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| T E M A D E P O R T A D A |
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Retorno al corazón de las tinieblas
Jamás hubo caos humanitario tan
complejo desde la Segunda Guerra Mundial, pero diez años después
Ruanda se recupera admirablemente
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Una década más
tarde, pese a los graves problemas aún existentes, los esfuerzos
de Ruanda por superar el tipo de violencia más atroz, el
genocidio, han sido admirables.
La llamada telefónica duró menos
de dos minutos, pero sus repercusiones cambiarían la faz
de África y de la política mundial.
Alessandro Bolzoni, un funcionario humanitario italiano, acababa
de incorporarse al ACNUR y esa noche se encontraba disfrutando de
una tranquila cena con ocho colegas cuando sonó el teléfono,
justo antes de las nueve.
Era la esposa del jefe de seguridad del aeropuerto internacional
de Kigali, en Ruanda. Cuando Bolzoni contestó, su rostro
palideció y exclamó: “¿Se ha estrellado
el avión del presidente?” Los comensales en la sala
comprendieron de inmediato las consecuencias de lo que estaban escuchando.
“Nos estábamos precipitando hacia una catástrofe”,
recuerda Bolzoni.
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La
agonía del éxodo en Ruanda. En los bosques del
Congo.
ACNUR/R.CHALASANI/BW/27018 |
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Alessandro Bolzoni fue uno de los primeros extranjeros en saber que el
avión que transportaba a los presidentes Juvenal Habyarimana de
Ruanda y Cyprien Ntaryamira de Burundi había sido derribado aquella
noche del 6 de abril de 1994. Sus muertes desatarían un genocidio
de 100 días y segarían la vida de unas 800.000 personas
en la nación centroafricana.
En el explosivo ambiente de África central, el ACNUR se debatía
en esos momentos ante la primera crisis regional, ayudando a algunos de
los 700.000 Hutus que habían huido a Ruanda y a otros países
desde la vecina Burundi a consecuencia del asesinato del presidente de
dicho país.
Pero lo que estaba a punto de ocurrir en Ruanda iba a desbordar los acontecimientos.
Durante semanas circularon rumores en Kigali sobre la formación
de escuadrones de la muerte y pocas horas después de caer abatido
el avión presidencial las balas llovían sobre la ciudad
y empezaban los asesinatos dirigidos por extremistas hutus en contra de
la minoritaria población tutsi y de algunos hutus moderados.
Siguiendo órdenes directas de Nueva York, Bolzoni y sus colegas
fueron evacuados a toda prisa. Durante tres semanas un auténtico
torbellino de noticias recorrió la región, sobre combates
entre fuerzas del gobierno y un ejército invasor compuesto por
exilados tutsis, sobre asesinatos en masa y estampidas humanas de proporciones
casi bíblicas, pero resultaba difícil obtener detalles concretos.
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Frontera
entre el Congo y Ruanda: Huyendo en 1994, volviendo
diez años después.
ACNUR/H.J. DAVIES/ CS/ZRE•1994
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Comienza
el éxodo
Maureen Connelly, responsable de las operaciones sobre el terreno
del ACNUR en el norte de Tanzania, recuerda sus visitas diarias
a la zona fronteriza, en las que recalcaba: “No se ha producido
ningún movimiento. Sólo hay silencio. ¿Se
ha tragado el genocidio a esta gente también?”.
El 28 de abril de 1994 durante una inspección rutinaria
en el puesto fronterizo del Puente Rusumo, todo había cambiado.
“Miramos a las colinas de Ruanda. No había nada más
que gente”, cuenta. “El paisaje africano estaba todo
cubierto de personas que venían en nuestra dirección”.
Más de 200.000 ruandeses cruzaron la frontera hacia Tanzania
en un lapso de 24 horas por ese puesto fronterizo durante el comienzo
de lo que ha sido calificado como el mayor y más rápido
éxodo de refugiados de los tiempos modernos.
Tres meses más tarde, la marea de gente que huía
de la muerte cambió repentinamente de dirección,
desde Tanzania, en el este, hacia Zaire, en el oeste.
