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Exorcizar los demonios

Cólera, muerte y asesinatos… y por fin, risas en este perdido lugar

Por Ray Wilkinson

La fosa colectiva en las afueras del campo de aviación, donde las tropas francesas y los boy scouts africanos arrojaron un número incalculable de cadáveres, es hoy un floreciente platanal. ¿Pero es mi imaginación o es un efecto de luz lo que hace que las hojas verdes parezcan aquí más verdes y la tierra rojiza más roja, que en ningún otro lugar?

Siguiendo la autopista llena de baches, entre el esplendor de los imponentes volcanes y los bosques tropicales, guarida de los últimos ejemplares del majestuoso gorila, los recuerdos y pesadillas en torno a la muerte luchan por captar mi atención.

La esbelta voluntaria holandesa rubia, Deborah, esforzándose durante días en el trabajo más ingrato del mundo: intentar, sin éxito, enterrar una montaña incesante de cuerpos de refugiados ruandeses. Cadáveres apilados en el calor infernal mientras un tractor rasguña inútilmente la impenetrable roca volcánica.

Otro trabajador carga cuerpos en una camioneta. Un “muerto” se incorpora de pronto entre la pila de cadáveres e intenta sentarse. En su estado de debilidad, pierde el equilibrio, cae del vehículo, se rompe el cráneo y muere. El trabajador humanitario no puede controlar la risa nerviosa y acaba por salir huyendo.

En el campo de Kibumba, donde cientos de miles de personas viven en los bordes dentados de los antiguos campos de lava, meten los cadáveres en sudarios de tela o bambú y los tiran junto a la carretera principal. Un autobús, regalo del gobierno japonés, cruje sobre un montón de muertos, haciendo que los huesos estallen y crepiten como astillas candentes de una fogata. Jamás volveré a disfrutar de ese sonido, por muy inocente que sea.

Un hombre de edad incierta empuja lentamente su bicicleta hasta mí, cae silenciosamente sobre sus rodillas y muere, sujetando el manillar aún en pie. Aturdido, lo aparto cuidadosamente a un lado de la carretera.

Una linda muchacha que de algún modo ha conseguido preservar su juventud -de hecho resulta hermosa entre tanta monstruosidad- amamanta a un bebé. Una madre de pechos marchitos le pide que dé de mamar a su hijo. La joven se niega. No tiene suficiente leche para los dos, dice.

La dureza de la vida en los campamentos.
©S. SALGADO/TZA• 1994
 


De vez en cuando tienes que escapar de esta locura si no quieres acabar totalmente enloquecido. En el camino de regreso a la ciudad de Goma, el centro neurálgico de una operación que intenta salvar literalmente a cientos de miles de vidas, una camioneta fuera de control embiste a un grupo de trabajadores humanitarios que se ha detenido en el lugar de un accidente. Dos personas a mi lado mueren.

La camioneta desbocada se estrella en un campo cercano y varios cuerpos salen despedidos del vehículo. Era otro “cargamento” de cadáveres. Esta noche lo único que puede exorcizar mis demonios es la bebida.

Goma es un circo de medios de comunicación. Cada mañana en la terraza del Hôtel des Grands Lacs, los portavoces humanitarios informan a la prensa. Cada día somos más -dos, diez, veinte-, y acabamos pareciendo pregoneros de feria que venden la última atracción necrófila. Mientras se turnan los informantes, algunos se dedican al desaprensivo juego de superar al vecino, incrementando deliberadamente el número de bajas en un intento de conseguir el titular o la entrevista del día siguiente y el impacto mediático que se traducirá en donaciones monetarias.

Al caer la tarde los equipos de televisión se sitúan en una pequeña colina junto a la carretera principal y mientras voy de cámara en cámara el entrevistador enmudece constantemente y señala con el dedo a mi espalda: otro refugiado que ha muerto en la carretera.

Los refugiados no tienen acceso al complejo del aeropuerto, pero alguien consigue deslizar a una niña pequeña en mis brazos a través de la alambrada. Me invade el pánico. ¿Y ahora qué hago? La madre ha desaparecido y me convierto en padre adoptivo instantáneo. Llevo a la niñita al cercano hospital militar francés. Una enfermera protesta con semblante agrio: “¿Qué pasaría si todo el mundo arrojase a sus hijos por encima de la alambrada?”. “Sólo ésta. Por favor”. El hospital acepta a la niña. De todos modos, fallece esa misma noche.

Remordimientos y culpa

Si te queda algún minuto libre o fuerzas para pensar, normalmente es para sentir remordimientos, culpa y rabia.

Los campamentos, después de todo, son sólo el resultado del genocidio. Algunas de las personas a las que damos de comer son asesinos y seguidores o familiares suyos. ¿Cómo puede compararse su sufrimiento -y eso que unos 50.000 mueren de cólera en cuestión de semanas- con el de las víctimas inocentes que siguen muriendo a golpes y machetazos dentro de Ruanda?

