Exorcizar los demonios Cólera, muerte y asesinatos… y por fin, risas en este perdido lugar Por Ray Wilkinson La fosa colectiva en las afueras del campo de aviación,
donde las tropas francesas y los boy scouts africanos arrojaron un número
incalculable de cadáveres, es hoy un floreciente platanal. ¿Pero
es mi imaginación o es un efecto de luz lo que hace que las hojas
verdes parezcan aquí más verdes y la tierra rojiza más
roja, que en ningún otro lugar?
De vez en cuando tienes que escapar de esta locura si no quieres acabar totalmente enloquecido. En el camino de regreso a la ciudad de Goma, el centro neurálgico de una operación que intenta salvar literalmente a cientos de miles de vidas, una camioneta fuera de control embiste a un grupo de trabajadores humanitarios que se ha detenido en el lugar de un accidente. Dos personas a mi lado mueren. La camioneta desbocada se estrella en un campo cercano y varios cuerpos salen despedidos del vehículo. Era otro “cargamento” de cadáveres. Esta noche lo único que puede exorcizar mis demonios es la bebida. Goma es un circo de medios de comunicación. Cada mañana en la terraza del Hôtel des Grands Lacs, los portavoces humanitarios informan a la prensa. Cada día somos más -dos, diez, veinte-, y acabamos pareciendo pregoneros de feria que venden la última atracción necrófila. Mientras se turnan los informantes, algunos se dedican al desaprensivo juego de superar al vecino, incrementando deliberadamente el número de bajas en un intento de conseguir el titular o la entrevista del día siguiente y el impacto mediático que se traducirá en donaciones monetarias. Al caer la tarde los equipos de televisión se sitúan en una pequeña colina junto a la carretera principal y mientras voy de cámara en cámara el entrevistador enmudece constantemente y señala con el dedo a mi espalda: otro refugiado que ha muerto en la carretera. Los refugiados no tienen acceso al complejo del aeropuerto, pero alguien consigue deslizar a una niña pequeña en mis brazos a través de la alambrada. Me invade el pánico. ¿Y ahora qué hago? La madre ha desaparecido y me convierto en padre adoptivo instantáneo. Llevo a la niñita al cercano hospital militar francés. Una enfermera protesta con semblante agrio: “¿Qué pasaría si todo el mundo arrojase a sus hijos por encima de la alambrada?”. “Sólo ésta. Por favor”. El hospital acepta a la niña. De todos modos, fallece esa misma noche. Remordimientos y culpa Si te queda algún minuto libre o fuerzas para pensar, normalmente es para sentir remordimientos, culpa y rabia. Los campamentos, después de todo, son sólo el resultado del genocidio. Algunas de las personas a las que damos de comer son asesinos y seguidores o familiares suyos. ¿Cómo puede compararse su sufrimiento -y eso que unos 50.000 mueren de cólera en cuestión de semanas- con el de las víctimas inocentes que siguen muriendo a golpes y machetazos dentro de Ruanda? Soldados abatidos acunan sus rifles y metralletas, recostados junto a la carretera, sonriendo afectados o mirando ceñudamente a los trabajadores humanitarios. Bandadas de jóvenes vestidos vistosamente, aderezados con gafas de sol, con rollos de billetes en la mano, cuidan la entrada de los campamentos, deseosos de capitalizar la matanza sin fin. Me parecen nada menos que la réplica africana de los infames tonton macoutes de Haití. Sólo que éstos son aún más sanguinarios.
Algunos medios de comunicación se tragan una hábil campaña de relaciones públicas, montada desde alguna capital lejana, que de algún modo consigue hacer lógico lo ilógico y culpar al sector humanitario del caos político y militar que los “hombres traje y corbata” y los diplomáticos se niegan a resolver. ¿Dónde están los líderes políticos cuando los necesitas? Más tarde, en el corazón más profundo de la jungla africana, periodistas como Jane de la BBC y otros dejan sus bolígrafos y cámaras para ayudar a sacar gente de la selva y hacer correr la voz de que los funcionarios humanitarios no pueden desvelar datos oficiales sobre las matanzas que siguen produciéndose. Nuestro honor queda restablecido. Recordando la iniquidad
En otro campo, Mugunga, la conexión con el pasado resulta más evidente, pero la muerte es una compañera constante. Fue aquí donde en 1996 los genocidas presentaron su último combate, manteniendo cautivos a cientos de miles de refugiados hasta que el avance de los rebeldes zaireños, apoyados por soldados del nuevo ejército ruandés, aplastó sus defensas. El campamento se vino abajo cuando una avalancha humana se dirigió al Este, de vuelta a Ruanda, o al oeste, hacia las profundidades del bosque tropical. Sólo quedó basura y muertos apilados en montones. Hace dos años, el Monte Nyiragongo, que proyecta su lúgubre sombra sobre Kivu, entró violentamente en erupción y sumergió las zonas circundantes en una corriente líquida. Las autoridades decidieron trasladar a miles de civiles al enclave de Mugunga, donde han construido barrios de chabolas a base de lonas de plástico, palos, ladrillos de adobe y bloques de coque, con un notable parecido a las anteriores ciudades de refugiados.
Es un breve momento de esperanza extraído de una realidad mucho más oscura, pero la fresca exuberancia de los chicos supone un maravilloso antídoto para mis abrumadores recuerdos sobre muerte y destrucción. Ray Wilkinson fue portavoz del ACNUR en Goma durante 1994 y 1996. |
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