados y sin posibilidad de salir, los detenidos acaban languideciendo en condiciones horribles durante meses.

A pocos kilómetros de distancia, en las profundidades del bosque, el antiguo cuartel militar de Pavshino alberga a casi 300 inmigrantes ilegales y solicitantes de asilo, varones todos.

El complejo llevaba vacío ocho años y hasta hace poco no había calefacción en los barracones de dos pisos, en una región donde las temperaturas descienden a 30 grados bajo cero. Los ocupantes se duchan una vez a la semana. No hay dinero para comida y los guardias se suelen ver forzados a compartir sus raciones con los detenidos. Ahora NEEKA suministra un paquete diario de comida compuesto de pan, sopa y a veces manzanas y otros alimentos frescos, pero incluso la modesta subvención para este proyecto, patrocinada actualmente por Suiza, se agotará pronto.

Durante la visita, hay 63 hindúes hacinados en dos pequeñas habitaciones y dos personas tienen que compartir cada catre militar de acero. El año pasado la situación era peor y tres personas tenían que turnarse para dormir en cada litera.

“Ucrania podría convertirse en el depósito de inmundicias de los inmigrantes ilegales de toda Europa”.

 

Los internos -con la excepción de un grupo de chinos que duermen todo el día y se niegan a comunicarse con los demás- llenan prácticamente las escaleras y pasillos pidiendo atención y ayuda a gritos mientras los guardias miran nerviosamente. “Por favor, tenemos que salir de aquí”, dicen. “Tienen que ayudarnos. Dejad que os demos nuestros nombres”.

El aislamiento, la falta de noticias y las difíciles condiciones han provocado motines y fugas en masa aquí y en el cercano Dormitorio durante 2002 y 2003.

Incidentes de este tipo tienen buena acogida en algunas cadenas de televisión, alimentando una xenofobia latente que no es muy distinta de la existente en algunos países occidentales. Se tiene la sensación de que los extranjeros son alborotadores que además reciben mejor atención médica y comida que los pobres lugareños.

Pensando en sus electores, Lazar Vasil Ivanovych, director de la administración subregional, dice: “Europa está interesada en mantener alejada a esta gente. Estamos haciendo el trabajo sucio de Europa por ellos. ¿Por qué debemos llevar toda la carga? Europa debe entenderlo y ayudarnos”.

En la ciudad de Uzhgorod (Ciudad sobre el Río), a tan sólo un par de kilómetros de la frontera eslovaca y húngara, Igor Mikhayeyshyn, un veterano funcionario del Ministerio del Interior, ofrece su visión del asunto. “Puedes construir todos los muros que quieras”, dice refiriéndose a los controles fronterizos y al reforzamiento de la seguridad, recientemente introducidos en las cercanas fronteras, “pero eso no va a detener a la gente que intenta llegar a Europa. No hay muros suficientemente altos para la pobreza y la desesperación”.

Y posteriormente añade: “Pero da gusto tener un vecino rico. Necesitamos el dinero. Ustedes necesitan nuestra ayuda. Podemos trabajar juntos”.

En un punto de la frontera, un enorme mausoleo de 21 metros dedicado a los soldados que lucharon en la Segunda Guerra Mundial se proyecta amenazante sobre los vehículos que entran y salen lentamente de Ucrania. La valla fronteriza electrificada atraviesa un viñedo y llega hasta la torre de vigilancia.

Es un crudo recordatorio de una era oscura que duró medio siglo, pero parece ya un anacronismo. Esta región vuelve a encontrarse en el centro de los asuntos europeos, pero con nuevos problemas que superar.


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