Durante un recorrido de inspección de la región,
uno de los miembros del ACNUR, Filippo Grandi, recibía
desde la sede central en Ginebra la orden de dirigirse inmediatamente
a la ciudad de Goma en Zaire, con una recomendación especial:
“Será una ardua tarea”. |
Ríos de gente
Cuando su avioneta pasó por la frontera entre Zaire y Ruanda, la
confusión y el caos se habían apoderado del lugar. “Por
todas partes, hasta donde alcanzaba la vista, habían masas de seres
humanos”, recuerda. “Era un río imparable de gente
en movimiento que duró cuatro días”. Más de
un millón de personas -recién nacidos, mujeres, niños,
ancianos-, todos ellos conducidos y controlados por soldados del vencido
ejército ruandés y sus colegas milicianos del infame interahamwe.
En Suiza, la entonces Alta Comisionada del ACNUR, la japonesa Sadako Ogata,
recuerda aquellos momentos: “No esperábamos tanta gente.
Era un río humano de 25 kilómetros de largo y no sabíamos
qué hacer exactamente. Recuerdo que pensaba: Esto será horrible”.
| De
hecho, la crisis de los Grandes Lagos, que se prolongó
durante la década de los 90 hasta el nuevo milenio, transformó
el paisaje político y militar del África central.
Un nuevo Gobierno, de mayoría tutsi, se hizo con el poder
en Ruanda. El dictador de Zaire, Mobutu Sese Seko, fue depuesto,
el país fue rebautizado con el nombre de República
Democrática del Congo y se convirtió en escenario
de lo que posteriormente se denominó como la Primera Guerra
Mundial Africana, mientras ejércitos de diversos países
pugnaban por sus riquezas y sus fronteras. La guerra étnica
en Burundi prosiguió en toda su magnitud. Los viejos resentimientos
entre las “esferas de influencia” francófonas
y anglófonas volvieron a salir a flote y se sellaron nuevas
alianzas regionales e internacionales.
La tan temida palabra con la letra “G” –genocidio-
y la negativa de la comunidad internacional a aceptarla, impregnaron
de un fétido olor los pasillos del poder en Nueva York,
Washington y París durante años.
En términos puramente humanitarios, la emergencia supuso
el caos más complejo desde el establecimiento del moderno
régimen de protección al refugiado como consecuencia
de la Segunda Guerra Mundial.
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ACNUR/B.HEGER/DP/RWA•
2004 |
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Problemas y dilemas
Las agencias de ayuda humanitaria se enfrentaban a terribles problemas
logísticos y a dilemas morales igualmente difíciles. Surgieron
enormes campamentos, algunos con cientos de miles de personas, entre
el polvo rojizo de las llanuras de Tanzania y las rocas volcánicas
negras de Goma. Sólo en las dos primeras semanas de la emergencia,
Zaire recibió una suma de al menos dos mil millones de dólares
como asistencia, pero aún así 50.000 personas murieron
de cólera. Y pronto se hizo evidente que los miembros del antiguo
régimen y sus hombres armados controlaban los campamentos, a
los refugiados y gran parte de la ayuda destinada a aliviar sus sufrimientos.
Muchos de los campamentos se encontraban cerca de las vulnerables fronteras
de Ruanda, lo que permitía a las milicias reclutar voluntarios
y lanzar razzias al otro lado de la línea fronteriza, creando
una situación que acabaría desatando un extenso conflicto
militar dos años después.
Aunque a la región llegaron cientos de agencias, cuyas banderas
y estandartes convirtieron los campamentos en una especie de espectáculo
medieval, era evidente que sólo una capacidad logística
militar, suministrada eventualmente por los Estados Unidos, Francia
y otros países, podía satisfacer las abrumadoras necesidades
humanitarias.
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“Miramos a las colinas de Ruanda.