Soldados abatidos acunan sus rifles y metralletas, recostados junto a la carretera, sonriendo afectados o mirando ceñudamente a los trabajadores humanitarios. Bandadas de jóvenes vestidos vistosamente, aderezados con gafas de sol, con rollos de billetes en la mano, cuidan la entrada de los campamentos, deseosos de capitalizar la matanza sin fin. Me parecen nada menos que la réplica africana de los infames tonton macoutes de Haití. Sólo que éstos son aún más sanguinarios.

Sin embargo, en estos campamentos hay inocentes. Seguro que podemos ayudarlos y cumplir con nuestro deber, mientras el gobierno local y la comunidad internacional, que ya ha vertido miles de millones de dólares de ayuda humanitaria en esta emergencia, cumplen con el suyo.

Para vergüenza suya se niegan a enviar a las únicas personas capaces de manejar tales situaciones –soldados- a estos campamentos rebosantes de armas con el fin de separar a los asesinos de los refugiados y no tienen ningún problema en dejar que los funcionarios humanitarios trabajen desarmados. El triste capítulo de la apatía mundial con respecto a la tragedia en Ruanda continúa.

Una madre desliza a una niñita en mis brazos a través de la alambrada. Llevo a la niña al cercano hospital militar francés, donde una enfermera protesta: “¿Qué pasaría si todo el mundo arrojase a sus hijos por encima de la alambrada?”

Algunos medios de comunicación se tragan una hábil campaña de relaciones públicas, montada desde alguna capital lejana, que de algún modo consigue hacer lógico lo ilógico y culpar al sector humanitario del caos político y militar que los “hombres traje y corbata” y los diplomáticos se niegan a resolver. ¿Dónde están los líderes políticos cuando los necesitas?

Más tarde, en el corazón más profundo de la jungla africana, periodistas como Jane de la BBC y otros dejan sus bolígrafos y cámaras para ayudar a sacar gente de la selva y hacer correr la voz de que los funcionarios humanitarios no pueden desvelar datos oficiales sobre las matanzas que siguen produciéndose. Nuestro honor queda restablecido.

Recordando la iniquidad


Los últimos habitantes del campo de Mugunga, víctimas de la erupción de un volcán hace dos años. Avisos sobre la peligrosidad de vivir allí.
ACNUR/B.HEGER/DP/RWA•2004

Visitando de nuevo los campamentos una década más tarde, me resulta casi imposible reconciliar el hoy con el ayer. Kibumba es un desierto, una lisa llanura de hierba que se extiende hasta la falda de las montañas cercanas, con una panorámica que sólo se ve interrumpida por unos cuantos muros bajos construidos por los refugiados en derredor de sus chozas de lonas de plástico y ramas.

¿Fue realmente este lugar escenario de tanta iniquidad y muerte hace tan sólo unos pocos años? ¿Y qué fue de esa linda jovencita y del bebé que amamantaba cuando pasé por aquí la última vez? Con suerte sobrevivieron, lo cual, en cierta medida, ayudaría a situar la tragedia general en un contexto más comprensible para el ser humano.


En otro campo, Mugunga, la conexión con el pasado resulta más evidente, pero la muerte es una compañera constante.

Fue aquí donde en 1996 los genocidas presentaron su último combate, manteniendo cautivos a cientos de miles de refugiados hasta que el avance de los rebeldes zaireños, apoyados por soldados del nuevo ejército ruandés, aplastó sus defensas. El campamento se vino abajo cuando una avalancha humana se dirigió al Este, de vuelta a Ruanda, o al oeste, hacia las profundidades del bosque tropical. Sólo quedó basura y muertos apilados en montones.

Hace dos años, el Monte Nyiragongo, que proyecta su lúgubre sombra sobre Kivu, entró violentamente en erupción y sumergió las zonas circundantes en una corriente líquida. Las autoridades decidieron trasladar a miles de civiles al enclave de Mugunga, donde han construido barrios de chabolas a base de lonas de plástico, palos, ladrillos de adobe y bloques de coque, con un notable parecido a las anteriores ciudades de refugiados.

¿Conocen los más recientes habitantes de Mugunga la historia de este lugar? ¿Se acuerdan de quienes fueron asesinados aquí? Desde luego, son conscientes del extraño destino de los refugiados que se cobijaron en las fisuras de la roca volcánica y que acabaron envenenados por los gases letales, emanados subterráneamente desde el cercano Lago Kivu.

Actualmente, unos carteles advierten de lo peligroso que resulta vivir en las rocas. Hay banderas amarillas, naranjas y rojas desplegadas para indicar el estado de una posible erupción volcánica.

Pero hay un sonido que no resulta familiar. Risas. Más de 300 niños, de entre siete y doce años, van a la escuela. Estos chicos no poseen nada prácticamente y los bolígrafos usados que les ofrece un visitante se convierten al instante en objetos preciados. Mientras se ponen en fila para entrar en clase, los niños empiezan a cantar y su dulce melodía flota sobre los antiguos campos de la muerte.
ACNUR/B.HEGER/DP/RWA•2004

 


Es un breve momento de esperanza extraído de una realidad mucho más oscura, pero la fresca exuberancia de los chicos supone un maravilloso antídoto para mis abrumadores recuerdos sobre muerte y destrucción.

Ray Wilkinson fue portavoz del ACNUR en Goma durante 1994 y 1996.

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