El paisaje africano estaba todo cubierto de gente que venía
hacia nosotros”. Fue el mayor y más rápido
éxodo de refugiados de los tiempos modernos. |
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En
1996 una incipiente rebelión en el Zaire Oriental, apoyada
por un Gobierno tutsi de Kigali que se sentía frustrado
por la inseguridad permanente y las constantes incursiones, destruyó
los campamentos. Durante las siguientes semanas, muchos de los
civiles desplazados quedaron aislados del mundo exterior y los
medios internacionales de comunicación hablaron de “un
millón de refugiados perdidos”. En noviembre cerca
de 600.000 civiles volvieron en masa a Ruanda, en medio de escenas
caóticas que recordaban el éxodo original. Varios
cientos de miles de personas -aunque en aquellos momentos algunos
gobiernos insistieron por razones políticas en que prácticamente
todo el mundo había regresado a su hogar- huyeron en dirección
contraria, hacia las profundidades de los bosques tropicales y
del enclave urbano de Kisangani. |
Refugiados en retirada, interahamwe, soldados del gobierno zaireño
en desintegración, rebeldes que sólo pensaban en una sangrienta
venganza y organizaciones de ayuda humanitaria que sólo pensaban
en salvar vidas, participaron en un letal juego de búsqueda y
captura a lo largo del África Central.
Había pruebas de masacres generalizadas, y cuando el personal
sobre el terreno del ACNUR descubría algún núcleo
de supervivientes, a menudo había también hombres armados
en las proximidades dispuestos a asesinarlos.
El momento crítico de Filippo Grandi llegó en los campos
de exterminio cercanos a Kisangani. “Llamé a la Alta Comisionada
directamente a Ginebra, la primera vez que hacía tal cosa en
diez años”, cuenta. “Estaban ejecutando una limpieza
étnica en los campamentos. Le dije: Dime qué tengo que
hacer. Podemos hacerlo público, condenar los asesinatos y que
nos expulsen. Pero nuestra salida habría condenado a más
gente a una muerte segura”.
“Quise retirarme muchas veces”, refiere hoy Ogata. “Pero
éramos la única esperanza de los refugiados. Nos quedamos”.
Finalmente, se consiguió sacar a más de 260.000 civiles
de la selva. Cerca de 62.000 fueron enviados por avión de vuelta
a casa en el mayor puente aéreo de la historia africana.
En Kisangani y en las crisis de Zaire y Tanzania, el ACNUR se vio acosado
por un gran dilema en torno a la protección: ¿en qué
circunstancias debían repatriar los ruandeses? Una de las piedras
angulares de la repatriación es que debe ser en todo momento
“voluntaria”, pero en el frenesí y el caos de los
Grandes Lagos la mayoría de los refugiados se enfrentaba a una
cruda elección: una muerte casi segura en la selva, una repatriación
forzosa a punta de pistola o un retorno asistido por el ACNUR hacia
un futuro lleno de incertidumbres.
No hay respuestas fáciles
Ogata no se arrepiente de la cuestión posiblemente más
polémica de aquel periodo: el suministro constante de alimentos
a los refugiados y a los pistoleros que controlaban los campamentos.
El ACNUR es una organización apolítica, puramente humanitaria,
sin ningún dispositivo militar o de seguridad propios. En incidentes
con refugiados, los gobiernos anfitriones son los responsables de la
seguridad de los campamentos de refugiados.
Cuando Zaire fue incapaz o no estuvo dispuesta a proporcionar
esta red de seguridad, Ogata, a través del Secretario General
de la ONU, Butros Butros Ghali, solicitó la ayuda de al
menos 50 gobiernos. Todos ellos rehusaron, un punto que muchos
libros, han ignorado deliberadamente, culpando de forma simplista
al ACNUR.
“Claro que éramos conscientes del terrible estado
de las condiciones de seguridad”, asegura Ogata. “Pero
¿podía acaso haber dicho: Nos vamos. Que otros se
hagan cargo de las mujeres y los niños, de un millón
de personas? Por supuesto que no. Estábamos haciendo el
trabajo que nos habían encargado. Fueron otros los que
fracasaron”.
Cuando el ACNUR sugirió trasladar los campamentos lejos
de las volátiles fronteras, la respuesta internacional
fue la misma: ningún interés y ninguna ayuda. |
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Una vida dura en el exilio.
UNICEF/HQ97-0165/R.LEMOYNE |
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Ogata admite que el ACNUR se había “comprometido”
con la cuestión de los retornos voluntarios, especialmente desde
Tanzania. “Había refugiados inocentes, pero también
asesinos dentro de esos grupos”, manifiesta. “Era una situación
repleta de contradicciones. Los tanzanos estaban decididos a devolverlos,
pero los líderes refugiados resistieron”. El ACNUR aceptó
de mala gana la decisión del gobierno tanzano pero “creo
que fracasamos”, dice. “No tenemos excusa. Podríamos
haber sido más duros” a la hora de defender el mandato
de los refugiados.
La cuestión de la cooperación entre organizaciones humanitarias
y militares sigue siendo polémica y no ha hecho más que
exacerbarse desde la crisis de los Grandes Lagos hasta llegar al caos
de las posteriores crisis de Afganistán e Iraq.
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Un
sobreviviente recuerda a las víctimas.
ACNUR/B.HEGER/DP/RWA•2004 |
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Se
cometieron errores. Se hicieron esfuerzos por resolver los dilemas,
pero rara vez con resultados satisfactorios. Murieron decenas
de miles de personas, incluidos trabajadores humanitarios. Solamente
en el ACNUR, 36 personas fueron asesinadas, murieron o desaparecieron
durante la emergencia. Pero las agencias humanitarias ayudaron
también a salvar las vidas de un número incontable
de víctimas inocentes, aunque como dice Filippo Grandi,
“en el proceso perdimos nuestra inocencia”.
Más de 2,5 millones de personas huyeron de Ruanda a partir
de 1994. Pero para principios de 2004, 3,2 millones habían
regresado, muchas con la ayuda del ACNUR. Entre ellas se encontraba
no sólo la gente desplazada por el genocidio, sino también
aquellos que habían abandonado el país en crisis
anteriores. |
Retorno a la normalidad
En la actualidad los campamentos y los campos de exterminio han desaparecido
en su mayoría. En Kibumba, al norte de Goma, durante dos años
se resguardaron y murieron varios cientos de miles de personas, cuyos
cadáveres se introducían en sudarios de bambú o
tela y se depositaban a diario junto a la carretera para ser recogidos.
En el campo de Mugunga, miles de civiles desplazados, cuyos hogares
resultaron destruidos por la erupción del cercano Monte Nyiragongo
en enero de 2002, mucho después de que los refugiados regresaran
a sus hogares, han sustituido a los antiguos residentes, pero sus chozas
de plástico, madera y ramas recuerdan extrañamente a esa
primera edad oscura.
Ahora hay carteles que advierten del peligro de las fisuras en la roca
volcánica, desde donde emanaban los nocivos gases del cercano
Lago Kivu que hicieron perecer a un número indeterminado de refugiados.
El despliegue de una red de banderas amarillas, naranjas y rojas alerta
a la población de los posibles peligros de otra erupción
volcánica.
Goma, en tiempos un encantador lugar de retiro para las personas pudientes
de la región y más tarde el centro neurálgico de
una operación humanitaria de miles de millones de dólares,
yace parcialmente enterrada por las recientes corrientes de lava. Edificios
de dos pisos, reducidos ahora a una sola planta y carcasas de vehículos
oxidados han quedado atrapados para siempre en la roca endurecida.
Los cercanos pasos de frontera, que en una ocasión fueron testigos
del frenético movimiento de cientos de miles de civiles traumatizados
y de montañas de machetes, porras y rifles ensangrentados, se
mecen estos días al lánguido ritmo, más africano,
del pacífico comercio fronterizo.
Como resultado del genocidio, Ruanda, que hasta entonces había
sido el rincón más poblado de África, se convirtió
en un lugar acosado por el miedo, los cadáveres, los campos vacíos
y los pueblos y aldeas desiertas.
Pero incluso aquí la vitalidad ha vuelto a la superficie. Las
plantaciones de té y café crecen exuberantes bajo el sol
tropical, los campos están llenos de cultivos y las aldeas bullen
de vida. Se ha producido un modesto boom de la construcción en
Kigali, que incluye la edificación de un reluciente Hotel Intercontinental.
Otro hotel, el Mille Collines, que se convirtió en refugio de
unos cuantos enemigos del régimen en el punto crítico
de la matanza, ha sufrido un lavado de fachada y una vez más
la élite de la ciudad se reúne alrededor de la piscina
para tomar cócteles y descansar los domingos.
El papel del ACNUR
El ACNUR ha tenido un modesto papel en la reunificación del país.
Según los términos de su mandato, la organización
se concentró en ayudar a la gente que huía en 1994, pero
cuando el movimiento se invirtió dos años después,
el ACNUR se centró en la reinserción de más de
tres millones de personas en una sociedad devastada.
Una de las primeras prioridades fue hacer un seguimiento para el retorno
seguro de los refugiados, un papel difícil en esos momentos en
un país que aún estaba profundamente traumatizado por
el genocidio y donde hubo un incontable número de represalias
sangrientas por motivos étnicos. Los supervisores se enfrentaban
a situaciones de grave peligro para sus vidas y las relaciones con el
gobierno, indignado por lo que consideraba una ayuda desproporcionada
a los genocidas en vez de a las inocentes víctimas tutsis, eran
a menudo tensas.
Finalmente, el ACNUR invirtió casi 200 millones de dólares
en diversos proyectos, entre ellos la construcción de 100.000
hogares, la rehabilitación de los sistemas de conducción
de agua y escuelas, la formación de una nueva judicatura y el
fomento de actividades económicas a pequeña escala.
El ACNUR ha vuelto a su papel acostumbrado de ayudar a 40.000 refugiados,
sobre todo congoleños y algunas personas procedentes de Burundi,
que viven en Ruanda.
Y ahora está atando los últimos cabos sueltos del genocidio
y sus efectos ayudando entre 60.000 y 80.000 ruandeses, que aún
siguen asentados en los países vecinos, a regresar finalmente
a su país (ver artículo en página 30).
El futuro de Ruanda
A comienzos de 1994, Ruanda era uno de los países más
pobres del mundo y también uno de los más densamente poblados.
Durante ese año, de los 6,5 millones de habitantes, casi la mitad
fueron asesinados o huyeron del país. De los que quedaron, tres
cuartas partes fueron expulsados de su lugar de origen. La mayor parte
de la infraestructura básica del país quedó destruida.
Con excepción de Somalia, ningún otro estado ha llegado
tan cerca a su disolución total.
Una década más tarde, pese a los graves problemas aún
existentes, los esfuerzos del país por superar el tipo de violencia
más atroz que puede cometerse contra un supuesto enemigo, el
genocidio, han sido admirables.
Bajo pena de cárcel, el gobierno ha eliminado la provocación
étnica expresada en carnés de identidad, libros de texto
escolares, documentos oficiales y programas televisivos. El país
está atrincherado en una cultura de obediencia, y en una reciente
gira casi todos los entrevistados repetían la frase del gobierno
de que “aquí no hay grupos étnicos. Todos somos
ruandeses”. O, como afirma el representante del ACNUR, Kalunga
Lutato, “donde quiera que mires, ésa es la canción
que escuchas”.
El jeque Abdul Karim Harerimana, miembro del Parlamento y Presidente
de la Comisión Conjunta de Repatriación y Reinserción
de los Refugiados Ruandeses, pone una nota de cautela: “No queremos
olvidar el genocidio. Si hacemos eso, puede volver a ocurrir”.
Y su colega en el Parlamento, Odette Nyiramirimo, añade: “Perdonar
es muy difícil. El problema aún no se ha resuelto. En
lo más profundo de mí ser, siento que esto no volverá
a ocurrir nunca en este país. Pero se siguen produciendo incidentes.
Los asesinatos siguen ocurriendo”.
El jeque Abdul se vale de otro tipo de prácticas para medir el
progreso material. “Hemos cumplido un 95 por ciento de los objetivos
en la repatriación de nuestra gente”, comentaba en una
entrevista. “Pero hasta ahora sólo hemos alcanzado un 40
por ciento de los objetivos en lo que respecta a la reinserción”.
Unas 200.000 familias siguen necesitando un hogar, aunque su número,
que en 1996 era de 500.000, ha disminuido drásticamente. Hay
pocos hospitales y clínicas y muchos niños retornados
ni siquiera hablan la lengua nativa, el kinyarwanda. Como sus padres
fueron asesinados, al menos 100.000 niños, son ahora “cabezas
de familia” y responsables del cuidado y bienestar de sus aún
más jóvenes hermanos y hermanas.
Antes de los sucesos cada familia tenía una media de dos hectáreas
de tierra de cultivo, pero como la población ha aumentado, esa
cantidad se ha reducido a la mitad. Más del 90 por ciento de
los habitantes viven de la agricultura.
Según Nyiramirimo, una antigua Secretaria de Estado del gobierno,
“cuando empezó el retorno de la gente, todo el mundo estaba
dispuesto a compartir casas y tierra. De una manera u otra, todos habían
sido refugiados y se hacían cargo de la situación. Pero
eso ha cambiado y la gente empieza a decir: No quiero compartir mi tierra.
¿Por qué habría de hacerlo?”
El jeque Abdul Karim Harerimana, no obstante, cita un proverbio ruandés
que según dice, puede servir de ayuda en este caso: “La
piel de un conejo puede alojar a cinco personas”.
Cicatrices de por vida
Lo ocurrido en Ruanda ha dejado cicatrices de por vida en todo el mundo.
Alessandro Bolzoni, uno de los funcionarios sobre el terreno del ACNUR,
sigue sintiéndose “culpable, culpable, culpable”
por abandonar Kigali en el momento en que Ruanda más los necesitaba.
“En los primeros días, nosotros como trabajadores sobre
el terreno, no podíamos hacer nada. Cumplíamos órdenes.
Fue muy, muy doloroso”.
| Durante
la puesta en marcha de un plan de acción para prevenir
futuros genocidios, el Secretario General de la ONU, Kofi Annan,
manifestaba recientemente: “No debemos olvidar nunca nuestro
fracaso colectivo a la hora de proteger a los 800.000 hombres,
mujeres y niños indefensos que perecieron en Ruanda”.
Pero en otra entrevista realizada anteriormente, cuando le preguntaron
cómo respondería la comunidad internacional ante
una situación parecida, admitió: “No estoy
seguro. No estoy nada seguro de que hubiera sido distinto en ningún
sentido”.
El antiguo presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, confesaba
durante un mea culpa: “No actuamos lo suficientemente rápido
cuando empezaron los asesinatos. No debimos haber permitido que
los campos de refugiados se convirtiesen en un santuario para
los asesinos. No llamamos de inmediato a estos crímenes
por su verdadero nombre: genocidio”. |
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Una década más tarde, pese
a los graves problemas aún existentes, los esfuerzos
de Ruanda por superar el tipo de violencia más
atroz, el genocidio, han sido admirables. |
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Cuando recuerda los sudarios de Goma llenos de muertos, Filippo Grandi
asegura que tiene pesadillas recurrentes: “Cada vez que veo un
fardo, pienso en esos cuerpos”. Sadako Ogata comenta simplemente:
“Nunca me he sentido tan sola como cuando tuve que dirigir esa
operación”.
En respuesta a las críticas de ineptitud política dirigidas
contra las agencias de ayuda humanitaria, el funcionario sobre el terreno
del ACNUR Kilian Kleinschmidt arguye: “Todavía no sé
qué otra cosa pudimos haber hecho, como trabajadores humanitarios,
como seres humanos”.
Emmanuel Murangira, un tutsi, perdió a 50 miembros de su familia,
incluidos su mujer y cinco hijos, en una de las masacres de 1994. Recibió
heridas graves en la cabeza y sobrevivió únicamente gracias
a que se hizo el muerto bajo un montón de cadáveres.
Murangira representa el temor persistente y la esperanza provisional
de la actual Ruanda.
Volvió a casarse tras “los sucesos”, pero cuando
este mismo año murió su último hijo, asesinado
por sus enemigos por medio de la brujería, según asegura,
decidió que ya había tenido bastante. No criaría
más niños para ponerlos en peligro. “Nunca más”,
afirma.
Pero tras vacilar un instante y pese a lo atroz de su propia historia,
Murangira se muestra cautamente optimista cuando expresa el deseo de
que la destrozada sociedad ruandesa pueda lentamente volver a ser lo
que era. “Antes del genocidio, (tutsis y hutus) vivíamos
juntos”, dice. Y “después del genocidio, vivimos
juntos”. 
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